La red de bronce

«Fue un auténtico pelotazo —se escucha hablar al showman y ex-actor Gonzo González—. Caballero, imagínese: recibo una llamada de Joaquín, mi productor, que a su vez ha recibido otra llamada del director, que a su vez ha recibido una llamada del pez más gordo del acuario. Me dice: oye, Gonzo, tengo algo muy, muy grande. Lo más grande de la historia de la televisión. En nuestro programa. Yo le pregunto que si por fin va a venir Filito Gómez a “Forjadores”. Filito es el mejor forjador de armas antiguas del mundo, por si no lo conoce. Me dice que no. Que más grande. Yo le digo que no hay nadie más grande que Filito. Hay uno más grande. Yo le digo que quién, cojones. Después de una pausa me dice: Hefesto. ¿El actor que hizo de Hefesto en “Guerra de Titanes”, la película esa tan mala? Le pregunto. Me responde que no. Hefesto, el de la fragua, el dios, el genuino, dice. No me jodas, Joaquín, pero si lleva encerrado ni se sabe cuánto tiempo por violar a la diosa Atenea. Y ya tenían ganas de trincarle desde antes, por todo el jaleo que hubo con Ares y Afrodita. Pues van a soltarlo, me dice, y su primera aparición pública va a ser en nuestro programa. ¡Me cago en la leche, Joaquín! ¿Quiere que le haga una entrevista? ¿O quiere ser jurado? No, no, me dice Joaquín. Viene a concursar. Es absurdo, Joaquín, Hefesto no tiene rival. Eso pienso yo, me dice, pero está empeñado en demostrar que después de miles de años sigue siendo el mejor maestro forjador del mundo. ¿Y qué dice su padre, o lo que sea? Él mismo ha llamado a Petroni. Por lo visto le ha perdonado y dice que puede concursar, pero que no podemos darle el arma que construya. Tiene vetadas las fraguas y las armas en el mundo exterior. ¿Y a quién le ponemos de contrincante, Joaquín? Pues, habrá que intentar traer también a Filito, me dice. Y en ese momento, si hubiera tenido a Joaquín delante, le hubiera dado un besaco en todos los morros» .

            Aquí no termina la cinta, pero deciden pararla y salir al aire libre. El poeta y el detective ya están cansados de esta habitación semioscura, aliñada con una colección de papeles dispersos por la estancia como si fueran copos de nieve aplastados. El gremio detectivesco suele trabajar mejor en ambientes como este. Tras los últimos acontecimientos, se le ha encargado al poeta Julio de Córdoba la importante tarea de actualizar la mitología universal. Van a pagarle muy bien, y conseguirá que su nombre sea recordado para siempre. «Cien versos con lo de Hefesto y Afrodita», le transmitió el heraldo del gobierno. El caso está cerrado y el trabajo a priori no es difícil. A pesar de ello, el poeta cree que le va a costar horrores completar el encargo, si es que lo completa. Tipos como Homero y Hesíodo le pueden servir de inspiración, pero en el fondo piensa que no tiene estómago, o quizá talento, para versar sobre algo tan ajeno a él como una guerra o, como en este caso, un asesinato. De momento prefiere centrarse en saberlo todo de primera mano. Quiere absorber la barbarie y luego, si puede, escribir. Sólo escribir.

