Los Jgwlis

Se pronuncia “Yeulis”, aunque no podría afirmarlo con seguridad: ha pasado ya mucho tiempo y tuve el infortunio de crecer.

En aquellos años mis padres me dejaban disfrutar a solas maratones enteros de películas nocturnas: éramos muy pobres y vivíamos en un pueblito a orillas de la ciudad. Ellos, que trabajaban jornadas inhumanas en fábricas insalubres, llegaban tarde a casa y casi siempre cansados. Yo era hijo único y lo último que querían era batallar conmigo; así que me daban de cenar, revisaban mi tarea y luego se iban a la cama, dejándome desvelar a gusto.

Aquella noche encendí la tele y me puse a verla con la luz de la sala apagada. Estaban exhibiendo esa película. Recuerdo que me pareció divertida al principio: las aventuras de los hombres-conejo perdidos en la ciudad. Tenían nombres raros, algunos impronunciables. Pero lo más extraño de todo es que, aun en aquel escenario surrealista, algo no parecía encajar; era demasiado teatral, demasiado… arriesgado, incluso para esa época.

Los hombrecillos-conejo me hablaban; supe que era a mí porque no dejaban de mirarme ni de mirar alrededor del cuarto para saber si había alguien conmigo. Querían que fuera con ellos, repetían mi nombre con insistencia. Yo me mantuve pegado a mi asiento. Algo en mi cabeza me decía que aquello no era normal. A esa edad yo ya sabía que lo que ocurría en televisión no podía saltar a la realidad de ninguna manera, pero había algo atípico con eso: me miraban fijamente; y mientras lo hacían, la cámara realizaba un acercamiento hacia sus caras.

—¿Están tus papis contigo?
Respondí que no y ellos siguieron hablando: Ven con nosotros, Martincito. Hay un mundo maravilloso que queremos enseñarte…
Negué con un gesto y me tapé los ojos. Entonces escuché cómo el conejo mayor, que estaba más próximo a la pantalla, se impulsaba sobre sus enormes patas, intentando alcanzarme. Oí el ruido del salto aterrizar en mi sala y grité, grité fuerte, mientras lo escuchaba a mi lado, riéndose.
—Vas a terminar acá de cualquier modo; vamos a regresar por ti. Mejor ven con nosotros ahora y te vamos a enseñar algo más… Será divertido…
El sonido fuerte de mi llanto despertó a mis padres, que desde entonces me prohibieron desvelarme. Cada noche cerraba bien puertas y ventanas, me protegía bajo un montón de cobertores, con la secreta esperanza de que ellos no regresaran, tal como habían prometido.

Pasó el tiempo y sobreviví a la infancia; crecí, fui a la universidad y me casé con una mujer amorosa. Tuvimos un hijo pequeño: Martín.

Más o menos por entonces fue que conocí a Luis, gran amigo mío, aficionado también al horror. Cierta vez, hablando con él, nos pusimos a recordar nuestra niñez: ahora que éramos adultos, nos parecía encontrarle un brillo inusual de fantasía, como si el sueño y la realidad convivieran en esa etapa de un modo misterioso, sin poder ubicar dónde terminaba uno y comenzaba la otra. Entonces le platiqué de los Jgwlis: una película de los ochenta hecha con animatronics. Los protagonistas eran hombres-conejo pero, quizá por el presupuesto limitado o los efectos especiales de la época, lucían siniestros. Le dije que la había visto sólo una vez, y que no deseaba volver a hacerlo nunca más.
—No existía ninguna peli con ese nombre —me dijo.
—Claro que sí: la pasaban en la tele abierta, por la noche.
Insistí tanto que al final buscamos en teleguías antiguas la programación nocturna. Encontramos muchas de las películas que habíamos mencionado antes, aunque no esa.
—Te juro que yo la vi —le dije.
—Mentiroso —se burló él.
No me atreví a contarle nada.

El tiempo pasó, y ahora era yo el adulto responsable que salía de casa por la madrugada y volvía acabada la tarde. Vivíamos en algún sitio no muy alejado del hogar de mi infancia; no obstante, las calles habían cambiado: la ciudad nos había absorbido y teníamos ahora una red de alumbrado público; pero el miedo persistía y por las noches había callejones oscuros y gente peligrosa que nos mantenía siempre dentro de los confines del hogar. Seguíamos siendo pobres.

Aquella noche me despertó un ruido inusual en la sala: mi mujer y yo nos habíamos acostado temprano, muertos de cansancio, y Martín, mi hijo, se había quedado despierto mirando la televisión. Se reía fuerte y después de un rato entró al cuarto, que compartía con nosotros, tomó su mochilita y se puso los tenis.
—¿A dónde vas? —le pregunté, atenazado aún por el sueño.
—Voy con mis amigos los conejos.
—¿Qué conejos?
—Están en la tele.
Una alerta se encendió en mi cerebro, pero no le di importancia. Quiero creer que no fue miedo; ahora que lo pienso, imagino que mi sueño era anormal y lo atribuyo, sin dudas, a algún poderoso efecto de algo que no quería que yo lo siguiera cuando le dije: Apaga eso. Ya vente a dormir.
Antes de salir de la habitación, de regreso a la sala, le oí murmurar «Dicen que te conocen, papi. Que no volviste con ellos, pero que ya están aquí otra vez».
Sentí que el sueño me ganaba e intenté resistirme. No pude. Cuando abrí los ojos un momento después, Martín se había ido.
Esperé. No regresó. Salí a buscarlo.
Entré a la habitación gris (por la estática que emitía la pantalla): no estaba allí ni tampoco afuera; no estaba en ningún lado. Sólo había silencio y el ruido de la estática de la televisión. Pensé en regresar al cuarto para volver a buscarlo cuando algo, en la sala, me retuvo.

Eran como unos susurros, unas risas ahogadas que provenían del aparato encendido. Pegué mi oído a la pantalla. La voz distorsionada de Martín me preguntaba si lo estaba viendo, si quería seguirlo; me decía que se encontraba ya en aquel mundo maravilloso; el tono de sus palabras indicaba que hablaba con otros más también, pero se interrumpía después de un rato. Las voces le contestaban algo en tono divertido, que se volvía oscuro a medida que la estática intervenía, pero que pude reconocer con una terrible familiaridad.

Jamás olvidaré lo que sucedió después: primero, escuché los gritos de mi hijo a la distancia, pidiendo mi ayuda desesperadamente; luego, sus gritos de horror; al final, su silencio.

Y tras él, el sonido inolvidable de los Jgwlis, llenando con sus risas la noche…

La noche en que Martín desapareció.

Humberto Mendoza Fuentes

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