Not in my town

Extrañado, Tommy había notado esa tarde en su casa -en la oscuridad que poco a poco iba reemplazando al día- que en medio del polvo se removían frenéticamente las telarañas. Por todas partes los arácnidos corrían desesperadamente; en las esquinas, en los muebles viejos y en los orificios que tenían las paredes. Emergían como una sombra que lo iba cubriendo todo, desplazándose por los pasillos, atravesando obstáculos y proyectando grotescas figuras a través de la luz de las lámparas.
Nadie más parecía notarlo. Su madre, seguía sentada leyendo una novela de horror, y sus hermanas jugaban en línea algo con muchos disparos y muerte. Mientras, arañas de todo tipo se columpiaban en los muros, en las salientes y en las ventanas. Tommy no tenía idea en dónde se podían haber escondido tal cantidad de bichos por tanto tiempo. Eran miles de patas asquerosas y torcidas, correteando impunemente por su realidad; una existencia sin voz.

Meticulosamente se tomó su tiempo para irse colocando todas las piezas del disfraz; era Halloween. Sus zapatitos brillaban relucientes, había usado una camisa de franela de su padre para limpiarlos y que estuvieran perfectos. Su atuendo era negro y su capa rojo sangre, sería el vampiro más terrible de la velada. Tomó su calabaza de plástico y salió sin que nadie lo viera; nunca notaban su ausencia.
—¡Tommy! —le gritaba su amigo Bob. Un niño pelirrojo demasiado grande para su edad.
Listen up, Tommy —le dijo mientras lo abrazaba con cariño—, Them boys from the escondida Street, remember them?, damn mexicans said that Halloween is bullshit, that the real party is day of dead or something like that. So we are gonna go fuck them up, gonna show them we are in America.
Tommy recordaba a esos niños mugrientos, siempre estaban sucios, y eran muy pequeños a comparación de ellos. Pero también recordaba que luchaban como verdaderas fieras. Hacía tiempo que se habían ido mudando poco a poco a las afueras del vecindario. Su abuela y las vecinas susurraban palabrotas cuando veían a esa gente morena. Hablaban otro idioma y comían otra comida, eran extraños. Y, sin embargo, también eran niños como ellos, sangraban cuando se caían, y lloraban cuando estaban tristes.

En un llano a las afueras de Bakerfield, se encontraron las huestes enemigas. El lado americano era ligeramente más numeroso. Con Drácula a la cabeza, tres Frankenstein, siete hombres lobo, dos momias, varias brujas, seis payasos “it” y doce Freddy Krueguers, parecían invencibles. Del lado contrario, muchas calaveras y también vampiros, hombres de paja, payasos; en realidad eran exactamente los mismos disfraces, pero de mucha menos calidad. Una luna roja los observaba en lo alto.
La masacre sería brutal y Tommy, como un buen líder, ya había reflexionado distintos caminos para evitarla. Así que contuvo a sus aliados y caminó lentamente al centro de la palestra. Del otro lado, una calavera mexicana lo imitó. Se encontraron a medio camino del llano. No había nada que decirse, su lucha decidiría todo. Sí Tommy vencía, Halloween sería la verdadera fiesta, si no, el paganismo extraño de esos niños pobres y oscuros triunfaría.
Se imaginó lo que seguía, revolcándose como perros en la tierra, moliéndose a golpes mientras sus cuerpos se hacían trizas y sus dientes se rompían como si fueran de vidrio. También se imaginó cómo se azotarían las cabezas contra las piedras, abriendo heridas asquerosas y haciendo saltar su sangre por el suelo. Su cuerpo comenzó a paralizarse por el miedo, los dedos de sus manos yacían como petrificadas, le dolía la cabeza, quería vomitar.

La luna parecía haber alterado sus dimensiones, ahora era enorme y amarilla. Ecos extraños en una lengua distinta provenían de los enemigos. Una densa oscuridad había cubierto de repente el lugar, los niños mexicanos se asemejaban a bichos que cambiaban de forma en la penumbra, y sólo eran normales cuando las ráfagas de luz los iluminaba momentáneamente.
En ese momento, súbitamente reaccionó, y su brazo lanzó un poderoso golpe a la cabeza de ese niño disfrazado de calavera. Una maligna intención afloraba por fin, proyectándose como un golpe devastador. Estaba vivo e iba a demostrarles a todos quién era el jefe. Todas esas golpizas que le daba su padre pasaron en un segundo por su mente, todas esas burlas de sus hermanas, la indiferencia de su madre, la soledad.
Pero su derechazo sólo había atinado a lanzar la máscara de cartón barato de su adversario por los aires. Dejando en su lugar el vacío.
Pensó mientras admiraba con terror como el cuerpo sin cabeza de la calavera mexicana se iba quebrando hasta convertirse en un bulto oscuro, con muchas patas.
Tommy y sus huestes huyeron despavoridos. Una vez más, sería “día de muertos” en ese pequeño y olvidado pueblo americano, en donde los enloquecidos párrocos provocaban con sus sermones ilusiones de otro mundo, y en donde la ignorancia, el aislamiento y la apatía, se combinaban para sumirlo todo en rumores, y anécdotas que nadie en su sano juicio llegaría a creer.

Ernesto Moreno

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