            —Un payaso millonario, ese Gonzo González —dice el detective Sabanés, mientras remueve su té de máquina con un palito de plástico duro—. Yo no le daría demasiado protagonismo en la historia.
—Todo cuenta, detective. Creo que aquí hay muchos protagonistas. Demasiados, demasiados… —Julio de Córdoba levanta la mirada hacia el detective—. ¿Qué le dijo Joaquín Manivella cuando fue a verlo?
—Otro mamarracho… ¿se puede creer que tuve que hacerle el interrogatorio mientras estaba en el water? Decía que estaba nervioso y que cuando se pone así se le suelta el estómago. «No lo tenga a mal, señor, pero es que no puedo evitarlo», me dijo. Estaba de un sudoroso que daba asco. Así que me tuvo que hablar sentado en el retrete, mientras hacía sus esfuerzos. La voz le sonaba cavernosa a través de la puerta del baño: «¿Que si me pareció poco ético llevar a alguien como Hefesto a “Forjadores”? Señor, sepa que fue una imposición del director de la cadena. Aunque hubiese tenido reparos, mis manos estaban atadas. Por otro lado, como profesionales del show business que somos, era imposible rechazar una oportunidad así. Un dios en prime time es oro puro, señor. Una historia de redención que iba a encantar a todo el mundo. “El nuevo Hefesto vuelve a forjar”, fue el gancho que elegimos. Y no olvide que ese dios ha inspirado nuestro programa. Es un ídolo para nosotros, perdón, quiero decir, lo era, porque lo que hizo después del programa estuvo muy mal, muy mal, señor…».
—Cree que es un cínico, ¿verdad? —dice Julio de Córdoba. La barbarie comienza con un mal gesto, con un despiste, con la dejadez, piensa. Yo busco absorberla, aunque quizá ya esté dentro de mí, quizá la tengo dentro desde pequeñín.
           —Un cínico, sí. Pero qué más da. Sólo quería escurrir el bulto, como casi todos en este caso —el detective Sabanés le da una calada a su cigarrillo electrónico—. Basilio Petroni, el director de la cadena, ese sí que es una pedazo de rata asquerosa. Fíjese que cuando fui a verle lo primero que hizo fue enmierdar a uno de sus trabajadores, el tal Donato Lichen, al que mató Hermes, el de los pies alados. No sé si usted era fan del programa, pero Lichen era el experto en artes marciales y armas blancas. Un jodido samurai. Petroni me dijo que también era el encargado de depositar las armas fabricadas en el almacén de la productora. En esta ocasión era de vital importancia guardar el arma bajo divina protección. Recuerde que estaba prohibido que Hefesto se llevase el arma que iba a construir durante el programa. Para eso se envió a Hermes. Debía custodiar a Donato Lichen, y sobre todo custodiar el arma, hasta que estuviera a buen recaudo. Además tenía que echar un sortilegio protector con sal negra y una pizquita de romero —aspira, y luego expulsa un humo con olor a arándanos. Parece una vaporeta—. Pero con lo que nadie contaba es con que Lichen estaba completamente obsesionado con Hefesto y se había compinchado con él. Un groupie de Hefesto, tiene narices. De alguna manera se las ingenió para distraer a Hermes y que así Hefesto pudiera robar el arma. Ya sabe usted que estos dioses pueden llegar a ser muy simplones; no me extrañaría que Lichen hubiera entretenido a Hermes contándole un chiste muy largo, o retándole a un pulso chino. Cuando Hermes se dio cuenta del engaño mató a Donato Lichen dándole un puntapié alado que le dejó incrustado en el techo, pero ya era demasiado tarde porque Hefesto había escapado con el arma.
—Es algo tan natural, tan humano, echarle la culpa a los muertos… —añade, casi para sí mismo, Julio de Córdoba. No para de tomar notas en su bloc.
—Y a los que no van a morir —dice el detective Sabanés—, porque Petroni también se quedó bien a gusto señalando al mismísimo Zeus. ¿No le viste aquel día, en uno de los programas estrella de su cadena? “Confesiones de sobremesa”, creo que se llama. Estaba ridículo, con ese traje negro de lunares rojos y verdes. Pero más ridículo hizo diciéndole al presentador tonterías como: «Signorino, usted sabe que sempre  yo me preocupare por los spettatori y por la società en genérale —Sabanés intenta imitar el acento italiano—. Recibí una telefonata del dio supremo pidiendo el concurso de su figlio adottivo para poder pulire su imagen…». Bla, bla, bla —pone los ojos en blanco—. Vamos, básicamente dijo que Zeus le vendió la moto de que su chaval estaba totalmente reformado y que merecía una nueva oportunidad en los tiempos modernos. Y que tuvo que aceptar porque se considera a sí mismo un santo, cuanto menos. Ese es el resumen de todas sus chorradas. Lo que no dijo en ese programa de máxima audiencia es que Zeus le ofreció pasar una noche con Afrodita si Hefesto concursaba en “Forjadores”. Tampoco debemos extrañarnos, porque Zeus iba ofreciendo, a cualquiera y como si fuese mercancía, a la diosa del amor y la belleza. Al propio Hefesto se la entregó en matrimonio, y mire cómo ha terminado todo —lanza un resoplido como de perro cansado. Su ceño fruncido, algo casi constante en su rictus, se relaja en un arco más armonioso—. Debería marcharse a casa, Julio. Mañana será un día intenso.

