El Profeta

—Quiero volver a escribir… —lo digo entre suspiros, soy un pobre infeliz encerrado en un cuarto viejo, con un papel tapiz devorando sólo ciertas partes de la pared, con cucarachas como compañeras y ratas de audiencia.
—Pero ya sabes qué pasa cada que escribes —me digo a mi mismo—, es sellar el destino de una persona, alguien inocente allá afuera.

Caminaba en círculos mientras la boca me temblaba al hablar, dentro de la habitación había únicamente un escritorio, una máquina de escribir vieja y dos montañas de papel bond amarillento, dando la apariencia de buitres esperando la cena.

—Aunque no puedes culparme —seguía—, dime, ¿quién podría jactarse de ser inocente en algo? Todos llevamos un nivel de maldad en el alma, nadie se es puro, a menos que seas un recién nacido y aun así tengo mis dudas.

Me llevaba el índice a la boca, mientras seguía el ir y venir por el cuarto, observando el lugar en donde debería estar la cama y sólo había cartones viejos, papel periódico y una simple taza con café añejo.

—Ellos quieren que escriba y yo muero por hacerlo, lo necesito, ya sabes, no sé si sea buena esa necesidad; no, pues claro que no lo es, pero ni siquiera importa, para ellos… para ellos si hace la diferencia. Vieron un don, un poder, y yo, bueno, yo sólo quería escribir. Pero luego pasó lo del avión, luego lo de la inundación, luego… Dios mío, la gran peste. Ellos llegaron en mi mejor momento, la creatividad al tope, las letras no paraban, ¿Qué cómo son? No lo sé, nunca los he visto, sólo me hablan, me dicen cosas, me alaban. Nunca me dicen qué escribir, sólo están ahí, escuchando a través de la máquina lo que estoy pensando.

Me acerco nuevamente al escritorio acariciando la vieja silla de madera con pedazos rotos a causa de las mordidas de las ratas. Pude oler, desde esa distancia, la tinta en la cinta de la máquina. Me llevé la palma a la frente y sentí el sudor frío en la mano.

—Me recluté lejos de cualquier hoja, fue horrendo, intenté lo peor pero seguía activo, luego me encerré aquí, esperando que ya nada pasara, y entonces ellos dijeron que me necesitaban. Mi obra maestra estaba inconclusa, querían mi Sinfónica No. 9, mi oda al equilibrio.

Finalmente me senté frente a la ominosa máquina de escribir, levanté la tapa que cubría las teclas, las acaricié por encima, sintiendo el polvo acumulado en las yemas de los dedos, suspiré como lo haría un adicto.

—No debo hacerlo…  —seguía hablándole a la nada—. Pero ellos necesitan que termine, que haga lo que el Gran Maestro no se ha atrevido a hacer, que llame a las trompetas, a los alados y a todo aquel que esté listo para purgar la tierra.

Ellos… ellos dicen que seré recordado como el máximo profeta…
Ellos… ellos dicen que seguiré escribiendo…
Ellos… tienen razón.

Coloqué la primer hoja en la máquina, acomodé la silla, enderecé la espalda de tal modo que esta crujió para descansar mis músculos, me acomodé los anteojos y comencé a escribir con una mueca alegre en el rostro, al fin estaba respirando nuevamente mientras la máquina formaba las nuevas declaraciones…

“Y el mundo escuchó el sonido de las trompetas…

Jorge Robles

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