Las huellas de El Pantera – 1 de 2

Ya mucho se ha hablado sobre la novela policiaca mexicana y su ardua tradición hoy bastante vigente en nuevos autores que la siguen produciendo. Lo que quizás no se haya analizado tan arduamente son sus dos variantes, la “Kitsch” y la “No Kitsch”. Tomando en cuenta que en su génesis el género policiaco estuvo muy relacionado al buen gusto. En primero con el detective Auguste Dupin creador de Edgar Allan Poe, que para empezar nos muestra a un personaje parisino que cuya motivación para resolver crímenes van cambiando a lo largo de las sólo tres historias en las que aparece y que a todas luces muestra un estilo muy propio del refinamiento francés. Sin embargo, la influencia de este personaje otorgó todos los elementos del detective literario en Sherlock Holmes de Arthur ConanDoyle. Que en todo su ser era un vivo reflejo de la Inglaterra Victoriana del Siglo XIX y todas las sofisticadas costumbres que la caracterizaban. Al respecto es notorio que pese a lo que se creé la primera narración de esta índole en México fue también de carácter decimonónica a cargo del cofundador del Modernismo Manuel Gutiérrez Nájera en “La Novela del Tranvía”. Y de hecho, la primer novela de dicha índole en el Siglo XX, fue escrita por Rodolfo Usigli, autor más recordado dentro de la dramaturgia que dentro de cualquier otro género y que en la narración de la casa del “Gordo Azuara” dejaba ver ese buen gusto mexicano heredado del Porfiriato que siempre estuvo también presente en la escenografía sugerida para sus puestas en escena. Incluso en “El Gesticulador”, la casa norteña de César Rubio, no dejaba de tener una notable ausencia de mal gusto, pese a la mala fama que llegan a tener dichos espacios internos del norte de la República Mexicana.

Ahora bien, ¿cómo pudo surgir el mal gusto de dicho género con el que se le relaciona? No hay que olvidar que también en el Siglo XX, “La Comisión Calificadora y Descalificadora de Revistas Ilustradas” al terminar con la industria del cómic mexicano, logró todo lo contrario a lo que buscaba lograr. A partir de ahí fue que vino lo que muchos llaman la decadencia tan relacionada con el mal gusto y cuya mayor representación para muchos fueron “Los Sensacionales”. Al respecto hay que identificar a un personaje del cómic mexicano posterior a la época dorada del “Pepín” y que siempre se le ha relacionado con el “kitsch”, palabra de origen alemán que textualmente significa baratija o chuchería: “El Pantera” de Daniel Muñoz Martínez. Y al respecto, dicho autor en su génesis será cierto que viene de una familia arduamente humilde, nacido en la Ciudad de México en 1938, además de haberse educado en la Colonia Obrera teniendo desde niño el sueño de ser escritor. Pero también comenzó dicho trabajo en la revista “Sucesos Para Todos”, una de las más importantes de su tiempo que tenía al mismo Juan Rulfo como fotógrafo, además de las colaboraciones de Carlos Mosiváis, Rius, Mario Menéndez, etc. Por lo que posteriormente comenzó a publicar en “El Heraldo de México”, “Diario de la Tarde”, “Excélsior”, etc. Fue a partir de 1967 que comenzó su participación dentro de la historieta mexicana, específicamente en Editorial Argumentos, que dirigiese la tan recordada argumentista Yolanda Vargas Dulché y su esposo Guillermo de la Parra, en la que colaboró 30 años. De hecho, su primera gran historieta fue “Kendor el Hombre del Tibet”, dibujada por su colaborador gráfico Joel Kuri García.

Ahora bien, ya podemos analizar al personaje que le otorgó mayor fama, tanto como guionista, como narrador en prosa, que le dio un lugar en la historieta mexicana y de manera peculiar también logró que se le relacionará de forma automática con el mal gusto. Y en primera es necesario comentar que “El Pantera” surgió como bien se dijo, a principios de los setentas, época de la ya mencionada decadencia en las viñetas mexicanas y dentro de lo que mutaría a “Grupo Editorial Vid”, antes de que fuera la que muchos conocimos primordialmente por traducir cómics estadounidenses y mangas. En dicha época su personaje comenzó en la revista “Mini Policiaca de Edar”. Fue hasta 1980 que alcanzó su propia edición con un éxito trascendental, en 1984 el formato cambió a una aventura por número muy al estilo mexicano que nunca necesito las tan largar tramas recurrentes en el estilo norteamericano y japonés para mantener a sus lectores. El éxito fue aun más radical y dicha entrega se siguió publicando durante quince años consecutivos. En los noventas, en que muchos recordamos a Editorial Vid por publicar novelas gráficas estadounidenses, también este personaje contó con un intento de atraer más lectores jóvenes, con una edición similar a las publicaciones especiales de origen estadounidense que no por nada se llamó, “Las Viudas del Pantera” he incluía la novela del Pantera que narra su origen, posteriormente se editó una segunda novela, así como reediciones de lo mejor del personaje, hasta el ya conocido cierre de dicha editorial que tanto molestó a los lectores de historietas no sólo de México, sino de toda Hispanoamérica. Al respecto y en relación a la gran importancia que tiene la novela policiaca azteca, será la primera de las novelas la que se reseñará a continuación.

