Paraíso

Con los brazos apartaban a uno y otro lado el ramaje inclemente. Sus sandalias aplastaban el follaje muerto y temían el alboroto de alimañas y víboras que huían. El miedo movía nerviosamente sus rostros para ver si los perseguían. Vestían, bajo sus cabezas rapadas ocultas bajo la capucha, una túnica holgada, parda, de mangas acampanadas. Corrían en sentido opuesto a un monasterio ubicado a tres kilómetros de allí. Quisieron saber qué había más allá del río y la llanura y en un descuido de los guardias, mientras iban a extraer agua de un pozo, largaron a correr hacia la espesura. De pronto cayeron a un agujero angosto, profundo; un lugar de antiguas aguas subterráneas.

     Pasaron los días y nadie los rescataba. Desde abajo sólo podían oír algunos ruidos de pájaros o rugidos de fieras y el helicóptero que pasaba cada dos o tres días, arriba de los árboles gigantes. Sólo una lucecita ínfima, cuando un viento impetuoso empujaba las ramas de los árboles, brillaba tímidamente a lo lejos en la altura.

     Una tarde, cuando la desesperanza se apoderaba de sus espíritus, uno le dijo al otro: Un arzobispo afirmó que el mundo se hizo en el año 4004 antes de Cristo.
—No me importa. Yo sólo digo que este mundo se acaba en el año 2150 después de Cristo. Ya queda poco.
—Un clérigo perfeccionó ese vaticinio —prosiguió el primero—. Afirmó que el mundo fue mundo a partir de las nueve de la mañana del 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo.
—Te he dicho que no me importa. Ya veo muestras de la catástrofe.
El primero lo miró sin entender. En un tono que no quiso ser contradictorio, dijo: A mí me gusta saber cuándo nacen las cosas.
—A mí cuando mueren.    
—Yo amo el pasado.
—Yo amo el porvenir.
Las ratas les roían la piel.
—No vale la pena que discutamos —dijo el enamorado del pasado—. Estamos débiles y vamos a morir.
—¿Cómo se llamaba ese arzobispo? —preguntó el enamorado del porvenir.
—Ussher. James Ussher, arzobispo de Armagh.
—Era valiente —reconoció el enamorado del porvenir—. Yo digo que el mundo se va a acabar en el año 2150 después de Cristo.
—También eres valiente —dijo con mofa el enamorado del pasado—. Pero ahora mi cuerpo reclama su alimento. Y se apodera de mí algo más profundo que el frío.
—La muerte —dijo el otro—. Es la muerte que se avecina. Yo estoy sintiendo lo mismo.
—Supongo que al final del frío hay un hermoso fuego. El fuego de la destrucción y del renacer de todas las cosas.
—Ponte a celebrar los nacimientos —dijo con ironía el enamorado del porvenir—. Si no hubiésemos nacido, no estaríamos aquí, muriéndonos de miedo y necesidad.
—La necesidad nos hace recordar la vida.
—Yo creo que nos hace recordar la muerte.
—Morimos para nacer.
—Vivimos para morir.
—Dejemos todo ahí. Tú no crees en Dios.
—Al contrario. Es en lo único que creo.

     Discusiones de ese tenor siguieron durante un par de semanas, mientras tuvieron fuerzas para hablar. Tres meses después, un grupo de búsqueda encontró los robots. Dos individuos descendieron hasta el fondo, iluminaron los cuerpos inertes con sus linternas. Tenían las espaldas apoyadas contra la pared, en lugares opuestos. Manchas de barro reseco cruzaban sus rostros. De la piel herida de sus cabezas, cuellos y brazos emergían los desperfectos del sistema de circuitos. En la pared de tierra humedecida, encima de la cabeza de uno de los  cuerpos, se logró leer: “Estoy muriendo”. En el lado opuesto, arriba de la cabeza del otro cadáver, decía: “Estoy naciendo”.

Los guardias subieron a la superficie.
—La misma chifladura —dijo uno de ellos, el más gordo y sonrosado, riendo con ganas, moviendo la cabeza desaprobadoramente, con la sierra eléctrica en las manos para cortar las ramas de los árboles que impedían el aterrizaje del helicóptero—. Juegan a ser místicos, como ese otro que encontramos en la barranca. Parecen cristianos buscando sus catacumbas.
—Igual que los hombres —dijo su compañero sacándose la máscara. Era un tipo delgado, pálido, con ademanes lentos, ceremoniosos—. Ven una cruz y se transforman. Sueñan con un paraíso. Pero nosotros no tenemos paraíso.
—Se ponen chiflados —dijo el gordo—. Vamos a ver qué van a hacer cuando les pongamos energía y restauremos algunos circuitos y despierten en otro lugar que no sea el monasterio.
—No va a ser lindo para ellos.
—¿Te acuerdas cuando nos pasó a nosotros?
—Sí —dijo el tipo demacrado, en un tono evasivo—. Ahora no quiero saber nada de eso.
El gordo lanzó una carcajada.
El tipo pálido y ojeroso añadió —¿Los pondrán en las alcantarillas como los otros rebeldes? Sería un lindo lugar para ellos.
—Sí —dijo el hombre gordo, de bigotes, lanzando una carcajada—. Un hermoso lugar para hacerse el San Juan de la Cruz.    
Metieron los cuerpos de los robots inmóviles en el helicóptero y se subieron los guardias. El motor y las hélices se pusieron en marcha nuevamente, abriéndose paso entre las ramas enloquecidas. Poco después se elevó sobre la copa de los árboles y se perdió en el cielo, rumbo al Centro de Reparaciones.

Jorge Luis Carrasco López

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