El portal de Belén.

«Más, tú ya sabes que soy pobre también,
Y no poseo más que un viejo tambor»

El niño del tambor

Faltan tres semanas para navidad y dos días para terminar las clases. Los profesores ya no quieren trabajar ni nosotros hacer nada pero hay que cumplir con el calendario. Este mundo apesta.

Oscar, que es mi compañero desde que entramos a la primaria y mi vecino desde que yo llegué al barrio, en compañía de sus hermanos, Raúl de tercero y Pedro de sexto, son mi pandilla para llegar a la escuela. Oscar y yo vamos en cuarto.

A una cuadra de nuestras casas pasamos por la calle del Pipo, un perro color anaranjado, tuerto y con una pata coja de tanto que se ha aporreado con otros perros. Los hermanos le tienen pánico a los canes, yo no. Por ello me divierte que desde varias casas antes se van por la banqueta contraria esperando que el perro no nos vea. No, no nos ve pero les huele el miedo. Yo de cajeta pateo una lata para hacer ruido y el perro sale ladrando. Ellos se asustan y empiezan a correr; el perro, obviamente, va tras ellos. Los corretea casi una cuadra y yo sigo mi camino tranquilo y sin problemas pateando la lata. Cuando el Pipo decide que ya los alejó suficiente regresa a su casa, le chiflo, se acerca y le acaricio la cabeza. A veces lo doy un dulce y mueve la cola. Él me cae bien, ellos me odian un poquito porque no tengo necesidad de correr ni miedo a los perros. Sospecho que le caigo bien a casi todos los animales. A ellos no mucho por eso dije casi.

De regreso de clases los hermanitos miedosos decideron irse por la avenida para evitar al Pipo. Voy solo y el perro me saluda y me mueve la cola. Ni aguantan nada. Llegando a nuestra cuadra me los vuelvo a topar; ni se despiden. Perdedores apergatados.

De un tiempo para acá vivo con mi abuela y frente a su casa vive su vecina amargadita, Doña Rosy. Al lado de la casa de la Rosy hay un terreno baldío. Allí deja sus botes de basura. Antes de entrar a casa de la abuela escucho los maullidos de un gato. Cruzo la calle para ver dónde está. Lo veo bajo unos arbustos cerca de los botes de basura de la ñora amarguetas, me acerco y lo quiero acariciar pero me huele la mano con la que acaricié al Pipo. Me bufa y se mete más a los arbustos. Se me ocurre algo.

El camino que lleva a Belén.

—Ya vine, abuela.
—Qué bueno, mijo. Póngase a cenar para que me ayude a poner el nacimiento del niño dios.
—¿En el porche como el año pasado, abue? —le pregunto todo emocionado.
—Si, el año pasado todas las vecinas nos chulearon el portal, le quedo muy chulo, mijo.
—¡Sí! Yo lo quiero poner otra vez. Ahorita regreso —digo aventando la mochila.
Después de lavarme las manos, cogí un plato y le puse leche tibia. Se lo llevaba al gatito perdido. Sigue maullando pero ahora no me tiene miedo, ya no huelo a perro, y le dejo servida la leche. A mis espaldas escucho la voz de la vecina amargada que me gritonea toda enojada: Oye, Jesús, ya te he dicho que no les andes dando de comer a los animales porque luego vienen y me riegan toda la basura.
El gato se espanta y se mete más en los arbustos. Me fastidia que me griten y le contesto.
—Es un gatito y este no le va a tirar la basura, me lo quiero llevar a mi casa, no sea exagerada.
—Méndigo escuincle grosero contestón, le voy a decir a tu abuela que me faltaste al respeto, pues qué te crees. Eso pasa porque no te lleva a la iglesia.
—Yo no le falté al respeto, no sea argüendera.
—Y le diré que me dijiste argüendera y loca y, y, y… que me insultaste mucho, ahora verás.
Ya sabía yo lo que seguía: primero sacará a su perro, el Sultán, para cuchiliarmelo; así que me di prisa, me metí como pude en los arbustos y saqué al gato. A ese perro le gusta aporrear a lo que se deje. Me fui corriendo a mi casa. Y también ya sabía lo que seguía después de eso.

Ande, ande, ande la Marimorena.

