Loa para el auto sacramental del Divino Black Metal – Escenas X a XIII

Como ya se ha especificado, esta obra no tiene actos formales, pero ahora se interrumpirá por completo la escena con un descanso más extensivo de dos canciones de rock pesado en el fondo musical y si hay telón caerá o simplemente la luz se mantendrá apagada en su transcurso.

Entran Cecilia y Adriana con sus rosarios en mano.

Sor Cecilia: ¡El rosario se rezó más rápido hoy! ¿No te has fijado que Clara y Cristina están muy cambiadas desde su última salida?

Sor Adriana: Tal vez ya necesitaban ve a sus familias con eso de que tú y yo las tenemos tan lejos.

Sor Cecilia: ¡No lo creo! ¿Te has fijado los ojos que siempre le pone Clara al Diablo ese que nos da Lógica?

Sor Adriana: Sí. Se ve que le gusta el fulano, o quizás ya se entregó a él.

Sor Cecilia: Y el otro loco siempre se la pasa con Cristina.

Sor Adriana: Esas sonrisas no son de a gratis, de seguro hay algo entre ellos también.

Sor Cecilia: Si las descubrimos las echan de aquí; pero debemos andar con mucho cuidado, ellas también sospechan nuestro secreto.

Sor Adriana: ¿Tú crees? Porque yo no puedo vivir sin cogerme al Padre Roque y a lo que veo, tú tampoco.

Sor Cecilia: ¡Claro que no! ¡La castidad es una mierda!

Sor Adriana: Antes de entrar aquí me cogí a miles de hombres, no iba a dejar de hacerlo sólo por estar en este pinche convento.

Sor Cecilia: Entrar aquí era la única forma de huir de mi ranchería sin que me obligaran a casarme. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

Entran Clara y Cristina.

Sor Cristina: ¡Hola, hermanas! ¿Ya leyeron los textos de Voltaire para la clase de Filosofía?

Sor Clara: ¿Y ya terminaron los ejercicios de “Tablas de Verdad” para Lógica?

Sor Adriana: Yo ya los respondí y no sé para qué nos puedan servir.

Sor Cristina: Muy fácil, para pensar. Todo eso lo pretendo pasmar en lo que ahora escribo, será algo parecido a la “Respuesta a Sor Filotea” de Sor Juana Inés de la Cruz.

Sor Cecilia (Aparte a Adriana): Estas dos ya están traumadas por lo que nos enseña ese pagano. ¡Hasta locas se están volviendo!

Sor Adriana: Cierto, aunque también te diré que ahora que lo pienso, mejor sí hubiera estudiado algo antes de entrar aquí, pues de pendeja sólo terminé la Preparatoria y ahora creo que me debí capacitar más.

Sor Cecilia: Ahora hasta te estás poniendo de su parte. ¡Por favor! En ese caso vete a coger con esos locos y a mí déjame a Roque.

Cecilia sale bastante molesta, a su vez Clara y Cristina miran fijamente a Adriana.

Sor Cristina (A Adriana): ¿Por qué hizo esa referencia a nuestro confesor?

Sor Clara (A Adriana): ¿Hay algo entre ustedes? Lo hemos notado muy raro últimamente, en especial sobre el manejo de mi carrera artística.

Sor Adriana: ¡Ese es un secreto de confesión! Él no puede revelarlo y yo prefiero no hacerlo al menos en este momento.

Adriana también sale de escena y Clara y Cristina se miran fijamente.

Sor Cristina: ¿Sabes? Creo que no somos las únicas que hemos fallado en nuestros votos de castidad y obediencia. ¿Y alguna vez hemos tenido el de pobreza?

Salen de escena.

ESCENA X

Se escucha un fuerte sonido de Black Metal tradicional, al ritmo de mover la greña Cuitláhuac entra con la mesa; la pone en el escenario al instante entra Mictlán con dos sillas para luego colocar el ajedrez y unas cervezas sobre ella. Ahí entran en escena comenzando con su típica partida.

Mictlán: ¡La desnudez de Clara fue un regalo a mis ojos que nunca se podrá igualar! Con todo y algo que noté y estoy seguro que tú también como buen fotógrafo observador que eres.

Cuitláhuac: ¡Cristina no era virgen!

