Una boda en el infierno – Parte 2 de 3

IV

El paseo que Javier dio después de haber rentado el traje se tornó mucho más interesante de lo que esperaba. Eran las 19:45 horas y él apenas iba de regreso a su casa. Mientras recorría las tres últimas calles que lo separaban de su hogar pensó que entraría y, sin reparar siquiera en encender las luces, se pondría el traje y saldría. Según las cuentas que realizó para sus adentros, calculó que esto le llevaría menos de cinco minutos. Pero con la misma rapidez con la que le había llegado descarto la idea. Apestaba a sudor mezclado con un cúmulo de sustancias con las que había tenido contacto, la hediondez era tal que resultaba insoportable para cualquiera que se le acercara. Desde de que tenía la motocicleta ya se le había hecho costumbre dejar abierta la puerta de la cerca que separaba su pequeño jardín del resto de la calle para hacer más rápido y ágil su acceso; dejó estacionado el vehículo sobre el césped y entro a la casa. Encendió las luces y, tambaleándose, se dirigió al baño. Su marcha tenía la gracia de un show cómico, pues se iba desnudado con forme avanzaba; al llegar sólo le faltaba sacarse los calcetines.

Al veinte para las nueve, Javier ya estaba en camino a la fiesta. Para su fortuna en el sobre de la invitación, en letras exageradamente pequeñas, estaba escrita la dirección del salón donde se llevaría a cabo.

Para cuando Javier llegó, la boda estaba alcanzando su momento de clímax; Esteban, el papá de Claudia, estaba en el centro de la pista; una música suave, al parecer opera, que pronto daría paso a alguna balada romántica, resonaba en todo el salón. Frente a él, de lado derecho de la pista, había una escalera de color blanco, que había sido construida de tal manera que se asemejara a las que tanto repetían en las películas de princesas, de la cual Claudia  iba descendiendo. Llevaba puesto un vestido que no sorprendió para nada a Javier; sin ningún rasgo en especial que mereciese la pena ser mencionado, era un típico vestido de color blanco con algunos adornos que resultaban insignificantes. Por una pequeña fracción de segundo los ojos de Claudia  se clavaron en los de Javier, este se sintió apenado por haber llegado tarde. Levantó la cabeza con una sonrisa apenas dibujada en el rostro en ademán de saludarla pero ella no respondió, se limitó a voltear la mirada al frente y continuar con su espectacular entrada. Mientras esto ocurría, Javier permaneció de pie junto a una mesa donde algunos conocidos de Claudia tenían la vista fijada en el centro del salón. En esa misma mesa había una silla vacía, en la cual Javier se acomodó a contemplar a su amiga.

Segundos después de que se acomodara en aquella silla, forrada de tela color rosa, un mesero apareció frente a él… En la mano derecha llevaba una charola en la cual había un plato con un líquido color verde. El mesero colocó el plato sobre la mesa y con una leve inclinación de cabeza, y una sonrisa que inquietó un poco a Javier, se retiró. Sin si quiera bajar la mirada, pues miraba con mucha atención cada movimiento que realizaba Claudia, comenzó a comer; al primer bocado se dio cuenta de que era crema de calabaza.

La música cesó, Claudia miró a su padre, con una sonrisa y en seguida se abrazaron; la acción fue breve, pero a Javier, por alguna razón que no comprendía, le pareció que habían pasado diez minutos antes de que se separaran.

Literalmente.

