La otra

Mañana tengo cita con una adivina, «¡Pero que tontería!», pensé mientras rodaba sobre mí misma en la cama y la bata de suave satén negro se enrollaba dejando al descubierto mis piernas, acomodé de inmediato mi ropa de dormir como si alguien pudiera verme. Me senté pensativa junto a la ventana y por un impulso extraño me asomé hacia afuera buscando el cielo. Vi innumerables estrellas, parecían brillar sólo para mí, inundando la habitación con destellos luminosos que a la vez crearon huecos de sombra donde la luz no llegó. Una estrella fugaz pasó rauda reflejando su vuelo en el espejo por escasos segundos, me cegó momentáneamente lo intenso de su luminosidad.

En ese momento me arrepentí de haberme dejado convencer por mi amiga, que al parecer no tenía más oficio que estar de vaga. Era una joven obesa de cara redonda y agradable. Recuerdo que me comentó confidencialmente con una nota de excitación y sobresalto en la voz: Entonces la adivina me dijo, «tú tienes mucha luz en los ojos y quienes tienen tanta intensidad en la mirada son los que pueden ser médiums o psíquicos, porque logran recibir con mayor facilidad los mensajes de otras dimensiones», mira —agregó extendiendo la mano para mostrármela, me dio su tarjeta con la dirección y me dijo que fuera a verla este martes a las seis de la tarde—, ¡tienes que venir conmigo! —suplicó para luego añadir con tono sentencioso, desprovisto de indulgencia: No creo que tú tengas el don, pero tal vez quieras preguntarle algo. ¿Qué te gustaría saber?
Pude contestar mil cosas, pero me limité a mirar su cara de luna llena y sonreí contestando lo único que podría hacer que se marchara y me dejara tranquila. Está bien, pasa mañana por mí a las cinco y media.

El sitio estaba en una colonia de la periferia de la ciudad. Las casas de los alrededores lucían en malas condiciones, no estaban pintadas, el enjarre de cemento las uniformaba dándoles una tonalidad grisácea. La calle sin pavimentar tenía tantos baches que era difícil transitar. El automóvil se balanceaba de un lado a otro y se sacudía mientras los faros iluminaban las partículas del polvo suspendido en el aire. De nuevo me arrepentí de haber cedido a acompañarla, el hecho de que fuera tan creyente de cosas como adivinos, cartomancianos y hechiceros debía ser su problema y no el mío.

Sentí frío en esa tarde de otoño, sería a finales del mes de noviembre. El patio de la vivienda era un rectángulo amplio. Tenía una cerca de madera mugrienta y en las orillas crecían matojos de yerbas silvestres de color cenizo. Las gallinas enflaquecidas correteaban por entre la fila de personas, dejando sus huellas de tridente diminuto sobre la tierra suelta del patio. Tomamos nuestro lugar en la fila y esperamos en silencio, repentinamente Clarita se había quedado sin palabras. Yo no soy muy afecta a entablar conversaciones, tal vez por eso es que congeniábamos. Ella pecaba de parlanchina y tenía en mí a un público receptivo, me resultaba cómoda esta combinación. En ocasiones llegué a adormecerme con su cháchara, pero hoy parecía un tanto ceñuda y reconcentrada en sí misma, porque ni siquiera parecía prestar atención a su alrededor.

Por un momento tuve la impresión de que unos ojos oscuros me envolvían con una mirada intensa y alarmada. Giré la cabeza en la dirección de donde creí que provenía y alcancé a descubrir un rostro ocultándose rápidamente tras el cortinaje grueso que daba acceso al cubículo de la adivina. Fue un momento extraño, desconcertante, como si alguien me espiara, como si me estuviera esperando llena de temor. Era ridículo, esa mujer no me conocía, ni yo a ella. Sólo era un juego tonto en el que de manera descabellada me presté a jugar. Bastante me arrepentí mientras aguardaba en la fila, haciendo antesala para entrar a un sitio no deseado, en un lugar al que no pertenecía. Debí irme, sí, debí irme, pero no lo hice. Continué de pie detrás de mi amiga esperando mi turno. Me envolví con la capa gris oscuro de lana que vestía sobre un suéter púrpura, llevaba el cabello recogido en una coleta y en mis orejas brillaban los aretes de diamante que de forma totalmente imprudente me había puesto.

