Yo fui un crononauta adolescente

1 DE MAYO DE 1959

En el interior del café San Juan una rockola reproducía Dream lover, la canción de moda, mientras que el cocinero entregaba hamburguesas, hot dogs y malteadas a unas meseras vestidas de azul pastel. Jóvenes con chamarras de cuero negras, pantalones de mezclilla y tenis Converse bailaban al son de la canción de Bobby Darin. Hombres con trajes de tonos oscuros y sombreros Fedora leían el periódico que anunciaba el triunfo de Fidel Castro y la inauguración del Autódromo Hermanos Rodríguez.

Gregorio entró al café sosteniendo una caja, usando una playera azul neón y mirando su teléfono celular. Preguntó a una mesera por un enchufe y con la tranquilidad de una persona que sabía no pertenecer a un lugar pero que no le importa, sacó un cable de su bolsillo y lo conectó para empezar a cargar su teléfono. Después, pidió una hamburguesa doble con queso y mucha cátsup.

Gregorio llegó al pueblo a principios de abril. Nadie supo si lo hizo en coche, avión, tren o camión. De un día para otro rentó un cuarto en el Hotel San Sebastián y se hizo amigo de los niños y jóvenes del pueblo. Les mostraba inventos extraños, inexplicables, como sacados de esas películas de ciencia ficción que se proyectaban en el cine San Joaquín, ubicado en el centro del pueblo. Eran extrañas pantallas con imágenes de mujeres desnudas, televisiones demasiado pequeñas con películas de insultante obscenidad, libros de escritores que nadie en el mundo había escuchado siquiera mencionar y una cajita que reproducía música con mejor calidad de audio que los tocadiscos. Los adultos y los viejos del pueblo le temían y lo odiaban, pero los niños y adolescentes sentían fascinación por Gregorio. Para ellos era una especie de Prometeo, aquel dios que desafió a Zeus y les dio el fuego a los hombres.

Mientras Gregorio disfrutaba su hamburguesa, se le acercó un muchacho de quince años. El coro de Bobby Darin decía: because I want, yeah-yeah yeah; a girl yeah-yeah, yeah; to call yeah-yeah, yeah; my own, yeah-yeah; I want a dream lover, so I don’t have to dream alone…

—Hola, don Gregorio.
—No mames, no me digas “don”. Qué chinga me paras. Tengo nomás cuatro años más que tú.
—Me enseñan a respetar a mis mayores.
—Bueno, bueno, ya —Gregorio se levantó la playera y sacó unas fotografías que le entregó al chico—. Aquí tienes lo que te prometí. Son mujeres desnudas que imprimí de donde vengo con calidad digital. La primera es Bo Derek. En los ochenta decían que era la mujer perfecta. La segunda es de Madonna, una cantante que nació el año pasado y luego se puso bien buena. La tercera es Scarlett Johannsson.

El muchacho miró las fotos con el morbo adolescente de quien sabe que comete un pecado mortal en medio de un pueblo conservador de mediados del siglo XX. Preguntó sí le debía algo, a lo que Gregorio se limitó a responder “Que te diviertas”. Una hora después llegó una mujer como de treinta años, a la que Gregorio le entregó la caja. Contenía varios libros sobre política y feminismo. Algunos de ellos de Noam Chomsky, quien debía ser un jovencito en 1959.

En el café había un bebé gateando, quien parecía ser hijo de la mesera porque ella constantemente lo cargaba con el fin de encerrarlo en un corral al fondo del negocio.

Los problemas para Gregorio empezaron a las ocho de la noche, cuando Dream Lover volvió a sonar en la rockola. Llegó al café un muchacho vestido con un traje negro con corbata del mismo color y camisa blanca. Llevaba además lentes oscuros. Tendría, a lo sumo, veintiséis años. No se trataba de un niño o un mozalbete como los que solían consultar a aquel misterioso visitante del pueblo, pero tampoco era un anciano. Se sentó frente a él sin siquiera saludar. Cuando la mesera llegó a tomar la orden, el tipo del traje la corrió con un descortés aspaviento.

—Por lo que veo —dijo, quitándose los lentes y dejándolos sobre la mesa para mayor énfasis—, que no has entendido que debes largarte de aquí. No perteneces a este pueblo, pero sobre todo, no perteneces a esta época. En la Policía Atemporal estamos muy molestos por todo el barullo que estás causando. Trabajo tanto para la KGB como para el FBI y actualmente la paz es muy frágil. Si cometes un error podrías cambiar la historia y desencadenar la Tercera Guerra Mundial, todo por tu capricho de llevarles cosas del futuro a los jóvenes de 1959 para sentirte un puto Prometeo.

La Policía Atemporal tenía agentes en cada año de la Historia. Ninguno de ellos tenía autorización para viajar a través del tiempo, pero recibían información de gente que se desplazaba a otras épocas por cualquier motivo y pudiese producir cambios en el continuo espacio-tiempo. Su objetivo era simple: impedir que los crononautas (nombre formal de los viajeros del tiempo) cambiaran el futuro.

—Oye, compa, no estés chingando. Nadie va a cambiar la Historia. La gente como tú cree que un pinche ser humano puede modificar el futuro, pero la neta, la neta, eso es darse muchos aires de importancia. En realidad, nadie cambiará una mierda. Yo sólo vengo a enseñarle a la gente a divertirse en una época muy conservadora. Deja te cuento algo del futuro: en los noventa la Guerra Fría ya habrá terminado y tú serás un viejo de más de sesenta años. Es más: vamos a vernos el primero de mayo de 1998 en este mismo lugar y a esta misma hora.
—¿Entonces por qué estás aquí? Si no eres un agente de la CIA, de la MI5 o de la KGB, ¿qué quieres?
—Divertirme. Turistear. En mi época la gente viaja por el tiempo de la misma forma que en la tuya va a la playa. ¿Es tan difícil para ti entender eso? Me gustan los años cincuenta, me encanta su música y sus cafés donde puedes tomarte una malteada con un chingo de azúcar sin que te digan que no porque te puedes morir de diabetes. Me gusta fumar adentro de los establecimientos. Tampoco soy Marty Mc Fly o un agente del Ministerio del Tiempo.
—¿Quiénes?
—Nadie, nadie. Olvídalo.