Claudia comenzó a desgañitarse profiriendo un grito tan agudo que provocó un dolor insoportable en los oídos a Javier;  de algún modo la cara de Claudia se había pegado al pecho de su padre, su mejilla izquierda se estaba despellejando dolorosamente conforme ella tiraba de sí misma para liberarse, dejando al descubierto una horrible mescolanza de sangre, piel y músculos que lucían flácidos por haber sido estirados, colgando aún del cráneo de la mujer. Desde la mesa, Javier miraba horrorizado y asqueado la escena; su boca se había convertido en una O mayúscula y sus ojos, abiertos como platos, no lograban dejar de fijarse en su amiga, por más que Javier lo intentase con toda su fuerza de voluntad. En un momento dado, de entre aquel revoltijo escarlata, un ojo, ridículamente flotando sin recubrimiento alguno en una blanca cuenca, se fijó en él. A esto le siguió una sonrisa de aquella boca descarnada; todos los bellos del cuerpo de Javier se erizaron al mismo tiempo. Justo en ese momento, los ojos del escritor se vieron librados de lo que fuese que les impedía moverse, y como primer impulso bailotearon alrededor de todo el salón, sólo para percatarse de que ninguno de los invitados parecía darse cuenta de lo que ocurría frente a ellos: mantenían la mirada fija en la pista, incluso algunos aplaudían como si el baile aún no hubiera terminado.

─ ¡Oh! Dios ─su voz se cortó antes de terminar la segunda palabra; sonó más bien como: Di…s.

Javier había bajado la vista y sus ojos se toparon con el plato; la sopa de calabaza había tomado un aspecto viscoso. La mano de Javier, temblando, revolvió el líquido con la cuchara; con el movimiento la sopa se iba tiñendo cada vez de un verde más oscuro parecido al excremento de algunas aves. Del centro (un punto totalmente negro) comenzaron a emerger una cantidad enorme de gusanos del mismo tono verdoso del líquido que los contenía. Con un respingo Javier se echó para atrás, cayó de espaldas y se golpeó fuertemente la cabeza; aturdido intentó levantase pero, por alguna razón, no podía despegar su asqueroso culo de la silla.

Asqueroso culo. Estas palabras le comenzaron a retumbar en la cabeza, como proferidas por mil voces espectrales.

Javier, quizá por culpa del aturdimiento provocado por el golpe, no se percató en qué momento se había incorporado, aunque le pareció extraño el hecho de que se hubiera sentado nuevamente, exactamente en la misma posición que tenía antes de caer. De pronto la cabeza le cayó como si hubiese perdido por completo el control de los músculos de su cuello. Sus ojos danzaban con nerviosismo de un lado a otro, mientras él luchaba por levantar de nuevo la cabeza; cada vez el movimiento de sus ojos se iba limitando más y más, hasta que por fin quedaron clavados en el plato atestado de gusanos. Presa del pánico, Javier posó su mano izquierda sobre su rostro y con todas sus fuerzas comenzó a empujar, mientras con la otra mano se sostenía de la orilla de la mesa, no transcurrió mucho tiempo antes de que sus manos también cayeran como muertas a sus costados; las piernas las dejó de sentir pasado un minuto. Ahí estaba, Javier con la cabeza gacha, los ojos fijos en aquel pulular de verdosas criaturas, las extremidades inertes y la respiración tan acelerada, parecía que en cualquier momento iba a darle un paro cardíaco… Muy en el fondo lo deseaba con toda su alma.

Toda su espalda se vio envuelta por una sensación de frío tan intensa que Javier, en algún lugar de su mente, en el cual su miedo no era tan grande, creyó que le habían colocado un bloque de hielo encima; junto con esta sensación sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le fueran a salir de las cuencas. Repentinamente sus manos se comenzaron a mover; la izquierda se colocó sobre la mesa y ahí quedó, de nuevo inerte, mientras que la derecha…

¡No! ─gritó la mente de Javier ─No, Dios, por favor no.

…se cerraba sobre una cuchara sopera increíblemente hermosa hecha en su totalidad de plata.

¡No! ─gritaba una y otra vez dentro de su cabeza, sintiéndose desesperado por no poder mover la boca y gritar de verdad, desgastarse la garganta para llamar la atención de los presentes que, a pesar de no poder verlos, intuía seguían observando la danza de Claudia y su padre.

La cuchara se hundió en la viscosidad que llenaba el plato partiendo por la mitad a uno de aquellos asquerosos insectos haciendo un ruido que le puso los nervios de punta Javier.

─ ¡¡No!!
─Sí ─contestó una voz espectral detrás de Javier.

