La Casona – Parte 1 de 2

Llevaba una hora con la maleta acuestas por el camino de sirga cuando al fin pude divisar un edificio alto y oscuro. Estaba algo alejado del pueblo, pero necesitaba hablar urgentemente con mi primo Felipe al que no veía desde hacía años. Me había mandado un extraño mensaje en el que me decía que su vida corría peligro y que yo era el único que podía ayudar.
El primo Felipe estaba prometido a una joven dama de provincias que tenía veinte años menos que él. La fortuna de Felipe era más que considerable y sus parientes le acechaban constantemente. Tenía dos hermanos y una hermana que vivían con él y esperaban heredarle. Mi amigo, que había disfrutado siempre de buena salud, estaba muy enfermo. Al parecer no se fiaba de nadie sólo de mí que era ajeno a su círculo. Cuando llegué estaba mojado hasta los huesos y la niebla y la oscuridad pese a la hora (pues estábamos en noviembre), no contribuyeron precisamente a alegrarme el ánimo. Cuando llamé a la puerta era el mismo mayordomo que yo había conocido de joven cuando vine a ver a mi pariente.

—Hola, señor. Buenas noches, hacía mucho que no le veíamos por aquí —me recibió.
—Sí, Enrique. Buenas noches. He venido todo lo rápido que he podido ¿dónde está el señor?
—Está en su habitación.
—¿Se encuentra bien?
—No, señor. Hace tiempo que su salud ya no es la misma, ha sufrido varios ataques de corazón y nos tiene muy preocupados.
—Pero tiene a su familia y creo que a su prometida con él.
—Sí, señor, no está solo pero es mejor que usted le vea. Ha preguntado por su persona varias veces.
—Pues ya estoy aquí, llévame, Enrique porque supongo que él está en la habitación de siempre.
—No, señor. Ha cambiado por orden de su hermana la señora Carlota. Se ha trasladado a la que está al final del corredor. Es más grande y a veces ella puede dormir allí o María.
—¿María?
—Es la criada española, señor.

Seguí al criado hasta la habitación de mi primo y al verle sentí un vuelco porque estaba tan cambiado que no parecía el mismo. Ese no podía ser Felipe, un hombre de cincuenta años, este era un viejo consumido y horrible. Ni siquiera la voz me pareció la misma, pero disimule para no hacerle sufrir.

—¿Cómo estás, amigo? —le pregunté.
—Pues ya ves cómo me encuentro, mal y no creo que mejore.
—Debes tener fe.
—Ya no la tengo. Me he cansado de pedir.
—Al menos en la medicina.
—Sí, pero me han desahuciado y confiado más en otras ciencias.
—¿Otras ciencias?
—Sí, las que no son confiables para la medicina.
—¿Te refieres a lo paranormal?
—Me refiero a la santería.
—Pero eso es brujeria.
—Más bien hipnotismo, que hoy es aceptado plenamente y hace siglos no era motivo de burla sino de quema; ya no estamos en la Edad Media.
—¿Y cuál es aquel peligro de muerte que te acecha?
—La misma muerte.
—Pero eso nos acecha a todos es el sino de la vida, amigo.
—¿Y cuando esa muerte puede ser provocada por alguien?
—Eso es diferente. Se trata de asesinato. ¿Crees que alguien iba a matarte?
—Sí, hace días que lo sospecho y no me fío de nadie.
—¿Y tu prometida?
—Luisa es una joven encantadora pero muy diferente a mí.
—¿También sospechas de ella?
—Ya la conocerás esta noche en la cena.

En un comedor antiguo y vetusto estaban reunidas varias personas. Todas tienen aire grave, solemne, como si resultaran muñecos de cera. Sólo una joven, que debía ser Luisa, la prometida de Felipe, tenía aspecto de persona viva
Se sentó Bernard después de saludar a la familia y fue servido inmediatamente por María y el mayordomo. Bernard observa a todos con atención mientras cenaban. Lo curioso era que nadie hablaba todos parecían abstraídos. Sólo Luisa intentó entablar conversación con Felipe. Era una chica realmente guapa, morena y de mirada ardiente. La verdad es que el contraste era evidente con el pobre y decaído Felipe. Todo esto lo recordaría después al entrar en mi habitación para acostarme. La luna salía justo en ese momento y yo me quedé junto a la ventana, aún no me había desvestido. Estaba realmente aturdido reflexionando sobre las palabras de mi amigo que me parecían más un extraño, y la impresión tan sórdida que me había resultado de su familia y por qué no decirlo, también cierta indignación ante su frialdad y recibimiento. Sus hermanos estaban tan absortos en su mundo que apenas me habían mirado. Por el contrario fue Luisa la única qué pareció alegrarse con mi llegada.

Traté de dormir y no pensar en nada. Aquella noche la pasé tranquilo sin ningún mal sueño, parecía al levantarme que todo iba a salir bien. Pero pronto mi buen humor desapareció. Una neblina fría y gris parecía haber entrado a la casona y envolvernos a todos como un sudario. Y mientras entraba en el comedor la luz estaba encendida. Eran las ocho de la mañana. Apenas había claridad en el exterior y estaban encendidas las velas y una lámpara de gas del todo insuficiente para la amplitud de la estancia. Tuve la tentación de irme pero recordé porqué estaba allí: para ayudar en lo posible a mi primo y me refrené.

