Amo de títeres

«Obtener la inmortalidad de tales actividades», dijo el Patriarca,
«es también como sacar la luna del agua».
«¡Ahí tienes otra vez, Maestro!» gritó Wukong.
«¿Qué quieres decir con sacar la luna del agua?»
El Patriarca dijo: «Cuando la luna está en lo alto del cielo,
su reflejo está en el agua. Aunque es visible allí,
no puedes sacarla ni agarrarla,
porque no es más que una ilusión».
Viaje al oeste, atribuida a Wu Cheng’en.

Sujeté con fuerza la pistola. Le apuntaba directo al pecho mientras le sostenía la mirada, rogando por que entendiera el mensaje. Hubo un destello en sus ojos que me dio la seguridad de presionar el gatillo, algo cercano a la telepatía. Disparé. Vi como el hombre se desplomó. “Reto superado”, las letras verdes aparecieron frente a mis ojos. Inmediatamente después apareció otro mensaje en mi pantalla: “Tira la cartera y corre hasta la plaza”. Obedecí.

«¿Lo he conseguido?». Tenía mucho sin correr, pero la adrenalina me ayudaba a seguir. Había llovido la noche anterior por lo que puse especial cuidado en no resbalarme mientras pisaba. Miré el reloj en mi pantalla. Diez minutos. Tardaría cuatro o cinco en llegar a la plaza. Pronto terminará. Una chica con máscara de víbora me atacó con un tubo de metal, apenas pude hacerme a un lado para evitarlo, cuando venía de vuelta saqué la pistola de mi bolsillo y le apunté.

—¡Tíralo! —ordené.

Ella titubeó. Caminé un paso hacia adelante, sin dejar de apuntarle. Soltó su arma. El sonido metálico del tubo al chocar contra el pavimento me hizo sentir lastima por ella. «Así se escucha la derrota». Miré mi reflejo en uno de los charcos. Si no supiera que soy yo, bien podría ser cualquiera.

Elegí la máscara de mono porque me recordó a Sun Wukong, de Viaje al Oeste. Pensé —en un acto de fe— que podría tener algo de la buena fortuna y el atrevimiento del personaje. “La suerte favorece a los audaces”, reza Virgilio en la Eneida. He tenido suerte hasta ahora. Pateo el tubo lejos de nosotros y continúo corriendo. Tras un breve vistazo hacia atrás descubro que nadie me sigue. Estoy a tres cuadras. Cinco minutos.

Es increíble que la tecnología haya avanzado lo suficiente para tener robots sexuales, juegos de realidad aumentada y drones espía, pero que los automóviles sigan usando gasolina y no hayan podido dar con la cura del cáncer. A Vianey le detectaron tumores en ambos senos hace tres años. Hoy, después de trece quimioterapias, la pérdida de uno de sus pechos, haber vendido el auto, hipotecado la casa y perdido mi empleo por tratar de salvarla, he recurrido a mi última esperanza. ¡La esperanza! El último de los males en la caja de pandora.

Puppet Master es el nombre del juego. Lo han modificado, por eso me atreví a intentarlo. Firmé por tres horas. Trescientos mil por tres horas. Un juego en el mundo real, donde un avatar —por eso llevamos máscaras, para provocar apatía— se pone a disposición de miles de usuarios quiénes votan por lo que debería hacer. Los de más alto rango —y obviamente los que más dinero aportan— proponen las opciones, los de bajo rango pueden votar por esas opciones a cambio de una suma de dinero. Ya no está permitido hacer que tu avatar se suicide (eso fue un fracaso, muy pocos suicidas y muchos desertores), pero durante tres horas ellos pueden hacer con uno lo que quieran. He visto, te hacen ver algunas partidas antes de firmar —por supuesto la empresa Rarity Electronics se desvincula de cualquier cosa ilegal que pudieras hacer como avatar; está en el contrato—, lo más común es hacer que se desnuden, que se metan cosas por el trasero, robar, golpear transeúntes, intentar meterse a residencias de famosos.