            Hay una realidad: hace días que el poeta no puede crear poesía. Ya en su estudio, un estudio reducido pero con el tamaño suficiente para que reverberen las ideas y se choquen entre ellas generando nuevos universos, el artista con más hype del momento intenta desangrarse, despeinarse, desorinarse en alguna frase que sirva de comienzo para su aportación a la cultura mitológica, para su legado. Sabía que pasaría esto, piensa. Menos mal que queda lo de mañana. Mañana, sí, después de mañana pasará, saldrá, echará a volar y yo lo atraparé. Soy un cazador. Sólo es escribir, Julio, datos, hechos, pausas, rimas: mezclarlo, que se abracen, que se quieran los elementos, que la cuchillada se dignifique en alejandrino, que el Propontis me robe una tilde y fluya entre garabatos, que Afrodita, la pobre, pobre, pobre Afrodita, reviva. Pobre como Maria, Lorena, Rosario, las dos hermanitas de Sevilla, Jean, Juanita, Joan, y cincuenta o cien o mil mujeres más. Tantas. Sólo escribir, Julio. Escribir y llorar, Julio, aunque alguien diga que son cosas prácticamente iguales. Ahora no puedes escribir Julio. Quizá solo debas llorar Julio, Julio, Julio. ¿Qué le dirás mañana?¿Qué te dirá él?

            El alguacil les anuncia que sólo disponen de una hora. La celda realmente no es una celda, sino una especie de hangar vacío cubierto por una enorme cúpula. Como la del planetario o la del panteón de Agripa. No puede haber ángulos debido a que las centellas inhibidoras tienen que revolotear por la cámara libres, sin chocarse con nada, deslizándose fluidamente a través de la cálida circunferencia de los muros. Huele a ácido y a pollo chamuscado. En el centro del espacio hay una figura tan desnuda como grande. Flota. Los brazos están totalmente extendidos y las piernas forman un ángulo entre ellas de sesenta grados. Cualquiera diría que es un remedo del hombre de Vitruvio.

            —¿Se dan cuenta del chiste? Me han amarrado con un hilo finísimo, aunque ustedes no puedan verlo… —dice el dios, nada más advertir su presencia—. ¡Hola, detective! ¡Hola, poeta!
—Hola, Hefesto —le saluda, con cero entusiasmo, el detective Sabanés—. Julio de Córdoba  quiere hablar con usted unos minutos. Es para su poema.

            Ten cuidado, sé audaz, se dice el poeta. Hablar con un dios va más allá de un mero intercambio de palabras. Es un estado múltiple. Convergen lo mental y lo físico, lo espacial y lo temporal. Lo aleatorio es igual de importante que todo lo demás. Es un cruce de caminos. En un momento puedes ver comprometido tu futuro, pero también tu pasado. De repente el presente se convierte en un flan. Su dialéctica es destructora y constructora a la vez. Menos mal que están las centellas, las centellas en teoría protegen. Sólo escribir, Julio…

            —¿Por qué se entregó? —pregunta directamente Julio de Córdoba. Nada más decirlo se contraría, porque así no había pensado comenzar la conversación. El detective Sabanés se ha sentado en una silla, junto a la puerta.
—Había terminado mi tarea. Igual que cuando usted termine la suya, también se entregará.
—¿A quién me entregaré?
—A sus dueños —Hefesto habla como si proyectase dos voces diferentes, una lejana y otra cercana, pero no hay gravedad en ninguna de ellas—. Piense, compañero. Intente ser original. Dígame algo distinto de que usted no tiene dueño.
—No he venido aquí a hablar de mí.
—Pues qué gran sorpresa, siendo usted humano, y además poeta —los bigotes casi se le meten en la boca al hablar. No es tan feo como se le ha representado durante milenios. Mueve mucho la cabeza, ya que es la única parte móvil de la que dispone.