Sentado en la mesa sólo había un hombre al que no conocía, era de Berlín. Había llegado la noche anterior muy tarde y por eso yo no lo había visto. Lo que más me llamó la atención del profesor era su aspecto sereno dentro de toda aquella locura de muerte y silencio porque a pesar de la gente que había, la casona parecía casi vacía. Por lo visto ya estaba acostumbrado a esa atmósfera extraña y malsana por ser, como supe después, un visitante asiduo de la casa.

Me atreví durante el desayuno, ya que estábamos los dos solos, a preguntar al profesor por la enfermedad de mi primo
—Pues le diré que Felipe desde que le conozco siempre le he visto así, enfermo del corazón y le aseguro que eso tiene que venir desde hace tiempo.
—Pues yo le aseguro que de joven no era así.
—Bueno, señor, a veces se manifiesta al alcanzar una mayor edad pero le veo realmente preocupado, señor.
—Me ha chocado bastante pero eso no es lo peor sino que me dijo que estaba en peligro de muerte.
—¿En peligro de muerte?
—De todos modos me quedaré el tiempo suficiente para tranquilizar a mi primo y averiguar lo que pueda.

Entró Luisa, casi seguro se sintió tan forastera como yo.

Cuando fui a ver a mi amigo me di cuenta que estaba muy deprimido. A pesar de mis esfuerzos no logré que saliera de su estado de ánimo. Estaba en una silla de ruedas cuando se reunió con el resto de nosotros para la cena, pues ni siquiera durante el almuerzo apareció.

Su novia Luisa me acompañó por el sendero hasta el acantilado. No parecía desanimada en absoluto como si ya se hubiera hecho a la idea de la desgracia del pobre Felipe. Durante ese corto paseo ella me contó muchas cosas. Creía que era una extraña para la familia por ser pobre y que nunca sería aceptada por ellos. Era esta por desgracia una circunstancia muy frecuente entre las grandes familias y la familia de mi primo era muy rica.

La cena fue muy diferente al anterior. Mi primo era el único que parecía ausente sumido en sus propios pensamientos mientras nadie parecía advertirlo. La señorita Luisa se sentó a mi lado. Iba vestida de verde con un traje que la favorecía. Sus ojos estaban pendientes de Felipe y también de las palabras del profesor quién parecía haberse adueñado de la conversación. Era un gran conversador, lo confieso, y también sus palabras me envolvieron a mí. A pesar de mis opiniones reconocí su gran fuerza de argumentación. Era como una fuerza de la naturaleza.
De la teoría se pasó a la práctica, primero lo intentó con Enrique el mayordomo y luego con el mismo Felipe Lagarde. A pesar de estar muy tenso, luego fue relajándose hasta parecer dormido. Pero lo increíble era que ya no parecía el mismo, habló de su presente y futuro como un hombre normal hasta dar el nombre de Jemina, una joven a la que había amado mucho en su juventud y había perdido. Le había causado dolor y al parecer nunca se había recuperado de su pérdida. Yo observaba a Jemina Folsom, la chica más bella que yo había visto, no había retrato que le hiciese justicia. Existen pocas mujeres que posean la auténtica belleza que paralicen por su perfección. Son seres que despiertan la envidia y la admiración a donde van. Es una superioridad tan enorme que a menudo hace infelices a quienes la poseen, pues la gente no ve a la persona sino la presencia.

No volví a verla pero su imagen se me quedó grabada para siempre, todo eso salió durante la sesión; era como si la mente enfermaba el cuerpo. Sentí una gran pena por él y me propuse ayudar en todo.

Cuando terminó la sesión, Felipe pareció salir de un sueño y nos miró con asombro. Luego el criado lo llevó de nuevo a su habitación. El procedimiento había terminado y nos acostamos todos. Yo seguí pensando en mi amigo, y por qué no decirlo, en Luisa. Me había impresionado profundamente por su aire de aislamiento y, claro, su atractivo. No deseaba enamorarme de ella por respeto a Felipe y tampoco creo que ella lo permitiera pero mentiría al decir que me era indiferente.

Estuve pues leyendo la Biblia hasta horas avanzadas porque me costaba dormir y entonces me pareció ver una figura.
El despertar no sé si parecía el mismo día porque en ciertos momentos me daba la impresión de que estaba sosteniendo un monólogo.
A mí me parecía que esos dos días en aquella casa me estaban poniendo enfermo.
No sólo no había descubierto nada sino que además se me antojaba un misterio sin resolver.
Podía ser una especie de locura. Incluso que vio cosas extrañas y todo lo complicó la llegada de Vicenta, la vecina de los Lagarde . A mí nada más verla me pareció una bruja. No sabia que podria ver los demas. Era una mujer entrada en años vestida como una zíngara y con una cara horrible

(Continuará)

Maria Gema Salvador Sanchez

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s