Eduardo está perdido

En el salón de tercero C de la escuela Guillermo González Camarena de una tranquila ciudad de México, se encontraba un pequeño de siete años llamado Michel, estaba sentado en su pupitre color azul, se encontraba pensativo, con una cara sin expresión, toda su atención se hallaba dentro de su mente que jugaba con imágenes de los días pasados.

Su hermano, que trabajaba como cajero en una tienda de autoservicio, no había llegado a casa en dos días y él pequeño Michel estaba construyendo en su mente las posibles escenas en las que su hermano Eduardo hubiera desaparecido. Imaginaba a su hermano perdido en las calles de México, porque probablemente el camión que lo llevaría de vuelta a casa se desvió y lo dejó bajar en una calle que él no conocía; tal vez se, encontró a sus amigos de la preparatoria y se fue a la casa de alguno de ellos o, tal vez, había sido secuestrado por extraterrestres de camino a casa. Michel había escuchado que las abducciones eran casos muy comunes cuando se desaparece una persona sin dejar rastro según Jaime Maussan y su programa sobre Ovnis. Pero ¿cuál era la verdad sobre aquello? Además la situación estaba muy extraña en los últimos días pues muchos niños de la escuela estaban enfermando, como si tuvieran esa enfermedad terrible llamada tifoidea, esa enfermedad hacia recordar a Michel a su misteriosa abuela Timotea.

Hacía unos días había llegado ella a cuidarlo en ausencia de su hermano y su madre. Su madre estaba hospitalizada en una clínica muy buena del seguro social; ella no había enfermado de tifo como los niños. Ella ya estaba enferma desde mucho antes cuando su padre los abandonó, tenía una rara enfermedad en los pulmones que la paralizaba y la hacía jadear de cansancio y dolor. Su padre pagaba una pensión para ellos pero esta era insuficiente por lo que Eduardo tenía que trabajar el turno nocturno en esa tienda de autoservicio. Michel respetaba con cada fibra de su ser a su hermano mayor y amaba profundamente a su madre, pero el caso era muy distinto con su abuela a quien aún le tenía desconfianza pues llegó misteriosamente después del primer día en que desapareció su hermano. En su primer encuentro, Michel apenas llegaba de la escuela cuando vio que la anciana lo esperaba en la entrada. Michel no recordaba a la anciana porque él era muy pequeño cuando vio a sus abuelos por primera vez, él no tardó en hacer preguntas que sólo la verdadera familia sabría responder pero para su sorpresa la abuela respondió todas y cada una de esas preguntas con una sonrisa y una mirada dulce. A Michel no le quedó de otra pues era el único adulto en quien confiar y no había hecho o intentado algo que lo dañara, así que permitió que ella se quedara en la casa hasta que llegara su hermano. Pero Eduardo no aparecía por ningún lado.

Michel sacó de su mochila una bolsa con su desayuno, tenía una botella de agua y un emparedado de espinaca, pepino y aderezo sabor chipotle, el pequeño era vegetariano desde hacía dos años cuando pescó una especie de trauma al ver un video en la carnicería de la colonia sobre cómo se hacían las salchichas en las grandes industrias, tales procesos lo asquearon al nivel de no querer comer carne nunca más. Así de rápido como sacó el emparedado para darle unos mordiscos, así lo volvió a guardar debido a que él profesor había entrado al salón. ¿Qué pasó con la señorita Méndez? se preguntaba Michel mientras veía como entraba un profesor desconocido de una pulcritud impecable, con un maletín y un abrigo ambos de cuero y ambos colgándole hasta la mitad de los muslos.

—Buenos días, niños, es hora de comenzar con la clase de ciencias naturales —no había terminado de hablar el profesor cuando una pregunta quejumbrosa se escuchó desde el fondo del salón ¿Y la maestra Méndez?
—La señorita Méndez ha tomado un descanso de sus labores, yo seré el profesor sustituto al menos por este día. Ahora todos saquen sus libros en la página veinticuatro: Materia y energía.
Todos los niños parecían estar de acuerdo con el profesor sin preguntarse nada, excepto Michel quien aún observaba la apariencia casi perfecta del profesor. Su concentración desapareció hasta que el ruido de una lapicera cayendo de la mesa del pupitre de a lado le cortó el trance en el que estaba, inmediatamente buscó su libro y lo abrió en la página mencionada, el profesor por su parte se plantó al centro del salón y entonces comenzó un corto monologo con la siguiente frase: La química es una parte importante de las ciencias que sirve para comprender los cambios y alteraciones que sufre la materia a nuestro alrededor, es la ciencia del cambio, una quemadura es un ejemplo claro, una explosión como en las caricaturas es otro ejemplo claro también… Una mutación es un ejemplo exacto del cambio.

