Parpadeo de mil ojos

—¡Sí! —exclamó Bárbara triunfal y su voz de cristal resonó en el sellado dédalo de cuevas, túneles y cavernas que se extendía por miles de kilómetros debajo de la anóxica superficie planetaria, resguardando de la fuga al espacio los restos bióticos de la atmósfera interior. Por encima, los rígidos tallos del árbol mineral enfrentaban la radiación de la estrella de neutrones con el ojo de su copa, cerrando su párpado de piedra cada vez que la rotación estelar proyectaba el rayo del púlsar en dirección al orbe, en una forma salvaje de fotosíntesis saltatoria que transfería su incandescencia hasta las raíces incrustadas en las burbujas de agua subterránea. Las delgadas agujas de roca formaban densos bosques de ojos parpadeantes, que desde el espacio daban al planeta la semejanza de un extravagante artefacto navideño; pero una capa de basalto de varios kilómetros de espesor las separaba de las grutas y galerías de la litosfera, pobladas por voraces formas de vida que procuraban extraer cada chispa de energía del disputado ecosistema hipogeo. Los dos mundos estaban divididos por una barrera infranqueable, cuyo cruce significaba el fin de ambos, y que nunca había sido atravesada desde la fundación de la colonia. Hasta ahora.

La inteligencia artificial que guiaba el velero estelar lo había conducido hacia el único destino posible después de atravesar una nube de escombros, llegando con las velas en jirones a la superficie devastada por la radiación de Nureyev-Bruhn. Las observaciones sismológicas le indicaron la presencia de enmarañados sistemas de túneles a muchos kilómetros bajo la tierra, cuya parte superior logró alcanzar destruyendo todos los taladros de la nave. Las cápsulas con los humanos estándar sólo fueron abiertas una vez que al acceso a las cuevas fue sellado nuevamente y se restableció el equilibrio de gases. Las galerías estaban atestadas por los supervivientes de la catástrofe estelar que había arrancado la atmósfera del planeta: colosales bestias ciegas, campos de trufas carnívoras, anhelosos monstruos albinos en los lóbregos lagos de las profundidades insondables. Los humanos fueron devorados uno tras otro, apenas se alejaban de las cavernas originales, por enormes animales que asemejaban rocas erosionadas, o plantas del tamaño de piscinas que liberaban poderosos disolventes. Pero los colonos no cejaron. Dotados por diseño de una flexibilidad fenotípica que les permitía recapitular estadios previos de la evolución, buscaron la brecha adaptativa que les permitiera sobrevivir en este mundo feroz. Un chiste cruel circulaba como eslogan entre los harapientos colonos de rostros pálidos: «Aunque me coman, me levantaré». Atacados por artrópodos gigantes, perseguidos por descomunales moluscos, atrapados por mohos filamentosos, fueron reduciendo progresivamente su tamaño hasta alcanzar una escala mínima, un nicho que consintiera protegerse de los engendros que se despedazaban mutuamente en los hondos laberintos de diorita. La miniaturización dirigida llevó a la formación de multitudinarias colonias de corpúsculos, que continuaban habitando el sistema digestivo de los predadores tras haber sido ingeridos, y que permanecían en comunicación con las colonias presentes en los animales cercanos, estableciendo complejos organismos instalados en grandes porciones de biota subterránea. Cada individuo se componía de millones de partículas con un núcleo de cuarzo, y de la compresión de los cristales que componían la nube se obtenían efectos piezoeléctricos que permitían la transmisión de información. Los colonos se extendieron por el mundo: enormes siluetas humanoides que ocupaban vastos volúmenes debajo de la tierra, como dioses yacentes hechos de hongos y barro, de larvas, rizomas y salamandras. Y el lema funcionó hasta que llegaron los tigres transparentes. 

Bárbara revisó la intensidad de la señal, haciendo vibrar las perlas de caverna apiladas sobre la pequeña pilastra de la entrada. ¡La prueba había funcionado! Ahora sólo quedaba aguardar para saber si la comunidad acompañaba. La comunicación a gran distancia era difícil porque la roca bloqueaba en gran medida las microondas de radio emitidas por compresión: lo más usual era enviar una «paloma mensajera», un animal infectado que se dirigía al sistemas de cuevas habitado más cercano, transmitía un mensaje, registraba la información y regresaba al individuo madre, pero se trataba de un procedimiento muy engorroso para alcanzar un área amplia. Bárbara rogó mentalmente que sus palomas hubieran sido suficientemente persuasivas, que las respuestas afirmativas que había recibido no fueran sólo una evasiva, que el dedicado y paciente esfuerzo valiera la pena.