Mictlán: Aparte de eso, buey, las marcas de su cuerpo. ¿Las notaste?

Cuitláhuac (Le da un ataque de risa): ¡Le tomé una foto!

Mictlán: ¡Desnuda!

Cuitláhuac: Sí, pero pidiéndole que se cubriera su rostro con una máscara que tengo en casa. Y sé a lo que te refieres, ella me lo contó todo.

Mictlán: Al principio pensé que aún practicaban esa mierda de auto flagelación, pero no.

Cuitláhuac: Sí, también me lo confesó. Todas esas heridas son en base a confrontaciones con sus compañeras. Ese pinche convento es en realidad una cárcel de mujeres.

Mictlán: ¡Hasta asesinatos ha habido ahí! Clara me lo confesó y ahora expongo a los cuatro vientos que la Iglesia Católica es una mierda.

Cuitláhuac: ¡Eso no puedo negártelo! Ni tampoco que he disfrutado más hacerle el amor a Cristina que a cualquier otra mujer de todas las que he tenido en mi vida.

Mictlán: Lo mismo opino de mi relación con Clara. Por lo mismo no quiero que sufran más y lo peor de todo es que no se pueden salir de esa vida así como así. Ella está por grabar un disco. Y eso es lo peor de todo, ese pendejo de su confesor se está chingando el dinero.

Cuitláhuac: Y no solamente el dinero, también a sus dos compañeras apretadas.

Mictlán: Sí, eso es lo que ellas sospechan, pero no podemos corroborarlo e igual, que haga lo que le dé su gana con ellas, pero que ni se meta con Clara y Cristina.

Cuitláhuac: Algo me dice que sí se quiere meter con ellas, pero su principal intención no es disfrutar sus cuerpos, sino explotarlas, sobre todo a Clara.

Entra Roque, con ornamentos llamativos de color rojo y con una estrella de cinco picos en el pecho. Ellos no lo pueden ver, pues no es otra cosa que un fantasma.

Padre Roque: Por lo visto mis sospechas no eran en vano. Y ya no es uno, sino dos salvajes los que se han involucrado e interferido con mis esclavas. Por lo que la próxima vez que nos veamos tendremos que ajustar cuentas. Mientras tanto, mi victoria sobre Cecilia y Adriana es total.

Entran Cecilia y Adriana vestidas sólo con camisones y sosteniendo una vasija, Roque rompe sus escasas ropas para dejarlas completamente desnudas y bañarlas en la sangre que contenían los recipientes que portaban.

Padre Roque: ¡En el nombre de Satán los maldigo y profetizo que mañana les llegará su hora! A ustedes junto a las mujeres que han protegido de mi poder.

Se interrumpirán las acciones por un momento, aunque desde un principio se estableció que esta obra no tendrá actos, por los que simplemente se apagarán las luces con fondo musical de Black Metal y se encenderán cuando las actrices estén listas con su vestuario de religiosas.

ESCENA XI

Entran Cecilia y Adriana cada una con una silla en las que se sientan a ¾ del público, ambas sostienen sus rosarios.

Sor Cecilia: ¿Para qué nos querrá Roque?

Sor Adriana: Sólo espero que no haya revelado nuestro secreto.

Sor Cecilia: ¿Qué vamos a hacer si nos echan de aquí? ¿Qué dirían nuestras familias? ¡Quizás hasta nos obliguen a casarnos!

Sor Adriana: ¡Qué horror!

Entra el Padre Roque de sotana.

Padre Roque: ¡Dios las bendiga, hermanas!

Sor Adriana: ¡Dios lo bendiga a usted Padre!

Padre Roque: Necesito hablar con ustedes de un asunto muy serio y en secreto de confesión. ¿Saben los dos a lo que me refiero?

Ambas permanecen calladas por un momento y al mismo tiempo niegan con su cabeza.

Padre Roque: No es sobre nuestra necesidad carnal, es sobre sus hermanas Clara y Cristina que al parecer también la buscaron; pero fuera de nuestro convento.

Sor Adriana: ¿Qué quiere que hagamos?