—Ahí están las cajas de los juguetes del niño dios que faltan y ya no chille.
—Si no estoy chillando pero para qué me pegó por lo que le dijo la vieja mentirosa de doña Rosy.
—Quién le manda andar de grosero —un nuevo jalón de orejas—, ya sabe que me repatea que me den quejas de usted.
—Pero si le dijo puras mentiras, yo ni le dije nada de eso —rezongué mientras me sobaba la oreja que casi me arranca—, y usted se las creyó toditas sin preguntarme nada.
—Ya cállese —ora un pellizco en el brazo bien dado—, y mientras pone los monitos rece un rosario. Ande.
—Ni madres.
—¿Qué dijistes? —me dice haciendo la finta de que se va a quitar, otra vez, la chancla derecha.
—Ave María purísima…
—Sin pecado concebido… así me gusta, cabroncito. Ya pórtese bien. Si no no le va a traer nada el niñito dios.
—Pa’ los pinchurrientos calcetines que me trajo el año pasado.
—¿Qué dijo?
—Ruega por nosotros.

Beben y beben y vuelven a beber…

Pasó una semana, empezaron las posadas con los rosarios y tamales incluidos. También con la hipocresía de la gente a todo lo que da. Eeeen el nombre del cieeeelo… La jacalera de doña Rosy se chutaba los misterios gozosos, supongo que le gustaban esos porque la visitaba bien seguido el padre de la parroquia quesque para darle la unción, ve tú a saber de qué, y siempre salían los dos bien contentos. Aaaaquí no es mesón, sigan adelaaaante… El resto de los vecinos que ni se podían ver todo el año ahí estaban cante y cante los peces en el río y ellos bebe y bebe y volviendo a beber todo el pulque que trajeron y ya ni se sabían la tonada. Me caga la navidad. No seas inhumaaaaano… Pero me encanta poner el portal con su nacimiento. Siempre me lo chuelan, hasta el Oscar y su bola de hermanos y hermanas. Yaaaaa se pueden iiiir y no molestaaaar… No es por nada pero cada año me quedaba más chinguetas. Yo quiero ser arquitecto de grande, aunque empiece de chalán del papá de Oscar que ya es primera cuchara.

—Oye, Jesús, ¿y tu gatito?
—Se murió. En la mañana lo encontré muerto todo mordisquiado, alguien lo dejó ahí en la banqueta todo tieso.
—¿Que le pasó? —me preguntó el Oscar mientras se zampaba otra vaso de champurrado.
—Pues yo creo que le echaron al Sultán ya sabrás quién.
—No andes levantando falsos testimonios, Jesús —me dijo Alicia, una de las ochenta hermanas del Oscar. Y del Pedro y del Raúl—, no estás seguro que fue ella y eso no le gusta al niñito dios.
—El niñito dios ni sabe nada. Y tú tampoco, mejor cállate. Si hubiera llegado solo ahí al árbol, hubiera sangre regada pero no había nada. Alguien lo puso ahí ya todo tieso.
—Eres bien malo, mira, rézale al niñito con mucha beboción y vas a ver que te hace el milagro.
—¿Qué es beboción? —preguntó con la boca llena de tamales el Oscar.
—Así con mucha fe y te cumple lo que le pidas.
—No manches, Alicia, agarraste champurrado del que tu papá le echó pulque.
—Estúpido incrédulo. Te vas ir al purgatorio por ateo —se fue a agarrar más tamales.
—Si siguen tragando así los que van a terminar bien purgados en el purgatorio van a ser ustedes.

Arre, borriquito, arre, burro, arre.

«Como siempre, adivina a quién le tocó recoger todo el regadero de la posada. Pos sí, a mí. La abuela bien buena anfitriona y aquí su gato limpiando todo el pinche mugrero de hojas de tamales, vasos desechables, lo que quedó de la piñata rota que nomás traía cacahuates y ni un méndigo dulce. Pinches codos. Chingos de latas de cerveza. Y de bolo dieron puras galletas de animalitos y mandarinas todas pasadas. Y para adorar al niño dios nomás obleas de cajeta bien duras. Mejor ni den nada».
—Ya no estés repelando y termina pronto que ya me voy a ir a acostar.
—Sí, ya cállese —la abuela ya me estaba tuteando.
—Cierras bien el portón y no apagues las luces del naciemiento.
—Sí, ya cállese —nomás me tutea cuando se pone pedilla y hoy se le pasó el rompope.
—Que descanses tú también.
Mmmta, sorda, ciega y borracha, a buen santo me arrimaron. Si se hubiera puesto más ebria hasta me hubiera dicho que me quiere mucho. Nomás así se acuerda. O inventa.