Entonces reparé en el animal, estaba casi oculto por la penumbra que la casa proyectaba en la parte izquierda del lugar donde estábamos paradas. Era un macho cabrío de grandes cuernos de color claro y una barba rala en la parte inferior del hocico, su pelaje era negro por eso es que apenas lo distinguía. Tenía la cabeza inclinada y parecía rumiar un puñado de hierba seca. Me sentí un tanto desalentada con su visión y compadecí al pobre animal que era usado como decoración en un tétrico montaje escénico. Estaba atado con una soga gruesa y parecía triste.

Cuando tocó mi turno de entrar todavía quedaban detrás unas quince personas esperando, Clarita hacía rato que había entrado. Me dirigí hacia la ajada y vieja cortina de terciopelo rojo oscuro haciendo las veces de puerta. Vi a mi amiga salir por el otro extremo del cuartucho, se notaba cabizbaja y cuando levantó la vista y me observó, pude ver el pánico en su mirada al encontrarse con la mía mientras negaba con la cabeza y volvía la vista al suelo.

Al momento de entrar en la habitación donde me esperaba una mujer de alrededor de sesenta años, sentí un escalofrío en la piel y mi cabello erizándose en la parte posterior de la nuca. Me cobijé dentro de mi capa y sólo entonces me di cuenta de que por alguna desconocida y misteriosa razón estaba ahí. La adivina me miró cautelosamente y me indicó con una mano nervuda y cubierta de grandes anillos de bisutería barata que tomara asiento. Lo hice en una silla frente a la mesa cubierta con un mantel decorado con estrellas y figuras estrafalarias. La mujer se llevó las manos a la cabeza e intentó alisar los rebeldes cabellos descoloridos y amarillentos salpicados de canas que le daban un aspecto desaliñado. Una enorme bola de cristal impecablemente limpia ocupaba el centro de la mesa, y unas lámparas a su espalda cercanas al techo proyectaban una luz ambarina que no lograba ahuyentar del todo la oscuridad, dejando el sitio en penumbras.

Pude haber dejado escapar la carcajada que de pronto me asaltó ante la visión tan predecible del «consultorio», como pomposamente se leía en un cartelito de plástico duro de color blanco impreso con letras verdes colocado encima del marco de la puerta de entrada, pero algo en el rostro perturbado de la mujer me lo impidió. La túnica que la cubría de pies a cabeza parecía temblar, entonces me percaté de que el temblor provenía de la adivina. Me observaba con espanto intercalando sus miradas entre la bola de cristal y mi persona. Sus ojos oscuros estaban muy abiertos y la piel alrededor de su boca se notaba pálida, entonces me dijo sin más preámbulo: ¡Ten cuidado con la otra! ¿Es por ella que estás aquí?
Me preguntó inclinándose hacia mí cuando pareció haber recobrado un poco el dominio de sí misma.

—¿Cuál otra? —dije con curiosidad— No he venido a preguntarle si mi novio es infiel, vaya, mire, señora, ni siquiera tengo novio, se ha equivocado usted por completo.
—Sí existe la otra y tú lo sabes —me dijo con tono enigmático—, ¿o es que acaso no te has dado cuenta? No es como tú, la otra es… distinta —dijo como temiendo ofenderme, mientras vigilaba mis ojos. Juntó ambas manos llevándoselas a la boca como en una plegaria y agregó dando por finalizada nuestra entrevista—. Ten cuidado con espejos y todos los objetos que reflejen tu imagen, ¡Ella busca salir!
—Señora, ¿de qué me habla? No le entiendo, sólo he venido acompañando a mi amiga, en realidad ¡no necesito ni quiero saber nada! —dije con énfasis y torciendo el gesto, mientras mis ojos adquirían un brillo extraño del cual no me percaté, no tenía donde ver mi imagen.
—Te diré algo —dijo con atemorizada sinceridad—, tengo casi medio siglo haciendo esto —señaló con los brazos abiertos el sitio donde nos encontrábamos—, es la primera ocasión y tal vez sea la última que veo algo en la bola de cristal, ¿sabes qué vi? —añadió misteriosamente, como si estuviera a punto de revelarme un secreto terrible—. Te vi a ti y a la otra, esa —me dijo—, a la que no conoces. Has venido aquí hoy porque alguien tenía que decírtelo. Ahora —suplicó—, ¡márchate y ten cuidado! Ah, y por favor ¡no vuelvas! ¡No estoy preparada para lo que te ocurre! Sólo soy una adivina de feria —dijo como disculpándose.
La miré un largo rato sin saber qué decir, sentí repentinamente una rabia sorda hacia la mujer sentada detrás de la mesita, como si hubiera sido sorprendida haciendo algo indebido. Una vez en la puerta me volví a verla de nuevo y mi voz me sonó desconocida, cuando le solté un agrio “Ya me voy”
—¡Ah! —y dije con un tono de advertencia en la voz— ¡Tal vez quien debería cuidarse es usted! —luego abandoné el sitio.

