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El triángulo de Pascal no es de Pascal (1623-1662) ni de Tartaglia (1500-1557), sino de Khayyam (1048-1131), pues él lo conocía y lo usaba. Sin embargo tampoco es suyo, sino de Al-Karaji (953-1029), el imponente algebrista. Pero este triángulo que no es triángulo, tampoco es de él, es de todos y de nadie, porque quién en su sano juicio pretendería apropiarse de las ideas. Las ideas son de quien las piensa.

Omar apartó su mirada y la dirigió a su alrededor, no encontró sino desolación y angustia. Sus mejores amigos habían muerto y la tristeza era su sola compañía. Se levantó y extendió sus manos, sabía que tenía que tomar todo lo que deseara y pudiera conseguir. El pasado era un cadáver que debía sepultar. Tomó vino en vaso, nunca en copa, y puso el disco de Pulcinella, la ópera que Stravinsky hizo sobre el trabajo, falsamente atribuido a Pergolessi, de Unico Wilhem van Wassenaer. Dio otro trago a su vino «Dominio Público» y regresó a las últimas páginas de su libro.

«Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes” famosas palabras de Bernardo de Chartres (s.XII) que Newton (1643-1727) envió como propias en una carta a Robert Hooke (1635-1703) el 5 de febrero de 1675. Stravinsky (1882-1971), en su poética, sentenció que debías tomar las ideas que te sirvieran sin importar si eran tuyas o no. En una ficción de Borges (1899-1986), Pierre Menard es el autor del Quijote.

Le gustaba leer letra a letra, hacer pausas, recordar las palabras, saborear las ideas.

No es discreto el universo que contiene las obras, es continuo. Lo que existe es el encuentro, lo que nunca existe es esa identidad asilada que podría acaparar la exclusividad del reconocimiento.

Omar cerró el libro. Estaba por llegar Z., el encargado de cobrar los derechos de autor y de confiscar las obras que los violaban. Esto y más se hacía directamente en la red, bastaba que uno se conectara para recibir la cuenta del copyright, pero Z. se encargaba de los casos difíciles, como el del viejo Omar, cuya cuenta siempre salía, sospechosamente, en ceros. Omar se dio otra dosis de Dominio Público. Z. finalmente llegó y tocó la puerta, Omar dijo que ya iba pero tomó el libro y leyó un párrafo más.

La tecnología avanzó en dirección un único aparato que contenía a todos los demás. Se puede describir en términos de una pantalla flexible capaz de sanar la vista. Que un libro de papel como éste, condenado a la extinción, mencione libros como esos es realmente muy extraño.
—Sí, lo es —dijo Omar.

Se escuchaba el silbido de Z., siempre el mismo. Omar guardó el libro. Bajó la pared falsa que ocultaba su bodega y abrió la puerta.
—Aquí va —dijo Z. y activó el detector.
—Está bien —accedió Omar mientras Z. pasaba el detector por su cabeza.
—Bien, está limpio, como siempre.
—Lo sé.
—Pues eso, que tenga buena tarde viejo —se despidió Z..
—¿Cuándo vas a ver ese escritor de originales? —inquirió Omar.
—¿A Lunático?
—Sí.
—Justo ahora, ¿por qué pregunta?
—¿Puedo acompañarte? Quiero hacerle unas preguntas —mencionó Omar.
—Bueno, vamos.
Omar se abrigó y salieron. El camino fue en silencio hasta que Z. lo rompió con preguntas.
—¿Ha ido al cine últimamente?
—No… No me gusta no poder recordar la cinta.
—Pero si ahora el boleto incluye hasta setenta y dos horas de recuerdo.
—No es suficiente —dijo Omar lo más seco que pudo.
—¿Y así es con todo? —continuó Z.— ¿Prefiere no consumir cultura para no tener que pagar por los derechos?
—Sí, yo no consumo cultura —sentenció Omar.
—¿Acerca de qué va a hablar con Lunático? —dijo Z. cambiando de tema.
—De cómo hizo para vencer el miedo a plagiar.
—Sí, lo entiendo, todo mundo teme infringir copyright. Últimamente la gente prefiere incluso que la compañía cancele sus recuerdos, sale más barato. Y tienen razón, lo que sale mejor es comprar los paquetes, incluyen ocho películas, dos libros y doce piezas musicales cada mes. Uno las puede vivir cuántas veces quiera, recordarlas, platicarlas, incluso soñarlas todo el mes. Después se acaba y listo, espacio fresco para lo que venga.

