Visitante

Eda cierra los ojos porque Eda siempre cierra los ojos al tener un orgasmo. Los mantiene cerrados incluso un par minutos después, a la espera de que su cerebro, o por lo menos lo que ella conoce como su cerebro, es decir, la parte consciente de su cerebro, reconecte con el cuerpo. En ese momento Eda no piensa en nada. Es más, ni siquiera puede sentir el cuerpo de Juan, tirado en la cama a su lado recuperando el aliento. Así están durante ciento veinte segundos exactos, hasta que Eda abre los ojos. Lo primero que ve es la sonrisa de Juan.

—¿Qué? —le pregunta con voz suave a su novio. Sí, llevan tan sólo un par de meses saliendo y él ya es su novio. Se siente de nuevo como una niña de colegio: enamorada y con novio, aunque ahora la moda es que las parejas se formen sin ese tipo de etiquetas, sin que uno le declare su amor al otro y se prometan amor eterno como Juan y Eda lo hicieron unos minutos antes de aquel orgasmo.
—¿Qué de qué? —contesta Juan, aún sonriente.
—¿Qué de qué o qué? —dice ella entrando al juego. Ya sabe cómo va a terminar esta conversación, no es la primera vez que la tienen, así que se esfuerza por contener la risa.
—¿Va a pelear? —Juan le habla de usted aunque ella le habla de tú, esa es tan sólo otra de las cosas raras que Juan hace. Raras, que no necesariamente malas, simplemente diferentes. A veces Eda tiene la impresión de que todo lo que hace Juan, o cómo lo hace, es diferente a lo que hacen y cómo lo hacen los demás, sus amigos o su familia. Es verdad que en más de una ocasión esta rareza ha sido incómoda para ella, como cuando él observa a la gente en la calle sin que le importe si los incomoda o no. A veces incluso llega al extremo de sacar el celular para tomarles fotos.
—¿Quieres pelear? —dice Eda, lanzando la barbilla hacia arriba, como quien busca una pelea callejera.
—¿Cree que le tengo miedo? —dice Juan, y Eda no se puede resistir más. Estalla en una carcajada que él apacigua con un beso.
Los labios y las lenguas hacen contacto en un remolino que desprende un aroma dulzón resultado de la mezcla de fluidos. El recuerdo de ese aroma invade a Eda cuando no está con Juan. Son sus besos lo que ella más disfruta de la relación. Podría vivir en uno de esos besos, le ha dicho a sus amigas mientras les cuenta todo lo que le gusta de Juan; también se lo ha dicho a él: Podría vivir en uno de tus besos.

Las bocas se separan y ella, sumergida en el aroma del beso, espera un par de segundos antes de volver a respirar. Regresa a la realidad y ahí está de nuevo Juan, viéndola fijamente con una fuerza que ella jamás sospechó que pudiera existir en la mirada de un hombre.
—¿Qué? —dice Eda, ahora con menos fuerza, rendida ante el amor.
Juan no responde, se queda callado mirándola muy atento. Eda no sabe qué está pensando su novio, no sabe si lo que ve en él es incertidumbre, incomodidad o un tremendo amor. El silencio se mete entre ellos, interrumpe todo lo que estaba sucediendo en la cama, la euforia de los cuerpos desnudos, el sabor de sus bocas. Eda siente que la vida termina allí, o peor aún: el amor. No hay nada antes ni después de esa pausa.
—¿Qué pasa? —pregunta ella..
—Hay algo que debo contarle… Es importante.
Es el fin, piensa Eda. Frunce un poco el ceño y siente que se le va el aire, que se le va la vida. Y no dice nada. Espera.
—Si yo le contara que no soy de aquí. ¿Qué… ¿Sería muy grave para usted enterarse de algo así? —dice Juan, críptico.
—¿Qué? —las palabras de Juan la toman por sorpresa, no está terminando con ella pero… No entiende de qué está hablando.
Juan hace de nuevo una pausa, pero ésta es más breve: ¿Qué pasaría si le dijera que yo no soy de este planeta?
Contando a Eda, sólo dos personas sabían la verdad sobre Juan. Aunque ninguna se lo tomó en serio. Es información difícil de procesar para el humano promedio, pensaba Juan al mismo tiempo que caía en cuenta de que ni siquiera él entendía bien de dónde venía. Era muy chico cuando comenzó a sospechar que algo en él no era normal, había una voz que le hablaba desde su interior y le decía: Tú no eres de aquí, Juan, no eres igual que ellos y nunca lo serás.

