Llega, llega, pecador

Llega, llega, pecador
Llega, llega de rodillas
A adorar al niño Dios
Que está haciendo maravillas

Titiritando de frío
Y llorando de dolor
En los brazos de María
Se contempla al salvador

El teléfono sonó después de que le diera el primer trago al café de la mañana. Sonó por segunda vez, ella posó la taza y extendió la mano por encima de la mesa de la cocina, para alcanzarlo. El aparato, un ladrillito azul de esos a los que se les pone saldo yendo a la tienda de la esquina, además de ulular nerviosamente, tenía la maña de vibrar. Tres, cuatro veces le reclamó la atención antes de que ella pudiera presionar la tecla correcta para responder.
—Bueno.
—¿Tía Laurita? —quien llamaba era su sobrino Arcadio.
—Sí, mijo, buenos días. ¿Qué pasó? —el muchacho empezó a hablar, bueno ya no era un muchacho, debía tener más de cuarenta y cinco, pero la voz no se le había engrosado mucho tras la adolescencia, así que seguía sonando como un chamaco de secundaria; y cuando ella terminó de oírlo aventar excusas, le respondió: Bueno, mijo, qué se le va a hacer. Cuando menos a ver si vienen para el recalentado.
Doña Laura dejó el teléfono celular de nuevo sobre la mesa, delante de ella. Su café ya se había enfriado.—Chingado… —masculló sintiendo el regusto amargo.

Era la víspera de Noche Buena, salió de la cocina para ir al cuarto de lavado a sacar las sábanas que debía colgar en el tendedero. El año pasado sólo sus sobrinos Arcadio y Hugo, con sus respectivas familias, había ido a acompañarla en Navidad. Sus otras dos sobrinas, Elisa y Ana, habían faltado las últimas dos navidades, y esta no sería la excepción. Cuando menos el primer año que faltaron habían tenido la decencia de avisarle que no irían, después ni eso. Después si acaso una llamadita tras año nuevo, desde Cancún, para cumplir.
Doña Laura sacó las sábanas blancas, estaba soleado pero un airecito frío que hizo papalotear la tela la llevó a concluir que esa noche iba a bajar bastante la temperatura. El lazo del tendedero una navidad se había cubierto de carámbanos cuando había helado, pero no creyó que esta noche bajara tanto. Pasó la palma salpicada de manchas hepáticas por encima de la sábana blanca ya colgada, la caricia helada de la humedad le recordó las reumas que el ambiente templado de la cocina le había hecho olvidar.
Qué blancas estaban las sábanas que ondeaban pesadamente. Costaba creer que hacía cuatro años hubieran tenido aquellas manchas de mierda y miados negros, que su hermana le había dejado de recuerdo antes de expirar. “¡Pásame el cómodo Laura!” le había gritado, con esa voz mandona de hermana mayor, entonces sofocada, como si se le estuviera yendo el aire, aunque lo que se le iba era la vida. Y como no iba a ser así, si fumaba “Tigres” desde los quince años. Por eso se le habían podrido las tripas, por eso y por tanta cerveza. Se lo hubiera puesto más pronto si hubiera andado más rápido, pero se había lastimado la cadera antes, cuando levantó a la pinche gorda de la regadera y se golpeó con la pared al pasarla a la silla de ruedas. Cuando llegó, aquel esqueletito moreno, al que ella seguía refiriéndose como “gorda”, ya había partido al encuentro de Nuestro Señor, dejando tras de sí un redondel de cagada y sangre.
— Chingadamadre, Lupe… lo que me costó limpiar tu mugrero… —había dicho unos días después del velorio y que una vez más repetía mirando aquel lienzo ahora impecable, mientras echaba por el fregadero el café frío y encendía la estufa para recalentar el de la olla. Sí, Elisa y Ana habían ido a ayudarle a limpiar el cuarto de su madre después, pero jamás esas muchachas habrían podido devolverle la blancura a aquellas finas sábanas de algodón. ¿Cómo lo harían si no sabían ni plancharles las camisas a sus maridos o a sus hijos?

