El puente de Hrungniraense

—Hay un monstruo en Hrungniraense —había dicho solemne Malthe al resto de los niños a la hora del recreo. El grupito de escolares rondaba entre los nueve y diez años, y a la sombra del viejo árbol del patio de la escuela los había reunido como cada inicio de periodo escolar para continuar una tradición que, según él, se remontaba a la fundación del pueblo de pescadores. Malthe era un niño rubio, más alto y corpulento que el resto de sus compañeros. Hijo de un vendedor de seguros itinerante, después de clases pasaba largas horas en la playa o recorriendo el pueblo en una bicicleta que cada año le quedaba más chica, dándole el gracioso aspecto de un pequeño gorila blanco haciendo un acto de circo, cosa de la que ninguno de sus compañeros se atrevería a hacer mofa.
Caminó hacia el niño nuevo, ese que había mantenido cierta distancia durante el día, y que más por fuerza que por gusto, el resto de los compañeros lo habían convencido de que asistiera a la asamblea. Malthe le puso una de sus pesadas manitas en el hombro y le preguntó su nombre. Valdemar respondió con voz casi inaudible, bajando la mirada. Era un niño delgado, de cabello oscuro y lacio que le ocultaba una amplia frente. Malthe no le soltó el hombro mientras continuaba hablando acerca de la cosa que vivía bajo el puente, en el camino que llevaba al Hjorring. Una cosa que temía a los automóviles, a los adultos y a la luz del día, pero que en los largos inviernos podía salir en la noche a cazar niños.
Habían desaparecido algunos niños en el curso de los años en el pueblo, pero como no estaban por encima de la media nacional, nadie le daba realmente mucha importancia. Pero Malthe sabía la verdad: no era que se escaparan de sus casas, no era que se ahogaran en el mar o se perdieran en el bosque: se habían topado con la cosa que vivía bajo aquel puente.

Valdemar era nuevo en el pueblo. Cuando Malthe le preguntó de dónde venía y si había monstruos en su pueblo, se limitó a responder que en Aarhus no había cosas bajo los puentes ni bajo las camas. Malthe se rió de forma exagerada poniendo los brazos en jarras y luego lo miró seriamente. Le habló de cosas que no se pueden ver pero que existen, como los átomos del aire, como los peces abisales ciegos que tienen luz propia en el fondo del mar. Les habló a todos de nuevo, como solía hacerlo, de las atrocidades que disfrutaban hacer los monstruos antiguos que habitaban en el Mar Báltico, de los ferris hundidos por Kraken en el Mar del Norte, y que las noticias afirmaban que habían sido accidentes o tormentas. Los compañeros de Malthe saboreaban sus extrañas historias mientras compartían una bolsa de rollos de canela, deleitándose con cada detalle sangriento y morboso que el corpulento niño, convertido en bardo, les narraba. Y al terminar su exposición, algunos reían entre dientes y le picaban las costillas a otros para sobresaltarlos. Pero al parecer a Valdemar no le habían parecido ni entretenidas ni interesantes, y esto lo notó Malthe.
—Todo es verdad —remató el niño rubio mirando al nuevo de la clase, que sin levantar la vista pareció inmutable. Le sujetó por el hombro y lo conminó una vez más a prestarle atención. Malthe dijo que sólo había una forma de estar en paz con la criatura carnívora del puente de Hrungniraense y que le permitiera vivir en el pueblo sin riesgo de convertirse en su cena, y era algo que todos habían hecho antes: llevarle comida. Una vez al año el grupo de escolares iba a dejar bajo el puente un pollo asado, el cadáver de una ardilla o algo de arenque. Por supuesto, esto lo hacían de día, pero aunque nadie se quedaba para confirmarlo suponían que durante la noche la criatura salía de debajo del puente y se comía las ofrendas. Lamentablemente eso lo hacían al inicio de las vacaciones, y faltaban unos meses para que Valdemar pudiera entregar su ofrenda, así que tendría que vivir con miedo hasta ese momento. Después de dar esta explicación, Malthe le dio una fuerte palmada en el hombro y arrojó otra de sus carcajadas socarronas.
—No te creo nada —lo retó en voz baja Valdemar.
Rojo como salchicha se puso Malthe por la ira, sujetó a Valdemar por las solapas de la camisa y lo puso de pie en medio. Tal vez en las grandes ciudades no había monstruos pero en el vasto mar y en Hrungniraense claro que existían. Al parecer, lo que más enojaba al niño no era que lo llamaran mentiroso, sino que dudaran del folklore local. Se consideraba un heredero de las más antiguas tradiciones de su pueblo, y cualquier citadino flacucho que las pusiera en duda, la iba a pasar mal.
—Si no me crees, acompáñame al puente de Hrungniraense al atardecer. Pero te aconsejo que lleves algo para que el Jötunn coma, o tú serás su cena.

