Tete

Caminaba de regreso a casa después de un arduo día, ayudando como voluntario a retirar el escombro de los edificios colapsados. Mientras atravesaba el zócalo, la noche había terminado de adueñarse por completo de la ciudad. Al llegar al cruce de Pino Suárez con Corregidora, por el rumbo de Palacio Nacional, escuché muy levemente una voz pidiendo ayuda saliendo de entre la grieta gigante que el sismo había abierto en plena calle.

— ¡Alguien por favor ayúdeme, tengo mucho tiempo aquí. No puedo salir! —exclamaba con desesperación.

Confundido detuve mi andar pensando que tal vez alguien que regresaba a casa como yo, habría tropezado y caído dentro. Me acerqué a la entrada de la grieta, barriéndola con la potente luz de mi lámpara de halógeno. Tratando inútilmente de ubicar a la persona, pues sólo alcanzaba a vislumbrar una losa de piedra en el fondo de aquel cráter abierto ante mí.

—¿Te encuentras bien? ¿Te lastimaste? ¿Llevas mucho tiempo ahí? ¡No puedo verte! —le dije, mientras me agachaba para escuchar mejor la respuesta y tratar de ubicarle por medio del sonido— ¿Cómo te llamas? —insistí.
—Me llamo Tete; llevo mucho tiempo aquí, no sé cuánto, he estado pidiendo ayuda pero nadie hace caso, parece que no me escuchan —expresó angustiada.

La voz se percibía soterrada, ahogada, dificultándome el entenderla, pero su timbre me hizo darme cuenta que se trataba de una voz femenina: era una mujer; una mujer de edad madura. Comencé a comprender con angustia, que tal vez estaba sepultada bajo la losa.

—No te preocupes, Tete, vas a estar bien, todo va estar bien —le dije, intentando parecer sereno.

Levantándome atribulado, volteé hacia la calle rogando en una muda plegaria encontrar a alguien que pudiera ayudarme. Estábamos de suerte. Arrastrando los pies un grupo de jóvenes voluntarios atravesaba el zócalo con sus herramientas a cuestas. Desesperado, les hice señas con la luz de mi lámpara, mientras les gritaba a voz en cuello —¡Aquí! ¡Aquí! ¡Ayúdenos por favor!

Cuando llegaron hasta la grieta, les conté lo que pasaba.
—¿Dice que está debajo de la losa? —me preguntó con algo de incredulidad el que parecía ser el líder.
—Así es, mi amigo, la voz viene de abajo de la losa, por eso casi no se escucha —le respondí.
—Pero ¿cómo carajo fue a dar ahí, señor? —preguntó otro de los chicos—. No lo sé; no se lo pregunté, sólo me dijo que lleva mucho tiempo ahí y que se llama Tete —contesté con algo de fastidio.

Dos de los chicos bajaron al cráter.

—¿Dónde vive? ¿Cómo fue a dar ahí? ¿Tiene familia? —preguntaban a gritos; sólo el silencio contestaba.

Fueron varios minutos en los que las preguntas a voz en cuello inundaban el hueco, pero siempre recibimos la misma respuesta: un silencio total.

—Oiga, señor, ¿a usted le tocó sufrir el sismo del 85 verdad? —me preguntó el chico que se había quedado junto a mí.
—Perdí a mi madre, casa, trabajo y matrimonio; creo que eso bien podría contar como sufrir, ¿no? —repuse  molesto.
— Entiendo… yo no sabía… discúlpeme usted —me dijo posando una mano sobre mi hombro—, le pregunté eso porque seguramente recuerda el caso de Monchito, aquel chiquillo al que la tele le montó todo un show y que fue sólo un invento, o más recientemente en este terremoto el caso similar de Frida, usted ya sabe eso de “Histeria Colectiva”.
—¿Estas insinuando que todo esto es una alucinación mía, cabrón? —repliqué lleno de ira volteando a verlo mientras retiraba con una sacudida su mano de mi hombro.
—Cálmese, señor. No es que no le creamos, pero entienda, allá abajo no hay rastro de ninguna persona, y no escuchamos absolutamente nada, usted también tuvo un día pesado, como nosotros —me dijo uno de los chicos que en ese momento subían a la superficie.
—Discúlpeme si se sintió ofendido, no me lo tome a mal, pero debería de irse a descansar, esto apenas comienza y mañana será un día pesado, nosotros nos vamos —continuó el que había permanecido a mi lado.