La cuchara subió y bajó en repetidas ocasiones desde el plato hasta la boca de Javier y bajando de nuevo para llenarse de sopa. Javier chillaba para sus adentros y trataba de moverse con todas su fuerza de voluntad.  Junto con la sopa el acto se terminó con tres largos lengüetazos al plato, fue  entonces cuando el escritor recuperó el control de su cuerpo, al menos de la cintura para arriba.

Levantó la cabeza y miró en derredor. En el centro de la pista de baile Claudia mantenía los pies firmes sobre el piso, pero tenía la espalda doblada hacía atrás en un ángulo imposible: los omóplatos le tocaban los muslos.  Enganchados a sus senos desnudos pendían dos grandes costales repletos de oro. La pista de baile se había convertido en un gran pantano.  Las manos de  Claudia se movían con una velocidad increíble desde un gran charco de fango hasta su boca y de vuelta una y otra vez, a Javier no le resultó complicado darse cuenta de que se estaba comiendo los intestinos de su padre, que yacía sumergido en el fango.

Javier no fue capaz de soportar aquella horrible imagen, así que comenzó a pasear la mirada por el salón; el panorama no cambió mucho, todo el salón se había convertido en un espantoso bosque, tuvo la  impresión de que el lugar se había extendido alrededor de 5 kilómetros por cada lado. Todo había desaparecido, incluyendo la mesa a la que estaba sentado segundos antes, su posición era la misma, sólo que no había nada que lo sostuviera: Javier simplemente flotaba en una posición que daba la impresión de estar defecando sobre el terreno rocoso bajo sus pies. De nuevo no podía moverse.

Más o menos a tres metros de distancia un río de escalofriante color rojo oscuro corría frente a Javier, arrastrando a algunos de los invitados a la boda, entre los cuales se encontraba Gabriela, mejor amiga de Claudia, que chillaban como animales siendo dirigidos hacía el matadero.  Javier (siempre manteniendo la misma posición y en contra de su voluntad) se acercó sólo para darse cuenta de que se trataba de un río de sangre; los alaridos le retumbaban lastimosamente en la cabeza. Del otro lado del río se podía distinguir la silueta de trece extrañas criaturas que lanzaba flechas contra los atormentados.

Una vez más la fuerza invisible que lo había posicionado frente al río, lo llevó hasta un lugar rodeado por arboles altos, nada frondosos. Durante el recorrido que sus ojos hicieron a lo largo del panorama, estos se clavaron en sus pies que para su sorpresa ya se encontraban clavados en el suelo. Comenzó a caminar siguiendo los alaridos provenientes del río.

─ No pienso perderme en este maldito bosque ─pensó, sus nervios ya se estaban calmando gracias al hecho de que ya podía caminar.

El gusto le duró poco menos de un par de minutos, sus pies quedaron rígidos otra vez, se detuvo frente un gran tronco de más de tres metros de altura, del cual surgían ramas casi en su totalidad carentes de hojas. Por un breve instante Javier creyó escuchar una voz en su cabeza que hablaba en una extraña lengua (no se parecía a ninguna conocida en el mundo), por ello se le puso la piel de gallina. La voz proveniente del tronco era de su hermana María, que hacía más de cinco meses se arrojó de un edificio de seis pisos. Ahora Javier estaba llorando, desde que comenzó todo aquello los sollozos que daba fueron los primeros sonidos que pudo hacer surgir de su garganta; sus alaridos fueron opacados por escandalosos graznidos, levantó la vista y vio que tres figuras se posaron en las ramas al árbol. Dentro de su cabeza su cabeza su hermana gritó tan fuerte que, de haber podido, adoptaría una posición fetal y pondría sus manos sobre sus oídos; los extraños seres con cuerpo de ave y rostros hermosos estaban arrancando las pocas hojas que quedaban en el árbol. Lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos.

