El periodista

Piensa. Disipa su vista en el infinito. Se pierde. Un cigarrillo más. Humo y neblina mental. Tamborilea los dedos en su ordenador. Lámpara mágica de la cual no sale el genio ni volátiles círculos de humo blanco. Recuerda de forma vaga que su editor espera la colaboración. No hila ni una sola mentira como lo hacen todos los viejos periodistas. Su conciencia dicta: No más fakes.

Su último proyecto lo dejó a medio terminar. Investigó en el viejo archivo municipal de su ciudad sobre un robo: el acta de nacimiento original del caudillo mexicano Francisco Ignacio Madero, que según sus conclusiones, el segundo nombre no fue Indalecio ni Inocencio como la mayoría de las personas lo recordaban. Al «Apóstol de la libertad» sus enemigos le gastaban bromas con lo del nombre de «Inocencio». Cuestiones de la política. Hurgando información, por aquí y por allá, se enteró que un viejo historiador sustrajo -de forma ilegal- el importante papel utilizando algunos ardides, vendiéndolo luego a un coleccionista rapaz por una cantidad considerable. Claudicó en esa empresa bochornosa. Habiendo demasiados temas para escribir ¿Para qué meterse a escudriñar bajezas de vulgares ladrones?

Un editor espera. Tamborilea sus dedos. Es noche, muy noche. En la pantalla de su ordenador aparece una página de horóscopos para el siguiente día. Cree en el destino dictado por el cielo y los planetas. También los pronósticos deportivos son su fuerte. No practica deporte alguno pero cree en la suerte; en la buena suerte. Los editores tienen trabajos de vampiros; los escritores de murciélagos. Son hermanos de sangre.

Hoy no hay ideas. El futbol, las narco-guerras y la política son temas gastados, sobreexplotados. Minas que ya ofrecieron, a muchos, su oro. Pozos profundos a los que ya no hay que rascarles más porque puede salir el diablo del inframundo ¿Escribir sobre el amor? No. Eso ya está muy desgastado junto a las flores, cartas y poetas. El amor y la nostalgia siempre han pertenecido al siglo XIX. Cavila. Se rasca la cabeza. Hurga su nariz. Voltea hacia su lado derecho, luego hacia el lado izquierdo. Luego a toda su circunferencia. Frota las arrugas de su frente. Peina sus bigotes imaginarios; los soba, vanidoso. Lame su infertilidad y sus dientes sacándoles brillo. Pero el león no tiene bocado en las fauces. Las noches sin ideas son más claras. No existe la preocupación. Son parecidas a los vagabundos que caminan sin rumbo fijo. Tal vez pobres o locos pero libres; sin rasurarse, sin bañarse, sin trabajo, sin montañas de libros que cargar sobre su espalda, sin coche. Ellos son seres realmente libres, igual a las noches donde no existe la inspiración.

Las prensas en el periódico esperan pacientes. Se contemplan las uñas; las cortan con los dientes; las escupen. Liman lo que queda de ellas. Hojean el diario. Sorben su café. Observan de reojo el enorme reloj que marca las horas con luces chillantes y rojas. Las prensas, de familia alemana, están inmóviles. Sus grandes rodillos descansan. La tinta está en calma; mar negro de aguas mansas que también reposa. A lo lejos y en el fondo, sentado frente a un escritorio de madera color café, un joven corrector de estilo dormita. Se despierta. Sueña que duerme. Cae al vacío. No cae. Bebe agua tibia de su transparente botella plástica. Despierta. Espera ¿A quién espera? No lo sabe, tan sólo espera. Un genio ortográfico aguarda para lanzar sus misiles. Francotirador como él no hay otro; veloz con la vista y el lápiz. Héroe anónimo siempre estoico sobre la línea de fuego. Hombre paciente que espera las colaboraciones de los que no visitan esa noche las musas. Alguien que no tiene «luz inspiradora» esa noche demora su regreso a casa; retrasa su cena-desayuno.

