De vuelta a casa

Miraba adusto a los cientos de compradores que se abalanzaban con prisa por los pasillos; de vez en vez escuchaba por el radio órdenes para vigilar a grupos de adolescentes que vagaban por el lugar, siempre sospechosos de robo. No entendía cómo era posible que en medio de semejante crisis económica, él apenas tuviera suficiente plata para pagar el alquiler, cuando aquella horda vaciaba sus billeteras a cambio de los regalos de último minuto que obsequiarían a sus familiares.

Eran casi las ocho y tanto empleados como clientes, se movían con celeridad para poder abandonar el centro comercial y dirigirse a sus fiestas de Nochebuena. A las nueve y treinta, el último corro de dependientes pasó frente a él, abriendo sus mochilas y loncheras para mostrar su interior en gesto de honestidad, tarea que se le antojaba humillante. La chica de la perfumería, una regordeta de no más de veinte años, le deseó feliz navidad y le obsequió una paleta de chocolate. Él agradeció con una sonrisa y la guardó en la bolsa de su saco. Procedió a cerrar la puerta tras ella; al hacerlo sintió en la cara el gélido golpe del viento y se consoló pensando que al menos no pasaría frío ahí afuera. Se dirigió a la sala de vigilancia donde su supervisor y dos compañeros estaban abriendo una botella de brandy. Era un licor costoso del departamento de vinos. El supervisor debió haber visto en su cara la acusación, por lo que se apresuró a decir: Fue regalo del Ingeniero, nos dijo que podíamos brindar a su salud.
El vigilante más joven trajo unas tazas de porcelana de la cocineta y las colocó en el desvencijado escritorio, el supervisor luchaba contra la tapa de la botella, la cual logró abrir, no sin antes derramar un poco de líquido en el suelo.
—Ahí van quinientos pesos —bromeó, después sirvió una generosa cantidad del licor en cada taza. El joven las acercó a sus compañeros de forma diligente, entregando la que tenía una impresión de Santa Clos con unos renos al jefe, a él le alargó una taza con un dibujo del perro Snoopy.
—Bueno, ¡feliz Navidad! —dijo el supervisor, los subalternos levantaron las tazas brindando y bebiendo de un trago el contenido, lo cual ocasionó al más joven un acceso de tos. Él acercó despacio la taza a su nariz, la olfateó y bebió un pequeño sorbo. El gusto del brandy le pareció desagradable, pensó en como algo con un precio tan elevado podía tener un sabor tan barato, pero bebió el resto. De inmediato, el supervisor llenó las tazas de nuevo, casi vaciando la botella.
— Bien, es momento de decidir, ¿quién se quedará hoy a la ronda?
Ninguno dijo palabra, el joven sólo esbozó una sonrisa nerviosa.
—Ya sé, vamos a dejarlo a la suerte —dijo el jefe sacando una baraja de naipes la cual extendió en abanico sobre el escritorio—. El que saque la más chica, se queda.
El joven y el otro vigilante más viejo y gordo, tomaron sendas cartas y las voltearon sobre la mesa.
—Puta madre —exclamó el joven—, cuatro.
El gordo sonreía socarrón mostrando un nueve de tréboles. El supervisor colocó la punta de su dedo sobre una carta y la acercó hacia sí.
— No hace falta —dijo él—, yo me quedo.
El jefe le sonrió, le dio una palmada en el hombro y apuró lo que le quedaba de brandy en su taza. El joven profirió una expresión de alivio e imitó al jefe.

Cinco minutos después, volvía a cerrar la puerta de empleados tras sus compañeros, esta vez tecleó la clave de la alarma en el panel. Suspiró y se dirigió a la sala de monitores. Llamó a su madre desde el teléfono de la oficina, sabía que no debía tardar más de cinco minutos para que la larga distancia no fuera detectada. Le dio un vuelco en el corazón al escuchar la voz de su vieja, era la primera navidad de él sin su padre y de ella viuda, pero se tranquilizó al escuchar el bullicio de fondo que hacían sus sobrinos. “Al menos eso la animará” se consoló. La mujer agradeció el dinero que había enviado y él cortó pronto excusándose con la mentira de que tenía un concierto de cuerdas que dar esa noche, no tenía las agallas de confesarle que en la escuela de música sus maestros le habían aclarado que su talento dejaba mucho que desear y habían acabado por suspenderlo. Tuvo que conseguir el puesto de guardia nocturno para mantenerse, hasta tuvo que vender los instrumentos musicales que con tanto sacrificio había comprado.

