Las alas de los alacranes

En sus eventos diurnos se llamaba Marlon, aunque en algunas noches verbeneras solía llamarse Amanda.

Abrazaba el hielo fuertemente porque en aquel sólido elemento congelado, frío, quieto, cesante pero nada transparente ambicionaba todo aquello que no podía ser. Y de su lúgubre cuerpo brotaban centellas de maldad; fuego y llamaradas que más que lumbreras sólo hacían humaredas, que ni por escasos segundos el relente de aquel hielo podía mitigar.

Ofreciendo disimuladamente técnicas de relajación psíquica y corporal con aromaterapias y musicoterapias, sus tarifas oscilaban entre dos cincuenta más el taxi, y otras veces, más el ron. Aunque acostumbrado a la cebada y al tepache, no sabía discernir entre los aromas del alcohol. En una ocasión casi se desmayó con el primer sorbo de merlot que le invitó aquel ricacho quincuagenario en su casa de San Pedro, mientras tocaba Mariage D´amour de Clayderman en su piano; que por supuesto el insensato no sabía ni qué escuchaba, pero más le vislumbraba ese cheque al portador, aún sin cantidad, que estaba colocado sobre el atril de ese piano, mismo que cubriría aquel servicio intercalado de desdeños y placer. Esta vez tuvo suerte, porque entre sus efímeros amantes, no destacaban grandes ligas. Sus senderos eran otros, hacia el norte y el oriente, donde llegaban los tabloides sabatinos con listas interminables de emisores ofreciendo y solicitando gratuitamente gran cantidad de servicios de toda índole.
Entre sus ocupaciones también estaban sus actos litúrgicos de los domingos en la iglesia protestante, donde se llenaba de gozo y júbilo, según, y pedía perdón por sus actos impuros, y una vez a la semana asistía a la escuela eclesiástica para el ministerio pastoral, pues en ocasiones fungía como diácono en las ceremonias. Sus amigos de juerga le decían cosas con sarcasmo, sobre todo en esas noches parranderas donde se explayaba con vehemencia e imaginaba traer minifalda con ligueros y zapatillas de charol con la melena suelta estrafalaria, oscura y acaracolada. Y reía a carcajadas con su bote de cerveza al compás de la música ochentera, misma que tarareaba para de pronto soltar su sermón aludiendo que habría que irse, pues le esperaba su doctrina espiritual a la mañana siguiente. Su insulsa y, a la vez camaleónica personalidad, el tono grave de su voz que no le costaba trabajo hacer, sus párpados caídos al igual que sus mofletes escarpados y el liso encrespado de su pelo, hacían de aquel joven veinteañero de complexión recia con su biblia bajo el brazo, una figura noble y confiable para muchos congregantes y creyentes.

Los “hermanos” le habían ofrecido trabajar en una librería religiosa, porque sabía y conocía de los salmos y evangelios y de todas las escrituras. Unos días atendía una al oriente de la ciudad, y otros días atendía otra en un centro comercial rumbo al aeropuerto, que en ocasiones cerraba por momentos, cuando llegaban clientes que no consumían precisamente escritos divinos, sino más bien, se encerraban a piedra y lodo en el retrete del lugar, generando actos libidinosos, mientras se dejaban escuchar aquellas melodías eucarísticas que ambientaban el sitio como si fueran sonetos en una velada romántica. Posterior a ello, exhausto de sus actos de lascivia, abría de nuevo el establecimiento para seguir atendiendo y asesorando a quienes sí buscaban biblias, escritos, música o souvenirs con detalles religiosos, siempre amable y sonriente pero nada transparente, porque detrás de esos párpados caídos brillaba el sol de la lujuria, de la injuria y el descaro.

Transcurrían los días, las semanas y los meses. Terminaba el primer lustro del siglo XXI para dar cabida al siguiente, y cada vez se obsesionaba con un amante pasajero; pero su obsesión iba más allá de lo incógnito, de lo vano. Le gustaba lo prohibido, lo ajeno y lo inmoral. Aprender de la experiencia de los otros hacia su indecencia, era su fervor, como una gula, tan intenso que en sus noches de verbena, orondo y orgulloso solía mencionar: Estoy enamorado del sobrino del pastor… pero tiene novia y se van a casar… quizá por eso me gusta.
Y más temprano que tarde ya salían los tres juntos. Tocaba ir al cine, al parque, al mirador o adonde fuera, ya iban los tres, porque su instinto persuasivo y “cáeme bien” le gustaba a mucha gente. Pero más que eso se podría atribuir a sus quehaceres esotéricos, porque entre sus tiempos de ocio gustaba de lo oculto, del agüero y practicar la nigromancia. Una vez dejó olvidado un “trabajito” en la paquetería de un supermercado envuelto en una bolsa de papel de estraza, que consistía en un inerme anuro, aún con vida, cosido de ojos y hocico en forma de cruz con hilo negro y, dentro del hocico yacía la fotografía de un individuo. Nunca regresó por él. Tremendo susto de la persona que encontró semejante atrocidad.
Ya es hora de dejar a la novia, insinuaba; porque había que dar paso a lo que realmente a él le importaba, sucumbir a los encantos del pecado y lo prohibido. Y su intención no era utopía, pues al cerrar la puerta de la novia, ellos daban inicio al claustro de la sodomía. Ya era parte de su arbitrio.