El profesor observó sobre las cabezas de todos los alumnos con una mirada que escaneaba minuciosamente a todos los chiquillos en el aula, con una sonrisa se notó satisfecho por haber logrado captar la atención de todos con esas primeras palabras y volvió a su escritorio, alcanzó su maletín en la silla y sacó una especie de termo para colocarlo en el centro del escritorio. —Ustedes, pequeños estudiantes, son las mutaciones de un espécimen que existió hace millones de años, ustedes son un reflejo del pasado y ahora serán el futuro gracias a nosotros los profesores.
El profesor sonrió con una cara vacía de emociones, parecía una sonrisa dibujada sobre un rostro muerto, no tardó ni dos segundos en presentarse un sonido en el aula que rompió el silencio incómodo que imperaba en el momento, era el teléfono celular del profesor, lo tomó y salió del salón alegando que tenía que responder en privado.

Michel desde su lugar había reemplazado en su mente las escenas de su hermano perdido por el profesor extraño de ese día, ¿Quién era ese profesor que parecía un lunático? Michel se quedó viendo al frente, su mirada estaba clavada en el termo que el profesor había sacado de su maletín, mientras observaba la curiosa forma del objeto en el escritorio este se movió sin que nadie lo tocara, su tapa dio un ligero giro que liberó una presión interna dejando escuchar un sonido como el de los refrescos nuevos al abrirse, después de esto un estornudo se escuchó en la esquina del salón, de repente otro más atrás en el pupitre de Fernando el bravucón del grupo y otro más en las primeras filas más allá de la vista de Michel. Era misterioso que después de esto todos comenzaran a estornudar, pero lo más raro estaba por venir.

El profesor entró al salón exactamente cinco minutos después de que aquel sonido de la tapa abriéndose se escuchara, entró con una cara entusiasta y con la frente sudada alegando que tenía que retirarse de inmediato, pero que ellos no podían dejar el salón hasta que tocara el timbre de salida en una media hora, rápidamente el profesor se fugó del salón en una huida que parecía premeditada.

No fue sino treinta minutos después que los chicos salieron del salón de clase, todos entusiasmados pues era la tarde de viernes y los esperaba un pequeño pero delicioso fin de semana fuera de la escuela. Michel salió del salón confundido aún por la reacción del profesor y sus acciones perfectas en su primer día de suplente pero aquello ya no era tan importante, había una nueva sensación cavando en su interior.
Michel se hallaba hambriento porque no había podido terminar su emparedado en paz pues todo el tiempo restante en el salón había pasado protegiéndose de las burlas y los objetos que Fernando le lanzaba desde su lugar. Así que en el callejón que llevaba a la calle 20 de noviembre, por el cual cruzaba a diario para ir a su casa, tomó su mochila y sacó su emparedado para terminarlo pero al momento de olerlo le pareció simplemente asqueroso, toda esa verdura apretujada entre el pan le pareció el platillo más nauseabundo que hubiera visto, con todo esto jamás advirtió que frente a él había aparecido Fernando para terminar sus labores como bravucón con el desafortunado Michel. En cuanto se topó con el pesado cuerpo de Fernando retrocedió asustado dejando caer su emparedado al suelo. No me hagas nada, mi hermano te golpeará si me tocas, chilló Michel mientras daba pasos temerosos hacia atrás. El grandulón hizo caso omiso a esto y se lanzó tras Michel tomando el cuello del pobre chiquillo con el brazo haciendo que sus gritos llenaran todo el callejón. Fernando apretó más su agarre empujando su musculoso antebrazo contra la boca de Michel, el chiquillo apenas podía respirar por la nariz así que abrió grande la boca en un intento por tomar aire con lo que accidentalmente lamió la piel del brazo de Fernando. El bravucón se reía por cómo Michel se sacudía inútilmente para zafarse, pronto sus risas se transformaron en un grito agudo cuando el chiquillo le asesto una mordida punzante en el antebrazo.

Fernando se alejo rápido de Michel que parecía estar poseído, su mirada estaba fija en un punto muerto, de su boca escurrían gotas minúsculas de sangre las cuales se apresuró a lamer con su lengua sedienta, cerró los ojos con una cara de satisfacción como si aquella sangre fuera el más delicioso manjar que jamás hubiera probado, pero no sólo eso, quería más y se notaba en sus temblorosas manos y su mirada que ahora estaba completamente enfocada en la herida de Fernando, el bravucón lo veía desde lejos con una mirada de terror y los labios temblándole como a un tartamudo, Michel gritó agudamente lanzándose directo a Fernando pero fue detenido de forma súbita por una red que cayó del techo. De inmediato dos camionetas cerraron el callejón y de ellas salieron hombres vestidos con trajes blancos que cubrían todo el cuerpo, se acercaron a Michel quien gruñía dolorosamente bajo el peso de la malla mientras podía verse a la misteriosa anciana Timotea bajar de la camioneta diciendo. “Es el hermano del sujeto 247, localicen a todos los alumnos de tercero C, el terrorista ha escapado…”

 

Miguel Angel Mendieta Polvo

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