Últimas consecuencias

Después de catorce horas seguidas programando Martín había terminado el parche para corregir los errores del último juego en el que había participado. Sus pantallas eran lo único que iluminaba la habitación, restos de comida instantánea y latas de bebidas energéticas llenaban su escritorio rodeando el teclado ergonómico que usaba para trabajar. Los ojos le escocían, deshizo su postura encorvada y se estiró en la silla frotándose el rostro para ahuyentar el sueño. Sacó su teléfono y miró la hora: eran las tres de la mañana. Fue entonces cuando sintió un dolor punzante en la vejiga y se dio cuenta de que no se había levantado al baño en mucho tiempo. “Sólo envío esto y me largo a la cama”, pensó. Terminó el código y entregó el trabajo a su jefe. Debían tener listo el parche de día uno para los jugadores, así que se mató escribiendo código para conseguirlo.

Mientras limpiaba todo, una vez encendidas las luces de su casa pensaba en lo que le habían dicho sus familiares y amigos “Te esfuerzas demasiado. Trabajas mucho para lo que te pagan. Eres adicto al trabajo” o, incluso, le habían dicho una vez que usaba su carrera para evadir sus problemas personales. “Tonterías, estoy perfecto”, contestaba una y otra vez. “Trabajo en lo que me gusta, así que ¿qué más da?”, era otro de sus razonamientos. Pero cuando se encontraba en la soledad de su hogar, después de trabajar durante horas, siempre aparecían las dudas y un sentimiento de abandono ¿Es esto lo que quiero hacer el resto de mis días? ¿De verdad me gusta mi trabajo? ¿Alguien me recordará el día que muera? Y de forma invariable terminaba pensando en que siempre había sido así, desde sus días de estudiante le gustaba entregarse en cuerpo y alma a sus trabajos, llevar su esfuerzo hasta las últimas consecuencias. El problema era que nadie más lo veía así.

Dejó de lado aquel tren de pensamientos y se fue a orinar. Mientras lo hacía un mensaje le llegó al teléfono. Era Carlos, su compañero en el área de programación. Al tratarse de un estudio independiente tenían que sacar adelante todo lo relacionado con la programación de los juegos entre ellos dos. Carlos era un tipo inteligente, un genio en muchos sentidos, sin embargo, también era muy extraño, aunque Martín tampoco podía echárselo en cara teniendo en cuenta su propia vida. Se recostó en su cama y revisó los mensajes. “¿Sigues despierto?”, decía el texto. “Apenas”, respondió, “¿Es urgente? Estaba a punto de dormir”. “No lo sé, te mandé un nuevo sistema en el que he estado trabajando. Tal vez te interese”, escribió Carlos. “Está bien, en la mañana lo reviso. Ahora mismo no tengo cabeza para empezar nada”, dijo. Apagó el teléfono sin esperar respuesta y decidió que se merecía unas buenas horas de sueño. Después de sacar el parche la dirección les había prometido unos cuantos días de vacaciones y pensaba aprovecharlos.

A la mañana siguiente, después de un sueño intranquilo, Martín se levantó y fue directo a la computadora. La luz se filtraba tímidamente entre sus cortinas y el café humeaba en su taza mientras ojeaba lo que le había enviado Carlos la noche anterior. Se traba de un nuevo sistema para un posible juego de rol. Al parecer, Carlos había ideado un tipo de juego en el que las decisiones de los jugadores crean la narrativa futura, “narrativa emergente” rezaba el mensaje de su compañero. No era algo nuevo, pues aquel tipo de juegos llevaban existiendo desde que se inventaron los videojuegos, pero este era extrañamente complejo. Tras un par de horas leyendo código, Martín se dio cuenta de que, en realidad, el programa era demasiado elaborado para tratarse de un simple sistema de ramificación basado en la toma de decisiones. La obra de Carlos parecía, de verdad, arrojar predicciones y proyecciones a futuro con base en los datos disponibles. En otras palabras, era una narrativa viva en todo el sentido de la palabra: a cada acción que se podía ingresar en el sistema, cientos de posibilidades se construían frente a sus ojos. Consciente del potencial de aquel programa, Martín escribió a Carlos, ansioso por saber más. “Oye, acabo de probar tu sistema ¿Estás ahí?”. Pero no recibió respuesta alguna. Encendió un cigarrillo y, sin dejar de mirar las pantallas repletas de ramificaciones producto de la información que había introducido, se puso a pensar en el todo el trabajo que dio como resultado ese programa.

Martín pasó la tarde experimentando con la creación de su amigo. “Si no me puede responder, entonces aprenderé a usarlo por mi cuenta”. Esa fue la decisión a la que llegó después de esperar por horas a que Carlos diera señales de vida, cosa que no ocurrió. “Ya aparecerá”, se dijo. Ahora se encontraba frente a un mar de cálculos y resultados, sin embargo, en todo el tiempo que estuvo toqueteando la máquina Martín sólo pudo sacar una cosa en claro: no se trataba únicamente de un sistema que generaba resultados, también producía otras rutas posibles a la del jugador, caminos paralelos al original, en otras palabras, mundos alternativos. Esta característica le pareció extraña al principio, pues ¿qué sentido tiene hacer cálculos y proyecciones de algo que no puede suceder? Pero, tomando en cuenta a la persona que había creado el programa, era raro pensar en que fuera un error. Seguramente Carlos usó aquella herramienta para algo concreto, así que Martín comenzó a experimentar con ella también. Por curiosidad introdujo datos sobre sí mismo en el perfil de creación que incluía el prototipo: información básica como la edad, el lugar del nacimiento y cosas por el estilo. Todo con la intención de ver qué tan realista podía llegar a ser la telaraña de posibilidades. Casi de inmediato se dio cuenta de que el programa funcionaba mejor y era más exacto mientras más información le proporcionara. Alimentándolo con ella pasó de leer su vida terminando en un duelo de espadas a obtener resultados más factibles: paros cardíacos o accidentes en su motocicleta.

