Cosa rara en un robot

A los seis años Robin recibió el mejor regalo que todo niño deseara, un «XL-RA Robots amistosos» envuelto en la caja más grande que había visto con un moño rojo en la cima. La expresión en su rostro fue cautivadora al romper los hermosos pero estorbosos envoltorios, el robot con dulce belleza femenina que combinaba postura vestida de blanco con zapatillas rojas y caireles color miel que se desenrolla y van desde su cabeza hasta los hombros, se postraba a un lado del árbol navideño, lucía de gala, más de uno se impresionó con el parecido humano, pero a todos cuando estaban presentes en la mesa les quedó claro que sólo era un robot con artificios muy sofisticados, pero Robin pensó de otra manera.

Aquella tarde no había sido diferente, Robin llegó impaciente, lanzó su pequeña mochila un poco agitado, miró al XL-RA qué se encontraba en cuclillas tratando de limpiar el piso manchado a la cual le dijo: Dulcinea, sí, ese será.
—No entiendo, joven Robin —dijo lo que parecía ser una sirvienta algo confundida.
—Tu nombre de ahora en adelante no serás más el XL-RA del cual todos hablan como mamá —imitando graciosamente a su madre continuación—: XL trae esto, XL compra aquello, XL limpia aquí y allá, no, no, ya no más.—Pero joven Robin, ningún robot tiene nombre, y no estoy informada que deba tener uno
—Pero, joven Robin, ningún robot tiene nombre y no estoy informada que deba tener uno.
—Porque nadie tiene un XL… como yo —diciendo esto titubeó tontamente—, un XL-RA. joven Robin, y eso es todo.
—No, no entiendes, aún serás Dulcinea, e informaré de esto a todos, no volverás a llamarte de otra manera.
—Llamada y Dulcinea son palabras definidas por el diccionario universal como términos femeninos.
—Sí, Dulcinea, espero que te agrade, es el nombre que Saavedra dio a la antagonista de la gran cumbre novelística de todos los tiempos: «El ingenioso Don Quijote de la Mancha».
Contento concluyó y dando más de un salto se retiró y dejó en la misma posición que encontró a su bautizado robot.

La que alguna vez había sido sólo XL-RA contrajo los músculos faciales como la consecuencia de los impulsos electrónicos causados por un programa de ordenador implantado en su cerebro positrónico, lo que resultó en una sonrisa, con esponja húmeda y jabón en manos musito: «Dulcinea… Don Quijote de la Mancha». Y prosiguió con sus menesterosos deberes.

Los días pasaron y la amistad de Robin y Dulcinea aumentó, eran confidentes, bueno, Dulcinea sólo escuchaba y aconsejaba, cosa que estaba autorizada a hacer, ya que Robin había aumentado el número de tareas disponibles en el sistema de Dulcinea, convivían tanto haciendo deporte con lo cual claramente sólo uno quemaba calorias y Dulcinea lo ayudaba a estudiar todas las tardes, siempre y cuando la joven robot terminara todos sus deberes que comprendían cosas esenciales como la limpieza, cocinar goma, sacar a pasear a las mascotas, llevar las cuentas de los gastos y optimizar los todo lo posible, y también para su supervivencia, recargar la matriz energética que alimentaba sus neuronas positrónicas.