Se sentó frente a las pantallas sin mirarlas, las imágenes parecían tétricas fotografías en blanco y negro con rayas que las recorrían de arriba hacia abajo. Abrió el cajón del escritorio y sacó su lonchera, tomó el paquete de tacos que estaban tan fríos como la lámina de la cajonera. Al morder el primero casi sintió asco, estaba correoso como un pedazo de cartón y la grasa de la carne se había cuajado en una dura gelatina. Escupió en el bote de basura, arrugó el paquete de la cena y lo arrojó al cesto casi con pena. Levantó la vista notando que habían dejado la botella con un cuarto de contenido. La tomó con delicadeza y bebió un sorbo.

Su reloj de pulsera comenzó a emitir un ligero bip, era hora de la primera ronda. Se puso la macana en el cinturón, tomó la linterna en una mano y la botella en la otra para dirigirse a los pisos de abajo.

A la luz trémula de las lámparas de emergencia, el centro comercial daba un aspecto sombrío. Él ya estaba acostumbrado, pero aun así siempre se atisbaba en los rincones algún movimiento. Detrás de las plantas de ornato, en el mostrador del departamento de lencería. El peor era el poster de Mick Jagger de la sección de discos. Le parecía tan horripilante como un feo druida medieval a punto de atacarlo. Al pasar por ahí, rehuía la mirada del viejo músico.

Llegó a las escaleras eléctricas que a esta hora estaban apagadas, emitían un zumbido eléctrico a pesar de estar inmóviles. Subió despacio, apuntando el haz de la linterna hacia todas direcciones, se sentía de lo más vulnerable al subir por la escalera, era larga y sin espacio para escapar. Al llegar a la cima, con el corazón palpitando fuerte y casi sin aliento, aspiró una profunda bocanada de aire y se recargó en un muro.
«Eres un chamaco» se dijo burlándose y de un sorbo vació el resto de la botella. La sacudió un poco para después arrojarla a un contenedor de basura. Continuó su recorrido por la parte que menos le molestaba del edificio, “la zona de los viejitos” como le llamaba, era el pasillo de artículos especializados; ropa para diabéticos, zapatos ortopédicos y el departamento de mercería y telas. También por ahí estaban algunas salidas de emergencia y los baños más limpios, por ser los menos visitados del lugar.

Enfiló hacia el área de mercancías de lujo, mirando distraído los ostentosos objetos en las vitrinas. Al fondo una luminosidad irradiaba rojizas vistas por la habitación. Alguien se había dejado encendida la chimenea de fantasía. Fue con intención de apagarla, seguro el distraído gerente de peletería había salido tan rápido que no desconectó el interruptor, pero al acercarse al destello notó otra cosa. Un calor abrazador provenía del falso horno, se aproximó con cautela, las llamas eran reales. Vio un brazo largo y delgado que arrojaba con cuidado astillas y troncos pequeños al fuego. Su instinto lo llevó a desenvainar la macana del cinturón. El movimiento lo hizo sentirse al mismo tiempo eficiente y ridículo. Sus brazos temblaban mientras en una mano sostenía la linterna y en la otra la macana, dio la vuelta al mueble que ocultaba la figura y al verlo gritó: ¡No se mueva!
El rostro se giró con suavidad para encararlo. Debía tener más de setenta años, la piel blanca y con pocas arrugas del rostro, era la tez de una persona que nunca trabajó un día al sol. Los labios, una línea apenas visible, pero los ojos, eran dos enormes pozos escrutadores y afables.
—Tranquilo, sólo he venido a preparar un fuego.
—No puede estar aquí… ¿Cómo ha entrado?
—Siempre estoy donde se me necesita —contestó el viejo.
Recordó que se había dejado el radio en la oficina, el aparato tenía un botón de pánico que daba la alarma a la policía en caso de emergencia. Se culpó por su incompetencia al no llevarlo siempre con él, como marcaba la regla. ¿Qué haría con el viejo? Pensó que se trataría de algún cliente loco que se había escondido cuando cerraron el centro y ahora estaba aquí prendiendo fuego en una chimenea falsa con el riesgo de causar un incendio. El viejo se puso de pie y dio un paso hacia él. Por instinto levantó la macana sobre su cabeza amenazador.
—¿Me vas a pegar?
—Si me obliga lo haré.
—¿Y con qué? —dijo el viejo mostrando una sonrisa cálida y burlona. Él miró su mano y la macana había desaparecido. Abrió la boca en una mueca de consternación “Es el maldito brandy”, pensó.
—No es el brandy —dijo el hombre leyendo su pensamiento—. Aunque honestamente prefiero el coñac. Anda, ve al anaquel y tráenos ese Martell. Y un par de copas.
Quedó pasmado ante el descaro del viejo, no sólo invadía propiedad privada sino que estaba insinuando que compartieran una botella de licor. “Esto ha llegado muy lejos” pensó, pero apenas estaba armándose de valor para acercarse al viejo y esposarlo cuando este sonrió y le dijo: El que llegará lejos serás tú. Aunque no con esa actitud.
Él se talló los ojos con la mano donde había portado la macana y pensó “Por favor, si me está leyendo el pensamiento, deje de hacerlo”.
—Lo prometo si traes el Martell —dijo el anciano sentándose en un diván.