Al final de la jornada uno de los compañeros de Valdemar le pasó un papel doblado. Lo abrió y se encontró con el tosco dibujo de un ser humanoide que salía de debajo de un puente y sujetaba por la cintura a un niño delgado de cabello negro y lacio que le tapaba los ojos, pero no una boca redonda de la que salía un grito. Valdemar volvió a doblar la hoja y la colocó en la última página del cuaderno de matemáticas, cuando todos se fueron de salón.

La carretera a Hjorring comenzaba poco después de las ruinas del monasterio, construido con piedras arrancadas a la tierra que en la edad de bronce fueran altares paganos. Los campos de centeno se extendían por varias hectáreas antes de ceder el paso a los bosques de coníferas que ocultaban el sol, permitiendo un anochecer temprano sobre el asfalto. Tras internarse bajo aquellas frondas y serpentear un par de kilómetros, cualquiera hubiera dicho que el único rastro de presencia humana era la carretera. Y el puente.
Las rodadas de la bicicleta de Malthe le indicaron a Valdemar que había descendido por un angosto terraplén cubierto de árboles antes de que el puente se extendiera por encima de un arroyo cuyo cauce había sido pavimentado parcialmente. Desmontó, dejo la bicicleta recargada en un árbol y bajó deslizándose por la pendiente hasta donde estaba esperándolo el niño gordo.
Malthe estaba serio, sin la bravuconería que había mostrado en la mañana, lo miró descender sin decir nada. Valdemar traía su mochila colgada a la espalda y Malthe sostenía en su mano regordeta una bolsa de lona de la que sobresalía medio arenque ahumado. Valdemar se puso de pie a distancia prudente de él, se descolgó la mochila y abrió el cierre: un gatito atigrado se asomó, parecía tener estrabismo y estar enfermo.
—Qué loco estás, Valdemar. Pero cada quien sabe qué carne le ofrece al que vive bajo el puente. Quédate detrás de mí y mira.
—¿No me vas a golpear o algo? ¿Esto es en serio? —Valdemar parecía un poco desconcertado. Antes lo habían retado a pelear, habían abusado de él desde hacía tantos años que no recordaba un primer día de clases, en una sola de las varias escuelas en las que había estado, sin recibir una paliza como bienvenida.
—Yo no soy un mentiroso —Malthe señaló con su dedo índice hacia la oscuridad semicircular bajo el puente. Su mano temblaba, pero él no apartó la mirada cuando dos ojos grandes como melones, de un blanco sucio pero refulgente, aparecieron en la penumbra.
La luz del sol menguaba rápidamente pero pudieron distinguir una enorme cabeza, largos cabellos sucios y unos dedos anormalmente largos que se deslizaron al borde de la sombra del puente, que se alargaba poco a poco para tocarse con la de los árboles, conforme el sol se hundía. El niño sacó tembloroso el pescado de la bolsa y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el puente. El sonido que hizo el pez al chocar con el concreto, fue secundado por un gemido ronco, de sorpresa, que salió de una enorme boca redonda y sin dientes que se abrió en la parte inferior de una cara pálida como piedra, y de nariz casi inexistente.
—¡Ahora tú, rápido antes de que se haga más noche y pueda salir!
Malthe oyó al gatito maullar, bajó la vista y lo encontró a sus pies. Antes de girarse, algo duro se le metió por un costado del vientre. Su sangre y su mierda calientes se derramaron al mismo tiempo sobre la cintura del pantalón que por su esfínter. Y tan rápido como el cuchillo de filetear había entrado en su cuerpo, Valdemar lo sacó. El gatito dio un respingo y se apartó de un saltito. El niño rubio sintió desconcierto, incredulidad y finalmente rabia, pero las piernas no soportaron cuando recibió un empujón por detrás de las rodillas, que lo tiró al suelo. Respirar se le estaba dificultando y un charco negro y resbaloso estaba formándose debajo de él. Recibió otra patada en el trasero. No se iba a levantar nunca más. A su lado el gatito se acercó curioso, torpemente, como si le costara trabajo pensar y lamió su sangre.
—¡Troll del puente de Hrungniraense, este es mi sacrificio! —gritó Valdemar a espaldas de Malthe alzando su cuchillo. El gato lo miraba, satisfecho. Sí, tendrían que decirle a su madre que ya no habían sido las mascotas de los vecinos las que había mutilado, y probablemente tendrían que mudarse de nuevo, igual que las últimas tres veces, pero al ver cómo la cosa humanoide extendía un largo brazo, de aun más largos dedos, y arrastraba a la oscuridad el cuerpo inerte, supo que era verdad todo lo que le habían dicho las voces en sueños, cuando no se tomaba el medicamento para poder escucharlas con claridad.
—Hay un monstruo en Hrungniraense, dijiste. Ahora, al menos por un tiempo, habrá dos —dijo el niño hacia la cosa que lo miraba agradecida, mientras hacía bailar las piernas de Malthe entre sus labios, engulléndolo en silencio.

Abraham Martínez Azuara

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