«Debo pensar y luego existir» –balbucea. Nervioso, pasea su vista por la habitación. Exasperado pierde su mirada. No encuentra. No hay tema para escribir. Rompe a la mitad un lápiz amarillo imaginario. Toma entre sus huesudas manos una vieja taza de barro imaginaria y la lanza contra la pared.

—¡Ahhh…maldito sudor en mis manos!
—¡Ahhh…!-

¿Y si solamente existes no serías más feliz escritor? ¿Por qué sufres filosofando? Escucha. Cuando eres un afamado artista -y a tu edad- no importa la trama de lo que escribes, ¡entiéndelo! El lector adquiere un ejemplar en cualquier calle de la ciudad para observar simplemente que tu nombre aparezca con buenas letras: «Fulano de Tal, doctor por la Universidad Nacional, premio literario en Europa, erudito y discípulo de los cabalistas. Sobreviviente al alcoholismo y dos veces al divorcio. Un tipo duro» ¿Qué más quieres escribir hombre necio? ¿Tus múltiples errores? ¿El doctorado en el país extranjero? ¿La vez que pisaste la cárcel una semana por golpear a un gordo policía? ¿La vez que te acusaron, falsamente, de pretender asesinar a tu amante poniéndole vidrio molido en su bebida? ¿La vez que renunciaste al empleo aquél y tu jefe no aceptó la «graciosa huida» alegando que: «A él ningún escritor ebrio le renunciaba, así como así» y tú -insolente beodo- tomaste la hoja blanca donde garabateaste tu dimisión y se la arrojaste en la cara? No. Las banalidades no se cuentan amigo.

La noche-madrugada aguarda. Los gatos de corazón negro son perversos. No dejan dormir. No permiten, con sus pisadas de elefante, ser felices a otros seres. Maúllan fuerte, y a lo lejos sus gritos se confunden con ladridos de canes rabiosos. Perros de las azoteas y de las noches de luna llena; bandidos con antifaces que roban lo sagrado y huyen despavoridos y detrás de ellos, persiguiéndolos, los otros perros-guardianes y los policías. La noche-madrugada es de los gatos-perros pero nunca de los fantasmas-escritores.

El amable-lector espera que el viejo escritor no esté muerto, que escriba, que no aparezca su nombre en el obituario. El joven corrector de estilo espera alguna historia ya consabida del editor -ese viejo lobo de mar-. La prensa de origen alemán aguarda paciente, soplando y contemplando sus uñas ya pintadas. El editor-enfadado espera la colaboración de su escritor-estrella, intuyendo, por la tardanza, una nueva juerga o alguna pelea callejera. El editor-viejo lobo de mar se saca de la manga «algunos ases» para suplir la nota periodística. Frente a él en una especie de pizarrón tapizado con corcho, cuelgan en una hoja blanca pinchada con cuatro alfileres de colores algunos artículos ya preparados exclusivamente para remediar esas contingencias:

A) La suerte final de la cabeza del general Francisco Villa robada -por no se sabe quién- del cementerio de Dolores, en la ciudad de Parral, Chihuahua.

B) El destino incierto de los anteojos oscuros de don Venustiano Carranza que le permitían, según pláticas, percibir claramente las intenciones reales de sus interlocutores.

C) La historia de los cuatro morrales repletos de monedas de oro que pertenecieron a Rodolfo Fierro y que fueron sacados del lago de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, en el año de 1980 por dos buzos japoneses.

El viejo lobo de mar sabía perfectamente que en esta vida no bastaba con tener un sólo «as» bajo la manga: «Nunca vayas tan sólo un paso adelante. Siempre deben ser tres». Esto decía de forma constante e irónica a los jóvenes aprendices del periodismo.

El viejo escritor, hombre rudo y prófugo de dos matrimonios sentado frente a un ordenador… ha perdido la memoria y aguarda. El dios Tiempo siempre ha sido implacable con los hombres.

 

Ernesto Hernández Bustos

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