UMBRARUM HIC LOCUS EST: Robert William Chambers (3)

Para cerrar con broche de oro el aniversario número 156 del nacimiento del escritor Robert William Chambers, en esta ocasión compartiré con ustedes un bellísimo viaje que el autor de “El Rey de Amarillo” (1895), nos legó en su relato “En el callejón del Dragón”. Debo confesar que es tal vez, mi cuento favorito de Chambers, y que siempre que regreso a él. Me imagino –como tal vez Chambers lo planeó- que soy yo mismo, quien se encuentra admirando y recorriendo las calles de ese París que ya no existe, aquella ciudad que vio nacer el decadentismo y que transitó de la locura revolucionaria, al napoleonismo y muchas otras cosas más, hasta convertirse en uno de los centros turísticos más importantes del mundo. Así que les recomiendo escuchen a Chopin o a Satie, mientras leen este relato, y si se puede, transpórtense a través de la mágica herramienta de Google Earth por las calles de París.

El relato está escrito en primera persona, y el protagonista nos relata que está a punto de escuchar la prédica de Monseigneur C, en la iglesia de St. Barnabé, misma que después de un análisis de la geografía parisina, me parece que se trata de la iglesia de Saint Roch, situada en la calle St. Honoré, que está a una cuadra del Jardín de las Tullerías y el magnífico Sena, ya que se menciona que no tiene ni cien años de antigüedad.

Describe cómo percibió un cambio siniestro en la ejecución del órgano de la iglesia, que siempre le había parecido perfecto e inteligente. Y divaga sobre cómo muchas veces, la nave de las iglesias, al ser la última parte que se construye, no se bendice. ¿Es posible que algo se haya alojado ahí? ¿Algo que no es benigno? Recordemos que la palabra “nave” proviene del latín navis, ya que las vigas de madera que la sostienen asemejan las cuerdas de las embarcaciones antiguas, que al igual que las iglesias, se bendecían en el mundo cristiano para impedir que el mal se apoderara de ellas.

Las notas del órgano se tornaban cada vez más violentas, pero nadie excepto nuestro protagonista, parecía notarlo. El predicador comenzó a hablar y el órgano calló, para alivio de nuestro narrador, ya que había entrado en la iglesia buscando sosiego, pues llevaba tres días infernales por causa de una lectura inefable, aquella de un libro titulado: El Rey de Amarillo. Mientras, el organista, delgado y blanco, se escabullía por el pasillo.

Y así continuaba el sermón, muy poco ortodoxo por cierto, cuando de pronto, el organista volvió a salir por el pasillo, lo cual era todavía más extraño, ¿habría dos exactamente iguales? La cosas estaban enrareciéndose. El organista se paró enfrente de nuestro narrador y le dedicó una mirada de odio profundo, una mirada “intensa y mortífera”, y así es como entre la indignación, el miedo, el disparatado sermón y las enloquecidas notas del órgano, supo que estaba un “lugar propicio para albergar horrores sobrenaturales”.

Nuestro protagonista se pone a reír y a burlarse de todo, en un claro estado de shock, y decide salir de la iglesia, en donde se cruza con el ominoso ser que se aleja mientras un halo de maldad lo cubre. Aquí comienzan una serie de hermosas descripciones del París de fin de siécle, como la siguiente:

“En una esquina había apostada una carretilla llena de junquillos amarillos, pálidas violetas de la Riviera, oscuras violetas rusas, y blancos jacintos romanos, entre una dorada nube de flores de mimosa. La calle estaba llena de hedonistas de domingo”.

Sigue escapando por la Rue de Rivoli, que delimita el Jardín de las Tullerías hacia el norte, hasta llegar al Quai de la Plaza de la Concordia con el río Sena de frente (Imagen 6), en donde “Contemplé con ojos enfermos el sol brillando a través de la espuma blanca de la fuente, derramándose por las espaldas de bronce oscuro de los dioses . Imagen 6 del río”, para después volver a ver al ominoso personaje mientras avanzaba por la “alameda de castaños del Cours la Reine”. Sabía que estaba cada vez más cerca de cumplir su secreta amenaza, ese extraño personaje lo perseguía mientras él se dirigía al Arco del Triunfo por los Campos Elíseos.

Al pasar debajo del Arco, se topó con él una vez más: “No mostraba ningún signo de tener prisa, ni cansancio, ni ningún sentimiento humano. Todo su ser expresaba una sola cosa: la de hacerme daño”. Decidió huir hacia Bois de Boulogne, que es un bosque que se encuentra al oeste de París. Ahí, descansó y buscó un pequeño café mientras comenzaba a caer la noche. Sabía que era hora de regresar a casa, es decir, al “callejón del Dragón” Aquí vale la Imagen 9 pena citar en extenso a Chambers, ya que este pequeño callejón es el que le da nombre al relato:

“Vivo en el Pasaje del Dragón, un callejón estrecho que conecta la rue de Rennes con la rue du Dragon. Es un «impasse» que sólo puede ser atravesado por peatones. Sobre la entrada de la rue de Rennes hay un balcón sostenido por un dragón de hierro. En este pasaje viejas casas altas se alzan a ambos lados y cerca de los extremos que desembocan a las dos calles. Durante el día unas enormes verjas permanecen abiertas y escondidas en el profundo soportal de entrada, pero son cerradas a medianoche, y a partir de esa hora hay que entrar llamando a ciertas portezuelas laterales. Los baches en el pavimento acumulan indeseables charcos. Unas escaleras empinadas conducen a las puertas que se abren al pasaje. Las plantas bajas están ocupadas por tiendas de comerciantes de segunda mano y talleres de forja. Todo el día el lugar resuena con el tintineo de martillos y el repiqueteo de barras de metal.”

Este callejón existe en realidad, tal y como lo comenta el narrador, entre la Rue des Saints-Péres y la Rue de Rennes, se encuentra la Rue du Dragón (Imagen 10), y el callejón ahora se llama Rue Bernard palissy (Imagen 11). En la imagen se puede apreciar el balcón citado y algunas puertas de tiendas y comercios. Como bien lo comenta el narrador, se trataba de una calle que estaba muy cerca de la Universidad Sorbona, así como del barrio latino, no es extraño que en los pisos se alojaran artistas y estudiantes.

Después de llegar en un coche tirado por caballos, se dio cuenta que el callejón estaba vacío y la oscuridad lo dominaba todo, cuando intentó llegar a las escaleras, puesto que su departamento estaba en el último piso, se encontró de frente con el terrible personaje: “Avanzaba en línea recta y con pasos que no eran ni lentos ni rápidos, simplemente se dirigían directos hacia mí. Y ahora me miraba. Por primera vez desde que se cruzaron en la iglesia, nuestras miradas se volvieron a encontrar y entonces supe que había llegado la hora”.

El final, se lo dejo a ustedes, lean “En el callejón del Dragón” y descubran cómo termina esta tremenda historia de horror cósmico.

Ernesto Moreno

Publico originalmente en https://www.lovecraft.mx/post/umbrarum-hic-locus-est-9

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