Cuando salí, el patio lucía desierto y la noche estaba en plenitud. No vi por ninguna parte el automóvil donde habíamos ido mi amiga y yo, entonces me di cuenta que me había dejado sola en ese lugar lejano y hostil. «¡Desgraciada!», mascullé entre dientes. Volví mi rostro iracundo a la casa que ahora lucía terriblemente desolada, de pronto pareció desdibujarse ante mis ojos atónitos. Aterrada emprendí la carrera lejos de ahí.

No volví a ver a Clarita, algunos decían que se había marchado con un novio y otros que encontró trabajo lejos de la ciudad. Como fuera, me alegraba de no verla. Sentía rencor contra ella por haberme dejado tirada afuera de aquella casa, pero sobre todo por haberme llevado ahí. Sin querer, la voz de la adivina resonaba en mi cabeza con su absurda advertencia, «vaya mujer charlatana» pensaba. En un gesto de rebeldía contra lo que consideraba un acto de suprema superstición, primero por haberme dejado convencer de ir a un lugar de esos y después por impresionarme con las palabras de una mujer ignorante, me pasaba largos ratos ante el espejo. A veces sonreía, hacía muecas, me acicalaba, y ensayaba varios cambios de vestuario como si fuera una estrella de cine. Mi imagen se reflejaba inalterable.

Tal vez mi padre debió pensar que me había vuelto una vanidosa por el tiempo que pasaba contemplándome en el espejo. Desafortunadamente para mí, nunca vi lo que se reflejaba en este al volver la espalda, de otro modo no habría sido tan confiada y quizá hubiera tomado en serio las palabras de la vieja adivina.

Mi vida prosiguió como de costumbre. Después de algunos meses casi había olvidado la ingrata visita al «consultorio», así me refería en mis divagaciones sobre la extraña aventura al sitio donde había ido, tal vez porque de esta manera me protegía de sentirme una supersticiosa e incauta.
Hasta el día en que mi padre tuvo que ausentarse. Una de mis tías había enfermado lejos de la ciudad donde vivíamos y como la situación parecía grave fue a verla. Entonces empezaron a suceder cosas extrañas en casa. Decidida a restarle importancia y no preocuparlo no le comentaba nada en nuestras diarias charlas telefónicas.

A veces me parecía que alguien más habitaba la casa. En ocasiones mi ropa aparecía desordenada y encontraba ganchos moviéndose en el interior del armario, como si una mano invisible hubiera estado buscando algo. Mis cosméticos se gastaban rápidamente, sobre todo el lápiz labial color carmesí, era un obsequio y no acostumbraba usarlo por lo subido de tono.

Fue cuando empezaron mis pesadillas. Me veía dirigiéndome al baño desnuda envuelta sólo en la oscuridad. Sentía en mi piel el calor del agua al sumergirme en la tina. Otras, me parecía estar vestida a punto de salir, pero entonces la ira y la frustración se apoderaban de mí, por más que intentaba no lograba traspasar la puerta y subía de nuevo a acostarme. Luchaba por despertar y cuando lo hacía me encontraba parada frente al espejo. Con angustia tocaba mi cabello para darme cuenta que estaba seco, pero en el piso, justo a mis pies se dibujaban pequeños rastros de humedad, revisaba el baño y mi espanto iba en aumento, la tina llena despedía un vapor que lo inundaba.

Algunas veces me daba la impresión de que alguien dormía a mi lado. Despertaba aterrorizada, encendía la luz para asegurarme de que sólo era mi imaginación, pero sobre la sábana se dibujaba la figura de un cuerpo y al tocarla sentía la tibieza en mi mano. Trataba de tranquilizarme pensando que era mi calor y mi forma la que aparecía en la cama, sin embargo, empecé a perder el sueño. Deseaba que mi padre regresara para no estar sola en casa.

Una noche me pareció ver mi imagen de pie reflejada en el espejo, lo cual no hubiera tenido nada de extraño, de no haber sido porque no estaba parada frente a él, me encontraba acostada. Culpé a las sombras en la penumbra de mi habitación, desde entonces duermo en total oscuridad, después de todo sin luz no hay reflejo.

A partir de esa noche no volví a verme en los espejos. Al principio los cubrí con toallas hasta que terminé por descolgarlos de las paredes. Los saqué de la casa un lunes por la mañana y me senté a esperar que el camión recolector de la basura se los llevara. Sólo dejé uno pequeño en el baño, lo descubría únicamente al momento de usarlo.