Salí a dejar las bolsas de la basura y al ver el bote me acordé que ahí había echado al minino, bueno, minina, era gatita, le puse Tzitzimime. Tzitzi pa´la raza.
Pobrecita, estaba bien muerta y el camión de la basura pasa hasta la otra semana. Me dieron ganitas de chillar. Moquié poquito y me metí. Hacía frío, ha de haber sido por eso.
Cerré el portón y antes de entrar a la casa admiré mi obra. No manches, me quedó bien chido el nacimiento. La abuela toda su largota vida había ido coleccionando monitos para estas fechas. Así que tenía muchos monos de barro pintado y el nacimiento quedaba enorme, ocupaba todo el porche, al cabo ni carro teníamos. Hace años empecé a ayudarle a ponerlo, de dos o tres para acá lo pongo yo solo. Hay borreguitos a mil, parece iglesia. Me hinqué para verlo mejor. También hay pastores, reyes magos; uso las mismas cajas donde guarda los monos y papel roca para darle forma de montañas, acantilados y barrancos; hay también casitas, elefantes, laguito con espejo y cascada, patitos sobre el «agua» y el musgo, camellos, hermitaños, norias, caballos, un pastor con su lumbrita haciendo cabrito al pastor, mira que chingón salió, de seguro se lo van a cobrar. Le quería poner arena para simular el desierto pero se veía bien rara de color gris, pero fue la que consguí, arena del número cinco de la casa que está construyendo el papá de Oscar en la otra cuadra. Las series de luces me recuerdan con sus piquitos y colores a las colaciones que nos daban antes en los bolos. Y también me recuerdan mucho a mis papás. Huele a cera de velita navideña.

Veo en silencio las lucecitas que lento se oscurecen y alumbran con sus destellos los huecos del pinito y todo el recorrido en penumbras del nacimiento: luces azules y recuerdo cuando ellos salieron de viaje en aquel autobús azul. Rojas y recuerdo las luces de las ambulancias cuando llegamos al lugar del accidente. Amarillas enfermas y me veo en la sala de espera del hospital. Blancas como en la funeraria donde nadie me decía nada. Anaranjadas como las flores que les dejaron en la tumba del panteón. Me caga la navidad. Recuerdo que en todos lados había pinitos con sus aromas y sus luces a todo lo que daba: en el hospital, en la funeraria, en las casas de mis tías. Madres, ya estoy chillando otra vez.
Me pongo de pie para ver mi travesura y se me pasa. Un poquito. Después de esta posada siempre le termino de dar mi toque a mi obra maestra para que los vecinos no le chismeén a la abuela: del lado del angelote pongo a Yoda, a Bambi, un Mazinger Z gigante, y al mejor luchador de todos los tiempos: el Santo, ellos son los buenos, junto con el niñito dios que aún no lo acuestan o levantan, sepa la bola cómo es eso.
Del otro lado, donde está la cueva del Diablo, que en realidad es un Darth Maul con su foquito rojo adentro, también ahí van: el tigre Shere Kan, un chamuco todo feo de cartón, Scar, el Blue Demon y varios monos de plaimobil vestidos de policía porque no encontré más personajes malos.

Es lo genial de que mi abuela esté sorda y casi ciega, ni cuenta se da de mis agregados a la posada navideña. Entren, santos peeeeregrinos, peeeeregrinos...
Le doy cuerda a la casa de juguete que tiene su cajita musical. Suena y me pone triste otra vez. Me acuerdo de la gatita. Me acuerdo de lo que dijo la mensa de Alicia y me acuerdo que no tengo nada que perder. Fui por la gata y la saqué del bote de la basura. La puse frente al portal y pedí con todas mis fuerzas y los ojos cerrados. No quería abrir los ojos porque me sentía bien menso sabiendo que nada de lo que yo pidiera me lo iban a dar, ya había pedido mucho antes y ya ves, nunca me hicieron caso. De todas maneras pedí sin creer pero una luz muy brillante me llamó la atención aun con los ojos cerrados. Los abrí. Era una luz que salía del lado bueno del portal. Iluminaba con fuerza el cuerpo duro de la gata que había envuelto en un secador de la cocina y después de un rato, se empezó a ablandar. No lo podía creer pero no podía ni moverme, la luz brillaba mucho. Un maullido y el repentino silencio me desapergató: La gatita estaba viva, se salió como pudo de su mortaja y el portal seguía brillando. Después de un rato la gata entró en la luz y todo había vuelto a la normalidad. El portal se cerró. Era un portal pero como de esos de ciencia ficción que te llevan a un multiverso. Bien raro.