El teléfono volvió a sonar al medio día cuando estaba rezando el Ángelus. Doña Laura no quiso interrumpirse aunque el aparato sonó y sonó con insistencia. Después de decir “Amén” se puso de pie y metió la mano en el delantal. La pantalla marcaba tres llamadas perdidas. ¿Pero a quién se le ocurría marcarle justo a las doce? Todo el mundo sabía que a esa hora y a las seis, ella estaba ocupada. Pulsó varios botones, tratando de ver quien la había llamado, pero las letras y números de cristal líquido sólo la confundían. Entonces volvió a sonar y se apresuró a responder.
—Tía Laurita, buenas tardes, soy Hugo. ¿Cómo está?
—Bien, bien, mijo. ¿Ya vienen en camino?
—No, tía, una disculpa. Me he estado sintiendo mal desde ayer y con lo de la pandemia y eso, no quiero exponerla. Vamos a pasar la navidad aquí, le mando un abrazo tía, cuídese mucho, ya ve cómo está la cosa…
Siguió hablando y hablando, igual de hablantín que su hermano Arcadio, igual que su padre. Al menos en lo mujeriego no habían salido al papá, bendito sea Dios. Eulalio había sido una ficha, bueno para enredar a quienes le vendían la leche. Igual que todas las muchachas de los alrededores, lo habían conocido en la quesería, donde le invitaba a Lupe un “Tigres” cada que iban a comprar algo. Era guapo antes de ponerse panzón, siempre con la camisa blanca, la bota boleada y bien plantado afuera de la tienda de su papá, con esa sonrisa traviesa debajo del bigote negro negro y el pelo relamido como Mandrake. Al principio a ella también le había gustado, pero no aceptó el cigarro que su hermana, la gorda, le agarró desde aquella primera vez. Y es que aparte se habían encontrado tan bien: a los dos les gustaban los cuetes, la feria y los bailes que se hacían cuando se quemaba la candelilla; pero no les gustaba tanto ir al monte a recogerla y asistir a la misa que precedía la fiesta. Eulalio pidió su mano, y papá se la había dado, aunque corría el rumor de que tenía otros quereres en Marín y Zuazua. Mucho deseó Laura que apareciera alguna furcia el día de las amonestaciones o la boda, pero no ocurrió. Lupe la gorda, se puso más gorda de parir criaturas y cocinarles con manteca. En fin, mejor soltera quedada que casada con un viejo panzón que gastaba buena parte del dinero del negocio en los congales de los alrededores.

La tarde fue cayendo, el cielo se nubló y le dolieron las rodillas. Volvió a su cuarto para untarse el alcohol con mariguana, y se lavó las manos. Aquello atenuaba el dolor pero nunca se se iba, y estaba bien: porque se lo ofrecería al Salvador antes de acostarlo en el pesebre. ¡Ah, si al menos ese mismo dolor que purifica pudiera compartirlo con Hugo, Arcadio, Elisa y Ana! ¡Si supieran sus sobrinos, sus esposas y aun sus niños, la falta que les hacía en la vida ser más agradecidos por tantas bendiciones! Se secó las manos y miró el cuadro de la Virgen, quien una vez más daría a luz esa noche, bendita ella entre todas las mujeres. Se persignó, y se dispuso a cambiarse de ropa para esa noche.

Sería su primera navidad completamente sola.

Margarito tocó el timbre dos veces cuando Laura se disponía a pintarse la boca. Caminó de prisa hacia la puerta, echándose sobre los hombros el suéter de lana. Su vecino estaba ahí, sonriendo y sosteniendo una cazuela tapada.
—Laurita, feliz Navidad. Mire aquí le traigo una calabaza en tacha para su cena —el hombre, apenas menos viejo que ella, le extendió la cazuela de peltre tibia ofreciéndole el asa. El olor de la canela, clavo y el piloncillo, le asaltó la nariz, sacándole una sonrisa.
—No se hubiera molestado, vecino. ¡Qué arreglado anda, oiga!
—Sí, Laurita, es que mi hija vino por mí, pero antes de irme quería traerle el postre para la cena de hoy. ¡Que la pase bonito, me saluda a la familia! —dicho esto se dio la vuelta, se subió a una camionetota grande y negra con placas de Texas, cerró la puerta y el mofle abierto del mueble bramó antes de ponerse en marcha. Ni tiempo le dio decirle que iba a pasar la navidad sola.
Margarito era uno de los pocos vecinos que podía considerar su amigo. Un viudo con dientes de porcelana que había tenido una hija cuando anduvo de bracero, y que ahora venía a verlo a veces… una muchacha ensombrerada, buchona, de esas que andan demasiado escotadas y que oyen fara fara muy alto. Sospechaba, como mucha gente de la cuadra lo hacía, que andaba metida con los malitos. También decían que no era su hija, sino que Doña Magda le había puesto el cuerno. Esa Magdita, tan buena para el pisto y los bailes como la gorda de Lupe, siempre tan coqueta y con las enaguas tan flojas, Dios la perdonará.