Se fueron en silencio, internándose en las oscuras calles, mientras yo sólo atinaba a verlos alejarse pensando  seriamente que los chavos tal vez tenían razón. Entonces, mientras recogía mis cosas, volví a escuchar la voz, igual de lejana, pero ahora más urgente.
— ¡Mijo, mijo! ¡No se vaya, por favor, sáqueme de aquí, tengo que salir de aquí! —Tete, Tete, ¿por qué no contestaba? Se ha ido la ayuda, no puedo mover la losa yo solo —le decía con desesperación y pesadumbre.
—¡Inténtelo por favor, por favor, es necesario que yo salga de aquí, ya no aguanto más, mis hijos me esperan!

Sus angustiadas suplicas me ayudaron a decidirme a actuar; amarré la cuerda a una roca y lámpara en mano fui bajando al fondo de la grieta, hasta llegar a la losa, desesperado, empecé a empujar a mano desnuda, tratando de moverla, mientras la voz de Tete me impulsaba.
— ¡Señor, usted lo va lograr, ya verá que sí, siga así, parece que ya se mueve, usted lo logrará, sí se puede, sí se puede, señor!

Mis manos sangraban mientras empujaba y empujaba, haciendo la losa mas resbaladiza, pero increíblemente, parecía que comenzaba a ceder. Entonces se me ocurrió usar como palanca un grueso pedazo de madera que asomaba entre el escombro. Comencé a empujar aun más fuerte; al escuchar crujir la madera, un agudo dolor que se me clavo en el hombro me hizo darme cuenta de que lo que crujía era mi clavícula, pero los gritos de Tete me servían como una especie de bálsamo.

—¡Sí, ya veo un poco de luz, lo está logrando lo está logrando!

El fogonazo de dolor me impidió darme cuenta en primera instancia del momento en que la pesada losa se corrió lo suficiente para dejar ver en su interior. Lo que me hizo caer en la cuenta fue que al fin pude escuchar los gritos de apoyo de Tete de manera clara y diáfana.

Debajo de la losa sólo había un pozo de oscuridad, tomé la lámpara y gritando su nombre con una mezcla de dolor y alegría apunté el halo dentro de él. El moreno rostro sonriente de facciones indígenas que se iluminó bajo la luz me dejo sin aliento y sin palabras: la dama era hermosísima, como la pintura que adornaba los libros escolares en los años sesenta.

Pero al bajar el haz por su cuerpo mi sorpresa fue aun mayor, ¡una falda de víboras siseando ondulantes ceñía su cintura; su vientre se veía pronunciado, como a punto de dar a luz, sus pies descalzos eran unas garras de águila y cuando volví a apuntar de nuevo la luz hacia su cara, me di cuenta que de su cuello, en el que colgaba un collar de manos y corazones sangrantes, brotaba una horrible cabeza de serpiente totalmente contrastante al exquisito rostro indígena. El siseo en coro de las alimañas retumbaba en mi cabeza.

—¿Tete?… —alcancé a musitar.
—Sí, hijito, Teteoinan o Tonantzin. O tal vez prefieras llamarme con el nombre por el que me conocen mis niños: Coatlicue —me dijo sin siquiera mover los labios—. Mi pueblo está sufriendo porque la tierra está pariendo, como yo, pero no deben temer, todos los partos son una dualidad de dolor y alegría.
—Los extranjeros robaron nuestra tierra, mancillaron a mis hijas, hicieron que mis niños se olvidaron de su madre, pero la memoria es fuerte, mis niños me llamaban sin saber, regando con la sangre de sus hermanos la tierra, clamando por mí —seguía diciendo mientras salía del hueco y se elevaba en toda su majestuosidad—. ¿Qué no hace una madre por sus hijos? —me dijo mientras arrancaba, con esa infinita ternura que sólo las madres poseen, mis manos y mi corazón palpitante para colocarlos en su collar.
Mientras me perdía en la negrura de la muerte, escuchaba sus palabras dulces como un arrullo materno —Duerme, mi niño, el más pequeño de mis hijos, no temas nunca más, ¿no estoy aquí yo, que soy tu madre?

  Gabriel Carrillo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s