Gastronomía mexicana: Pozole – Parte 2 de 2

Cuando terminaron brindaron con un poco de mezcal que traía Leo en su mochila, después de esto Raúl les comentó lo que había visto. Esaú sugirió que era mejor irse de inmediato, los narcotraficantes podrían regresar, pero Leonardo pudo disuadirlo, ya estaba oscureciendo, estaban muy cansados del viaje y por lo pronto no había nada que pudieran hacer, estuvieron de acuerdo en descansar, mañana temprano saldrían para reportar lo encontrado a las autoridades.

    La luz de la luna llena dio en el rostro de Raúl, luego escuchó los gritos de sus compañeros que se habían ido a dormir juntos en la otra habitación, unos hombres con taparrabos y con penachos de coloridos plumajes lo habían apresado, instintivamente se llevó las manos sobre la cabeza, no podía distinguir mucho, con lanzas y flechas apuntándole le indicaron que se levantara despacio; obedeció todas las indicaciones, a señas uno de los individuos se le acerco tenía un puñal de obsidiana.
¿Cochcanenqui?
No sé de qué hablan, venimos de la escuela a filmar una película.
¿Yolcuecuechca?
Somos estudiantes de ciencias cinematográficas, señor, slo venimos para hacer un proyecto.
¡Amatki! ¡Nekokyaotl!
Le digo la verdad, revise nuestras cosas y verá el equipo que traemos.

    Uno de los hombres se dirigió a las habitaciones y empezó a sacar las cosas de las mochilas, rompiendo y rasgando, Esaú trató de intervenir pero un golpe con una maza lo mandó al piso, la sangre brotó de su cabeza, se cubrió con ambas manos y se quedó quieto en un rincón. Los invasores vieron la pantalla de los celulares brillar, ante la sorpresa destruyeron los aparatos.

— ¡Naualotl! ¡Ma! —gritaron, después los sometieron— ¡Xipetsa!

    Ordenó a los hombres que de inmediato los desnudaran; mientras despojaban a Raúl de sus prendas el líder del grupo vio las hojas que tenía en el pantalón, el dibujo detallado del ídolo mexica le sorprendió mucho antes de atar de las manos a sus nuevos prisioneros para llevárselos de allí. La caminata fue muy larga, varias horas por caminos inexistentes, espinos, matorrales y piedras calizas, hacían brotar la sangre de las plantas expuestas, el dolor era intenso, los guijarros parecían clavarse en los talones, el sudor hacía arder las heridas, la deshidratación y el calor los debilitaban cada vez más. No había oportunidad de escape, el grupo de indígenas no era pequeño, al menos parecían ser unos quince; cuando alguno de los prisioneros se rezagaba una lanza se encargaba de hacerlo andar, la luz de la luna parecía hipnotizarlos. Raúl se sentía en un sueño, cuando escuchó nuevamente al zanate cantar en la noche. —Ha de estar buscando una hembra pensó y empezó a reír, los hombres rieron junto con él.
—¿Teselotl? —preguntó el líder, le respondió sólo con un encogimiento de hombros.

Llegaron a una explanada en un valle, allí había una pirámide no muy grande, las antorchas iluminaban todo, había hombres, mujeres y niños, no debían ser más de cincuenta en total, la gran hoguera estaba al centro; una especie de olla de gran tamaño estaba sujeta con gruesos troncos. Los guerreros recibieron unas coronas de flores y agua para beber. Los pobladores se acercaron con curiosidad, Raúl miró el rostro de uno de los ídolos de piedra, recordó las ilustraciones de los libros escolares, Xipe-totec pensó les sonrió, al igual que Leonardo, Esaú no soportó más y les escupió en la cara, entonces se escuchó la orden del que traía el gran penacho:

¡Tlaxipeua!

    Los hombres lo arrastraron hasta una piedra, allí con el puñal de obsidiana empezaron a arrancarle la piel, Leonardo se levantó de un impulso y empezó a dar patadas histérico, la respuesta fue contundente, cinco de ellos lo empezaron a golpear, hasta hacerlo caer al suelo, le amarraron los pies y lo arrastraron hasta donde estaban desollando vivo a su compañero. Allí el jefe tomó una lanza y la clavó en los genitales, el bramido fue terrible, la sangre brotó en abundancia; Raúl aterrorizado optó por quedarse sentado en silencio, el suplicio no se prolongó tanto, empezaron a destazarlos, las piernas primero, los brazos después, los gritos se transformaron en débiles gemidos, entonces la cabeza de Esaú rodó. Leonardo cerró los ojos. Minutos después era arrojado al agua hirviendo, la espuma no dejaba de moverse, el humo se elevaba negro para perderse en la nocturnidad.