Se sintió estúpido al acercarse a la vitrina y tomar la botella, trescientos dólares marcaba la etiqueta. Tomó un par de copas y las llevó hacia donde el viejo descansaba disfrutando del fuego. Actuó como impulsado por una fuerza que no controlaba, abrió la botella y llenó dos copas entregándole una al intruso, quien la levantó diciendo: Por la paz en la tierra.
Bebió con un pequeño trago, elegante y metódico. Él lo imitó y se sentó a un lado.
—Tu padre no estaría contento de cómo desperdicias tu talento.
—¿Qué sabe usted de mi padre? —preguntó sobresaltado y molesto.
El viejo levantó una mano pidiéndole calma y acercó la copa indicando que la llenara de nuevo. Él estaba consternado pero obedeció la orden muda, llenando también su copa.

Su padre le había enseñado los primeros acordes en cuanto instrumento de cuerdas tenían a la mano, habían formado un dueto que daba pequeños conciertos en restaurantes, su padre en el arpa y él en el violín, incluso habían hecho una gira como músicos de soporte para Lucha Villa, pero su padre se había hecho adicto a las drogas y a las apuestas, así que fueron despedidos y se vieron obligados a regresar a su pueblo. Se pagaban la comida y los cuartuchos de hotel cantando en bares y fondas.
—No te preocupes hijo, ya era hora de volver a casa.
El dinero que obtenían era malgastado por su padre en el vicio cada madrugada así que el viaje a casa fue muy largo. Aunque para él fue una aventura que recordaba con cariño. Al menos hasta que le llegó la adolescencia y se dio cuenta del sufrimiento que su padre causaba a su madre y las deudas en que sumió a la familia. El año anterior lo habían encontrado muerto en una zanja, y lo más probable era que lo habían matado por deudas de juego. Él se había sentido culpable por sentir alivio durante el funeral.
—¿Qué sabe usted de mi padre? —repitió con fría calma.
El viejo bebió otro sorbo y miró hacia las llamas de la hoguera —Toca algo para mí, toca como tocabas con tu padre —le dijo extendiendo un estuche de violín. De la agarradera pendía una etiqueta con el logotipo del centro comercial. Miró acusador al viejo, y este le regresó una cálida sonrisa.
—Tu padre está pagando sus deudas. Yo me encargo de que gente como él, alivie su carga con justicia; no estará por siempre donde ahora está, pero tampoco será por poco tiempo.
Alargó la copa de nuevo y aunque él deseaba romperle la botella al viejo en la cabeza, la curiosidad y la embriaguez lo abatían, así que obedeció.
El viejo sonrió y continuó —¿No me crees? Velo por ti mismo —dijo con un ademán hacia el fuego.
Más allá de las llamas se observaban unas figuras, eran movimientos de siluetas delgadas que caminaban cansinas en algún lugar que estaba ahí y en ninguna parte. Él aguzó la mirada y vio al centro lo que parecía un hombre cetrino, estaba ahí parado como contemplando la nada en el horizonte, como esperando algo que sabía que no llegaría jamás. Lo reconoció, era la imagen de su padre. La botella escapó de su mano y cayó al suelo, la alfombra amortiguó la caída evitando que se rompiera pero el líquido comenzó a derramarse. Se puso de rodillas y caminó a gatas acercándose a la chimenea. Alargó la mano hacia la figura, pero sólo sintió el roce de las llamas.
—No lo puedes tocar, no está realmente aquí —dijo el viejo mirando hacia el cielo raso mientras bebía el último sorbo de su copa—. Toca para mí, toca para él —dijo alargando de nuevo el instrumento.
Él se incorporó con torpeza, abrió el estuche y sacó el violín, apoyó la fría mentonera en su barbilla y levantando el arco con suavidad, comenzó a tocar. Las notas pronto fluyeron del instrumento llenando la bóveda del recinto con una sedosa melodía, era una balada navideña que su padre había compuesto y que fue un éxito cuando una Nochebuena la interpretaron juntos en el casino del pueblo. Abstraído, tocó deslizando el arco con una exquisitez que aunque él no notó, causó que el hombre derramara algunas lágrimas. Cuando acabó, el silencio envolvió la estancia engullendo los difusos ecos que las paredes se negaban a soltar.