Era cierto: no quería cambiar la historia para que Hitler se convirtiese en el dictador del mundo ni mucho menos estrechar la mano de Nezahualcóyotl. Muchas situaciones aun más divertidas esperaban a los crononautas como bailar en una disco, recorrer un salón de baile de finales del siglo XIX… Ah, y pasar la tarde en un café de finales de los cincuenta, donde después podía dirigirse al cine que exhibían películas como Yo fui un hombre lobo adolescente, título que daría lugar a miles de parodias, homenajes y remakes con ese nombre. Gregorio pensó en ser un crononauta adolescente y dejó escapar una carcajada delante del misterioso agente de veintitantos años. Miró su teléfono celular —¡Carajo! Mira la hora. Ya es bien tarde. Tengo una cita dentro de cuarenta años contigo en este mismo lugar.

Con un descaro que irritaría al ser humano más apacible al ignorar al tipo de traje negro, Gregorio se puso de pie y fue hasta la salida del café mientras tocaba una aplicación en su teléfono celular. La ventaja de su época era que todo, absolutamente todo, se encontraba en su teléfono. Incluso la máquina del tiempo.

Se escondió en un callejón mientras un destello de luz lo envolvía para trasladarlo unas cuantas décadas hacia adelante.

1 DE MAYO DE 1998

Viajar en el tiempo es una sensación curiosa más que aterradora. Cuando uno se encuentra en el continuo espaciotemporal todo se disloca: la vida, el pasado, el futuro y el presente. En ese momento, aunque suene paradójico, tienes oportunidad de hacer todo y no hacer nada, de perder el momento y aprovecharlo al máximo. Es un instante y es la eternidad. Gregorio pudo leer “La máquina del tiempo” de H.G. Wells y “El inicio de Galaxias como granos de arena” de Brian W. Aldiss, donde encontró el mejor pasaje sobre el tiempo como tal: El Tiempo -como un elemento que puede ser sólido, líquido o gaseoso- tiene tres estados. En el presente es un flujo inasible. En el futuro es una bruma turbia. En el pasado es una sustancia sólida y vidriosa; entonces lo llamamos historia. Entonces no puede mostrarnos nada salvo nuestro rostro solemne; es un espejo traicionero que sólo refleja nuestras limitadas verdades. A tal punto forma parte del hombre que la objetividad es imposible, es tan neutral que parece hostil.

Apareció en el mismo lugar sólo que ya no se escuchaba Dream lover, sino Up and down, de los Vengaboys. El café había desaparecido, y en su lugar estaba una discoteca, o más bien, un antro, como se le decía a esos lugares en los noventa. Estaba adornado con colores que no combinarían ni aunque fuesen seres vivos y pensantes y tuvieran que hacerlo en defensa propia.

Entró al lugar bañándose entre luces de neón y rayos laser verdes. Lo saludó un hombre de unos treinta años vestido con pantalón blanco holgado, camisa con triangulitos estampados y chamarra de mezclilla: la moda de la época. Gregorio le preguntó si el lugar ya no era un café.

—Desde hace diez años no. Yo compré el café San Juan y lo volví un antro. Mi madre era mesera aquí y cuando lo traspasaron por la crisis económica lo compré. Incluso me llevaba a su chamba.

En una mesa, tomaba una cuba un anciano de más de sesenta años. No tenía cabello y sí muchas arrugas, amén de varios kilos de más. Unas ojeras tan negras como aquella noche ensombrecían sus ojos. Esta vez fue Gregorio quien se sentó frente a él.
—Supongo que vienes a burlarte.
—¡No es cierto! —le dio un trago a la cuba que ni pagó ni ordenó—. Bueno, la verdad sí.

Up and down dio lugar a Barbie girl, de Aqua: I’m a Barbie girl, in a Barbie World, imagination, life is your creation…

—Esta canción está de moda —comentó el hombre mayor.
—Claro que no, ya tiene un chingo… bueno, para ti no. ¡Vaya! Qué sencillo es explicar la relatividad con canciones.

El hombre dirigió a Gregorio una mirada cansada, repleta de fastidio. De alguien que luchó por una guerra fría que se calentó cuando los gobernantes quisieron, de un tipo que ha soportado día a día durante cuarenta años los sinsabores de la vida. Por otro lado, su interlocutor lucía radiante, joven, con ganas de agarrar a la vida y sus problemas a puñetazos y patadas y derrotarla. Gregorio no tuvo que decirle una palabra. Bastaba con mirarse mientras la música seguía reproduciéndose. El tiempo se va tan rápido que no nos damos cuenta.

—Ya ves como son las cosas, amigo —dijo Gregorio—. Algunos aprovechamos el tiempo al máximo, otros no. Unos vivimos el aquí y el ahora y otros se quedan estancados en lo que pueden o no pueden hacer. ¿Ya viste que no cambié la Historia?

De nuevo Gregorio sacó su celular y presionó la aplicación para trasladarse a otra época. Despareció entre luces cegadoras que se mezclaron con las del antro. Nadie salvo el hombre se percató que un crononauta se esfumó ante sus ojos. Después de todo, vivían el momento y aprovechaban su tiempo.

Bernardo Monroy

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