Escape Room

—Tengo seis meses oyendo excusas. ¡Ya no quiero oír el cómo NO se puede, quiero que me digan cómo SÍ se puede!
Los programadores se miraron entre ellos. Debajo de los tatuajes de anime y los piercings, de su apariencia cyberpunk de los ochentas y cabellos teñidos de neón; un temeroso nerd interno se posesionó de sus vejigas. La Licenciada era la clase de bully que toda la vida había insultado a unas y humillado a otros. La tipa tenía voz de niña mandona, cuerpo esculpido en el gimnasio y por añadidura, también tenía agarrados de huevos y ovarios a los programadores. Una palabra suya bastaba para echarlos a la calle, sin importar que el año pasado aquella adictiva app de Escape Room, le hubiera dejado millones a la compañía.
—Licenciada —comenzó a decir el diseñador de niveles—, necesitamos más presupuesto. Tenemos a cuatro compañías de outsourcing terminando el firewall, pero el juego aún es vulnerable, lo que pasa es que…
—Largo. Dije que no quería oír pretextos. Cierre la puerta al salir.
—¡N-No, no es eso, déjeme le explico…!
La licenciada abrió la puerta y escupió un “¡SEGURIDAD!” del que nadie se hubiera extrañado que acto seguido apareciera el robot policía ED-209 de “Robocop” y fusilara al diseñador ahí mismo. Este cruzó la sala de juntas presuroso y mirando al suelo. La puerta se azotó detrás de él, arrojada por la dueña de la empresa. Dirigió entonces la mirada a cada una de las cabezas sumisas de perro apaleado que tenía delante de ella.
—Quiero ver el demo el último del mes, si esto no es la puta mejor experiencia de realidad virtual para smartphone que haya visto en mi vida, no se molesten en pararse aquí el día primero.

