La última pesadilla en la serpenteante calle izquierda

El pasado treinta de agosto un verdadero titán e ícono del horror fílmico partió a otro plano existencial; sí…el Sr. Wes Craven –quien poco antes había cumplido setenta y seis años de edad-. Falleció víctima de un tumor cerebral y ello dejó un hueco imposible de llenar en el Olimpo de lo tenebroso… aunque, a la vez ha quedado su nombre con letras cinceladas en el mausoleo del terror perpetuo…

¿Por qué este personaje fue tan importante? A quien ame al espanto generado en la gran pantalla realmente la pregunta le pueda hasta necia parecer, y es que no se podrían ni siquiera concebir muchas de las ramas del espanto cinematográfico moderno sin este importantísimo artífice de lo macabro. Claro, no todo en su haber fue sobrecogedor en exceso…

…mas es un hecho que sus trabajos (máxime los más prístinos) son trascendentales y sumamente influyentes en lo referido a lo sinuoso. A tan inventivo autor se le debe que el género ‘slasher’ se volviera más cruento -al menos en el continente americano-, que el mismo se volcara a lo onírico/semi-surrealista e incluso que este se burlara de sí mismo; también a él se le puede adjudicar que exista una recia ponderación de una, en su momento, nueva clase de villanos (los mutantes), y también que al Vudú se le haya otorgado la atención debida en una década en la que a esta perniciosa/conjugada religión se le tomaba ya a broma…

…sí… reitero… el Sr. Craven fue colosal… hasta cuando perdió la brújula…

Para hacerse una idea de la relevancia de su obra hay que excavar desde sus orígenes cuando en el año 1972, haciendo mancuerna con el Sr. Sean S. Cunningham -sí… el padre de “Friday the 13th”-, desató una polémica fuera de toda proporción, pues gestó una de las puestas en escena virtual más abominables, execrables y retorcidas de todos los tiempos. Me refiero a “The Last House on the Left”, grotesca moción que, levantada con un presupuesto nulo, hizo mella en la consciencia pública y en la cultura popular, al quitarle los elementos “justificables” y/o “razonables” al homicidio, y mostrando, sin pudor alguno, lo bajo que ese animal, conocido como “ser humano”, puede llegar (movido por la más mórbida insensatez o por el deseo de venganza). Fue gracias a esta desalentadora y brutal tesis que los ya extintos auto-cinemas y la modalidad ‘grindhouse’ se pusieron en boga, y que esta forma de alarmar al gran público fuese un subterfugio adoptado por otros hacedores para dar a conocer sus más ensortijadas tramas. Ciertamente, aunque uno se repitiera a sí mismo que ésta “era sólo una película” después de haberla palpado de lleno, tan descarnada y bestial proposición no podía menos que llenar el ambiente de encono y controversia…

Cinco años después, el análisis de este invocador del desasosiego fue centrado en otra clase de infames criaturas, que no por ser más contrahechas eran menos reales, y es que los endriagos que encabezaron “The Hills Have Eyes” en efecto, tendían a lo físicamente monstruoso, mas no por eso estos caníbales deformes eran aplaudibles o dignos de lástima, sino todo lo contrario. La sed de estas abominaciones por sangre inocente iba más allá de la necesidad de alimentarse, pues su crueldad era mayúscula y su saña deleznable. Con tan funesto desfile de esperpentos, su originador fue el responsable de una nueva ramificación, que se valía de este tipo de aislados” errores de la naturaleza” para amedrentar -e incluso asquear- a quien se dejara…