Padre Roque: Tengo mis sospechas, pero necesito estar seguro. Creo que sus amantes son ese par de paganos: el Profesor de Lógica y su amigo el fotógrafo. Quiero que las sigan y lo corroboren. Una vez que los encuentren en acto de pecado es cuando será necesario castigarlos en el nombre de Dios. (Saca un par de pistolas ligeras debajo de su sotana y se las entrega a las monjas).

Sor Cecilia: ¿A los cuatro?

Padre Roque: ¡No! Sólo a ese par de engendros del mal. Sus hermanas aún tienen el derecho a redimirse y ser perdonadas por nuestro señor Jesucristo.

Sor Adriana: ¿Lo hacemos tal como la última vez?

Padre Roque: Sí, mis queridas inquisidoras. La última vez estuvieron geniales, lo hicieron sin que nadie se enterará y sin provocar la más mínima sospecha.

Sor Cecilia: ¡Así lo haremos, mi señor!

Ambas salen.

Padre Roque: Es mejor que las llame así, “Inquisidoras” a “Brujas”, pues así las nombraron la competencia de los protestantes.

Comienza de nuevo a sonar poco a poco el ruido de un tambor prehispánico que irá aumentando, el Sacerdote se incomoda llegando a ponerse nervioso e incluso a mostrar miedo. Entra de nuevo “Mictlán” en apariencia de Guerrero Azteca, ahora porta un cuchillo de obsidiana en la mano derecha. Sin que el clérigo lo haya notado detrás de él entra “Cuitláhuac” con una soga y camina en cuclillas, sólo porta un “Maxtle” y tiene pintura corporal por todo el cuerpo con diseños de una calavera, le lanza la cuerda al cuello y al mismo tiempo “Mictlán” lo abate de frente, ambos lo tiran al suelo y lo atan de las manos y el cuello. Una vez atado lo pasean por el escenario, durante ese período “Cuitláhuac” sale de escena y trae una especie de piedra de sacrificio que coloca al centro y en el que “Mictlán” clava su cuchillo y saca el corazón de Roque. Finalmente corre entre el público con dicho corazón de utilería hasta que de pronto se apagan las luces.

ESCENA XII

De nuevo entra Clara cantando el “Ave María”, su lenguaje y posición corporal es de mucha alegría y jubilo. Finalmente termina su canto y entra Cristina.

Sor Cristina: Me atrevo a decir que tu dulce voz es todavía más bella que antes.

Sor Clara: Así lo considero desde que hemos encontrado algo más que sólo el matrimonio con nuestro Señor Jesucristo.

Sor Cristina: Y hoy es día de salida, podremos verlos de nuevo. Desde la salida anterior no ha pasado un solo día en que no escriba en mis ratos libres y dicha actividad me ha llevado a eso que se llama libertad.

Sor Clara: Yo también me siento libre, no por no poseer nada, sino porque ahora tengo a un hombre. ¡Qué Dios me perdone, peo así soy feliz!

Sor Cristina: Dios nos creó para ser libres y felices en su nombre, aquí sólo hemos encontrado discordia. ¿En verdad este lugar fue creado para servir a nuestro Señor Jesucristo?

Sor Clara: ¡Claro que no! Te propongo algo, después de esta noche hemos de comprobar nuestros sentimientos y si el amor es verdadero renunciaremos a nuestros votos. Nuestras familias lo han de entender.

Sor Cristina: ¡Dios mismo lo entenderá!

Ambas se besan y se abrazan fraternalmente. Entran Cecilia y Adriana.

Sor Cecilia: ¡Dios las bendiga, hermanas!

Sor Adriana: Queríamos hablar con ustedes.

Sor Cecilia: Hemos reflexionado y queremos saber más sobre la música del Profesor de Lógica.

Sor Cristina: Pues pregúntenselo este lunes en clase. Hoy nosotras sólo vamos a ensayar con él y de ahí a visitar a nuestras familias.

Sor Adriana: Pedimos permiso a la Madre Superiora para acompañarlas, de ahí regresaremos al convento.

Sor Cristina: ¡Nos permiten un momento, hermanas!

Cecilia y Adriana salen de escena.

Sor Cristina: ¡Qué no manchen estas pirujas!

Sor Clara: Si no nos acompañan, el confesor y la superiora sospecharán.

Entra Sor Leonor casi de sorpresa.

Sor Leonor: ¡Dios las bendiga, hermanas!