Son muchos los detectives mexicanos en el largo catalogo de novelas de este género: Valentín Herrera, Filiberto García, Belascoarán Shayne, Sunny Pascale, “El Zurdo” Mendieta, Andrea Mijangos, Tomás Peralta “El Malasuerte”, etc. Pero una característica única, es que Gervasio Robles Villa “El Pantera”, es un personaje que nació propiamente del cómic y de ahí dio el salto a la narrativa en prosa. Y desde una perspectiva propio de ella, sin que se le relacione con sus historietas en sepia, la primer novela tiene mucho valor literario que no se ha valorado como tal. Al respecto es muy respetable la adaptación que Ricardo Peláez Goycochea hizo de la emblemática novela “El Complot Mongol” del escritor michoacano Rafael Bernal. Ahí regaló también una buena versión dibujística de Filiberto García, pero no hay que olvidar que dicho personaje de forma contraria fue creado dentro y para la narrativa en prosa. Al igual que otros detectives que Francisco G. Haguenbecka representado por medio de ilustraciones, pero que no han llegado a su representación gráfica. Mientras que todo lector de la del Pantera ya conoce a tan emblemático personaje en su amplia quijada y sobre todo en ese mechón blanco que nadie explica porque lo tiene. A partir de ahora se reseña la primera novela de este tan peculiar anti héroe.

La novela no inicia de forma lineal y no en el primer capítulo como tal, sino con una nota policiaca que ha grosso modo resume toda la novela tal y como debe de ocurrir dentro de los textos de prensa escrita. En este caso es una columna que da por llamarse “Los Intocables”, que no tiene el nombre de quien la escribe, aspecto fundamental en dicho género del periodismo de opinión que marcó un fuerte error al no incluir siquiera a un autor imaginario. Y de forma breve narran la que será la trama de toda la historia: el fin del imperio de una proxeneta que controlaba a la alta sociedad de la capital mexicana, junto con la policía y algunos políticos que se aglomeraban en su prostíbulo que evidentemente era una emblemática mansión capitalina, cuyo fin fue por la intervención de la reina de dicho monopolio llamada “La Bella Diana”, que la policía sacó de la cárcel. Y como suele suceder en la narrativa policiaca, el que ya se cataloga como un primer capítulo comienza con un crimen que detona expectación en el lector. Asesinato cometido contra una prostituta de la Merced, aspecto que no es poco usual al hacer referencia a un barrio en donde las sexo servidoras están a la orden del día en la Ciudad de México, como a su vez en Guadalajara ocurre en el barrio de San Juan de Dios. En este caso el asesino llamado “El Bombita” resultó ser un ex torero que clavó las banderillas en un vendedor de drogas llamado el Pancho y en una golfa llamada Ofelia, alias “La Vampira”. Siempre cubierto por otro hampón al que se le conoce como “El Gallo”. Dicho capitulo termina con la ley fuga que se le aplicó a un delincuente que intentó huir al ser trasladado a las Islas Marías: “El Pantera”.

Siguiente capítulo plasma dicho momento, un hombre de poco más de un metro ochenta, ojos verdes felinos y su emblemático mechón que según la narración vestía el traje a rayas de la prisión e iba descalzo al igual que todos sus compañeros. Como suele suceder en estas narraciones, la escena se corta ahí y el personaje comienza a contar su vida. Siendo hijo bastardo de un regiomontano rubio del que heredó los ojos y de literalmente una indígena de Oaxaca. Al ser abandonados por su progenitor su madre emigró a la Ciudad de México a lavar ajeno y ahí encontró a otro hombre que trató muy mal a su hijo, por lo que decidió escapar para valerse por sí mismo en el oficio de voceador hasta ser apoyado por una pareja de españoles que tenían una panadería de donde aprendió el oficio, estudió hasta el quinto año de primaria y se convirtió en Pachuco teniendo por tutor a un panadero apodado “El Torreón”. Así se metió en los típicos salones de baile arquetípicos del cine de ficheras y conoció a la que sería su esposa: Rosaura. Que evidentemente también era una mujer de la vida galante que cometió el planteamiento de toda la historia, robarle una valiosa joya a “La Bella Diana”. Así fue como la pareja se casó, el protagonista comenta en sus palabras que nunca había sido tan feliz, sin saber que prácticamente vivían de lo que ella ganó vendiendo dicho anillo y que le dijo a él que eran sus ahorros. Hasta el día que la matrona apareció para cobrar lo suyo. Pudieron salvarse pese a la golpiza que le pusieron por intervención de un revolver que empuñó Rosaura e intentaron fugarse a Estados Unidos por Ciudad Juárez, pero el poder de la proxeneta era infinito, a él lo metieron al legendario “Palacio Negro”, la cárcel de Lecumberri y ella quedó condenada a seguir sirviéndole a Diana hasta que pagará su cuota. En la crujía compartió espacio con un viejo chino que cambió su vida para siempre. El viejo de nombre Kwai Lan resultó ser experto en boxeo Chan-chuan y que de forma indirecta en esta novela editada en los setentas por primera vez representó a un típico maestro oriental de artes marciales antes del boom de los ochentas con películas como “Karate Kid” y que de hecho como suele ocurrir en estos casos, primero fue necesario que el protagonista recibiera una fuerte golpiza que lo mandó al hospital al romperle el tabique nasal. Así fue como comenzó el entrenamiento dentro de la cárcel del Pantera para convertirlo en un experto en boxeo chino y en pocas palabras, darle cualidades extremas para el combate y el asesinato. Y pese a todo, una cárcel en ocasiones resulta ser el lugar más idóneo para un entrenamiento de ese tipo, más en el caso de un lugar como el que fue Lecumberri. Pasó lo que tenía que ocurrir, sobra decir que no fue sólo una golpiza la que previamente recibió el personaje la que provocó su posterior venganza de los tres asesinos más peligrosos del Palacio Negro que existían dentro de este universo de ficción, “El Güero Guadalupe”, “El Sapo” y “El Patillas”, también fue el hecho de que entre los tres violaron a Rosaura.