Al poco rato los alaridos cesaron y abrió los ojos; el panorama había cambiado, ahora se encontraba dentro de una cueva que poseía propia iluminación, débil y grisácea. Frente a él, con la espalda recargada sobre una pared rocosa, había un cuerpo femenino, al parecer inerte. Javier se puso de pie y se acercó, con un horror indescriptible vio que lo que el cuerpo tenía apoyado sobre la pared no era la espalda sino el pecho, la columna vertebral estaba torcida por la mitad y de entre la piel arrugada sobresalían trozos astillados del hueso. Involuntariamente, tal como han sido la mayor parte de sus acciones desde que todo aquello comenzó, la mano tomó el cabello de la pobre desdichada y tiró de ella para darle la vuelta; se encontró con una mezcolanza de sangre, sesos y trozos de un cráneo que se había hundido grotescamente, de entre el rojo revoltijo colgaba un ojo que al mismo tiempo que él lo miró, se fijó en Javier; haciendo caer un trozo de algo gelatinoso, lo poco que quedaba de una boca se abrió y, con la voz tierna de una joven de 17 años, dijo:

─ Ven, mi amor, ¡ven! ─un macabro intento de sonrisa, apareció─ ¡Hazme eso que tú sabes hacer! ¡Házmelo! ─chilló.

Durante más de diez años de carrera como escritor (sin contar el tiempo que escribió siendo un completo desconocido), Javier había creado innumerables escenas tan grotescas que nada de lo que ya había visto hasta ese momento fue capaz de asustarlo tanto como lo que pasó a continuación; de haber seguido vivo, habría quedado desquiciado, encerrado en un manicomio.

La masa retorcida que yacía frente a él, se levantó trabajosamente haciendo sonar el crujir de sus huesos al enderezarse. Cuando la chica estuvo de pie frente a Javier, con el rostro desfigurado, el cuerpo desnudo lleno de rasguños y magulladuras y el seno derecho partido por la mitad, el escritor cayó de espaldas; se golpeó contra la pared de la cueva y por un instante vio estrellas, durante ese pequeño instante la ropa de Javier desapareció y una erección nació en su pequeño miembro. Tras recuperar el conocimiento, lo primero que vio fue la cabeza aplastada de la joven y la horrible sonrisa que afloraba de la sangrienta masa que otrora había sido el rostro de una tierna adolescente de secundaria que se iba acercando. Javier bajó la vista, mirando con atención la desnudez del espectro; cuando sus ojos se clavaron en el joven sexo de la chica: en él pululaba un incontable número de gusanos que entraban y salían de los labios vaginales, recorrían el clítoris y se introducían tan profundo que se les podía ver por debajo de la piel del vientre, como si un bebé estuviese moviéndose ahí dentro. Una vez más el cuerpo de Javier quedó inmovilizado, sólo contaba (no sabía por cuanto tiempo) con el control de sus ojos, se las arregló para mirar su entrepierna, fue entonces cuando reparó en su erección. Algunos de los bichos cayeron del cuerpo de la joven y ahora reptaban alrededor de su pene; sentía un hormigueo que, junto con una pequeña excitación, lo asustaba. Cuando la joven estuvo cerca de él pudo escuchar, por debajo del crujir de sus huesos, que estaba gimiendo y gritaba algo que su mente interpretó como: ¡Házmelos!

Con un crujido más fuerte y espantoso, la joven abrió las piernas, quedando la cintura de Javier por debajo del arco que describieron, y se sentó sobre él. Javier sintió la cálida sensación de los fluidos al introducir su pene en la vagina de la chica. Los bichos hervían entre ambos, genitales cubiertos de sangre; la joven subía y bajaba una y otra vez aplastando algunas de las criaturas que se arrastraban es sus cuerpos. Aquello fue suficiente, la mente de Javier explotó. Se volvió loco.

El acto sexual duró veinte minutos. Ambos gemían como animales, Javier ya sin ser consiente ni de su propia existencia.

Una vez concluido el acto, ambos fueron sacuiddos por una fuerte corriente de aire que los hacía golpearse en repetidas ocasiones contra otras miles de almas y contra las paredes del círculo.

 

(CONTINUARÁ)

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