Urban Metal

Mi nombre verdadero no importa en este momento, todos me conocen aquí por el seudónimo de “Urban Metal”; nací en Guadalajara, Jalisco. Desde niño tuve dos fuertes pasiones: el dibujo de cómics y el Heavy Metal. Desde los nueve años ya dibujaba a “Conan, el Bárbaro” mientras escuchaba a Def Leppard, todo esto mientras crecía en una colonia popular del otro lado de la Calzada, ahí donde vivieron los guerrilleros que se fugaron de una legendaria cárcel que ahora ya no existe.

En esos tiempos no desaparecía por completo el arduo pandillerismo de la zona, que le dio fama al albergar a una guerrilla en Guanatos. La buena educación de mis padres me hizo alejarme de esos aspectos negativos sin llegar a una sobreprotección. Al contrario, me metí ahí de una forma muy contraproducente al cursar la preparatoria, en contacto con el grafitti y con apoyo de mi Profesor de Taller de Arte. Decidí comenzar a hacer arte callejero con una estética y una temática totalmente distinta. ¡Me cansé de ver cosas de cholos en las paredes! ¡Quería ver arte metalero! Y así fue, se puede decir que mis primeras historietas las pasmé en la calle, tal cual la tradición secuencial que comenzó en las cuevas de Altamira.

Después de eso, ingresé al Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño, en específico a la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica. Aunque confieso que me ha decepcionado por completo dicha carrera; eso lo noté desde que hice mi servicio social, que nada tenía que ver con ella, pero me encantó hacerlo: colaboré en un programa de radio de Metal.

Por cierto, hoy es sábado y estoy en un legendario bar; bebo una cerveza oscura de barril, escucho música de Iron Maiden y no puedo evitar ponerme de pie con la melodía de The Trooper. Dejo un momento lo que hago en mi mesa: un retrato que el día de hoy es de Alice Cooper. Esto es lo que pasa conmigo siempre que “Juanito”, el de la barra, me complace con alguna de mis rolas predilectas. Son muchas las historias que he vivido en este bar; aquí he venido desde que cursaba el bachillerato, ahora ya tengo cuarenta años y quizás ya no deba volver a meterme al “Slam”.

Cómo olvidar cuando entré y vi todo golpeado a mi amigo “Morrison”, tuve que llevarlo a la Cruz Verde. La vez que mi amiga “Lula” se desmayó apenas me vio entrar y tuve que llamar a una ambulancia, pues había bebido demasiado. O la última, en que ya siendo un Diseñador Gráfico que trabaja para un ayuntamiento de cuyo nombre no quiero acordarme, fui capaz de parar una pelea entre adolescentes afuera de este antro, impidiendo que el ya mencionado “Juanito” tuviera que llamar a la policía. Y al respecto, hoy se cumple un año de la muerte de alguien que siempre estuvo conmigo en estas aventuras y al que le debo demasiado… “El Cadáver”, locutor del primer programa de rock pesado que existió en esta pinche ciudad de mierda, tan llena de doble moral. Casi treinta años al aire, irónicamente en la radio abierta de una universidad pública; fue ahí donde hice mi servicio social y ese esperpento fue quien me lo liberó, no un académico o investigador, sino un simple locutor de radio.
—¡Juanito! ¡Dame otra pinta de oscura por favor!
El sarcasmo de este viejo de más de sesenta años no se hace esperar en el momento que me la tiene lista.
—¡Aquí está! ¿Cómo va el garabato marihuano del día de hoy?, lento por lo visto. ¿De seguro andas pensando en que hace un año se petateó “El Cadáver”?  

Juanito es un hombre no muy alto, aún con su melena intacta, delgado y con notorios lentes de aumento. Su voz va de la mano de su sarcasmo; vivió mucho tiempo en Tijuana y en Los Ángeles, en donde aprendió una capacidad para la serigrafía muy notoria que a la fecha sigue haciendo, pero no deja de venir a atender este bar. ¡Es el mejor para hacerlo! Y por cierto, tiene razón, hace un año que no está esa pobre momia. Y parece que fue ayer cuando comencé con mi servicio social, no sin antes ir a una proyección de cine de arte.

