Chacho

—No, Chacho. Tu amo no volverá—susurró con voz cascada el hombre que lo recogió a las puertas de la casa donde habían abandonado al pequeño perrito mestizo de color café con crema. Ambos compartían un aspecto descuidado y de abandono, aunque en el caso del chucho, esta dejadez no era voluntaria. El can desconfiaba, volteaba a ver la puerta de la casa y luego dirigía la mirada al hombre, sin saber si debía defender el hogar o dar la bienvenida a aquel extraño que se mostraba amistoso.
—No te quiso, siento decirlo —continuó el hombre, haciendo de abogado del diablo—. No había lugar en la nave o no tenía dinero para el pasaje —y luego hizo una pausa mientras movía los ojos evidenciando alguna especie de meditación—. O tal vez no te quiso, acéptalo, porque si te quisiera hubiera encontrado sitio y dinero. Pero si te sirve de algo, ahora soy tu amigo, no tienes nada qué temer, te cuidaré y estaremos bien.

El hombre era viejo y bondadoso. Le tendió una mano con algo de comida. A Chacho no le pareció traición aceptar comida de un desconocido porque, después de todo, comer era una necesidad física, y la necesidad que sentía por su antiguo amo era algo vago y distinto. Entonces siguió al anciano. “Sólo por comida” pensó en su lógica canina. “Sólo por hoy. Cuando tenga oportunidad regresaré a ver si está mi amigo”, se repitió a sí mismo. “Sólo unos días”.

“Sólo una semana” pensó poco después.

“Sólo un mes” pensó más adelante.

Y así pasó un tiempo indefinido.

Chacho no entendía las palabras humanas, que son tan comprensibles como los ladridos para las personas. O tal vez, sólo tal vez, lo entendía todo perfectamente, que su amigo no volverá jamás, que lo dejó porque tenía asuntos más importantes que su amistad. O que jamás fue su amigo.

Y entre gestos amables y comida abundante, el recuerdo de su primer y malagradecido dueño se fue desvaneciendo como el hambre o el deseo de compañía. Dejó de preguntarse con su lógica canina a dónde había ido aquel otro humano. Su instinto podía decirle que estaba muerto, que cambió de manada o que había viajado a bosques o praderas lejanas. La verdad estaba a una distancia que su imaginación estaba lejos de calcular. Había viajado a otro planeta, en busca de algo mejor, y algo mejor no era él.

Pasaron años. Chacho se acostumbró al nuevo conjunto de circunstancias. Día tras día, detalle a detalle, en algún momento volvió a ser feliz. Su nuevo amigo no tenía la culpa, y Chacho sabía agradecer las buenas atenciones del bondadoso hombre que le dio asilo en su casa y su corazón.

Comía bien y lo llevaban con uno de los últimos veterinarios de aquel planeta moribundo. De vez en cuando alguien le lanzaba una pelota para que fuera corriendo tras ella con el aire cansado que dan los años, pero sin perder el ánimo. Divertido, aunque desgastado por ocho años humanos y quién sabe cuántos perrunos, Chacho buscaba entre las plantas y las rocas, objetos y aromas de recuerdos cuya naturaleza desconocía.

Sin embargo, sin saber porqué, de vez en cuando no podía evitar el deseo de voltear con gesto triste hacia las estrellas.

Julio Arturo Torres Jaubert

(Cuento ganador del 1er lugar del 1er concurso estatal de cuento de ciencia ficción «Ana Coztic» 2022)

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