Sus brazos colgaron con un cansancio que nunca había sentido, pero no dejó caer ni el arco ni el violín. Miró hacia las llamas y se acercó a las exiguas brasas. Ahí al fondo del improvisado fogón, vio la figurilla que se diluía con el humo, miró la cara del espectro de su padre que sonreía moviendo la cabeza de un lado a otro, despacio, como buscando el origen de algún sonido… la imagen se esfumó enseguida.

Cayó al suelo de rodillas y comenzó a llorar espasmódico, cubriéndose los ojos con las manos como un chiquillo que ha perdido el más valioso juguete. El viejo se puso de pie y le dio dos palmadas en el hombro.
—No dejes de tocar —le metió la delgada y pálida mano en la bolsa del saco, sacando la paleta de chocolate, le quitó el envoltorio y se alejó relamiéndola con paso distinguido hacia la oscuridad.

Al día siguiente, su compañero el gordo lo encontró tirado en la alfombra, le ayudó a incorporarse y llevó hacia las oficinas. Aunque el gordo tenía una resaca tan fuerte como la suya, el deber lo hizo reportar el incidente de inmediato. El supervisor llegó poco después hecho una furia porque lo habían despertado en la mañana de navidad, cuando debería estar con sus hijos abriendo regalos. Al ver los destrozos se sobó las sienes con la punta de los dedos.
—Ve a casa y regresa mañana que venga el jefe, tienes mucho que explicar.

Al día siguiente soportó los gritos y aspavientos del ingeniero sin decir palabra.
—¡Te bebiste un brandy y un coñac sin pagarlos! —lo acusaba.
Vio al supervisor que agachaba la cabeza cuando el jefe mencionó el brandy, pero él aceptó las acusaciones. Además las imágenes de las cámaras de seguridad lo mostraban deambulando por el centro, abriendo una botella mientras encendía fuego en una chimenea de cartón y finalmente caía borracho para quedarse dormido en la alfombra.
—Tienes suerte de que sea época de Navidad, debería acusarte de robo.

Lo hicieron firmar la renuncia sin derecho a indemnización, entregó el uniforme y salió por el área del estacionamiento. Caminó hacia la rampa que salía a la calle cuando escuchó unos pasos apresurados que corrían hacia él, se volvió para encontrarse con la regordeta de la perfumería, a pesar del frío la cara de la chica estaba empapada de sudor. Le alargó una bolsa de papel. Él la miró extrañado.
—Un anciano me pidió que te diera esto, dijo que era un regalo de Navidad —él tomó la bolsa en la mano—. Se veía como un viejito muy agradable, bueno, me voy. ¡Bonito día!
La chica le obsequió una sonrisa nerviosa y corrió hacia la puerta de empleados. Él se dirigió hacia una jardinera, en la cual apoyó la bolsa. Sacó de su interior el estuche de violín.

No pudo reprimir una sonrisa y lo estrechó en su pecho. Caminó calle abajo, ya era hora de volver a casa.

Santiago Pérez

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