Eso me relajó para entrar a la cabina y presentarme, ahí vi a un tipo alto, más aun de lo que soy yo, de unos cincuenta años, ojos verdes y una locución impecable. Al principio no le caía bien, pero poco a poco me lo gané, a tal grado que se convirtió en mi amigo. Supe todo de él; era hijo de un catalán; fue innovador en la construcción de autos-ratas en esta ciudad; tenía su propio taller automotriz y también fue corredor que participó en el Rally de San Luis Potosí. ¡Nunca tuvo buena suerte con las mujeres!, pues murió luego de un segundo divorcio…. Quizás me pasó esa mala suerte. Fue precisamente luego de otra película de arte que conocí a mi primera esposa, ahí en la cabina.

La conocí por teléfono y su voz era encantadora pues se trataba de una cantante soprano, las cosas no se dejaron esperar, la invité al programa, comenzamos a salir y al año ya vivíamos juntos y de hecho hoy es sábado… ¡Cómo olvidar estos días! Era todo un ritual; yo salía de mi trabajo temprano, nos veníamos en cierto tianguis de cuyo nombre no quiero acordarme, llegábamos a casa a hacer el amor y de ahí nos amanecíamos aquí en este bar hasta que terminara el concierto de la banda local o el cuerpo aguantara. ¡Evidentemente que éramos mucho más jóvenes! Una buena experiencia de pareja para olvidar su toxicidad, de eso ya no quiero hablar. ¡Hasta que ella se fue! Y no culpo a sus padres, andar con un pinche Diseñador Gráfico como yo. Aunque no dudo que fueron muy acertadas las palabras de “El Cadáver”:
“Desde que la dejaste, ha andado con puro retrasado mental”.

Creo que es tiempo de pedir la cuenta a Juanito.
—¡Esta es de cortesía!
—Hasta que por fin piensas en los clientes de antaño, buey.
—¡No! ¡Te la pichó el vato de la barra!
Volteo y nunca vi entrar a un tipo que es más alto que yo y porta una chamarra de cuero muy de los ochentas. Se da la vuelta y lo veo de perfil, es demasiado joven como para ser de mi grupo de amigos. Tendrá unos veinticinco años; pero su vestimenta es impecablemente ochentera, los jeans ajustados, Converse, camiseta de Judas Priest, cabello castaño y ojos verdes. El parentesco con “El Cadáver” es tremendo, por lo que caigo en que es otro de sus hijos que de seguro no conocí; ahora conmemora conmigo el primer aniversario de la partida de su padre. Alzo la cerveza en señal de agradecerle pues es arduamente bienvenido otro tarro. Él hace lo mismo; avanzo en mi dibujo ahora que ya estoy más inspirado y lo termino junto con mi bebida, hasta ese momento me levanto.
—Un agradecimiento por el trago que me invitaste.
El joven observa el retrato y sonríe. No emite ningún sonido pero hace ademanes con las manos indicándole a Juan que me sirva otro litro. Tomo el recipiente y ahora bebo más lentamente y de nuevo necesito mi música; casi de forma instantánea el joven saca unos discos de acetatos que tenía a un lado, por lo que el tan jocoso tabernero no deja de alegrarse.
—A la antigua, como en mis tiempos, hace años que nadie usaba el tocadiscos más que yo cuando estoy solo.

Despierto y ese buen carnal que tanto se parecía al viejo locutor que ya estiró la pata, se ha desvanecido. El alcohol me absorbe y todo parece que ha sido provocado por el éxtasis de este joven que ahora caigo en cuenta de que se trata del fantasma del “Cadáver”. Y veo que se produce el milagro, aquí llega la joven que una vez fue mi esposa. Toma el micrófono y comienza a cantar Sleeping sun del grupo Nightwish, lo hace mejor aun que las dos vocalistas que ha tenido esa banda y me mira a los ojos como el primer día en que la fui a ver grabar, con esa gracia que yo conozco. Termina su canto y se acerca a mí para besarnos de nuevo con la misma pasión con la que lo hicimos la primera vez. Ante este frenesí no puedo evitar llevarla a mi casa, que no está muy lejos del bar, para hacerle el amor con pasión y de nuevo despertar junto a ella. Encantado por su completa desnudez.

Y ahora es cuando verdaderamente vuelvo a mi realidad, pagué mi cuenta en el bar; aún no recuerdo como llegué al departamento a seguir escuchando mi música y comencé a escribir esto para una posible historieta. ¡Muy cursi! ¡No soy buen guionista! Mejor dejar que sea mi compadre, el buen Bernardo, el que siga escribiendo los guiones, yo sólo soy el dibujante, “Urban Metal”.

