Sofía

Los tenis están bajo tu cama. Él se ha marchado. Sofía se ha vuelto a dormir. Piensas. Piensas que quisieras escapar de tu vida, dejar atrás la televisión con cable, las vecinas adineradas, tu Suburban del año, su mansión tan vacía; tal vez también a Sofía.

Aún no amanece y tus pisadas silenciadas por los buenos tenis Nike te conducen a la plaza de la colonia, son las cinco treinta, el sol amenaza condenarte a un nuevo día, las nubes se roban el anaranjado de las luminarias y ves aparecer a Don Carlos, el primer corredor de la mañana. Un saludo rápido y sus pasos raudos lo alejan de ti mientras haces tus estiramientos. Sólo aquí lo ves; no imaginas dónde podría vivir.

No, a Sofía no la dejarías atrás; la llevarías contigo, lejos, solas, a pesar de la falta de lazos sanguíneos, ¿qué tan difícil será hacerse cargo sola de una beba?  Los casi dos años que has estado a su cuidado no han sido tan duros; dos años ha que los trámites burocráticos conseguirían lo que su naturaleza no consigue.

Tienes tres meses corriendo a diario excepto los domingos porque él descansa y no te permite abandonar la cama, como si hacerle compañía, sólo compañía, les hiciera bien. En la plaza al principio nadie te prestaba atención, algún saludo ocasional, fuiste la recién llegada al mundo de los pretendidos corredores. Si observas bien, nunca antes lo habías hecho, todos son ancianos, la mayoría hombres, en realidad no corren, caminan o trotan a un paso que en un principio te costaba trabajo mantener. Ahora puedes caminar y regresar alguna broma o alguna anécdota sin que te falte la respiración. Sólo aquí convives. Con ellos. Con nadie más.

Pensaste que accediendo a convertirlo en padre a contra natura su trato se suavizaría, los reclamos ya no… los moretones ya… tampoco. Sabes que no eres fea, pero él te hace dudar; por él has tomado la costumbre de cepillarte los dientes casi diez veces al día; te bañas antes de que se vaya, antes de que llegue; Insegura te pasas la tarde escogiendo la ropa, tal vez esto sí, tal vez. Si se dignara a verla se daría cuenta que la niña siempre está limpia y arreglada. No, nunca la ve.

Percibiendo tu constancia y tu esfuerzo empezaron a incluirte; los saludos, los consejos, la compañía, todo te hace bien: el ejercicio, el aire fresco de la mañana, los ánimos que te brindan. Se han convertido en la meta que persigues para tratar de completar o iniciar tu felicidad. No dejarías esto un solo día aunque te tachen de obsesiva. De maniática. De…

Ya no piensas en ser madre, ya lo eres, así lo pretendes a pesar de la indiferencia con la que te abandona por días casi semanas; Tus padres no preguntan, tu hermana emocionada con su boda y tu hermano con sus hijos son una fotografía familiar bastante deslavada que te hace suspirar por los tiempos sin problemas. Sólo la tienes a ella. Si tú la concebiste, si tú la engendraste. Piensas. Sí,  tú la deseabas y ahora la amas.

Casi ocho kilómetros diarios en dos horas de ejercicio han modelado tu cuerpo, finalmente ese círculo cerrado te acepta. Y te reta; Don Julio lleva unos cuantos metros de ventaja y es la última vuelta; recuerdas los consejos de doña Claudia “no lo presiones, camina tras él, déjalo que piense que él va a ganar, no aflojes el paso, no renuncies sin intentar ganar. No renuncies.”, no sabes porqué esas palabras te recuerdan tanto a las de tu madre. Ganó. Esta vez te ganó, si la carrera hubiera sido a una vuelta más lo habrías vencido, se reventó, ya no puede respirar, tú aún podías con dos vueltas, tal vez más. ¿Por qué sólo aquí te sientes casi feliz, casi viva?

Ha venido a la hora de la comida pero no a comer; Sofía está dormida y ni siquiera pregunta por ella; se burla de tu ropa, desaprueba tu apariencia, condena tu sobrepeso. Sí, te tiene harta pero crees amarlo y supones que por eso lo soportas. ¿Importa en realidad? Te aclara: sus reclamos no son celos porque después de todo, dice, quién se fijaría en ti. Sí, duele, te hace querer correr y llevarte a Sofía, tragar saliva, retener las lágrimas, mirarle la nuca mientras lee el periódico y desprecia lo que cocinaste. Escuchar el auto alejarse desde el ventanal de la sala te relaja, afloja tus párpados y sientes el calor húmedo de tus mejillas; la tela de las cortinas apretándose contra tus dedos.

Una buena carrera. Piensas. Has regresado antes de que despierte la niña, cansada te sientes bien, él se está bañando mientras le preparas el almuerzo que dejará sin tocar en la mesa de la cocina. Se marchará y sabes que, nuevamente, te reclamará haber comprado esos tenis tan caros que siguen sin estrenar bajo tu cama. Y una vez más te exigirá que dejes de estar achacándole una hija que jamás podrá tener.

Quisieras correr.

 

                                                                                  Samuel Carvajal
Foto de Gloria Velásquez

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