Gente de traje

Entonces los vi.

Ante mí había personas sin rostro, con traje, inexpresivas. La mayoría llevaba traje negro y corbata como oficinistas, zapatos negros bien boleados, a ninguno de ellos se les podía apreciar los huecos o marcas donde se supone debían estar los ojos, las cejas o sus bocas, nada, todos y cada una de las personas que pasaban estaban igual.

En la calle por la que deambulaba iba pasando demasiada gente; hombres y mujeres pero no niños, no había entre ellos ni uno solo, por más que caminaba no lograba ver mas que a esa gente de traje sin rostro dirigiéndose hacia algún lugar. Sentí una gran extrañeza por no ver a ningún niño y cuando quise pensar porqué y cuándo fue la última vez que había visto uno, lo había olvidado de repente, sin importancia, en silencio me sentí aun más perdido. En ese momento no logré recordarme a mí siendo niño, en ese instante todo eso se había dirigido a algún lugar, ocultándose de mí y entrado a la locura comencé a cuestionarme ¿quién era yo? ¿Qué había hecho? ¿Qué iba a hacer? ¿A dónde iba? Pero por más que lo pensaba no lograba responderme, no llegaba a nada, ninguna teoría que me formulara que intentara explicar lo que estaba sucediendo funcionaría para explicarlo.

Seguí caminando por la misma calle hasta llegar al centro de la ciudad, las personas seguían igual, sin rostros y vistiendo trajes oscuros, sin expresión y en ese momento reaccioné.

¿Estaré vestido igual?

Busqué en la calle por donde iba, algún local con un espejo en el que pudiera ver mi reflejo pero por más que fui recorriendo la calle en busca de un local no encontraba ninguno con un vidrio en el que me pudiera ver. Todos los locales tenían anuncios, propagandas, letras enormes que tapaban el vidrio que había debajo de ellos como si alguien quisiera que nadie pudiera verse.

Toqué mi rostro, sentí que debajo de mis parpados había algo, toqué las comisuras de mi  boca, mi nariz, inclusive algunas marcas que me había dejado alguna enfermedad o golpe y eso me desesperó. Las demás personas no tenían rostro y yo no sabía si tenía uno con total seguridad. Dirigí la mirada hacia abajo para ver cómo iba vestido y no llevaba puesto un traje como lo hacían los demás. Mi ropa era casual, llevaba una bermuda y una camisa lisa color negro, esto me hizo pensar que aquella diferencia al vestir también debía existir en nuestros rostros, así que seguí buscando un local o cualquier sitio donde pudiera ver mi reflejo.

Corrí, busqué desesperadamente un lugar, me alejé del centro de la ciudad, me perdí entre las calles donde cada vez había menos gente. Por más que busqué donde reflejarme no había donde, no había nada, todo estaba cubierto por algo y al ver esta escena sin remedio ante mí, en lugar de sentir alegría por tantos colores vivídos sentía cada vez más extrañez por aquel suceso repentino, sentí decepción, asco por quien intenta evitar que nos veamos.

Seguí corriendo y llegué a un callejón donde no había nadie y decidí quedarme ahí, ante una luz mercurial que apenas cubría la noche que ya había comenzado a empañar la búsqueda de mi reflejo.

—¿Quién eres tú? —preguntó alguien.

Volteé, era un niño, debí adivinarlo por la voz pero como ya tenía tiempo, no sé cuánto, que no veía uno, no lo adiviné a la primera. Él también vestía ropa casual, llevaba una camisa roja lisa y un short negro que le llegaba a las rodillas.

—No sé quién soy —le conteste después de un rato.
—¿No sabes quién eres? —repitió y se sentó en el suelo.
—No, no lo sé —dije.
—Te vez cansado, ¿haz estado haciendo algo importante? —preguntó.
—Realmente no sé que tan importante sea buscar mi reflejo en una ciudad que no tiene interés de mostrármelo— contesté.
—¡Oh, ya veo! —exclamó.
—Lo siento, sólo eres un niño, tú no entiendes esto —dije y me senté en el suelo al igual que él. Volteé a verlo. Él me miraba curioso como si intentara buscar algo en mí y no lo encontrara.
—¿Y por qué quieres ver tu reflejo —preguntó y apoyó su rostro en sus manos.
—Si te lo explico no lo entenderías, sólo quería verlo, son cosas de adultos.
—Cosas de adultos —repitió—. Pues los adultos no andan por ahí buscando su reflejo, ni usando ropa casual como lo haces tú —dijo—.
Me sorprendió, él tenía razón. Por más que deambulé en la ciudad no vi a ninguna otra persona con ropa casual y ahora que lo pensaba tampoco vi a ningún niño mas que a este y en un callejón solo,  frío.
—Por cierto niño, ¿qué haces aquí solo? —decidí preguntarle.
—No lo sé —contestó.
—No lo sabes —repetí desconcertado—. Como yo.
—Tengo un espejo donde podrás verte —dijo casi entre dientes. Al escuchar esto mi cuerpo se heló o algo parecido a eso.
—¿Porqué no habías dicho eso antes?
—Porque tú me preguntaste que qué hacía aquí.
—Ah, sí, ¿podrías mostrármelo?  —intenté averiguar.
—¡Claro! Espera un momento —dijo y se levantó del suelo. Se dirigió a una caja de madera que había ahí, la abrió y sacó el espejo, no era muy grande pero servía. Lo trajo hacia mí.
—¿Estás listo? —preguntó.
—La verdad es que no —respondí—. Tomé el espejo por el mango mientras mantenía aún la vista en el niño. Me dirigí a una parte del callejón con más luz, el niño me siguió. Estuve a punto de mirarme en el espejo, pero el niño me sujetó con su pequeña mano el brazo con el que sostenía el espejo.
—Tú no eres como ellos —me dijo—. Tú eres diferente.
—Sí lo soy. Tengo que verme.
—¡No, no tienes que! —exclamó—. Si lo haces terminarás como ellos —me explicó.
—Te equivocas, ellos no ven su reflejo en ninguna parte, todo está cubierto, si no me veo entonces sí me volveré uno de ellos —dije y me soltó el brazo—. Te dije que no lo entendías, eres sólo un niño.

Pero hasta ese entonces me di cuenta que el niño ya no estaba. Lo busqué en todo el callejón aun teniendo el espejo en la mano y sin verme todavía, pero por más que lo busqué no lo encontré. Desistí, a algún lugar debió haber ido, a algún lugar mejor que un callejón con un tipo extraño a comparación de los de traje y sin rostro. Volví al sitio donde había más luz en el callejón. Tomé el mango del espejo con decisión y me miré. Vi mi reflejo, vi mis ojos, mi boca, las cejas, mis orejas en conjunto con todo aquello y reaccioné.

Aquel niño era yo. Las facciones que tenía eran las mismas a las mías pero envejecidas y la ropa aunque diferente ahora me resultaba familiar.

—¿Por eso ya no lo encontré? —me pregunté. Era yo.

Sin darme cuenta la noche se había vuelto día. Permanecí un rato más en aquel callejón intentando entender qué había pasado, pero no llegaba a nada concreto. Por el callejón no pasaba nadie, a lo lejos se veía la gente, como siempre dirigiéndose a algún lugar con sus trajes y caras sin rostro.

 

Arely Estefania Briones Galván

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