Casa de hombre solitario

Recuerdo que esa noche Gabriela estaba sentada en el sofá haciendo tulipanes de papel maché para el cumpleaños que se festejaría al siguiente día. Le decía que los patrones se repiten. Y ella respondía que no.

—Te entusiasmas muy fácil —me dijo—, ese tal Jodorowsky debe estar loco.

Gabriela podía ser visceral algunas veces, poco objetiva cuando la cerveza hacía su parte, pero era sumamente observadora. Me pregunté si era verdad eso de que me entusiasmaba de esa manera. Si Jodorowsky estaba loco o era en realidad un genio me resultaba una cuestión de interpretación. Gabriela tenía con quien dormir mientras que yo me seguía quedando a solas con mi televisión, mis libros, mi amargura.
Las tardes eran aburridas entre semana. Extrañaba a mis amigos. Gabriela se fue a su casa no sin antes mentarme la madre. Esa era su manera de ser. Ya me preocuparé cuando no lo haga —me dije en silencio—, y me quedé otro rato a planear las cosas que tendría que hacer por la mañana.

Al despertar salí corriendo. Estaba seguro que ya era tarde. Busqué el cepillo de dientes y me los lavé. El desodorante se había terminado. Arrojé el cepillo a un sofá, cerré la puerta y caminé hacia la parada de autobús. A medio camino verifiqué si traía conmigo las llaves de mi casa. Eran incontables las ocasiones en que las olvidaba dentro, pero esta vez ahí estaban; adentro de uno de los compartimentos de mi mochila junto a un mi colección de tarjetas telefónicas. Una hora más tarde bajé del autobús y subí al metro, el cual se tardaría una hora más en llevarme a mi destino, previo trasbordo en la estación Cuahutémoc. Mamá estaba dormida, papá no dijo nada. Tomé algo de ropa del que fue mi cuarto y algunos libros. Los acomodé en una bolsa negra de plástico. Papá insistió en que llevara comida y puse pollo congelado en la mochila. Me despedí y caminé hacia el metro. Dos horas y media después llegué a mi casa. Eran las once y media de la noche. Y Michel ya se encontraba pichoneando con su novia en las bancas del camellón que divide la avenida del fraccionamiento.

Abrí la puerta y dejé la mochila sobre el sofá y la bolsa negra en el suelo. Tomé el pollo de la mochila -aún estaba duro como piedra- y lo dejé en el congelador. Me metí a la regadera para darme un buen baño. Estaba desaliñado y sucio. Aun así, me pregunté si me estaba enamorando. Tal vez ella estaría ahí. El vapor del agua difuminaba mi rostro en el espejo y lo tallé con la mano. Ese aspecto me venía bien. Ése era yo. Después de cambiarme fui a casa de Gabriela. Ella no estaba.
La fiesta transcurrió con la novedad de que Celeste tenía una aventura. Me estaba enamorando de Viridiana y Dora me miraba de manera extraña sin motivo. Después me di cuenta de sus miedos, de sus risas, de su pasado. Algo raro pasó esa noche. Estaba acostumbrado a ser el convidado de piedra, pero de pronto me sentí mal. Tenía veintiocho años y el mundo se me venía encima.

Al despertar me sentí libre. No sé porqué, pero el dolor de la espalda se extinguió un momento. La casa estaba fría y me estiré más de una hora sobre la cama antes de levantarme hacia el televisor. Era muy temprano. Estaba aburrido. Arrojé algo de pollo sobre una cacerola, previamente lavada, pues la mayoría de los trastes eran un continuo proyecto de limpieza que aplazaba conforme llegaban a mi televisor las luchas, el noticiero y los partidos de futbol, me metí a bañar sólo para recordar ese rostro de la noche previa; tremendamente iluminado por la duda.

Semanas después las fiestas se apagaron en el fraccionamiento. El invierno pegó de golpe en las fachadas de las casas con un viento heladísimo y mermó severamente el ánimo social de los vecinos. Gabriela dejó de visitarme. Y supe, o más bien presentí que Viridiana sabía algo de mis sentimientos hacia ella, porque no me saludaba, sobrellevaba nuestras conversaciones, o simplemente me miraba con la ternura que se ve a un hermano, a un extraño cómplice, a un muy buen amigo pero el último de los amantes. Pensé que eso era bueno. Yo no la miraba con el aspecto babeante de un obsesionado y a menudo me preguntaba el tipo de hogar que podría formar con ella y los sacrificios que tendríamos que hacer si deseábamos concretar una vida juntos. Soñar era bueno, porque me alegraba.
La realidad no me consideraba el tipo de hombre que buscaba Viridiana, y por lo visto no le resultaba muy atractivo que digamos. Mucho menos con lo que pasó con Lizeth y sus desastrosos resultados. Me conformaba con creer, en el hipotético caso de que termináramos juntos, que la adoración que sentía hacia ella y mi vocación de agradarle me terminarían dando un “aceptable” de su parte. Luego, cuando repensaba las cosas, me daba cuenta que no importaba qué pasara, yo saldría ganando en cualquier escenario. De hecho ya había ganado mucho sin siquiera darme cuenta.
Melani pasó de verme como un monstruo extraño conversando con su mamá, a un señor que le daba dulces cada que la oportunidad se presentaba. Me estaba volviendo más tolerante con los niños y esto me tenía realmente sorprendido. Mi proyecto de vida nunca había contemplado hijos, y ahora me daba cuenta de que no podía cerrarme a la posibilidad. La pregunta era: ¿con quién?
Lo de Lizeth no acabó mal por Scarlet acabó mal por su carácter dominante y porque nunca nos comunicamos lo suficiente. Yo quería otra velocidad en la relación y ella una seguridad plana donde el mundo empezara y acabara siempre en el silencio. Ella quería vivir una relación sin diálogos y yo quería vivir un diálogo que diera pie a una relación.
Lo de Michel es entendible, más que un hermano celoso, creo que él sabía que Lizeth acabaría haciendo un estropicio avergonzante. Así las cosas, irme de trabajo una semana y media sin hablar con ella y dar lugar a que dijera que la utilicé como una muñeca de plástico, que no tenía nada que hablar conmigo y que iba a andar con Héctor y que nadie debía decirme nada. La verdad pasaron meses antes de saber que había andado con Héctor a mi espalda, o que él ya no quería saber nada de ella y que la trajo llorando de aquí para allá porque se había enamorado de él, pero él sólo quería divertirse, que Scarlet estaba chifladísima y Lizeth era ya vieja para él, además de una mala amante. La actitud de Héctor me pareció detestable, pero me daba la razón en varias cosas. Lizeth no sería mi amiga en vista de las cosas desagradables que decía de mí, pero no sería su enemigo. Había un trabajo que buscar, una casa que terminar y un invierno frío del que no encontraba salida. Tenía veintiocho años, un auto sin tenencia y una motocicleta que se negaba a encender en el patio lleno de goteras.

