El intruso

    Aquella escena llevaba varios meses repitiéndose en sus sueños, tanto diurnos como nocturnos. Lo esperaba oculto en su almohada todas las noches. Se asomaba al espejo cada mañana. Revoloteaba sobre su escritorio cuando se disponía a trabajar, impidiéndole incluso concentrarse. Entonces, no le quedaba más remedio que cerrar los ojos y dejarse llevar.

    Se veía a sí mismo vistiéndose con un elegante traje dieciochesco y colocándose una máscara veneciana para ubicarse en un inmenso palacio de mármol situado junto al Gran Canal. Su disfraz era tan perfecto que los criados vestidos de librea le franqueaban la inmensa puerta de madera maciza sin parpadear. Así accedía a la magnífica fiesta de carnaval que se celebraba en el igualmente magnífico salón de baile de altas paredes de alabastro iluminadas con inmensas arañas de cristal que las hacían parecer doradas.

    La sala estaba llena de hombres y mujeres vestidos con suntuosos trajes que bailaban el vals, o bien picaban entre las exquisiteces servidas en bandejas de plata o porcelana fina en una larga mesa cubierta de manteles blanquísimos; sorbían licores en copas de cristal o se reunían en pequeños grupos para charlar a media voz. Y él se unía a ellos discretamente, comía un pastelillo, se servía unos sorbos de vino, devolvía saludos y aceptaba alguno que otro baile, no sin dejar de sentirse demasiado torpe como para estar realmente a la altura de los invitados.

    Tal vez por esa razón, aunque la velada era una verdadera delicia, no tardó en percatarse de que no iba a poder disfrutarla realmente. No podía evitar sonrojarse o palidecer bajo la máscara cada vez que alguien le dirigía la palabra directamente, le llamaba la atención para que se sumase a alguna conversación o alguna dama le insinuaba que la sacase a bailar en la siguiente pieza, a sabiendas de que cuantas más personas se dejasen engañar por su elegante atuendo y su hermosa máscara, más fácil sería que alguien lo descubriera.

    En un momento dado, uno de los presentes, que a todas luces había bebido alguna copa de más, lo cogió amigablemente del brazo y lo condujo hacia un grupo de contertulios entre los que, para su horror, reconoció la máscara del anfitrión.

    ―¿Cómo está usted tan solo, amigo? ¡Venga con nosotros! El señor lleva un buen rato preguntándose por qué no se decide a venir a saludarlo.

    Llegado este punto, la ensoñación se interrumpía porque él se sentía tan aterrado que le costaba pensar, o se despertaba respirando agitadamente sintiendo que le faltaba el aire. Y entonces corría hacia el lavabo, se echaba agua en la cara para sobrellevar mejor los síntomas del pánico y se miraba a sí mismo en el espejo: aquel rostro normal y corriente, mediocre, que era el suyo, le devolvía una mirada de puro pavor. Entonces brotaban de sus ojos, incontenibles, las lágrimas de angustia y de miedo.

    Y él empezaba a sudar copiosamente y a lanzar miradas nerviosas hacia los invitados, que dejaban de lado sus respectivas diversiones durante unos segundos para mirarlo. La puerta estaba demasiado lejos como para poder zafarse y escapar antes de que pudieran seguirlo, y cada vez que trataba de farfullar que debían de haberlo confundido con otra persona, la lengua seca se le pegaba al paladar. La máscara empezaba a agobiarlo y resbalaba poco a poco sobre su rostro amenazando con caer al suelo. Y toda la sala empezaba a murmurar a su alrededor, fijándose por primera vez en su incomodidad y su simulado porte, analizando detenidamente su disfraz falso. Algunos de los presentes empezaban a susurrar su nombre.

    En aquel momento, su esposa entraba discretamente en el baño, lo abrazaba cariñosamente por la espalda y lo besaba con suavidad. Y él le repetía, por enésima vez, que iba a renunciar a ese Premio, porque aquella situación era un farsa; porque había cientos de personas trabajando con él en ese laboratorio, y su trabajo, comparado con el de muchos otros científicos justamente reconocidos por sus descubrimientos, era la más mezquina de las tonterías.

Laura T. Serradil

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