Llegaron al domicilio, un apartamento lujoso en lo más profundo de las torres invertidas del centro.
—Bien, estoy listo, terminé la pieza, pueden revisarla, está limpia —dijo Lunático alterado pero no más que de costumbre.
—Eso no puedes saberlo mientras no utilices estas hermosuras —dijo Z. señalando su detector de plagio.
Lunático le dio su i-liBe y fue a ajustar el color de su i-jardín que estaba un poco opaco. Z. realizó la detección y se sorprendió al percatarse de que estaba limpio, el material era completamente original, algo nada visto en estos tiempos.
—Ahora falta revisar tu otro módulo —dijo Z. mientras pasaba el detector por la cabeza de Lunático—.
—Acá está, sí te saliste de tu paquete. Tienes autorizada la versión orquestal de la Tocatta de Ginastera, no la de ELP. Y tienes otra, una nota periodística: «El escritor Ray Bradbury exigió una disculpa del cineasta Michael Moore, por tomar parte del título de su novela clásica de ciencia ficción, Fahrenheit 451 sin su permiso».
Lunático protestó —Tengo el all access periodístico.
—De este siglo, la nota es del siglo pasado —se jactó orgulloso Z.—, te sugiero pagues estas multas de inmediato.
—¿Es todo? —preguntó Lunático.
—¿Por qué vendes tu obra? —dijo Omar adelantándose a cualquier otra respuesta.
—¿Cómo que por qué? —replicó Lunático de mal grado.
—¿Qué pueden darte a cambio de tus ideas? —siguió Omar.
—Dinero —dijo Lunático, y agregó—, extraña pregunta para quien me lo trae.
—Yo no traje tu dinero, y de haberlo hecho ¿qué puede darte el dinero? —siguió Omar.
—Todo —obvió Lunático.
—¿Acaso no eres dueño de todo? ¡Eres un creador! —argumentó Omar.
—Tal vez, pero prefiero ser dueño de un todo con mujeres —dijo Lunático en tono bromista.
—¿No sientes arder la sangre en tus venas cuando de tu cerebro brotan ideas nuevas, ideas nunca antes concebidas? —dijo Omar apasionado.
Lunático lejos de contestar cerró la puerta. Pero Omar no se retuvo y gritó bajo la mirada atónita de Z. “¡Si todo lo tienes en el vino, dime, mercader, ¿por qué lo vendes?!”.
—Explíqueme qué fue todo eso —exigió Z..
Omar Permaneció absorto en su silencio.
—¡Empiece de una buena vez! —arremetió Z..
—“Lo último que uno sabe es por donde empezar” —contestó Omar.
Z. sintió ganas de apagarle la mente, así como lo hacía con tantos infractores o morosos. Pero se limitó a esbozar una suerte de «no sé qué se trae entre manos, viejo, pero no me gusta».
—Usted no tiene gusto —replicó Omar—, usted es solamente el sirviente del que sirve al que sirve el dinero—. Y se fue andando.

Cuando llegó a su casa Omar se sirvió un poco de su vino y abrió su libro.
En el 2045, después de varios intentos, se desarrolló el liBe que mandaba cualquier tipo de obra directamente a los cerebro sin necesidad de intermediarios sensuales (libros, pantallas, bocinas, …). Este fue el evento fatídico pues al utilizar al cerebro mismo como reproductor de las obras, el recuerdo sin el pago de los derechos se volvió una duplicación no autorizada. La gente comenzó entonces a pagar para recordar. Las corporativas se volvieron literalmente dueñas de los recuerdos, al grado de que podían suspender la memoria de sus clientes morosos.
Omar cerró el libro, se sirvió más vino, tomó otro libro y se puso su chaqueta. Sonó el timbre.
—Voy —sonorizó Omar con voz fatigada—, no encuentro las cosas y me tengo que abrigar.
—¡Vamos, viejo, que yo sí lo conozco! —gritó tras la puerta el repartidor.
Omar terminó su vino y le abrió. Sin cruzar palabras intercambiaron el vino por un libro, se sonrieron y el viejo cerró la puerta. Acomodó las botellas de vino «Dominio Público» en la cava de madera y volvió a su libro.

Yo fui capaz de prever está situación, me adelanté al mundo casi diez años. En el 2036 saqué el copyright de la idea. Gané todas las demandas. Luego en el 2045 uno de sus enviados me dio un pinchazo. Nunca supe qué contenía la inyección pero enfermé gravemente de cáncer. El día de hoy, 31 de diciembre del 2050, es mi último. Morir significa que dejo de sufrir, pero también que dejo de viajar al futuro. No obstante, conozco con claridad la ironía que espera tras mi muerte. Exactamente en cincuenta años la idea será del dominio público, ya nada evitará que las corporativas, muy a su estilo, festejando un año antes el cambio de siglo, se hagan de los recuerdos.

—No de todos —dijo para sí el viejo Omar, cerró el libro y dio un buen sorbo a su extraño vino.

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Alan Heiblum

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