Ambas a la vez: ¡Dios la bendiga, Madre Superiora!

Entran las otras dos monjas.

Sor Leonor: Hoy las cuatro asistirán al ensayo del Profesor Jesús. Cecilia y Adriana regresarán, Clara junto con Cristina podrán visitar a sus familias. Por cierto, hay cosas que quiero hablar este lunes en comunidad. Es sobre su confesor, pues he pedido su cambio y el Señor Obispo aceptó.

Las cuatro monjas se quedan perplejas.

Sor Clara: ¿Se puede saber la razón?

Sor Leonor: Aún no. Se los diré este lunes. Mientras tanto aprovechen el día, recuerden que es su descanso y no olviden pasar por su dinero con la Madre Ecónoma.

Las cuatro monjas jóvenes salen de escena y dejan sola a la Madre Superiora.

Sor Leonor: ¡Oh, Señor! Hoy se cumplirá tu palabra y no la del maligno.

Se apagan las luces y hay una breve pausa.

ESCENA XIII

Aparece Mictlán en su vestimenta de Caballero Águila, está danzando y sosteniendo su macuahuitl, al fondo se escucha un fuerte sonido de metal prehispánico. Danza y se mueve por todo el escenario e incluso de ser posible también lo hace e interactúa entre el público. Hasta que finalmente termina la música y hay un breve silencio hasta que Clara aparecerá cantando con su vestimenta de monja; pero ahora con un ritmo propio de metal gótico. Se acerca a él cuando termina de cantar y no puede evitar besarlo con pasión en los labios. Las luces se encienden al mismo tiempo que termina la música y entran Cristina, Cuitláhuac, Cecilia y Adriana, todos ellos aplauden.

Cuitláhuac: ¡De poca madre! ¡Vamos arrasar con todos en ese concierto!

Sor Clara: Y tengo que comunicarles algo. Gracias a las entonaciones de “Mictlán” y “Cuitláhuac” gané el concurso de canto. Será lo último que le podré ofrecer a ésta, mi congregación, pues desde hoy anuncio mi retiro.

Sor Cristina: De igual forma lo hago yo. Nuestro Señor Jesucristo no me quiere más dentro de un convento. ¿Les molesta eso a nuestras hermanas?

Sor Cecilia: ¡Pues ahora no! Me he dado cuenta que entré a la Iglesia sólo por no aceptar y huir de mi comunidad natal. Ahí las cosas no iban a ningún lado, por lo que no tuve otra alternativa.

Sor Adriana: También me doy cuenta que nunca entré aquí por vocación, sino por tratar de alejarme de los hombres, lo único que hacía antes de ingresar aquí era estar detrás de ellos. Y en pro del único que ahora tengo he de cumplir un encargo más para la Iglesia Católica.

Ambas monjas sacan las pistolas que les proporcionó Roque y apuntan con ellas a Mictlán y Cuitláhuac, casi al mismo tiempo Clara y Cristina se lanzan sobre ellas desviando sus manos y haciéndolas disparar contra ellas mismas. Se manchan de sangre al mismo tiempo que las inquisidoras caen muertas y todo lo ocurrido no deja de sorprender a sus observadores.

Cuitláhuac: ¿Cómo hicieron eso? Parece como si hubieran sido entrenadas para desviar los disparos contra ellas mismas.

Sor Cristina: ¡Por Dios! ¡Cómo si fuera la primera vez que lo hacemos!

Sor Clara: De hecho, estas son las pistolas del Padre Roque y no debe de…

Una voz desde afuera: ¡Tardar!

Entra el Padre Roque sin su sotana y no deja de impresionarse por lo ocurrido.

Padre Roque: ¿Qué pasó aquí?

Mictlán lo confronta con su macuahuitl.

Mictlán: ¿Qué pasó aquí? ¡Eres un hijo de la chingada!

Padre Roque: (En posición corporal de disculparse) Sólo así me iba a librar de ustedes y no se me iba a terminar esta mina de oro que es Clara. De cualquier forma, la superiora ya me reportó con el Obispo y simplemente me iré no sólo del convento, sino de la Diócesis, pues no podré realizar ritos litúrgicos durante un año. Todo aquí parece como si hubiese sido un suicidio por lo que no habrá cargos en contra de nadie.

