Treinta segundos

Esa noche no me quedaba en casa. Acostumbrada a dormir con mi novio, sabía que lo extrañaría pero mi amiga se había mudado para “La Barra” y había hecho un viaje muy largo como para volver a Montevideo ese mismo día.

Su nueva casa era enorme: tenía más de seis habitaciones, dos de ellas con baño en suite. Exageradamente grande para sólo dos personas: ella y su novio que estaban de caseros allí. El patio tenía el tamaño de una cancha de fútbol cinco. Subí las escaleras, mi amiga me había preparado la cama en uno de los dormitorios en el segundo piso. Me prestó un pijama y me dio las buenas noches. Ella dormiría abajo.

Hacía mucho frío. Tenía los pies helados. La escalera de roble crujía mientras la subía con cuidado. Llevaba un vaso de agua intentando que no se derramara. Lo dejé en la mesita de luz ya que habitualmente me levanto con la garganta seca. El acolchado tenía olor a humedad. La ventana estaba cubierta por un mosquitero. Desde la cama veía una luna anaranjada e inmensa, parecía que quería atravesar el vidrio y meterse por la ventana, tan cerca estaba. “¡Qué belleza!” Pensé. Me estaba costando conciliar el sueño, daba vueltas en la cama, y hasta el más mínimo ruido me sobresaltaba. Como no conocía el lugar mi cuerpo estaba especialmente atento a cualquier movimiento, por más insignificante que fuera.

Me levanté, fui descalza a buscar una frazada en el armario. Elegí una a cuadros azules, la estiré sobre la cama. Y antes de volver a acostarme me apresuré a ir al baño. La luz no prendía, la cadena del wáter no marchaba, el calefón estaba desenchufado. “Va a ser mejor esperar hasta mañana si quiero darme una ducha caliente” pensé un poco afligida. Me acomodé lentamente entre las sábanas, seguían heladas. Supuse que de todos modos iba a pasar frío, aun con la frazada y el acolchado. Apagué la luz de la veladora, el resplandor de la luna iluminaba apenas la habitación. La naturaleza se colaba por la ventana, el viento sacudía suavemente las copas de los sauces llorones del jardín. Entonces, sentí paz, se respiraba esa tranquilidad propia de los lugares alejados de la ciudad. No se escuchaban coches a la distancia, sólo el ladrido de algún perro y los grillos como en una sinfonía.

Me dispuse a dormir pero en el ventilador del techo había una luz que titilaba cada treinta segundos. Los conté la primera vez, esperando que fuera sólo una falla eléctrica momentánea y que no volviese a suceder. Treinta segundos y otra vez la luz que se prendía y se apagaba, treinta segundos más y otra vez lo mismo. Me exasperaba que el desperfecto se diera con tanta exactitud, como siguiendo un orden infalible.

De un instante a otro se tornó bastante molesto, pero luego absolutamente insoportable. “¡Ya está! Me levantaré para desenroscar la lámpara” pensé determinante. Pero entre el “calorcito” de mi propio cuerpo que recién había empezado a calentar las sábanas y ante la sospecha de que no llegaría hasta el ventilador para desenroscar la maldita lámpara titilante, me arrepentí. El techo estaba muy alto, el ventilador, sus aspas y la luz, también. Aquella proeza se presentaba absolutamente irrealizable.

 Si me distraigo un poco quizá me olvide del asunto y después de todo, tal vez, me pueda dormir con la luz así. “No es tan grave, es sólo que estoy demasiado concentrada en ello” me repetí para mis adentros.

Llamé a mi novio desde el celular, quería darle las buenas noches. —Hola, mi amor. ¿Cómo estás? —le pregunté con voz tierna.
—Bien, acá, acostado mirando una película —me respondió sin prestarme demasiada atención.
—Ah, sí… ¡Qué bueno! ¿De qué se trata? —por debajo subyacía un pensamiento secundario: “Si me cuenta la peli me va a servir para distraerme un poco”. Mientras la primera línea de atención seguía con la oreja pegada a aquel aparato electrónico que nos acercaba un poco a pesar de la distancia.
—Es una de terror —me dice, y en seguida me explica de qué se trata: La luna se estaba acercando tanto a la tierra que producía alteraciones en la gravedad y esto a su vez provocaba varios desperfectos electrónicos —me dice y la voz se le entrecorta.
—Amor, me parece que tengo poca señal acá —le digo un poco preocupada de que se me corte la comunicación y vuelva a ser foco el problema de la luz.
—¿Ah, sí? Yo te escucho lo más bien —y sigue dándome detalles de lo que veía en la pantalla.

Volví a mirar la luna, parecía que se acercaba más y más hacia la habitación. Aquello era una mera coincidencia sin importancia, pensé. Le comenté como al pasar lo de la luz, explicándole que no me podía dormir por eso. Me pidió que intentara relajarme y que pensara en otra cosa. Sin darle más trascendencia al problema que me aquejaba, me siguió contando la película: “La luna causaba los desperfectos eléctricos, entonces… las personas empezaban a morir por distintos accidentes domésticos. Primero, una mujer con la cabeza carbonizada por el secador de pelo. Luego un niño con las manos mojadas y jugando cerca de un enchufe, con un final parecido. Un hombre manejando por la carretera mientras escuchaba la radio en el coche, ésta que se descompensa y empieza a emitir unos sonidos extraños y luego estalla, saliendo el hombre volando por el parabrisas. Las historias aisladas se empiezan a interconectar”. Me cuenta de lo más entusiasta.

El celular comienza a hacer unos sonidos de lo más extraños, como de una frecuencia de radio mal sintonizada y se corta de repente. La luz sigue titilante, cada treinta segundos exactos. No quiero reconocer que tengo miedo.

“Es una de esas películas tontas, con un argumento poco creíble. ¿Qué relación puede existir entre la luna, la gravitación, y la electricidad? Sólo a mi novio le divierten esos thrillers de cuarta. Además ¿qué puede pasar de malo con una luz que se prende y apaga sola…? ¿Qué es tan terrible? ¿Qué puede tener de peligroso eso, y un ventilador “apagado” en el techo?” Pienso, convenciéndome de que todo está bien.

Miro el ventilador, este empieza a moverse lentamente. Luego, va aumentando su velocidad. Gira más y más rápido, la luz se prende de golpe. Me tapo el rostro bajo las sábanas. El ventilador se desprende del techo. Me corta la garganta. La sangre mancha las sábanas. Mi cabeza rueda sobre la almohada y cae al suelo, pero sigo pensando por unos segundos. Trato de recordar dónde escuché que luego de morir, el cerebro sigue funcionando unos 30 segundos más.

¡Esto no es real, no puedo estar muerta! Todo es oscuridad. Ahora vendrá el silencio absoluto, piensa mi cabeza. ¡Ya está! En cuánto se acabe el pensamiento dejo de existir totalmente, para siempre. Me aterra esa posibilidad de la no-existencia. No siento el cuerpo. Se me apagan las palabras para relatar el horror. Y por fin: la nada, el silencio.

Treinta segundos después, abro los ojos. Me despierto sobresaltada, todo mi cuerpo cubierto de sudor. Confusión. Miro la hora, son las tres de la mañana. Un sonido que proviene desde la mesa de luz. El celular. Mi novio me llama. Mi cabello revuelto, mi cabeza en su lugar, me toco la garganta con las dos manos. Suspiro aliviada. La luz sigue titilando. La luna ilumina el dormitorio, apenas.

—Hola, amor…

Valentina Troche Bersanelli

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