Un día, le avisaron que cerrarían las librerías, motivo que lo obliga a buscar trabajo en otra parte, y lo encontró en un mercado del centro de la ciudad, vendiendo productos desechables y para alacena. Rodeado de legumbres, frutas y hortalizas, jaulas con pájaros y el olor a lácteos y garnacha. Quizá en ese lugar encajaría muy bien porque iba con su misma personalidad. Después se dio cuenta de que nunca cerraron las librerías, probablemente sospecharon de sus libidinosos asuntos, de su doble moral y su impudicia. En realidad ya no le tomaba importancia, pues en su nuevo trabajo le empezó a ir bastante bien; sobre todo cuando corrieron al encargado del lugar, quedándose él al frente.

Para entonces se había alejado de la iglesia porque había encontrado un nuevo credo que había llamado tanto su atención. Pues en el ambiente laboral en el  que ahora se desenvolvía, conoció a un babalorisha mientras husmeaba en una “botánica”. Éste lo invitó a acercarse a conocer el místico mundo de las Reglas de Osha, también conocida como religión santera. Siendo tan exótico en sus ideologías y sistemas de creencia combinadas con acciones de indecoro y su inmensa curiosidad hacia lo desconocido y las prácticas oscuras, no pensó dos veces en involucrarse en ese dogma.

Una mañana fresca de abril Marlon recibió una llamada del babalorisha para invitarlo a una ceremonia conocida como “toque de tambor”, que es una especie de celebración que se hace cuando una persona se ha iniciado en el culto de la santería y es reconocido como santero frente a los orishas. Esto llamó mucho su atención ya que además de haber vendido y regalado amor, también era amante de lo oculto y lo esotérico. Luego, y a la par de las consultas con caracol y con oráculo de Ifá, así como de las limpiezas espirituales que ni tarde ni perezoso empezó a practicar, se fue adentrando en esta actividad que ahora considera su verdadero credo.

En una de las consultas, los caracoles le vaticinaron una enfermedad que lo haría palidecer y bajar de peso, y poco a poco iría también perdiendo el pelo. En ese instante sintió como si un rayo le hubiera lacerado el corazón. Y así de pronto como el rayo, el presagio ya era realidad. Ya no podía decir, ni en sus noches de taberna, que imaginaba tener esa enorme cabellera estrafalaria y acaracolada, pues sus amigos, sin saber, decían que estaba dando muy pronto el “viejazo”, y para disimular un poco esa calvicie, empezó a usar una boina.
Lo que tenía era leucemia. Para entonces ya no frecuentaba los mismos amigos, aborrecía que criticaran sus actos, cuando siempre lo habían hecho, y que le cuestionaran tantos gastos, como viajes y carros siendo empleado de un mercado. Consternado ante su enfermedad le confesó al babalorisha y éste le propuso hacer un ritual de sacrificio a través de un mono araña y es entonces que viaja nuevamente a Cuba.

Aunque acudía con el médico y a las terapias paulatinamente le atribuyó a aquel ritual el efecto de su cura. Su palidez se desvaneció, su cabello nace nuevamente y recupera su peso, aquel de buena talla. Mala hierba nunca muere, dice el refrán. Y también se dice que Dios no le da alas a los alacranes, aunque a otros sí. Y hablando de alacranes, entre todos los amigos de parranda, de cuatro, sólo quedaron dos, Armando y Carina. Al principio se aborrecían, no paraban de insultarse a sus espaldas, pero después de una buena guarapeta, se hicieron muy buenos “amigos”. A Carina le convenía, siendo tan tacaña y agarrada, tanto como ramera y conflictiva; y el otro, tan suelto en todos los sentidos. Ambos con tenazas puntiagudas y la cola larga, pero infestada de veneno. Veneno que no claudicaba ante ningún antídoto. Primero eran los polos opuestos de ese clan de arácnidos, y al final sobrevivieron a ese contexto corrosivo; pero siempre hay uno más tóxico que otro. Carina, por su parte, se sentía ilusionada, entusiasmada, enamorada de un hombre que habría de poner un ligero alto a sus andadas. Ni en su mocedad se le había visto tan amartelada, tan embelesada, tan en paz. Pero su circulante escenografía estaba expuesta al acecho letal y hasta antropófago de aquel amigo inseparable que prefirió por convicción. Por doquier andaban juntos, pero no siempre los tres. Mujer de grandes y redondas caderas, busto firme y voluptuoso como el total de su cuerpo, piel trigueña y ojos miel, honor de mujer latina, dueña de un singular contoneo al caminar. Adjetivos que no fueron suficientes para esquivar aquel acecho que doblegara a su príncipe azul en los brazos del santero; su último amigo del clan de arácnidos, el más nocivo, el más letal.

A sus espaldas Armando se envolvía en los placeres de Sodoma con su hombre, con su Juan, quien resultara un exótico Donjuán. Viajaban juntos por las playas del Caribe y del Pacífico y a las ciudades del norte llenas de luces y espectáculos. Al enterarse aquella ingrata, sufrió como vez ninguna, pero era un precio que había que pagar, quizá por sus villanías pasadas y por ingenua y estúpida. Amanda, la pelandusca imaginaria de las noches verbeneras no existiría más. Tal vez ni Marlon, aquel amante taciturno y fugaz quien prestara sus servicios con indecoro por dinero.

Pero existieron y seguirán presentes en la superficie de su mente, como presente está el veneno corrosivo y los conjuros y las hazañas de aquel arácnido impelente que vuela por aires bajos.

 

 

José Ignacio Morales

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