Erick me resultaba un tipo agradable, parecía honesto. El gran problema era que Don Guillermo, parecía empecinado en que Viridiana regresara con el padre de su nieta. Y Viridiana ocultaba cierta frustración en su desdén y cierto desencanto en sus comentarios cuando se refería hacia él. Evitaba mencionarlo por su nombre, en vez de eso, se refería a Erick de la manera más correcta, pero a su vez lejana y fría; “el papá de mi hija”. Todos sabíamos que él era el amor de su vida pero ella se esforzaba en desprenderse esa imagen, de pensamiento en pensamiento, de hombre en hombre, de enunciado en enunciado, como si el corazón a fuerza de tupirlo de intenciones se le pusiera la carne de gallina y claudicara de sus convicciones.

En la calle se decía que Viridiana era tan valiente como estúpida para enamorarse y terminaba saliendo con penosos simulacros de hombre que sólo querían gozar de su cuerpo y poco aportaban a su vida además de alguna cerveza o alguna cogida por amor al sexo; era por eso que me desencontraba en el espejo: Viridiana jugaba a lastimarse sin que pudiera persuadirla de que abandonara ese juego y me quisiera un poco.

Hasta ese día, pensaba que Viridiana tenía los ojos del color del paraíso. Ella era la flor que se sujeta de la espina. La quería, o por lo menos eso pensaba. Tal vez porque Viridiana pensaba en cicatrices cuando me miraba. Ella entregó parte de sus libertades al tener una hija y yo nunca me decidí a liberarme de las cadenas de los años heridos, la infeliz adolescencia, y el desamor golpeándome en el rostro.

La víspera de navidad visité a mis padres. El auto ya tenía la tenencia pagada y pasé un par de horas en su casa. Tal vez estaban molestos conmigo. Casi no hablábamos. Casi no sabían de mi vida. Parecía extraño sentirme a disgusto en esa casa. Me despedí y prometí ir al día siguiente, sabiendo de antemano que mentía. Mi casa era suficientemente ancha para aguantar ese llanto seco que me poseía mirándome entre fotos amarillas.

No sabía por qué, pero algo estaba pateando en mi cabeza. Quería suicidarme. Y a la vez, un hogar, una pareja, una familia. Además, el pequeño ingrediente del amor: no quería estar con alguien por el simple hecho de no estar solo y no quería que alguien estuviera conmigo porque sí.

La noche mimosa y fresca se me amargó enseguida como un cuchillo en el vientre.

Ya sólo quería dormir tranquilo sin ese corazón latiendo a mares.

Durante la tarde del día siguiente, nos reunimos en casa de Viridiana; Don Guillermo decía que el que quiere a la vaca también debe de querer a los becerros. Le contesté que para un gran hombre hace falta una gran mujer y que la familia es sagrada. Y Lizeth dijo que ella era una buena madre y que sin corral ni jacal ni lana no podía esperar mucho de una pareja que no tenía trabajo.

Las horas fueron avanzando entre carne asada y cerveza hasta que la madrugada se vino encima y me fui a mi casa.

Esa misma noche llamé a Güendy, pero no fui a verla. Me senté en un sofá pensando en olvidarla para siempre. No contemplé que nuestra hija llamaría a la puerta de mi sueño y entraría con la luz de la mañana.

Al despertar ahí estaba ella, radiante y con el pelo negro, con un vestido rojo, con los ojos amatistas. Todavía soñoliento recorrí lentamente en mi memoria el girasol de sombras y lamentos; conservaba ese rostro al que me encomendé de joven y sus labios eran los mismos que gestaron mis insomnios. Me resultaba difícil distinguir si mi sueño se había prolongado o alguna señal de mi inconsciente me trataba de decir algo a través de su presencia. Sonreí sudando como un adolescente al que el examen lo sorprende sin haber estudiado. Ella estaba seria y sus cachetes ligeramente rosas. Noté en su mirada la calma que dejan las tormentas.

Ambos tocamos su barriga y sentimos las patadas. Era un día para estar contentos, una tarde para caminar en trío. Tal vez era tiempo de dejar de escuchar a Bob Dylan, desobedecer la prescripción de pastillas del psiquiatra, asimilar lo inexplicable de mi vida y dispararme de una vez en la cabeza.

 

 

Carlos Treviño Sierra “Alacrángel”

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