Vigilé desde la ventana hacia la calle, únicamente para asegurarme que fueran recogidos por los empleados del servicio de limpia. Ojalá nunca lo hubiera hecho, me di cuenta del gran error que cometía cuando sentí sobre mí una mirada pletórica de malsana alegría, delirante y victoriosa. Casi me desvanecí al darme cuenta de que quién me miraba así, ¡era yo misma desde el espejo!  Bajé a toda velocidad la escalinata y alcancé la puerta justo en el momento en que el vehículo daba la vuelta y salía del fraccionamiento. Corrí desesperada tras él, gritando para que se detuviera, mientras mis pies descalzos me punzaban con las piedrecillas de la calle y los vidrios de un espejo roto se enterraban sin piedad en ellos. Vi mi imagen distorsionada bañada en sangre, replicada en tantas partes como fragmentos había. No logré alcanzar el camión pero noté en el guardia de la caseta de acceso, la misma expresión de pánico que había contemplado meses atrás en los ojos de Clarita. Me asaltó la duda de saber si él habría visto lo mismo que yo, de cualquier forma, nunca lo sabré. El hombre se esfumó, jamás regresó a su puesto en la caseta y nunca volví a verlo.

Como en un trance me senté en la banqueta a quitar las astillas de mis pies y con una piedra las pulvericé hasta que sólo quedó un polvo brillante que lanzaba destellos hirientes a mis ojos.
Una vez más, en defensa propia traté de convencerme que todo era producto de mi imaginación, un espejismo, una alucinación debido al estado de nervios en que me encontraba por la tensión y la falta de sueño. Nunca me hubiera permitido admitir que había dejado salir a «la otra».

La calma y la normalidad retornaron a mi vida, mi padre regresó de viaje cargado de regalos, ropa y zapatos en su mayoría. Soy hija única y siempre me ha mimado, sobre todo después de la muerte de mi madre. Si se extrañó de encontrar cambios en la casa no dijo nada, pero una tarde llegó en su camioneta con un obsequio inesperado: un gran espejo ovalado enmarcado en madera preciosa que se balanceaba sobre una base igualmente bella, me llamó con una gran sonrisa y pareció muy complacido en darme lo que consideraba una sorpresa.

Se acercó al pie de las escaleras y tomándome de la mano me condujo con orgullo hacia el objeto. No niego que me sentí complacida de verme reflejada, sonreí a mi padre y le di un beso en la mejilla como muestra de gratitud, sin duda me veía hermosa. Llevaba un lindo vestido blanco de cuello redondo sin mangas, encima un abrigo del mismo color entallado en la cintura que me llegaba hasta la rodilla, mis zapatillas eran de una brillante piel de color negro y mi cabello castaño semi recogido caía en suaves rizos sobre mi espalda, un bolso negro estaba en mi mano y los hermosos aretes de piedras cristalinas y brillantes adornaban mis orejas. Fue la visión de estos lo que me recordó mi visita al “consultorio”. Me retiré instintivamente. Mi padre me observó extrañado, pero fingió no percatarse de nada, me despedí y me dirigí a mi primera entrevista de trabajo, tenía un mes de haber concluido mi formación profesional.

¡Esa noche no podré olvidarla jamás! De nuevo estaba sola en casa, mi tía había muerto y mi padre había ido a su funeral. Me sentía triste y melancólica. Como no podía dormir bajé por un vaso de leche tibia, la luz estaba encendida, sin embargo, estaba segura de haberla apagado. Una visión de mí misma contemplándose vanidosamente en el espejo de la sala se volvió a verme con un brillo perverso, creí notar una advertencia cruel en su mirada. Fue este gesto el que me provocó tal impresión que me hizo perder el paso en la escalera y me precipité al suelo mientras buscaba mantener el equilibrio. Antes de caer me golpeé en la cabeza contra una esquina de la pared, la sangre brotó abundantemente y el dolor me nubló la visión. Con un tobillo hinchado y dolorido me arrastré hasta el teléfono y llamé a emergencias antes de perder el conocimiento.

Desperté en la cama del hospital, todo me daba vueltas y las náuseas me atormentaban. Me quedaría esa noche en observación, el médico quería estar seguro de que no había una conmoción cerebral. Agradecí el estar lejos de casa y me dormí profundamente sabiendo que cualquier cosa que sucediera, por lo menos no estaría sola y en peligro.