Me ha salido barato. Antes de comenzar, observé la máscara, el mono en ella me sonreía. A través de ella puedo ver el mundo real y todas las instrucciones y comentarios que los jugadores realicen —algunos sólo pagan por comentar—, lo tiene todo, excepto sonido. Es decir, yo puedo escuchar las órdenes pero ellos no pueden oírme, supongo para que los avatares no podamos suplicar cuando no deseamos hacer algo.

Al principio creí que mi máscara estaba descompuesta. No había instrucciones. Después de siete minutos recibí mi primera instrucción: “Compra una Coca-cola fría”.

Creí que sería algo peor. Crucé la calle hacia un minisúper y pedí una Coca-cola fría. La jovencita que me atendió se asustó un poco al ver mi máscara —es normal que nos teman, los puppets causamos muchos destrozos al año, la policía no se da abasto—, depositó el refresco sobre el mostrador y se escondió detrás de este. Dejé el dinero y aparecieron las letras en verde: “Reto superado”.

La siguiente instrucción fue humillante: “Vacíalo dentro de tu pantalón”. ¡Malditos!, pensé. Desabroché mi cinturón. Jalé el pantalón y vertí el contenido de la botella. Estaba frío. En mi pantalla, aparecieron comentarios burlones, decenas de usuarios disfrutando su poder sobre mí. Soporta la humillación, es por Vianey, me dije. Me alejé de ahí. Mientras caminaba, sentía las piernas pegajosas. Noté la mirada de las personas, seguro piensan que me he orinado.

«Ve al contenedor de basura que está en la siguiente cuadra. Adentro encontrarás un arma y una bolsa de plástico con tres balas».

Obedecí. Sólo había una razón para que me dieran un arma. No quiero matar a nadie, sólo quiero salvar a Vianey. Una idea vino a mí como un relámpago y mientras llegaba al contenedor de basura comenzó a tomar forma. Esperanza.

Abrí la tapa del contenedor. Tomé la pistola y la bolsa con las balas. Coloqué la primera en el cilindro. Luego, intencionalmente levanté la cabeza y giré hacia los lados. Sabía que nadie me veía, pero la actuación era muy importante. Metí mi mano al bolsillo de mi pantalón con todo y pistola, asegurándome de colocar el seguro. Reto superado.

Esperé. Pasó media hora. Debe estar reñida la votación.

«Camina hasta el cajero de la calle Washington. Y sigue a la primera persona que veas salir de ahí».

Obedecí. El cajero de la calle Washington es muy concurrido por lo que casi nunca hay sitio para estacionarse. El lugar perfecto para un robo. El lugar quedaba a hora y media de camino. He sabido que a veces hacen dar caminatas a los avatares para tener tiempo de hacer votaciones. Debí ir muy lento, porque varias veces me comentaron que me diera prisa. La verdad es que no quería llegar. Quería estirar el tiempo al máximo. Aunque sin importar a la velocidad que vayas, si caminas lo suficiente llegas a tu destino.

El primero en salir fue un hombre de mi edad. Vestía un jersey del Bayern Münich y unos jeans. Lo seguí de lejos hasta dar vuelta a la cuadra.

«Róbale su dinero».

Corrí hacia él y cuando se giró, lo sujeté del jersey. Disparé al suelo y le apunté con el arma.
—Dame todo el dinero.
—Por favor, es lo de la despensa, tengo un bebé de tres meses y…
—No te pregunté por tu miserable vida. Dame el dinero o dejarás huérfano a tu bastardo.
El hombre me dio la cartera temblando.

“Reto superado”.

«Dispárale en el pecho y arroja la cartera junto a él». A diferencia de las otras instrucciones esta fue casi inmediata.

He llegado a la plaza. Quedan dos minutos en el reloj. Me detengo un momento a tomar aire.

«Deja el arma en el siguiente contenedor de basura y vete de ahí saltando en un pie».

Observo mi reflejo en el charco que hay a mis pies. Ahora tanto el mono como yo sonreímos. Me incorporo. Comienzo a saltar. Pronto se liberará mi depósito. Regresaré a casa con trescientos mil pesos y dos balas en el bolsillo del pantalón.

José Rodolfo Espinosa Silva.

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