Mictlán: ¡Eres una mierda!

Padre Roque: Quizás, pero también soy muy respetado, puedo testificar en su contra y no por nada me creerán más a mí que a ustedes. Dejemos esto así y luego arreglamos cuentas. (Señalando el macuahuitl) ¡Si me clavas estos picos irás a la cárcel!

Sor Clara: ¡Tiene razón! ¡Déjalo ir!

Mictlán: ¿Hasta cuándo?

Padre Roque: Un año, pues será un castigo para ella y para ti que no podré negarles.

Mictlán: ¡Lárgate!

Roque sale de escena y las respectivas parejas se besan antes de salir de escena.

ESCENA FINAL

De nuevo se apagan las luces y hay un breve mutis. Al encenderlas aparece Roque portando una sotana con un pentagrama, como aspecto poco usual ahora tiene un maquillaje propio del Black Metal en su rostro y las uñas pintadas de negro. Comenzará a recitar un monólogo en el escenario y posteriormente se trasladará a interactuar con el público.

Padre Roque: Hace un año que pasó todo lo que acaban de ver. La muerte de Adriana y Cecilia se interpretó como suicidio, llevaron sus cadáveres al convento y todos creyeron que ahí fue donde se dieron el tiro de gracia, aunque para ello hubo un apoyo de la Madre Superiora que comentó que nunca simpatizó con esas desgraciadas. Un mes después Clara y Cristina renunciaron a sus votos, ahora viven en unión libre con ese par de indios. Mi antiguo ruiseñor ahora es la vocalista del grupo y Cristina volvió a la Facultad, ahora escribe las letras de sus canciones. Dicen vivir en base a la sabiduría tolteca y yo vivo en base a la de nuestro señor Satanás. Seguí ejerciendo como Sacerdote católico, pero en la Diócesis de San Antonio, Texas. Aquí dejé por completo de ocultarme e hice ritos satánicos públicamente afiliándome a una comunidad demoniaca, sólo que ahora soy buscado por homicidios que verdaderamente realice en mis ritos, no sólo del lado norteamericano, sino también en el estado de Chihuahua y es muy evidente que también me he involucrado en el narcotráfico. Me vienen las palabras de ese maldito blasfemo…

Entra Mictlán con su vestimenta de Caballero Águila.

Mictlán: Soy tal cual un Guerrero de Aztlán, todo lo realizo en base a un código de honor, sólo haré la guerra real cuando sea necesaria, pues no creo en eso que se llama traición.

Padre Roque: Y yo sólo creo en lo que me fue impuesto, a tal grado que ahora formo parte de una consecuencia lógica.

Mictlán: Adoras al Diablo que se supone es la rebeldía de un Dios. En consecuencia, estás adorando al Dios que estás retando.

Padre Roque: Ahora en consecuencia, no ha cambiado mi credo, sólo expreso lo mismo en otras palabras ¿Qué puedo hacer?

Mictlán: Honra a tu señor y sacrifícate por él. ¡Ya conoces el ejemplo!

El Sacerdote toma una soga que forma parte de la escenografía y que se puso durante el tiempo en que se apagaron las luces, se hará un efecto de sombras saliendo del escenario para representar su suicidio. Al instante aparece Clara ahora con una vestimenta de mujer azteca haciendo sonar un caracol y comenzando a danzar al son del metal prehispánico. Hasta que ella también sale del escenario empuñando un cuchillo de obsidiana y regresa con un corazón humano de utilería que escurre sangre.

OSCURO FINAL

Guadalajara, Jalisco-León, Guanajuato.

Nota del Autor: Tardé un año en terminar esta obra, primero me llené de inspiración en el 2017, año en que regresé a la actuación luego de una ausencia de nueve años sin aparecer en los escenarios tapatíos. Ahora en el 2018 que estoy tomando mi sabático en el estado de Guanajuato, admito que mi necesidad de escribir a aumentado y recuerdo las palabras de alguien que me adentro indirectamente en la dramaturgia: “No debe de importarte tanto que representen mal tus obras, que al leerlas las aborrezcan o que no las entiendan, ni tampoco que tardes en publicarlas, lo importante es correr el riesgo de ser dramaturgo”.

 

Gerardo Martínez Acevedo “Efrén Bantú”

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