La mañana que volví en la camioneta de mi padre, sentí una sensación de pánico al pensar en lo que aguardaba por mí en la sala de mi casa, pero esta se desvaneció tan solo entrar. El sitio donde había estado el espejo lucía vacío. Me abracé de mi progenitor y empecé a sollozar. Me mantuvo abrazada e insistió en que le contara cómo habían pasado las cosas, le dije que había resbalado en medio de la oscuridad en el último escalón, pareció creerme, pero me prometió no volver a dejarme sola. Suspiré con alivio y contesté que no era necesario, que sólo había sido un desafortunado accidente, no pregunté por el espejo ni él me dijo nada.

            Algunas veces pensé en ir a ver de nuevo a la adivina, pero el solo recuerdo de que ahí había empezado todo, bastaba para desanimarme. A Clarita nunca la volví a ver. Mi vida siguió adelante sin sobresaltos, mi horario de trabajo absorbía casi todo mi tiempo. Había iniciado una relación con un compañero de trabajo y al regresar a casa mi padre me esperaba para cenar, amaba a esos hombres, eran mi vida y estaba agradecida de tenerlos.

Mi relación con los espejos nunca volvió a ser la misma, ahora incluso el del baño había desaparecido y sólo usaba uno pequeñito para poder maquillarme. Todo se desenvolvía en una maravillosa rutina de normalidad.

Pero la adivina no había cumplido bien su misión. Me advirtió de los espejos, no de los ventanales que pudieran parecerlo, o tal vez no había prestado mucha atención a sus palabras. Esa tarde invernal de domingo que me dirigía a la farmacia pude comprobarlo, cuando vi un rostro que no era el mío, sin embargo ¡era tan semejante! Estiré mis brazos y mis manos se abrieron con delicadeza para rozar ese espejo falso donde contemplaba mis facciones replicadas, disimuladas con las sombras del atardecer. Sacudí el cabello y la extraña que me miraba me imitó. Di unos pasos lentamente y giré queriendo sorprender la imagen que se reproducía en la vidriera empañada de vapor, ella fue tan rápida como yo y de pronto me la encontré frente a frente. Reprimí el impulso infantil de sacarle la lengua a ese reflejo que me miraba con astucia. Mis ojos nunca hubieran tenido ese brillo de perversión que adiviné en esa mirada, así que los cerré para dejar de ver a la otra mujer que me contemplaba desde dentro del local.

Sentí el apremio de entrar y encararla, pero no lo hice. La reté una vez más: levanté mis brazos y cara hacia el cielo, luego con disimulo, con el rabillo del ojo, vigilé a la otra, mientras su ojo me miraba a mí con igual cautela, «¡el colmo!» pensé con razonable molestia, «pero qué juego estúpido tiene está desquiciada contra mí».

«Un último desafío» pensé, mientras nuestros ojos se vigilaban ambas manteníamos los brazos por sobre nuestras cabezas, el cabello se nos descolgaba a la espalda y los manos se abrían y cerraban al mismo tiempo, hubiera podido causarme gracia, si no fuera, porque, aunque semejante, ¡no era yo!

La ropa que usaba la mujer del otro lado del ventanal era la misma. Vestíamos igual, un suéter blanco de cuello alto y pantalones de mezclilla nos cubrían a ambas, el color del cabello era del mismo tono castaño. Esta observación me causó un sobresalto, me sentí desconcertada por esto y me propuse abandonar cuanto antes el sitio en el que estaba de pie, no obstante, quise comprobar si era capaz de seguir el juego que había aprendido de pequeña y comencé a palmear dos veces consecutivamente y a estirar los brazos al frente con las palmas de las manos abiertas cruzando la derecha hacia la izquierda y la derecha al lado contrario alternativamente. ¡Increíble! sí, ¡increíble!, la mujer era una experta en el jueguito infantil, no pude menos que rendirme ante la realidad, la otra que se reflejaba en la vidriera, era yo.

Con esta certeza en mi mente, sonreí con agrado y alivio a la imagen. La otra me regresó la sonrisa y con tranquilidad continué mi camino por la acera, dejando atrás la vidriera que me confundió. Metí las manos en las bolsas de mi chamarra de piel e inicié la marcha. La mujer del espejo hizo exactamente lo mismo. Creí enloquecer cuando noté que se marchaba ¡en sentido contrario a donde me dirigía!

La última vez que nos miramos, volviendo la cabeza hacia atrás, mientras ambas en total sincronía nos acomodamos el cabello hacia un lado, vi en los ojos de la otra ese brillo extraño y siniestro que no tienen los míos. Entonces ella, la otra, musitó al viento con voz grave y maligna: ¡Cuídate, voy por ti!

 

Rosario Martínez

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