Con la llegada de la década de los años 80’s arribó también la consagración de este ciclópeo conductor, pues después de varios experimentos (“Deadly Blessing”, “Swamp Thing” y “The Hills Have Eyes Part II”) dio a conocer la que para muchos es su obra maestra: nada más y nada menos que “A Nightmare on Elm Street”, que hacía de los malos sueños materia de estudio y resquemor total. Encabezada por el mítico, desmesurado y carismático Fred Krueger, este primer capítulo –del que más adelante sería un filón interminable y, por qué no decirlo, algo desvirtuado-, el acto de matar dejó de ser simple, para transformarse en una táctica repleta de maligna creatividad, artificiosa fantasía y renegrido humor, pues el mismo se ejecutaba ya no en nuestra cotidianeidad, sino en la ominosa/teratológica dimensión paralela gobernada por las pesadillas, en donde todo es factible y más tremebundo. Esta formidable pieza (y toda la saga que de la misma se desprendió) le otorgó al gran universo del celuloide siniestro un verdadero anti-héroe al cual adorar, así como un nuevo estándar de “asesino serial” que traspasaba lo meramente sanguinolento. Es por este enrarecido/encomiable logro que lo inaudito y sobrado se puso sobre la mesa, y un patrono ineludible de lo pavoroso –el “hombre de tus sueños”-  llegó para quedarse…

Pasó menos de un lustro para que, después de “Deadly Friend” (que pasó sin pena ni gloria), la carrera de tan implacable hacedor tuviese otro punto prominente, y es que sin previo aviso dio a conocer “The Serpent and the Rainbow”, que hoy por hoy es uno de los más loables monumentos levantados en honor a la magia negra/Yoruba/santería que hasta el presente se hayan concretado. Develando sin tapujos la sordidez que existe alrededor de las prácticas en pro de la resurrección/”zombificación” en Haití, este auténtico clásico de lo malévolo se convirtió en un adminículo de culto, y le regresó al Animismo la capacidad de inquietar…

Cerrando tan prodigioso decenio con “Shocker” y abriendo el que le siguiera con “The People Under the Stairs”, tan hábil y dantesco caballero tuvo a bien el cerrar con broche de otro lo que él mismo inició, concibiendo “New Nightmare” exactamente diez años después que su antecesora original. Este ejercicio no sólo dignificó una odisea que ya se había corrompido, sino que se valió de una maniobra bastante ingeniosa –un quehacer dentro de otro- para así colocar un colofón/epitafio más que decente en la lápida del Sr. Krueger…

Lo años sin embargo no pasaron en balde y de pronto a tan fascinante perpetuador de lo indecible le dio por suavizarse. ¿Fue una necesidad creativa, un deseo por diversificarse o mero comercialismo…? A estas alturas ello no importa y juzgar a un Goliat del Orco sólo por sus aparentes descalabros no es para nada algo sensato, mas, como apasionado del pánico en la pantalla de plata que soy, he de señalar que a partir de “Vampire in Brooklyn” (de 1995), el tono de sus propuestas cambió, hasta el punto de caricaturizar todo su anterior acervo…

…máxime con “Scream” –de 1996-, por la cual no tengo la más mínima simpatía…

…y es que… ¿cómo he de apreciar una mofa “seria” de lo que yo tanto respeto…? No tengo fundamentos (ni ganas) de hacerlo…

Desgraciadamente, es ese un gran parteaguas en la carrera de tan ecléctico dirigente, que encontró una veta que explotar, encerrándose en el sarcasmo y en la “crítica constructiva” al macrocosmos que él mismo ayudó de lleno a nacer, crecer y multiplicarse…

…viniendo, irremediablemente, “Scream 2” –de 1997- y “Scream 3” (del 2000)…

El daño ya estaba hecho, y ya sin su “toque de Midas”, vinieron “Cursed”,  “Red Eye” y “My Soul to Take” –esta última tan falta de base e inspiración que ni siquiera debiese mencionarse-, para después dar una estocada final con  “Scream 4”, que sin querer, fue el “canto de cisne” de su progenitor…

Nadie es perfecto… eso es un hecho… mas si es también algo primordial, y necesario, el jamás olvidar lo que un adalid de lo Maquiavélico/Mefistofélico nos entregó a manos llenas en sus momentos más glorioso.

Por todo eso, a pesar de que ya pasaron algunos meses de su triste deceso, le aplaudo hoy de pie al Sr. Craven que tantas veces me hizo sobresaltarme y/o voltear sobre mi hombro derecho para cerciorarme que no hubiese una amenaza a mi espalda…

Que descanse en paz el causante de tan magníficos delirios y angustiantes infamias o más bien, que desde el más allá siga elucubrando/turbando con las mismas a los espectros/entidades que le rodeen.

Atte.
Ipsisimus.

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