En lo que les parecieron minutos, llegó la fecha límite. El soporte para el celular era bastante burdo, impreso en 3D en plástico flexible. Esperaba que los audífonos fueran más grandes, y no unos simples “chícharos”. Miró inexpresiva a sus empleados después de ver lo que estaba delante de ella en su escritorio. Dos de ellos habían tosido discretamente, tratando de ocultar el catarro, resultado de varias semanas maldurmiendo en sus cubículos climatizados dentro de la empresa. Todos tenían unas oscuras ojeras bajo los ojos. Si, valoraban su trabajo, habían hecho un esfuerzo extra para entregarle el demo. Lo reconocía, pero no se los diría jamás.
—¿Con que smartphone voy a hacer la prueba?
—Con el suyo licenciada, le mandamos el link para instalar la app anoche y…
Ella hizo un ademán con la izquierda, movió el pulgar ágilmente sobre la pantalla de su dispositivo y miró. La aplicación se instaló en menos de un minuto, si bien ocupaba bastante memoria. El logo de entrada era feo, pero eso lo podría resolver marketing. Un aviso de seguridad apareció en cuanto el juego se cargó.
—¿Qué es esto?
—Legales nos dijo que teníamos que meter ese aviso antes de acceder, porque el firewall aún no está listo y el sistema es vulnerable. Por eso lo pusimos —la programadora era menudita y había perdido varios kilos de su magro cuerpo. Cuando se percató de su tono, dudó si aquellas palabras serían tomadas como “respuesta” o como “pretexto”.
La Licenciada sólo musitó un “pendejadas” entre dientes y pulsó “aceptar cookies” antes de entrar a la pantalla inicial. —¿Y el control para la mano?
—Cambia de dirección girando la cabeza. Avanza asintiendo. Dos parpadeos para interactuar con el ambiente, para detenerse asienta de nuevo.
—Me gusta eso —su voz fue baja y tranquila. Acomodó su teléfono celular en el soporte impreso en 3D y se acomodó los pequeños auriculares antes de ajustarse el soporte a la cabeza y poner delante de sus ojos la pantalla.
Aunque al principio todo estaba borroso, un flash blanco le deslumbró los ojos. Maldijo y estuvo a punto de arrancarse el soporte, pero un instante después tenía delante de sí la habitación de acceso al juego de Escape room que habían lanzado el año pasado, iluminada por un gran mechero de gasolina. Claro que los gráficos en rudimentario 3D ahora eran un render en alta definición. Asintió con la cabeza y se acercó a una de las ventanas. La lluvia repiqueteaba detrás del sucio cristal y un relámpago iluminó la noche. A lo lejos, árboles muertos se delineaban contra un horizonte lejano, oscuro, bajo un cielo sin estrellas. Esperó unos segundos, un rayo con diferente patrón apareció en otro lugar. Sonrió. No era un ciclo barato, estaba bien animado. El tapiz amarillo desgarrado alrededor de la ventana, mostraba hongos y deterioro. Bajo sus pies, la alfombra raída, sucia después de innumerables pasos lodosos, que desde mucho antes habrían entrado a la habitación. Por cierto, sus piernas, torso y manos eran una muy buena recreación de su cuerpo, basado en las fotografías de su Instagram, vestida con unos jeans y una blusa atada por encima del ombligo. Sus manos tenían puestos unos guantes de manejo. Sonrió. Era un buen inicio. Giró la cabeza, asintió y avanzó hacia la puerta de la cocina de la cabaña de los mutantes asesinos del bosque. Mirando el pomo, parpadeó  dos veces y la puerta se abrió delante de ella.
La maldita cocina de los locos, con su fregadero lleno de loza sucia, por la que reptaban larvas de mosca sobre restos de carne podrida. Las manchas de sangre en las baldosas, los cuchillos afilados colgando de la pared. Maldita sea, las gráficas eran aterradoras en sus detalles. Sonrió emocionada antes de abrir el refrigerador. Y ahí estaba, el cráneo podrido, sobre el que un par de cucarachas roían la carne. Instintivamente echo la cabeza hacia atrás, asqueada por el detalle de las patitas y antenas de los insectos. Luego sonrió. Aquello era muy superior a lo que ninguno de sus competidores ofrecía, y usando interfaces tan simples y económicas como un soporte de a dólar y unos audífonos comprados en la esquina. Un trueno cimbró la casa. “Pepito”, un tipo de dos metros armado con un machete, entró a la cocina. Maldición, podía ver los pelos de sus brazos, las venas de sus ojos, el brillo de sus dientes húmedos de la saliva que babeaba sobre el overol sucio (que le quedaba chico) de una de sus víctimas. La Licenciada dio un gritito de gusto: nunca ese puto malnacido se había visto tan espantoso, los de arte se habían esmerado con el modelo hasta el último detalle. Giró hacia la otra puerta emocionada, esta se abrió de un empujón y cruzó el comedor, decorado con cabezas de animales disecados y buscó con la mirada la anciana cancerosa, igualmente disecada en una de las esquinas del comedor, vestida con harapos que apenas disimulaban los tumores de su cuerpo y de ninguna manera escondían los de su rostro deforme. La puta bruja era horrenda, sus ojos de vidrio reflejaron a “Pepito” cuando este apareció detrás de ella. Miró el camafeo de la mujer y parpadeó dos veces. Sus manos virtuales la sujetaron del cuello y la arrojó al suelo, donde su cabeza se desprendió del cuello y rodó hacia el nieto que gritaba horrorizado. Predecible por supuesto, si habías jugado la versión en 2D del año pasado.

La Licenciada se rió complacida. Su corazón latía con fuerza, a pesar de que ya conocía la historia. Recorrió el resto de la casa endemoniada, siempre huyendo de sus habitantes. La experiencia se prolongó durante una hora, por lo que consideró que ya había visto suficiente. Alcanzó el visor delante de ella y se lo retiró.

Su oficina estaba a oscuras. Ninguno de los programadores estaba ahí. Pensando que estarían afuera, salió y encontró los cubículos igualmente solos. Quitó el smartphone del soporte y  justo cuando pulsó la pantalla para desbloquearlo, este entró en modo de ahorro de energía y se apagó. La app había consumido toda la batería. Debido a que no quería distracciones, esa parte del edificio no tenía ventanas. Encendió la luz y salió al pasillo. Tampoco estaba la recepcionista. Probablemente ya era de noche, no estaba segura. Sintió mucha incomodidad, la app era realmente buena, pero no les perdonaría haberse largado sin que ella se los permitiera. El elevador estaba tardando demasiado en llegar al piso. Después de varios minutos pulsando el botón y sin ver señales de él, ladró una maldición y bajó las escaleras. Juego genial o no, alguien iba a perder su trabajo por esto. ¿Dónde estaba el personal de seguridad?.

