La ciencia ficción y Playboy

Un amigo me comentó ayer que estaba leyendo THE PLAYBOY BOOK OF SCIENCE FICTION, y confieso que los gratos recuerdos me obligaron a escribir la postal del día de hoy. Todos conocemos el viejo chiste del pervertido que dice comprar la revista PLAYBOY sólo “por los artículos”, pero de hecho hubo una época en que los artículos sí que valían la pena. Las entrevistas, por ejemplo, no eran las tonterías superficiales de hoy en día, sino conversaciones verdaderamente profundas de doce o quince páginas, y no con una de las Kardashian sino con gente como David Bowie, Marlon Brando, Bob Dylan, Roman Polanski, Muhammad Ali, etcétera. Como Chester Brown en Yummy Fur, uno se masturbaba con las fotos por pura costumbre. Lo bueno era lo demás.

En cierta manera la Ciencia-Ficción fue de los últimos géneros literarios en incluir al sexo entre sus páginas. La literatura del futuro y sobre el futuro estaba algo atrasada en la vida real, desgraciadamente. Había pocas escritoras mujeres y los hombres parecían no saber mucho sobre el tema. Los mismos editores se negaban a permitir escenas sexuales pues la consideraban literatura para niños, y los críticos la consideraban infantil pues no lidiaba con el sexo o las relaciones entre parejas de una manera madura. Fue sólo hasta la década de los años 50s cuando escritores como Philip José Farmer, Ted Sturgeon y Fredric Brown se atrevieron a romper este tabú casi adolescente. (Heinlein y sus novelas revolucionarias de los años 60s únicamente continuaron la tendencia). Precisamente, un lugar donde este tipo “subversivo” de CF era aceptado, hasta bienvenido, eran las revistas para caballeros, como Cavalier o Dude o Rouge. De hecho, varios autores de CF (digamos Harlan Ellison o Robert Shea) laboraron como editores de este tipo de publicaciones en más de una ocasión para poder pagar su renta. Varios de los cuentos más famosos en la historia del género aparecieron por primera vez no en revistas con cohetes espaciales en sus portadas sino en las revistas para caballeros. Huelga decir que la mejor y más famosa de todas estas revistas era, y es, Playboy.

Igual que los artículos periodísticos en Playboy eran de una manufactura superior, los cuentos que aparecían en la revista no eran cualquier cosa. Para empezar, quizá mucha gente no esté enterada que Playboy es el mercado profesional para cuentos más lucrativo en todo el mundo. No el New Yorker, no el Alantic Monthly. Un solo cuento en Playboy, de la extensión que sea, te gana un chequecito de cinco mil dólares (un cuento corto en Asimov´s, por ejemplo, te gana en promedio unos 400 dólares). Por esta razón, entre otras, no publican a quien sea. Nombres como Ray Bradbury, Harlan Ellison, Kurt Vonnegut, y Ursula K. Le Guin fueron de los pocos que lograron entrar a este selecto y exclusivo panteón, al lado de ganadores del Nobel como Doris Lessing, ni más ni menos. Inevitablemente, una colección de “lo mejor” de Playboy es casi por definición una extraordinaria colección.

De hecho, la única desventaja de este libro en particular es que justamente los cuentos son tan bien conocidos que un lector de largo colmillo de la CF va a encontrar muy poco que no haya leído previamente. Empezamos, por ejemplo, con “Lost City of Mars” de Bradbury, (que curiosamente no aparece en The martian chronicles, pero se puede encontrar en I sing the body electric), donde navegamos por los canales de Marte hasta encontrar una ciudad olvidada por el tiempo. “Welcome to the Monkey House” es quizá el relato más famoso de Vonnegut. Quizá no el mejor, pero uno que definitivamente representa la década de los 60s a la perfección, e indirectamente la actitud ante el sexo de Playboy. (Inevitable mencionar, supongo, que muchas feministas detestan este cuento). Igualmente, asumo que todos están familiarizados de sobra con el “Nine Lives” de la señora Le Guin, quizá el mejor relato de toda la colección. Algunos recordaran que cuando publicaron el cuento en 1969, lo hicieron bajo el nombre de U.K. Le Guin, no fuera a ser que los lectores se asustaran por una mujer autora. (Vean la “Nota Biográfica” que escribió para la revista en la imagen de abajo). Supongo que es innecesario también dar una sinopsis de “The Word Processor” de Stephen King, que tiene una de esas premisas que todos conocen de memoria, aun cuando nunca lo han leído.

Relatos ligeramente menos conocidos quizá sean el de “Gianni” de Robert Silverberg (Silverberg es de los pocos que han logrado publicar cuentos en Playboy en múltiples ocasiones y, personalmente, yo habría preferido quizá “The Pardoner’s Tale”, pero en fin… ). Otro relato de viajes en el tiempo es el de Larry Niven, “Leviathan”, parte de su serie de aventuras sobre el burócrata Svetz (el protagonista de The flight of the horse). Prefiero el de Silverberg, la verdad. “Frozen Journey” de Philip K Dick es, por alguna razón, uno de sus cuentos olvidados. Me sorprende que no hayan hecho una película del mismo. Una agradable sorpresa es “Transit of Earth” de Arthur C. Clarke quien nunca se caracterizó por una prosa muy poética, pero que sin embargo nos ofrece aquí uno de los relatos más conmovedores de todo el libro. “The Dead Astronauts” de J.G. Ballard juega con sus viejas obsesiones de siempre (como el titulo nos alerta), pero de alguna forma logra que parezca nuevo. Como de costumbre, Ballard es un maestro en las relaciones entre hombres y mujeres, aun si a veces son enfermizas. George Alec Effinger, por su parte, nos ofrece otro de sus retratos instantáneos del futuro cercano (desde el punto de vista de una estrella pornográfica virtual, en esta ocasión) en “Slow, Slow Burn”. Supongo que el relato más erótico de la colección (más o menos, necesitan leerlo) sería el último, “An Office Romance” de Terry Bisson, mientras que Robert Sheckley contribuye uno de los más extraños con su “Can You Feel Anything When I Do This?”, aunque se queda corto al lado del siempre idiosincrático Howard Waldrop y su “Heirs of the Perisphere” y el “Sen Yen Babbo & the Heavely Host” de Chet Williamson. Material, todo, que vale la pena ser leído, en el improbable caso que no lo hayan hecho todavía.

Esta es de hecho la segunda antología de material de literatura fantástica en Playboy. En 1966, cuando la revista era todavía considerada un verdadero escándalo social, sacaron otra (con el mismo título) que también tenía material bastante atractivo. Por su antigüedad ahora son cuentos menos conocidos, como “The Fly” de George Langelaan (de donde sacaron la película), o “The Crooked Man” de Charles Beaumont, veterano de la Twhilight Zone, o Arthur C. Clarke y su “I Remember Babylon”, así como material selecto de Sturgeon, Pohl, Sheckley, y William Tenn. Hoy en día ese libro se ha convertido en un verdadero objeto de coleccionistas, y es casi imposible conseguirlo a menos que uno esté dispuesto a pagar exorbitantes cantidades de dinero. En el futuro cercano, ésta colección de los 90s quizá se convierta tan difícil de conseguir como aquella de los 60s.

Armando Saldaña Alanís

Publicado originalmente en https://postcardsfromtheedge-armando.blogspot.com/2012/11/la-ciencia-ficcion-y-playboy.html

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