Los padres de Robin se sentían incómodos en el comportamiento de su robot XL-RA que habían adquirido hace diez años, era normal y lo sabía, porque ninguna familia que conociera Mary en su vecindario tenía un robot semejante, inquieta, acostada en su amplia y cómoda cama empezó: ¿No es increíble Sam.
A lo que Sam respondió irónicamente —¿Increíble qué, Merry? ¿Que el holoperiódico aumente de precio?
—No, Sam, en serio, se trata de Dulcinea.
—¡Ah, sí! La XL-RA de Robin, me molesta eso de Dulcinea, es como si yo llamara a mi ordenador de muñeca Marta, o Carla… no sé, el sólo pensarlo me da escalofríos.
—De eso mismo te quiero hablar.
Sam apartando el holoperiódico tridimensional que no había dejado de ojear miró fijamente a Merry, ojerosa y despeinada —Te escucho.
Merry al escuchar la expresión de su esposo en aquel tono de mando y fuerza cuando hablaba en serio, le respondió: Como habrás observado, Sam, nuestro hijo no es muy sociable que digamos, no ha ido a una fiesta desde no me acuerdo cuando, y que sepamos, no tiene novia, lo raro es que llega temprano a casa, y ya sabes para que…
Con lo cual fue interrumpida con aplomo por Sam —Sí, no tienes que decirme, para ver a esa máquina parlanchina que llama amiga, como se ha empeñado en llamarle.
—Esa máquina es más que eso, nuestro hijo no la ve así… él cree… no, espera… más bien está convencido de que es como todos los demás, ha olvidado que es sólo una máquina y se aferra en soñar que es un… sí, como dices, una amiga, como un humano.
—Dime una cosa, Merry, de todas las amigas que tienes ¿A cuantas conoces con robot?
—A la mayoría, Sam, son bastantes.
—¿Y su comportamiento es igual al de nuestro XL-RA?
Merry titubeó y espetó :No, Sam, claro que no.
—Creo saber qué es lo que sucede, al principio nuestro XL-RA fue funcionando como lo que debía ser, una sirvienta sin salario, pero su comportamiento fue cambiando hasta congeniar con nuestro hijo, al grado de tener una amistad con la cual Robin se sintió contento. Pero, ¿recuerdas cuando compramos al XL-RA? Específicamente lo que decía el contrato, lo que el vendedor recalcó —Sam procedió a imitar la voz chillona del vendedor—, «La serie XL sólo es un prototipo aceptado comercialmente, pero aún no cumple con los protocolos ni estándares que la ley de comercio ordena» ¿Puedes recordar eso?
Nerviosa e impaciente porque su esposo concluyera, Merry contestó: ¿Estás tratando de decir que Dulci… digo, el XL-RA está descompuesto?
—¡Exacto! No está descompuesto como una licuadora o una plancha, ni un cable suelto o un falso contacto… digo, si no ni encendería, es como error de su software dentro de su cerebro positrónico que no fue evaluada por la compañía de Robots Amistosos, pero descansa mejor, veré si puedo solucionarlo mañana… ¡Luces fuera!
La luz por el efecto del comando verbal se fue atenuando, y la aún inquieta Mary intentaba dormir pero se lo impedía el hecho de pensar en lo que Sam era capaz de hacer al XL-RA, pero al final sus pesados parpados cayeron por acción de Morfeo, y durmió hasta el siguiente día.

Estando el alba con su encarnizado frío invernal, efecto que en Dulcinea no se reflejaba puesto que se encontraba de pie junto al refrigerador, como si toda ella fuera una pieza sin voluntad ni brillo alguno de vida, comenzó a vibrar un sonido desde su interior, y como desencantada, Dulcinea activó en sólo unos instantes todos sus sistemas, y con un tirón sutil, logró desenchufarse del contacto, ya que un par de dedos la limitaban a permanecer todas las noches en aquella situación. Ya preparada para hacer las tareas de rutina se encaminó a la habitación de sus amos, y tocó tres veces, sabía que con esto era suficiente para despertarlos, prosiguió a la recamara de Robin con el mismo objetivo, pero al ser una tarea un poco más difícil, tocó igualmente tres veces en la puerta, y fue a hacer el desayuno, encontrándose con Sam.
—Buenos días, señor—Dijo Dulcinea al ver el rostro madrugador de Sam.
—Buenos días, Dulcinea, cuando regrese del trabajo saldremos —le contestó. Ella sabía del mantenimiento técnico.
—Sí, señor.
—¿Acaso algo en tu programa te impide preguntar a dónde iremos? De todas formas ya sabes que es a Robots Amistosos, es tiempo de revisar tu sistema.
—Si desea le puedo dar un diagnóstico detallado con una confiabilidad alta.
—Por supuesto —dijo Sam con la taza de café bajo la nariz.
Al escuchar esto Dulcinea quedó petrificada, Sam se levantó para observar de cerca la expresión congelada de su ginoide, y empujó su frente con un dedo, de improviso despertó y exclamó: Un XL-RA debe proteger su integridad.
Había recobrado su apariencia, como si no hubiera pasado nada y prosiguió con sus tareas. El ya convencido Sam sobre las fallas de Dulcinea se frotó la frente y dijo: Dulcinea ¿Qué pasa con Robin? Ve a levantarlo.
Con esto Dulcinea lo intentó por segunda vez, exitosamente: Joven Robin, es hora, sabe que no puede llegar tarde, la hora de entrada es hasta las siente ¿Sabe qué horas son?
—Sí… sí lo sé, voy —con lo cual Robin abrió la puerta y miró tiernamente a Dulcinea—, claro que sé qué sucede si llego tarde, boba— dijo Robin con una sonrisa de oreja a oreja al ver a su querida amiga, y se apartó, con lo cual la joven robot pudo observar dentro de su habitación y de inmediato le llamó la atención un libro más grande que el resto de los que estaban en la habitación, que con letras grandes, en su bella pasta, decía «El ingenioso Don Quijote de la Mancha».