Y bueno fuera que eso haya pasado con mi ex mujer, pero no. Se juntó con quien no debía y su pareja no resistió muchas cosas de ella, como dedicarse a la música. ¡La mató hace más de dos años! No es necesario explicar la razón por la cual se fue de mi vida, basta con decir que era una mujer fatal, y esas no toleran estar con un buen tipo como yo o, para no escucharme tan petulante, basta con decir que no soy ningún hijo de puta y a ella le gustaba andar con puros de esos, eran de su mismo bando. De hecho, ese imbécil por el que me cambió en verdad que fue un sadista. Primero le flageló las nalgas estando ella atada, por lo que pensó que sólo era uno de esos rituales eróticos que tanto le gustaban. Su única prenda, a lo que leí en el diario, era una blusa de encaje; yo aún tengo una que fue de su propiedad, gozaba al saber que le hacían el amor sólo con ella puesta. Aún recuerdo su exquisita desnudez; pero ese cabrón no sólo quería placer en esa noche. También quería matarla y lo hizo. Luego de que se la cogió, ella aún estaba amarrada, no lo estoy defendiendo, pero en un estricto sentido de la palabra no se le puede llamar a eso ni violación ni violencia de género o tortura, pues ella estaba gozando a lo que él declaró y a lo que yo estoy seguro por también haber sido su amante. Fue entonces que le vendó los ojos y, sin mucho sufrimiento, la degolló. No sé como estuvo lo demás, no puse mucha atención a esos detalles de la nota; pero ese pendejo fue detenido fácilmente.

En este momento recuerdo a mi compadre, un pinche chihuahuense que se forjó más en Monterrey, que me dijo que una vez interpretó a un sentenciado a cadena perpetua en una obra de teatro cuyo feminicidio fue una verdadera obra de arte. Mientras que el de este otro, fue una verdadera estupidez; no supo cómo defenderse y terminó en la cárcel. Al principio me dolió, posteriormente me di cuenta que una mujer así no podía terminar de otra manera. ¡Yo soy inocente de toda culpa! ¡Ni siquiera me llamaron para declarar!  

Todo eso fue antes de que muriera “El Cadáver”, y el mismo día, por eso los recuerdos de ayer en el antro al que fui. Ha amanecido y eso del fantasma no funcionará, aunque de todas maneras se lo voy a mostrar al buen Bernardo (él que fue actor y también es mi guionista). Será mejor ir a comprar algo para desayunar y eso hago. Sólo que me topo con una sorpresa al regresar a donde vivo, sentado a la puerta de mi casa hay un niño de unos doce años, rubio y trigueño con una vestimenta demasiado retro; tiene una caja de cartón a su lado llena de “Tebeos” clásicos de la historieta española. Está leyendo un ejemplar de “El Guerrero del Antifaz”, no lo puedo pasar por riesgo a que me tachen de pedófilo, pues todos saben que soy un solitario, por lo que me siento junto a él para leer esas joyas con el mismo énfasis que hubiera tenido si fuera un niño como él. Leo más de los tesoros que trae en la caja; al “Capitán Trueno”, “Mortadelo y Filemón”, “Cuto” y otros tomos que ni siquiera conocía, como “Las Hermanas Gilda”. Le digo al pequeño que es tiempo de que le sirva un refrigerio, paso unos pocos minutos a mi casa prepararle algo, salgo y ya no está. En ese momento sé perfectamente lo que debo de hacer y tomo el celular.
—¡Señor Bernardo Rivera! ¡Tengo la idea perfecta para un nuevo guión que quiero que tú pulas!
—¿Sobre qué es?
—Sobre un buen amigo fantasma que me vino a visitar a un año de su partida.
—Pues te diré que sí. Ojalá que todos los fantasmas fueran como este carnal.

Reo condenado a cadena perpetua amanece muerto a causa de arma punzo cortante; chupetones en el cuello y lo que incluso parecían uñas enterradas en él mismo, no hay explicación pese al interrogatorio de todos los demás internos. En su celda apareció  escrito lo siguiente con sangre que al parecer no era la suya, “Hoy te reunirás conmigo en el infierno”.

Gerardo Martínez Acevedo.

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