Vida útil

El anciano caminó hacia la ventana de la habitación, con delicadeza hizo a un lado las cortinas y contempló la belleza exuberante que le ofrecía el jardín en las primeras horas de la mañana. Posó la vista en cada planta como si revisara el progreso de sus brotes y la detuvo en el rosal que inauguraba la entrada de la casa. Una mueca parecida a una sonrisa se le dibujó en la cara. Elevó la mirada al cielo y la mantuvo allí un largo rato. El firmamento despejado era el típico terciopelo azul que la primavera regala después del equinoccio. El paso fugaz de alguna nave en viaje interestelar interrumpía, de tanto en tanto, la calma de esa inmensidad.

El llamado de su esposa para desayunar lo sobresaltó. Su sistema nervioso estaba muy sensibilizado y cualquier contingencia que interfiriera en sus meditaciones lo perturbaba. Conocía la causa: era esa novedosa inquietud con la que había amanecido algunos días antes, extraña, como de estar despidiéndose de todas sus cosas…
—Voy…, mamá… —respondió como para sí.
La esposa lo esperaba en la cocina con el café con leche servido y el pan, recién tostado, junto a la manteca. Lucía demacrada y abatida por una tristeza que, en vano, trataba de disimular. Hizo un esfuerzo para que su esposo no lo percibiera y buscó un tema de conversación trivial.
—Regaré el jardín hoy. Las plantas necesitan agua y…
—Yo te ayudaré, mamá… —la interrumpió el hombre con la voz apagada.
—No hace falta, puedo hacerlo yo sola. Tú mejor descansa.
—¿Que descanse, dices? ¿De qué me serviría descansar hoy?
—Discúlpame… —empezó a decir la mujer.
No pudo terminar la frase. El sollozo reprimido estalló en un llanto que no parecía tener fin. El marido la miró comprensivo. Hubiera querido consolarla, pero no encontró la forma de hacerlo.
—Si tan sólo pudiera tenerlos hoy aquí y abrazarlos… —murmuró el hombre.
La mujer levantó la vista y lo miró con una pena inconsolable. Sólo pudo decir: por favor, papá.., eso ahora, no, no ahora…
—…aunque sólo fuera un instante… —se lamentó el anciano, como si hablara consigo mismo.
—Los llevarás en tu memoria, mi querido, claro que sí… —le prometió compasiva.
La mujer escondió la cara entre los brazos y volvió a llorar. Su marido se acercó y le posó una mano sobre el hombro. Amaba a su mujer. Había sido la compañera de toda la vida. Si es que podía llamarse vida a lo que siguió después de la gran convulsión del planeta. Los años habían pasado muy rápido para ellos, demasiado rápido. Sus hijos eran casi niños cuando fueron llamados por el Nuevo Ordenamiento para el servicio obligatorio. No volvieron a verlos. Las leyes de desvinculación familiar eran estrictas e inapelables. La Humanidad tenía que reorganizarse, les dijeron. Cuando en las noches, con su esposa, contemplaban las estrellas, los imaginaban conduciendo los transportes que, a diario, surcaban el cielo entre el planeta y las bases de la Luna y de Marte. Se preguntaban si sus hijos habrían formado familia, si les habrían dado nietos… Pero nadie podía responderles.
Muchos años antes, buscando aliviar la dolorosa incertidumbre, le habían solicitado al Nuevo Ordenamiento imágenes actuales y cualquier información que pudieran darle sobre sus hijos. No ignoraban que elevar ese pedido a la jerarquía era violatorio de las leyes, pero los impulsó su desesperación y la de ella.
La consecuencia del desacato fue penosa. Los confinaron en ese lugar del planeta, alejado de las grandes urbes, donde habrían de vivir en soledad hasta el final de su vida útil.

—El día ha llegado, mamá. Quisiera irme sabiendo que podrás soportarlo.
—Sabes que no podré. Tú estás sano y no eres un problema para la jerarquía. Es injusto suprimirte…
—Debemos aceptarlo, mamá, es la ley.
—¡Es la ley…! ¡Es la ley! ¡No se puede ser anciano para esta ley!
—Nada podemos hacer ya para cambiar eso, mamá…
—¿Y si no vinieran hoy, si se hubieran olvidado de nosotros? —se ilusionó la mujer.
—Ellos vendrán, mamá, son inflexibles. Hoy cumplo sesenta y cinco años y el Nuevo Ordenamiento lo sabe, tiene registros de cada habitante del planeta —respondió el hombre mientras lanzaba una mirada al cielo a través de la ventana. Ninguna de las naves que surcaban el cielo se aproximaba a su casa.
La mujer controló su llanto por unos segundos y, con firmeza, le respondió —¡Voy a exigir que me lleven contigo y que nos den el mismo tratamiento para que nos marchemos juntos!
—No te admitirán. Sólo tienes sesenta y tres. Ellos te obligarán a completar el ciclo.
—¡¿Cómo quieren ellos que yo viva esos dos años sin tu compañía?! ¡Vamos dímelo! —gritó ella con las pocas fuerzas que le quedaban.
Él no le respondió, sólo la abrazó y la besó en la frente. Enseguida, reapareció la extraña sensación de estar viviendo algo por última vez. La novedosa inquietud se le presentaba inesperadamente mientras realizaba sus tareas cotidianas y lo enfrentaba con la angustia de saber que, muy pronto, él no tendría un mañana, que todo aquello por lo que había vivido se esfumaría en un soplo rumbo al olvido. Un dolor profundo y terminal le oprimió el pecho, los recuerdos y los afectos recorrieron fugaces su memoria y se instalaron en algún rincón del alma para ser llevados por ella adondequiera que el alma fuera.

Algo en el cielo atrajo la atención del hombre, que se incorporó muy despacio y, cálidamente, le dijo a su esposa —Vamos, mamá, tenemos que regar el jardín, una nave se aproxima…

Hugo Alberto Alonso

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