La noche cayó y Laura se dio cuenta que la calle estaba muy sola y oscura.
Lejos se escuchaba el ladrido de un perro quejándose por el aire frío que levantaba el polvo arrastrado desde el monte. No había notado que en la cuadra solamente su casa tenía las luces encendidas. La colonia había envejecido junto con sus habitantes, y aunque muchos seguramente ya estaban con sus familias, también era cierto que varias propiedades estaban en venta desde hacía unos años, dado el nulo interés de los hijos o nietos de sus antiguos dueños, por vivir en ellas. Laura se abotonó el suéter hasta el cuello, se frotó las manos y volvió a entrar en su casa que rápidamente se estaba enfriando.
Frente al modesto pino de navidad y el gran nacimiento colocado sobre una cama de paxtle, Laura se puso de rodillas y sujetó el grueso rosario. Como todos los días a las seis. Se santiguó, e inició con el acto de contrición. Pidió al Señor que no la castigase con las penurias del infierno, y prosiguió con el primer misterio. Tras el primer padre Nuestro la pesada cuenta se deslizó sobre el promontorio nudoso que coronaba su índice, y así una decena de cuentas más pequeñas de madera fueron tragadas por su puño frío, tras cada Ave María, seguidas del Gloria, María Madre de Gracia y el Oh, Jesús Mío; repitió el ciclo cinco veces, una por cada misterio y al cabo de poco más de cuarenta minutos, ignorando el entumecimiento de los pies, terminó en medio de la penumbra el rezo, con las letanías y el Salve: ¡Ave María Purísima, sin pecado concebida!
Batalló para levantarse. Las rodillas le dolían de nuevo y creyó escuchar un crujido en su cadera. Setenta años le pesaban más de lo que quería aceptar, pero gustosa ofreció el regalo de su dolor al niño que hoy nacía. Presionó el interruptor pero la luz no encendió. Mala hora para que se fundiera el foco. Se encaminó a la cocina y la luz amarillenta de esta disipó débilmente la penumbra de la sala.

La figura del niño hecha de cerámica reposaba envuelta en una franela. Lo sujetó entre sus manos, abrió la puerta dejando entrar el aire helado, y de nuevo se arrodilló, ahora en el suelo frío del pórtico. Una punzada invisible de aire, le atravesó el pecho tras la breve inspiración.
Comenzó a cantar, por primera vez en solitario en esa fecha: — Llega, llega pecador…
A lo lejos, creyó escuchar la risa grave de un hombre, arrastró la rodilla e inició un avance lento, penoso. No había medias que la protegieran del polvo y lo rasposo del firme, ¡de rodillas pecadora, pero no tan pecadora como la gorda Lupe!
Un tufo a cigarro barato se le metió en la nariz, y en el patio las sábanas latiguearon odiosas. Siguió cantando: Titiritando de frío…

El niño estaba helado en sus manos desnudas, barro yerto, sin vida, como la vida que su vientre nunca había albergado, pero mejor así, virgen toda la vida, que pariendo crías como vaca.
Otra risa pareció escucharse en la calle a oscuras, la de una mujer… la risa de dos parranderos, borrachos, ¡sucios pecadores!
Posó la rodilla dentro del recibidor, sin dejar de cantar. Las manos le temblaban, la vejiga se le hinchó, llena de miados, pero no negros como los de Lupe, no. La más bonita, la más amable, la más querida por papá y mamá, ¡pero al final se había muerto primero, tan atascada de fiestas y risas, como del alquitrán de los cigarros, hinchada por el alcohol de la cerveza hasta reventarse! Y ahora los sobrinos, sus mujeres y sus nietos ya no tenían razón para ir a esa casa, porque no la querían, ¡pero está bien! ¡Ni uno va a ver un peso de ella cuando se muera! ¡Ninguno va a quedarse con la casa, antes que se quede intestada junto con el terreno y se maten entre ellos y sus abogados!
Sintió un golpe debajo del omóplato, de nuevo la risa, el humo del tabaco… miró de reojo al comedor, donde escuchó el distante tintineo de copas chocando, de cubiertos trinchando tamales y pasta invisibles a los sentidos, chirriando sobre la loza china que debió ser de ella, no de su hermana.
El niño le pesaba en las manos, como si cargara todo el pecado del mundo aun antes de llegar a la cruz, como si se lo echara todo en las manos temblorosas y reumáticas.
Estaba ya entrando en la sala, eran Lupe y Eulalio quienes se burlaban de ella, de su aflicción de toda una vida, de sus múltiples enfermedades. La canción estaba por terminar, y aguantando el dolor en su vientre, como María antes del parto, arrastró las rodillas.
Un guijarro diminuto se le clavó en la izquierda.

Escuchó las risas festivas y las voces ininteligibles de su hermana y de su cuñado; riéndose siempre de ella, de su sufrimiento, de sus ganas de orinar, de sus dedos artríticos, de su soledad.
—¡Largo de mi casa, váyanse pecadores! —y al decir esto, la figura del niño se le resbaló de las temblorosas manos, y se estrelló en el suelo con un ruido seco, haciéndose pedazos.

Abraham Martínez Azuara

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