Más tarde, cuando todos se habían ido y Dulcinea terminaba con sus deberes, decidió ir en busca de aquel elegante libro en el cual no podía dejar de pensar, o al menos su software interno no parababa de analizar. Por fin se encontró frente a él, lo tomó delicadamente, admiró su pasta gruesa y comenzó a hojearlo, le tomó treinta minutos leer la primera parte, debido a que no quería romperlo. Conforme hojeaba y transcurría el tiempo, Dulcinea asimiló el contenido y recordó las expresiones que Robin hiciera al leerlo, las frases que causaban emociones en humanos procuraba imitarlas, asimilaba el concepto del Caballero de la Triste figura, y entristecía con cada tragedia que el manchego y el escudero pasaban. Estaba por leer la segunda parte cuando algo le interrumpió de improviso.

Sam acababa de llegar, Dulcinea no se había percatado pues Sam estaba inmóvil, viéndola juiciosamente.
—¿Puedo saber qué haces, Dulcinea?
—¡Ah! Disculpe, no le escuché… procesaba, leía…
—Leías… cosa rara en un robot ¿No crees? Dime qué leías.
—Un robot lee todo el tiempo, señor, pero no como estas cosas.
—Ya veo ¿Y qué leías, Dulcinea?
Quedó en pausa, en silencio, hasta que respondió: Llámeme Dulcinea del Toboso, señor.
—¿Ah, sí? Como gustes, Dulcinea del Toboso… sígueme.
Subieron rápidamente al vehículo de Sam, llegando al gran edificio de Robots Amistosos, que tenía forma de brazo mecánico, evocaba los tiempos de los primeros robots prefabricados, los cuales eran lejos de ser como XL-RA, uno de ellos ahora llamada Dulcinea.

El director de aquella empresa, el señor Dikenson, era altamente millonario, pero esto no impedía que se viera como un viejo decrépito, pensó Sam al verle sentado en su oficina, XL-RA estaba a su lado, inmóvil.
—Creo que algo sucede con Dulcinea.
—No es muy común que un XL-RA tenga nombre, señor Sam.
—La encontré leyendo un libro.
—¡Tampoco es común que lean de esa manera!.
Ambos le vieron.
—Espere, Sam—le interrumpió Dikinson mientras miraba fríamente a XL-RA y se dirigía a ella—, escucha muy bien este comando, XL-RA428, desconéctate completamente, sin hablar ni escuchar, hasta que se te reactive de nuevo.
XL-RA identificada como Dulcinea apagó sus funciones, quedando petrificada, como la muñeca que era.
—Señor Sam —continuó Dickinson—, el contrato hablaba claramente de esto, se dio la advertencia en toda la linea XL, lo esperábamos, aunque había tardado en presentarse, sí podían con procesos matemáticos, claramente podían procesar nuestro lenguaje, y de ahí a la lectura de nuestro idioma mo había muchos pasos. Lo que podemos hacer es modificar su software y borrarle de la memoria ese desarrollo, ello implica formatear y perderá todo lo que hasta ahora ha procesado, incluidas la información con interacciones, y en ello lleva lo que sabe hacer en su hogar, y tendrá que reaprender de nuevo.
—No hay problema, no quiero que esto se repita.
Sam había pasado la tarde en Robots Amistosos, esperando a que los ingenieros y programadores terminaran con el proceso de XL-RA Dulcinea. Para entretenerse miró revistas donde leyó algo sobre las ventajas de la interacción con robots, un chef como él no entendía de esas cosas ni las quería cerca de él o su hijo. Robin se acercaba en ese momento a su padre.
—Hijo, Dulcinea ya no está desajustada.
—¿Qué dices, papá?
—No tienes que agradecer, ha sido muy fácil, el director de la compañía me ayudó, e hizo el reajuste, pero tendrás que reprogramarla de nuevo, no recordará nada de lo que tú y ella aprendieron en estos seis años.
—¿Reajustaste a Dulcinea? —respondió Robin alterado.
—Me preocupaba que fuera a hacer algo, hijo..
—¡¿Reajustaste a Dulcinea?! ¡Era eso lo que quería de ella! ¡Su desajuste! ¡Ese desajuste la hacía mi amiga! Robin se alejó unos pasos de su padre —»La dueña de la fermosura, una rosa en medio de tanta espina, una isla en medio del mar, una hermosa gota en medio de la tormenta»—declamó un Robin adolescente, recordando las líneas del Quijote, a punto del llanto.
Su padre lo miró estupefacto.
—¿Quieres decir que tú y ella?

No pudo articular palabra, sólo repitió en su mente «Cosa rara en un robot»

Edgar Garza López «Garzafantasi»

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