    Pasaron varias horas, el cocimiento era lento; al concluir, las vasijas de barro se llenaron, todos recibieron una porción, comieron con avidez. Raúl los contempló absorto, enajenado, hasta que uno de los guerreros le dio de comer, un trozo de muslo emergía del rustico plato, el hambre apareció, sintió el movimiento de su estómago y hundió la cara en caldo, todos a su alrededor reían, masticó con repulsión pero sólo al principio. El sabor era entre dulce y salado. La carne suave tenía un sabor único, recordaba la carne de cerdo, pero más acentuado. El maíz parecía haber florecido en el plato. El líder del grupo se aproximó a él con el puñal de obsidiana, caminó sereno y decidido.

Raúl lo miró a los ojos con resignación, este le tomó las manos y hundió el filo entre las cuerdas de ixtle para desatarlo, alzó las manos libres en gesto de agradecimiento y comió con deleite, cerró los ojos con gusto antes de consumir el ultimo bocado, embriagado por la saciedad durmió como hacía mucho tiempo no dormía. Abrió los ojos bajo los rayos del, sol no sabía si había dormido una noche o una semana, yacía en el prado, estaba rodeado por agentes de la policía y algunos campesinos, levantó las manos sólo para verlas esposadas.

Estas arrestado fueron las palabras que escuchó antes de que lo levantaran.
Esperen, ¿no saben que pasó? Déjenme explicarlesles suplicó en vano varias veces. El regreso fue largo, sentía un temblor fino en todo su cuerpo, la necesidad de su medicación se hacía presente, sus pensamientos eran más confusos, las sombras y la paranoia lo asechaban, cuando llegaron a la comandancia el oficial a cargo le preguntó su nombre y este le respondió: ¡Teselotl!

    Fue enjuiciado por asesinar y comerse a sus amigos, sin embargo, dados los antecedentes psiquiátricos, la pena fue reducida, de cuarenta años de prisión a diez en el pabellón para enfermos mentales y criminales psicóticos.

En sus primeras sesiones el médico le interrogó sobre las hojas que se encontraron entre sus pertenencias.
Era una idea para una película, parte de lo que sería el guion, doctor.
En esta hoja dice que tienes hambre, mucha hambre.
—Creí que sería una buena idea para una historia.
—¿Puedes explicarme cómo es eso por favor, Raúl?
Es simple: se trata de un hombre común y corriente, un día se levanta y siente un apetito más y más intenso hasta que se hace incontrolable.
¿Y entonces qué ocurre?
—Devora todo lo que hay en el refrigerador, después se come las frutas de cera que tiene en la mesa, luego a su perro y finalmente a sus amigos cuando estos llegan a visitarlo.
Una historia bastante aterradora ¿Eso tiene que ver con lo que le paso a Leo y Esaú?
Ya les dije antes, doctor ¡fueron los guerreros!
Está bien, Raúl, está bien…
Ya les dije ¡fueron los guerreros!
Está bien Raúl, tranquilícese, por favor  —le respondió el medico.
No soy Raúl, ¡soy Teselotl!

    Dicho esto, Raúl, fuera de sí, saltó sobre el desprevenido médico y lo atacó con ferocidad. El desprevenido galeno no pudo contener el ataque. Arañazos y mordidas brutales cayeron sobre su humanidad, los enfermeros entraron para detener al agresor, tuvieron que actuar entre cuatro para contenerlo.
La mordida le arrancó parte del arco cigomático, la cara le tuvo que ser reconstruida con la ayuda de un cirujano plastico, el pobre de Raúl terminó en la sala de terapia electroconvulsiva; después de cinco sesiones su conducta fue de lo más dócil, salvo cuando hay fiestas en las que se enfurece si no le llevan su plato de pozole.

 

Pedro Martín Rojas Rosas

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