Eso dio paso el tercer capítulo que en su título lo dice todo, “El Extraño Caso de un Policía Honesto”. A nivel internacional es ya famosa la corrupción de la policía mexicana, su complicidad con el crimen organizado que en este caso es muy explícito al tolerar las fechorías de “La Bella Diana” y estar aliados con ella. Sin embargo, tanto en la vida real como en la ficción, han sido de mucha notoriedad las excepciones a la regla al encontrar policías honrados, una aguja en el pajar ante toda la ya mencionada maldad y prepotencia de los elementos de seguridad pública a nivel nacional, que en ocasiones supera a la de los mismos delincuentes en aspecto como el tráfico y consumo de drogas, extorsiones, lavado de dinero, etc. En esta novela este raro caso recae en la figura de Porfirio Ayala. Que de hecho no se dejó sobornar por uno de los policías corrompidos y pagados por Diana, que le mandó cien mil pesos. Al rechazarlos y encerrar al susodicho “Jefe del Departamento de Homicidios”, un regordete detective llamado Gonzalo Godínez que al instante fue ejecutado en la cárcel por sus ex colegas del Servicio Secreto fieles a la hermosa proxeneta, ahí vino la resolución de Ayala al estar solo ante la corrupción policiaca sin más apoyo que Ramos, su hombre de confianza, que luego de leer las calumnias en contra de su general de un diario amarillista que fue quien le dio la idea, de incluir a un tercer aliado, alguien que también odie a Diana; “El Pantera”. Sacarlo de Lecumberri, aprovechar su odio a la matrona, sus conocimientos en artes marciales, así como el hecho de que su mujer aún es una de sus prostitutas, pagándole con el dinero del soborno, los cien mil pesos.

Por esa razón llevaron al susodicho ante ellos a hacerle dicha propuesta, pero primero tendrían que desaparecerlo con la ley fuga. Y de hecho, el personaje hizo honor a su nombre al saltar del tren una vez que le concedieron permiso de pasar al sanitario, clavando sus pies en la grava para después evadir los balazos y saltar del puente ferroviario al río Lajas, de nuevo burlar a los perseguidores y llegar a la carretera en donde Ramos lo esperaba en un jeep del ejército. El cadáver de un pordiosero sin parientes con un mechón blanco improvisado ocupó su lugar. Al siguiente día el Pantera tomó la imagen que sus lectores de cómic conocen: traje elegante con su pistola oculta en el sacó, aquí se señala el cliché de gabardina y sombrero, en una muy clara referencia que el personaje hace Humprey Bogart y el papel que interpretó dando vida a Sam Spade. Así que a bordo de un elegante mustang rojo salió a las casas de cuatro miembros del servicio secreto: Erik Vladés, El Capitán Pérez Galindo, Elpidio Osorio y Paco Fierro, presuntos homicidas del detective Gonzalo Godínez. Una vez libre como felino, recordó que oficialmente había muerto, esto le causó un fuerte shock a su mujer que la hizo caer en llanto, mientras que Diana se alegraba de la muerte de su “indio pata rajada”. Por lo que ordena que la lleven a un hospital, sólo que el felino observaba y la siguió, sacándola de ahí y llevándola a un motel y ponerla al tanto de todo. A su vez, ella reconoció a los asesinos de Godínez y delató un cargamento de cocaína que se almacenaba en la mansión, sobre los puntilleros de “La Vampira”; dijo que se ocultaban en el antro del “Curro”, la mano derecha Diana que también fue novillero. ¡Así Rosaura se convirtió en su informante! Al respecto Reynaldo Medrano, otro policía corrupto controlado por madame que se sorprendió de los reportes del Capitán Ramos en cuanto a que ya tenían ubicados a los que le pusieron las banderillas al Pancho y a Ofelia. Eso lo hizo advertir al “Curro”, por su parte nuestro detective, al no recibir llamada de Rosaura se levantó a eso de las diez de la noche a continuar con su investigación, eso detonó “La Noche del Pantera”.

(Continuará)

Gerardo Martínez Acevedo

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