Quise creer que todo aquello era a causa del champurrado con pulque del papá de mis vecinitos o las mandarinas pasadas de los bolos.

Me fui a dormir.

Campana sobre campana.

El resto de los días que faltaban para navidad no quise nada con el portal. Me daba entre miedo y curiosidad. Nomás sobresalían el Mazinger Z de un lado y el chamuco de cartón del otro. El problema fue que un día llegó llorando Alicia para contarme que el Sultán había mordido a su hermanita más chica, la Charito. Y que doña pelos no quería que le hicieran nada al perro y menos pagar por lo que hizo su canijo dogo, y como los papás de mis compañeritos no tenían dinero ni para llevarla al doctor no pudieron ni demandar a la señora. Los vecinos se cooperaron para las curaciones y a mí me ganó el coraje pero si iba y le decía de cosas a la bruja de enfrente mi abuela me iba a zonajear otra vez como nomás ella sabe. Mejor no. Ya se me ocurriría algo qué hacer. Y sí se me ocurrió.

Después del veinticuatro, que todos los adultos amanecen crudos y los niños que se portan bien, y por eso les tocan papás con dinero, reciben sus regalos, todo mundo se duerme temprano. A mí el niñillo dios me trajo unas trusas nuevas. Está bien, las que uso ya tienen el elástico todo aguado. Aparte ese día hacía un chorro de frío. Así que comoquiera fui por el Sultán y me lo llevé con engaños y salchichas hasta el nacimiento. Ahí estaba el perro glotón atragantándose de buñuelos y recalentado cuando cerré los ojos y pedí con mucha beboción que me hicieran caso.

Y sí, el portal me hizo caso de nuevo, sólo que esta vez el lado malo fue el que se abrió con una luz colorada y hasta se sentía el calor de los mil demonios, diría mi abuela. Olía raro, como a huevo podrido. El perro fue jalado para adentro pero se resistía y lloraba y no se dejaba llevar. Nadie escuchaba el escándalo. Mi abuela siempre duerme como piedra y los vecinos han de estar en las mismas. El perro no se dejaba ir. Pero ni para dentro ni para afuera. Yo quería jalarlo de las patas pero me tiraba la mordida. Lo único que se me ocurrió fue ir por la dueña del perro para que me ayudara a sacarlo.
—Doña Rosy, venga rápido, a su perro se lo quieren llevar.
—Escuincle grosero, si le pasa algo a mi perro no te la vas a acabar.
—Sí, sí, lo que usted diga pero venga ya.

Finalmente fue por su chal y, como es su costumbre, traía un rosario en la mano. Al cruzar la calle y abrirle el portón pudo ver lo que le esperaba. Las cuentas del rosario cayeron en el suelo y se perdieron todas mientras se santiguaba y empezaba un credo completito como a mil por hora. Ni a mi abuela la había escuchado rezar tan rápido cuando ya casi se le pasa su novela. El perro aullaba de miedo. El portal lo jalaba pero no con mucha fuerza. Doña Rosy después de reponerse del susto empezó a jalarlo de las patas delanteras y del collar pero el portal cada vez era más fuerte.

Yo detrás de ella veía que el hueco rojizo se abría como la boca rabiosa de un Sultán gigante. Doña pelos empezaba a llorar y a pedirle auxilio a diosito y todos los santos. «Santa Modesta, líbranos de esta». Para todo tenía oración. «San Pedro, salva mi perro». El tirón cada vez era más violento. «San Vicente, jala más fuerte». Vi hacia el lado bueno del nacimiento y el Santo sólo me hizo una señal con su manita de luchador levantando el dedo pulgar así como dándome like. Y… pues, sí, el colote de doña Rosy me quedaba a la altura de la cara porque estaba empinada jalando al Sultán, así que no perdí mucho tiempo y le di un empujoncito no muy fuerte en las asentaderas. Se fue de cuernos y el portal se tragó al perro y a su dueña.

Después de un rato todo volvió al silencio y a la normalidad.

El niñito Jesús se quedó dromidito todo tranquilo. José hacía como que la virgen le hablaba aunque María ni le decía nada, a ella sólo le vi una leve sonricilla en su carita de barro. El resto de los animales y pastores y demás ni cuenta se dieron de nada. Bueno, el Blue Demon también tenía el pulgar levantado.

El otro niñito Jesús, este, se quedó bien contento con sus calzones nuevos de Bob Esponja.

Noche de paz, noche de amor.

Samuel Carvajal

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