Por eso pasaba la vida observando y analizando el comportamiento de la gente que lo rodeaba. Primero sus padres, sus hermanos, la personas que caminaban por la calle, los profesores del colegio, sus compañeros, en la universidad, en el trabajo. Con el tiempo desarrolló la habilidad de leer a las personas en apenas unos pocos segundos. No necesitaba pasar mucho tiempo con alguien para saber cuáles eran sus debilidades. A pesar de esta habilidad, Juan se sentía muy distante de aquellos a quienes observaba. Sabía qué era lo que movía a la gente de un lugar a otro, también tenía claro porqué tenían familias, pareja, amistades y por qué se reunían, pero no sabía cómo ser parte de todo eso. Veía a la humanidad moverse en una gran coreografía en la que no había lugar para él. La realidad era algo triste para Juan, por eso la llegada de Eda a su vida había sido tan importante. Se conocieron en una fiesta de la oficina de Juan. Él estaba en un rincón observando el comportamiento de todos los asistentes a la reunión cuando ella lo encontró y comenzó a hablarle. La química fue inmediata.
Sus condición de alienígena tenía otras manifestaciones y síntomas. El más importante, o el que más afectaba su vida diaria, era el constante insomnio. Al parecer, los de su especie —cualquiera que esta fuera— no necesitaban dormir. A pesar de eso, Juan llevaba a cabo todas las noches el ritual humano de ponerse la pijama, apagar las luces y meterse en la cama. Su mamá le había contado que cuando él era un bebé se dormía con mucha facilidad, pero desde que tenía uso de razón la mayoría de las noches las pasaba en vela. Cuando lograba dormir, su mente divagaba al rededor de diferentes ideas que poco a poco lo iban alejando de la cama, de la realidad en la que se desenvolvía, del planeta mismo. Su cuerpo dejaba de existir y viajaba a través del cosmos hasta lugares imposibles de imaginar. Se encontraba con otros seres iguales a él y entablaban conversaciones en las que las palabras no eran necesarias, entonces les compartía sus experiencias en el planeta Tierra. Desde muy chico creía que algún día su misión en la Tierra terminaría y sería llamado de vuelta a casa. Esta idea lo llenaba de miedo y de una nostalgia enorme por la gente que dejaría atrás. Pero, al mismo tiempo, era algo que anhelaba.

Debía de estar en segundo o tercero de primaria cuando las noches sin dormir comenzaron a repercutir en su desempeño escolar. Varios fueron los maestros que se acercaron a Juan tratando de averiguar qué era lo que tenía, pero él no se atrevía a hablar, le daba miedo la reacción que pudieran tener los adultos. Un día Diego, uno de sus compañeros de clase, lo encontró llorando solo en el salón mientras los demás niños corrían y jugaban en el patio del colegio.
—Tengo miedo —dijo el pequeño Juan, harto de cargar solo con sus miedos, y le contó todo a su amigo.

Meses después, en su fiesta de cumpleaños, Juan escuchó en medio de los juegos a Diego hablando con otro niño: ¿Sabías que Juan es amigo de ET? ¡Lo visita todas las noches! ¡Ja!
Los escuchó reír y en ese momento decidió que jamás volvería a confiarle a nadie su secreto. Hasta que conoció a Eda.

—¿Qué? ¿Tengo un novio extraterrestre? —preguntó Eda, entusiasmada y con una gran sonrisa en el rostro, creyendo que era otro de los juegos de Juan.
Él se arrepintió inmediatamente y no dijo nada más. Tampoco utilizó su estatus migratorio para tratar de explicar esos momentos incómodos en los que ella esperaba que él se comportara de cierta manera, como un humano normal, y no era capaz de hacerlo. Sabía que ella no entendería.

La noche en la que aquella luz brillante entró a su habitación, Juan sólo pudo pensar en Eda. Se sentía responsable por el corazón de la terrícola. Ahora que su misión en la Tierra había terminado, debía marcharse y no había tiempo para despedirse. Ella continuaría su vida, como la hacen siempre los humanos y, luego de un breve sufrimiento, saldría adelante. Cuando ella piense en los años que pasaron juntos seguramente lo odiará por haber desaparecido de un día para otro y nunca recordará aquella vez que, después de hacer el amor, él le confesó que era un visitante de otro planeta.

Camilo Fernández Otálora

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