De Hiperespacio – Parvada

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Tristes robots que no entienden de ironía. Muchas veces quedan perplejos.

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Caminando por uno de los desiertos que llenan a los adelgazados continentes, el viejo recordó cuando desplazarse era cómodo y artificial.

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Fueron diseñados para un mundo vertiginoso pero en los baldíos del futuro sólo hay vértigo en las magras emociones de las pocas personas.

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Ellos son lo que resta del afán de conectar. Están siempre conversando unos con otros, sin importar la distancia.

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Las personas asemejan curvas trazadas sobre planos paralelos. Parecería que pueden encontrarse.

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Otro recuerdo de juventud: sirviéndose café en alguno de aquellos deslumbrantes lugares del pasado.

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Siendo un muchacho jamás habría creído que las insignificancias un día serían tesoros.

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En el futuro no hay señales para los viajeros, el suelo ha perdido casi todos sus rasgos.

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Anduvieron por muchos años. Primero buscaron acomodarse en las montañas pero sólo algunos lugares cercanos a las costas resultaron habitables.

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Las máquinas siempre siguieron a aquella humanidad disminuída. Las personas las empezaron a percibir como a bebés no deseados.

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La Tierra se ha tornado brutal pero todavía provee.

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Comparten entre ellos todo lo que cada uno de sus cerebros Bayesianos aprende. Aunque no vuelan son como una parvada de aves.

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Las personas se han vuelto solitarias, los caminos han sido borrados por las tormentas de arena.

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Desde una Luna habitada se habría visto a la Tierra abandonar su alegría caprichosa hasta parecerse un poco al melancólico Júpiter.

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En el futuro los viajes son de noche. La gruesa atmósfera deja ver algunos astros que guían y el calor es menos sofocante.

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“Les obsesiona lo dual, los opuestos que se complementan u oponen. Nunca debemos olvidarlo al tratar con ellos”. Todos los robots asintieron.

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Mientras preparaba su té de hierbas desabridas el viejo fue tomado por sorpresa.

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La violencia del grupo de personas a su espalda lo hizo sentir bien, por un momento creyó regresar a casa, al pasado luminoso.

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Hay en los océanos de la Tierra una Tormenta que desde el espacio parece una gran mancha gris con destellos violáceos. La Tormenta persiste a través de los años.

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“Tú los conoces mejor que nadie, debes poder engañarlos”, dijeron al viejo en la cueva donde le habían secuestrado.

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Los robots son toda la computación que sobrevive en la Tierra. Es natural pedirles ayuda para medir la Tormenta.

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“No pueden ser engañados”, contestó. “Sabemos que se puede, viejo”. Tres hombres le golpearon.

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Los robots están al tanto de que entre otros instrumentos las personas fabrican veletas y que son buenas haciendo cálculos aproximados.

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“Convénceles de que necesitamos medidas precisas para estos coeficientes. Ellos saben que la Tormenta es vital para nosotros”.

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Con los años las máquinas han aprendido a desconfiar.

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“Sin ellos seremos una raza insostenible”, pensaba el viejo. Pasó tres días confeccionando el mensaje para los robots.

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Usan información y experiencia para tomar las mejores decisiones. Ellos mismos comprenden el hueco: ¿Mejores decisiones para quién?

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Al amanecer los niños corren en la dirección del sol esperando a las primeras nubes cargadas de lluvia.
El mar ruge.

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Los elementos han suavizado los montes y endurecido las costas. Acantilados inmensos contienen las aguas, la navegación es imposible.

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Son incapaces de entender una traición como la concebida por las personas, por eso jamás la anticiparían.

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Usando los antiguos códigos el viejo fue capaz de esconder tras las palabras una advertencia.

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Antes la gente era frívola, obsesionada con las novedades. La monotonía del futuro ha tornado más rencorosas a las personas.

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En una alta colina dispusieron los instrumentos con que los robots habrían de realizar las mediciones.

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Hombres armados con piedras se escondían apiñados en los recovecos.

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“Vienen, ¿porqué han ignorado mi advertencia?”.

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Bastante esperaron para contestar al viejo, siendo su respuesta vaga. Señales inequívocas de que el mensaje oculto había sido descifrado.

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Golpearon a los robots con furia. Fue una carnicería pero sin sangre ni carne.

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A veces añora un mundo que no es el mundo. “Las poblaciones se desvanecen, las máquinas podrían habernos heredado”.

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El viejo cree entender las torcidas motivaciones de las personas. Pero la traición de los robots hacia sí mismos le es incomprensible.

 

 

Arturo Berrones

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