Las polillas

1

La oscuridad de la noche es interrumpida por el brillo de las pantallas holográficas que flotan en el cielo. Pedro tiene once años pero parece más grande porque siempre anda con el ceño fruncido como pensando en algo importante; Julián cumple siete en un mes y al contrario que su hermano, es bajito de huesos chicos y mirada inocente. Los dos ahora con las cabezas metidas dentro de una bolsa son como cachorros buscando comida.
—Uh, a este pullover se lo comieron las polillas —dice Pedro emergiendo y estirando frente sí la prenda que, como un colador, divide a la ciudad en cientos de agujeros.
—¿Qué son las polillas? —pregunta su hermano mientras se prueba un casco de teletransportación que ya no funciona.
—Son como unas mariposas marrones que comen la ropa —le informa a la vez que se pone el suéter y se sienta en el piso. Julián lo imita y se coloca a su lado.
— ¿Cuánto juntaste hoy? —le pregunta mirando hacia la calle.
—Veinte créditos nomás —responde Pedro mostrándole el visor de su pulsera electrónica.
—Yo diez. Falta un montón para el deslizador —se queja Juli, observando una de las publicidades donde un chico de su edad levita sobre las calles a bordo de una especie de monopatín.
—Ya vamos a llegar —lo consuela Pedro y luego lo empuja suavemente hacia el piso—, dormí que ya es tarde—agrega y lo tapa con su manta sucia y gastada.

2

El golpeteo de Julián en la ventana sobresalta al conductor del auto, “unos créditos para un sanguche” escucha que le dice desde el otro lado estirando el brazo y mostrando la pulsera. El hombre le responde que no tiene nada; acto seguido un shock eléctrico azota su cuerpo excedido de peso
—¡Puta que lo re mil parió! —exclama dando un salto.
Luego una voz en off desde su propia radio le anuncia que se le han descontado cinco mil pesos de su cuenta bancaria, en su pulsera el monto de su caja de ahorro se transforma. El tipo putea de nuevo, resopla y acelera. Pedro por su parte también recibe una negativa, pero en su caso el conductor, un flacucho débil y pálido, se baja del auto convulsionando y muere sobre el pavimento. Luego de unos segundos llegan los paramédicos que retiran el cuerpo, la grúa para trasladar el auto y todo vuelve a la normalidad.
Pedro nunca pudo acostumbrarse a las muertes.

3

Por la noche los hermanos se acuestan boca arriba, observando las pantallas que forman el techo de su habitación natural.
—Pedro, ¿vos te acordás de mamá? —pregunta de repente Julián poniéndose de costado, mirándolo con ojos de ratón.
—¿Y a qué venís ahora con eso? —hace puchito con la mano—. No sé, un poco.
—¿Qué color de pelo tenía?
—Marrón clarito. Largo hasta por acá —marca la altura en su hombro—, aunque siempre andaba despeinada.
—¿Y qué más? —pregunta Julián, ahora ya sentado.
—Una nariz chiquita y roja.
—¡Como un payaso! —exclama entusiasmado su hermano.
—Un payaso borracho, pero sí: como un payaso.
—¿Y qué más? —insiste extasiado.
—Qué se yo, Julián, dormite —le ordena Pedro, pero luego se da cuenta de que su hermano no tiene su manta. Entonces se se incorpora para ir en búsqueda algo que sirva para cubrirlo del frío.
—No te vayas que tengo miedo —le pide Julián y lo toma de la mano, sosteniéndolo con fuerza.
Pedro suspira y vuelve a su lado para quedarse sentado como un soldado haciendo guardia. Luego se recuesta y los dos se duermen arrumados por los gritos de un vendedor ambulante “Pulseras con carga de cincuenta créditos por sólo veinte. Pulseras al costo. Sólo a veinte créditos, los cincuenta” La frase se repite al infinito hasta que los algodones del sueño los envuelve por completo.

4

Por la mañana el sol los despierta dándole de lleno en los ojos. Encandilados, haciéndose visera con las manos los hermanos comienzan a volver en sí. Los autos atraviesan la calle flotando por sobre el asfalto generando las únicas sombras en todo aquel lugar. Cada tanto los paramédicos aparecen para retirar cuerpos muertos. En las pantallas sobre el cielo las imágenes de los niños entregados a sus nuevos padres y madres se repiten hora tras hora. Julián tuerce el cuello observándolas.
—Pedri, si nos toca una mamá o un papá ¿Cómo crees que sea? —pregunta con la vista al cielo.
—Puede que sea como una polilla.
—¿Qué coma ropa? —pregunta Julián asustado, imaginándose una gran mariposa marrón chorreando saliva por la boca con dientes de león y garras de dragón.
—No, bobo. Que nos dé ropa con agujeros, quise decir —responde Pedro riéndose.

Corta el primer semáforo del día y los hermanos comienzan su trabajo. Estiran sus brazos y los conductores responden con el suyo. Los que no lo hacen, reciben descargas eléctricas y descuentos acordes a sus ingresos. Algunos se quejan en voz alta, otros emiten pequeños gritos de dolor aunque la mayoría de éstos lo toma como una rutina por la que deben pasar de vez en cuando.

Por la noche, apoyados sobre sus brazos cruzados detrás de la nuca, miran una de las pantallas dónde se proyecta una escena en la que un niño sonriente abraza a un adulto de gesto bondadoso en medio de un parque con mucho césped verde, un perro y una pelota. “Ningún niño debe quedarse sin familia. Es nuestra misión” reza el slogan del gobierno debajo de la imagen.
—Pedri, ¿nosotros tuvimos papá? —pregunta de repente Julián, otra vez eyectado de su postura horizontal como si hubiese descubierto algo extraordinario.
—Dejá de hinchar con las preguntas, Juli —responde su hermano, dándole la espalda y cerrando los ojos.
—Es que quiero saber —Julián insiste zamarreándolo de los hombros.
—Más vale que tuvimos papá, pero no sé quién era —admite, resignado, dándose vuelta.
—Mirá si nuestro papá era un ricachón.
—Qué va a ser, mamá siempre decía que no tenía donde caerse muerto —le dice Pedro con la voz cansada, como si hubiese realizado un gran esfuerzo.

5

La noche siguiente logran juntar lo suficiente para comprar una pizza y una coca. Mientras Pedro lucha con un pedazo de muzzarella rebelde que se le pega en la comisura de los labios, Julián observa el cielo con la mirada perdida en aquellos pequeños puntos de luz que fabrican imágenes de todo tipo. Hasta que lo ve, las pequeñas luminiscencias dibujan lo que hace tiempo estaban esperando.
—¡Somos nosotros! —grita de repente y de un salto se incorpora, señalando exultante y sonriente hacia el cielo donde sus nombres aparecen en el listado de niños con tutores asignados. Pero inmediatamente se queda serio y su rostro se contrae en un gesto de preocupación.
—¿Qué te pasa? —le pregunta Pedro.
—Mirá si son polillas —responde, mordiéndose las uñas.
Pedro se ríe con ganas, —vení, terminá de comer la pizza— le dice.
Julián se vuelve a sentar y en silencio uno al lado del otro se quedan observando con ojos soñadores el cielo de pantallas que ahora se transforma en una noche de estrellas justo cuando los autos caen sobre el asfalto, dejando de flotar y los muertos se elevan en busca de otro cielo donde habitar.

Isaias M. Creig Gonzalez

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