            Quiere jugar conmigo. Yo también puedo jugar. Al fin y al cabo todo en esta vida es juego. Todo menos morirse, que es lo único serio. Amar, odiar, sufrir, todo juego. Hasta el asesinato es juego. Nos han enseñado desde niños a jugar y nosotros, como hacemos con casi todo, lo hemos llevado hasta los límites más terroríficos…

            —Hefesto —Julio de Córdoba sale de su reflexión y estira el cuello, como queriendo parecer más alto—, me gustaría saber por qué la mató.
—¿Saber? Saber es algo muy científico, compañero. Eso mejor déjeselo al detective. A él ya le di todos los detalles, él lo sabe todo ¿verdad, detective? Sabe de mis deseos de venganza, que con los años no hicieron otra cosa más que agrandarse. Sabe de la necesidad que tenía de asesinar a mi mujer, de mi frustración por no ser digno de ella, de mi montaña de celos irrefrenables, de mi desesperación al enterarme de que se había marchado con Ares, mi hermano, alguien mejor que yo. Pero usted, Julio de Córdoba, no es un científico. Usted es poeta. A usted se le da mejor sentir ¿No prefiere sentir? Sentir el asesinato de Afrodita, la diosa del amor. Sentir cómo fui a buscarla, con mi flamante cuchillo recién forjado a la vista de todo el planeta, después de haber recibido una gran ovación por mi triunfo en ese programa cutre de televisión, después de haber burlado a todo el mundo, después de engañar a un sistema que está diseñado para dejarse engañar, para que después de una catástrofe como esta el sistema se fortalezca pero no cambie, no cambie porque lleva miles de años siendo muy provechoso para algunos. Querrá sentir cómo la encontré tan fácilmente, sin apenas obstáculos ni humanos ni divinos, sentir su cara de terror, una cara que seguro ya tenía desde que se enteró de que Zeus me soltaba, porque ella sabía que esto iba a pasar, ella lo sabía pero nadie le hizo caso. Quizá sea bueno para su poema que sienta usted mi cuchillo de acero damasquino clavándose en el níveo vientre de la diosa mujer, de la mujer diosa, mientras yo lloraba y ella no, es curioso verdad, el que mata llora y la que muere no llora, pero es que yo la quería tanto, tanto, tanto, tanto, tanto. Soy un asesino y un violador. Soy culpable, y merezco estar aquí. Ustedes están muy contentos porque ya tienen a su culpable bien inmovilizado con una red de bronce que ni siquiera pueden ver. Fíjese en los jefes del detective Sabanés, lo contentos que están. Caso cerrado. No tuvieron que comerse demasiado el coco, total, fui yo el que se entregó. Lo único que necesitan siempre es un culpable, no dos, ni diez, ni todos. Con uno les basta. En esta ocasión soy yo. Mi anterior condena fue de tres mil años, supongo que ahora me caerán treinta mil. Y la maquinaria puede seguir funcionando. Los humanos podrán seguir juzgando a los dioses y los dioses a los humanos. Seguirá habiendo una afrodita muerta cada día. Mi padre seguirá haciendo lo que le dé la gana. Sus mandatarios seguirán haciendo lo que les dé la gana. El detective Sabanés seguirá haciendo lo que le dicen sus jefes. Y usted acabará escribiendo un épico y trágico y bello poema por encargo de los que lo controlan todo, para que la humanidad lo lea y sienta que los crímenes que he cometido son otro cuento de terror más, para que vivan con el miedo dentro pero les sea imposible liberarse de ese miedo por su propia voluntad y por sus propios medios. Porque lo cierto es que les han robado en su puta cara las herramientas para conseguirlo y no quieren dárselas, no están dispuestos a dárselas. ¿Qué van a hacer para recuperarlas?

            Julio de Córdoba, el poeta, baja la mirada y se da cuenta de que tiene los cordones de los zapatos desabrochados, mientras una de las centellas, del mismo color gris platino que los muros curvos de la cúpula, comienza a volar en espirales muy cerca de su oreja izquierda.

        Guillermo Conde           

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