La puerta de acceso al mezzanine estaba cerrada. La golpeó, la forzó, la pateó, pero pudo moverla. Le hizo señas a los  guardias del edificio por la cámara, gritó y esperó. Tampoco hubo respuesta. Descendió hasta la planta baja y ahí se encontró el pasillo que llevaba a la salida, un largo corredor de paredes gris amarillento, alfombra plomiza y al fondo, una puerta chapada con el señalamiento de “Salida” iluminado con rojo. Avanzó resuelta, furiosa. ¡La empresa de seguridad iba a enfrentar una pinche demanda de algunos millones, mañana mismo hablaría con sus abogados! No alcanzó a escuchar como el empapelado del muro se rajó, pero sí sintió cómo media docena de manos la sujetaban y la alzaban. Soltó el celular, gritó, se revolvió, pero aquellos brazos eran fuertes, le taparon los ojos y boca. Escuchó como la puerta de emergencia se abría, pero la alfombra amortiguó los pasos que lejanamente percibió. Cuando las manos le permitieron ver, tenía delante de sí al Jefe de Seguridad y a un pendejo que jamás en su vida había visto.
—¿Qué tal nuestro Escape Room? ¿Te gustó? —el nerd con el tatuaje en la mejilla estaba sonriendo.
—¡Inútil, llama a la policía, que todos estos pendejos van a irse derecho al bote! —le gritó la Licenciada al Jefe de Seguridad. Pero él se rió y negó con la cabeza.
—No señora, es la última vez que me pendejea y me grita. Yo trabajo para los dueños de esta empresa.
La Licenciada miró al nerd del tatuaje, quien se estaba señalando el pecho con el pulgar.
—¿No sabes ni quien soy, verdad? Qué poca memoria. ¡Qué poca madre! Me corriste hace dos años. Y ni te acuerdas. Pues bueno, te dije que te iba a chingar. No debiste ahorrar en el firewall, ni aceptar cookies sin leer los términos y condiciones. Ahora te vas a chingar.
La mujer forcejeó de nuevo, pero no consiguió librarse.
—Todas tus acciones ahora le pertenecen  a tus empleados. Y todo el dinero de tus cuentas personales ya fue transferido a un paraíso fiscal, de hecho en este momento ya está girada la orden de aprehensión en tu contra.
Ella miró incrédula.
—Pero no sería un buen Escape Room si no hubiera una salida, ¿verdad? Te vamos a dar una oportunidad. Puedes quedarte aquí y esperar a la policía, a ver si te creen, a ver cuánto tiempo pasas en el bote antes de que halles el modo de pagar abogados sin dinero. O puedes cruzar la puerta de salida, agarrar la bolsa que está afuera y usar los boletos de autobús a Guatemala y el pasaporte falso. “Empezar de abajo” como tanto nos repetías que había dicho tu papi. La decisión es tuya.

Las manos que la sostenían se aflojaron. Volteó  y miró a algunos hombres y mujeres, vestidos de negro, con pasamontañas. El piercing de uno, el mechón rosa de otra, le indicaron que al menos dos de sus empleados (¿o ex empleados?) eran parte de la conspiración.

¿Y si el asunto del lavado de dinero no era una blofeada, sino aquella operación de las elecciones de hacía doce años? ¿Sabrían sus “socios” de Sinaloa que ya no tenía en su cuenta el dinero que le habían dado a guardar? ¿Y el pinche político texano, al que le había presentado unas edecanes el año pasado, y que una de ellas ya nunca había regresado a su casa,  no saldría embarrado con lo de su orden de aprehensión? Miró al Jefe de Seguridad, que ya no sonreía, y al nerd.

—Mierda —murmuró la Licenciada entre dientes.

Y sin voltear a verlos, corrió hacia lo que en verdad deseó que fuera la salida.

 

Abraham Martínez Azuara

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