Los tigres transparentes eran invisibles a las diferentes formas de radiación que captaban los humanos estándar, incluyendo el infrarrojo y los rayos gamma, y habían arrasado los asentamientos más profundos antes que los pobladores pudieran reaccionar. Se suponía que eran inmensas gelatinas informes que utilizaban un campo magnético para crear una superficie de polarización variable, haciéndolas indetectables en la casi totalidad del espectro. Probablemente el cuarzo que constituía el núcleo de las células humanas era utilizado para producir ese campo: a diferencia de lo que sucedía en las otras criaturas, el contacto radial con las células ingeridas por los tigres cesaba casi de inmediato. Un tigre podía disminuir tanto la biota de un volumen determinado que la recolonización se hacía inviable en el corto plazo, y su avance estaba obligando a los humanos a replegarse cada vez más lejos del océano interior, de regreso hacia los superpoblados precipicios que albergaban la colonia original. Allí la superposición de ondas de radio provenientes de distintas colonias podía enloquecer a una persona, al llenar su mente con los pensamientos y percepciones de sus vecinos; en las zonas periféricas, en cambio, los individuos aislados ocupaban territorios enormes en los que prosperaban durante largos períodos, confiriéndole al paisaje sus particularidades distintivas. La presencia de un ocupante humano se distinguía por el buen gusto en la decoración de su hábitat: en la caverna de Bárbara, unas hermosas cabezas de arfvedsonita negra incrustadas de prismas radiantes descansaban en sendas hornacinas botroides sobre una pared lustrosa; más allá, un translúcido velo de ángel se derramaba desde lo alto como un antiguo estandarte libertario; y por el centro del piso de la cueva corría un lento río de leche de luna, casi inmóvil en su fosforescencia helada de antiguas eras. Sin embargo, en este caso el arreglo estético tenía razones mucho más vitales: la caverna misma era un instrumento.

Se había dedicado a la música desde siempre, interesándose especialmente por el aserialismo y la escuela enafónica. De la hidropercusión en cámaras contiguas había pasado al fotófono, capaz de traducir señales ópticas en sonido mediante células de selenio y molibdeno. Pero su genuina invención no venía del mundo subterráneo sino de arriba, de los bosques de ojos, donde las raíces de los árboles minerales acumulaban las fabulosas energías que el vendaval estelar desataba sobre la faz del mundo. Un pulso de esa energía era suficiente para producir una frecuencia extremadamente oscilante, una nota específica, un Sol de combate capaz de propagarse a lo largo de kilómetros de túneles, despolarizando por un momento el camuflaje de los tigres. Y un momento era todo lo que Bárbara necesitaba. Por un momento el aliento del sol vuelto música iluminaria las simas más profundas del subsuelo, derramándose como un líquido turbulento por las venas de la tierra ciega, y el enemigo oculto se haría de pronto visible, previsible, vulnerable. 

Había logrado infectar a un grupo de topos diamantinos, induciéndolos a que perforaran un túnel hasta las raíces y evitando que se las comieran mediante oportunos cólicos. Los afanosos zarcillos habían seguido el rastro de humedad y ricos compuestos nitrogenados que emanaban del mundo interior: ahora Bárbara tenía un cable conectado al titánico recital que la gigante azul y su compañera neutrónica brindaban al aire libre en la catedral del cosmos. La energía de ultra-alta frecuencia podía ser transpuesta en una oscilación de onda elástica, capaz de difundirse mediante los resonadores naturales de las cuevas como columnas huecas, vasijas castellanas y especialmente campanas del infierno. Bárbara había tenido que enseñar a sus vecinos cómo arreglar sus casas para multiplicarlos, ensayando laboriosos recorridos musicales que le habían dado experiencia como para dictar un curso.

—La decoración de interiores como arte marcial —se dijo, riendo para sus adentros.

Los procesos en el mundo subterráneo eran extremadamente lentos: las tasas metabólicas de los seres vivos tendían a cero, y los ciclos del tiempo desconectados del pulso estelar se extendían hasta suspenderse en una animación similar a la del sueño, una suerte de criogenia luminosa cribada de suaves paisajes sonoros. Pero a Bárbara no le importaba. Tenía cuatrocientos años, o cuatro millones, y a menos que una jauría de tigres transparentes barriera toda la biota del sistema de grutas que habitaba, le quedaba mucho tiempo por delante. Puesto que podía percibir el medio a través de las sucesivas generaciones de las criaturas que infectaba, el paso del tiempo en las cavernas se le aparecía como un tránsito fluido y panorámico, en el que las estalactitas brotaban como setas y las flores de cristal se abrían al aliento de las nieblas de estarlita. Su cueva estaba tapizada de ella misma y en cierto sentido era ella misma, un volumen vagamente antropomorfo de cavidades y huecos a kilómetros bajo la tierra, como una mujer dormida en un sueño verdadero, una mujer de vientre de mármol y cabellos de laberinto. 

La última de sus palomas, un translúcido pez pulmonado, volvió con la noticia de que las grandes vasijas resonadoras estaban listas hasta los confines de Ciudad Sensible, donde los vecinos más cercanos cultivaban sus cavernas. En la noche perpetua plagada de monstruos, Bárbara inspiró profundamente. Aprontando sus plantas y bestias para el momento decisivo, afinó una vez más su bomba estéreo y se dispuso a encender la luz.

Maximiliano E. Gimenez

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