Los siguientes días dedicó todo su tiempo a rellenar los huecos de su propia vida echando mano de su historial médico, currículo académico y profesional, hábitos y otras cosas. Martín estaba sorprendido de que el programa pudiera traducir casi cualquier elemento en un valor numérico que se integraba a las ecuaciones para entregarle las proyecciones en forma de caminos posibles. Mientras experimentaba trató de ver las profecías estadísticas de su propia vida, no obstante, los futuros eran siempre algo inexactos y carecían de sentido en otras ocasiones. Después de darle varias vueltas al problema se dio cuenta de algo: en los juegos de rol los personajes existen en un contexto preciso, ya sea una aldea pesquera o una granja en la montaña, todos tienen un mundo rodeándoles. Eso era lo que les faltaba a sus experimentos para que ganaran precisión, necesitaba un contexto social e histórico que interactuara con su estado interpersonal. Poco a poco, el programa se convirtió en el centro de su vida.

Martín se pasó una semana entera alimentando el programa de su compañero con información histórica y social. Datos sobre población, decesos, producto interno bruto, tazas de suicidio, información sobre obesidad, crimen organizado y un largo etcétera. Sólo cuando hubo dibujado de forma más o menos precisa la situación actual de su país siguió experimentando con las proyecciones de su vida y los caminos paralelos a ésta. Al principio, el programa respondió como esperaba. Introdujo algunas decisiones básicas como un cambio de trabajo o dejar de fumar y las respuestas fueron aceptables para él. Gracias al programa supo que, por ejemplo, si dejaba los cigarros ese mismo día probablemente viviría hasta los ochenta años o que si trataba de buscar un nuevo trabajo lo más probable es que terminara programando dispositivos móviles, el mercado más grande al momento. Los días pasaron y los experimentos se volvieron cada vez más ambiciosos. Después de centrarse en el nivel personal, Martín comenzó a lanzar proyecciones al nivel de su ciudad y, después, tomando como base el estado actual de la humanidad. Para conseguirlo siguió el mismo proceso que antes: reunió varios libros de historia universal, cientos de miles de datos acerca de cada país y varios millones de gigabytes de información sobre cada cultura. Todo procesado y traducido a una serie de valores para jugar a predecir el futuro.

El calor del verano se encerraba en su habitación y su computador nunca se apagaba porque tenía que procesar todos los datos. Martín se pasaba los días comiendo basura y fumando, pensando en nuevas formas perfeccionar la obra de su amigo. Sólo se alejaba de sus experimentos para ducharse y comprar comida por internet. Todavía seguía de vacaciones, pues su anterior proyecto había salido bien, lo cual le dio tiempo para desaparecer de la oficina. Su tecleo frenético era el único ruido que se podía escuchar en su casa durante la mayoría del tiempo. La idea de crear un programa capaz de predecir el futuro de la humanidad o que pudiera mostrar todas las posibilidades de su existencia, todos los caminos diferentes que podría tomar la raza humana, era demasiado tentadora y el sistema de Carlos se comportaba a la altura. Cuando empezó a proyectar el futuro de la comunidad global las ramificaciones y mundos posibles pasaron de cientos a millones, cada uno más realista que el anterior. Así fue como descubrió que para evitar un desastre climático el mundo debía unir esfuerzos o que sólo las regulaciones contra los monopolios podrían desacelerar el proceso. También se dio cuenta de que los conflictos bélicos disminuirían al promover políticas de integración diversa en materias de identidad, desmantelando la xenofobia poco a poco. Los cambios más radicales, como la construcción de una zona autónoma de gran escala o que ocurriera una gran revolución socialista en todo el mundo mostraban cambios más extremos pero sus probabilidades de suceder eran mínimas, por no decir nulas.

A pesar de los resultados tan precisos que logró arrancar del programa, Martín tenía el sentimiento de que podía llevarlo a otro nivel. Después de reflexionar acerca del uso que le había dado al sistema diseñado por Carlos se dio cuenta de que lo había estado manipulando como una lectura de cartas. Un dato nuevo, una nueva tirada. Fue entonces cuando se le ocurrió que podría ingresar un resultado concreto para recibir los parámetros necesarios para que sucediera. Un trabajo a la inversa. Así, comenzó escogiendo un resultado de sus tiradas anteriores y lo tomó como punto de referencia, ahora en lugar de preguntar ¿Qué puede llegar a suceder si pasa esto? Martín partió de la pregunta ¿Qué debe suceder para llegar a este resultado? Específicamente, Martín se preguntó por el mundo ideal: ¿Qué debe suceder para que terminen las guerras alrededor del mundo? ¿Qué condiciones específicas deben existir para empezar a combatir la crisis climática? ¿Qué factores se deben alinear para lograr una redistribución más justa de los recursos en el mundo? Con los nervios a flor de piel y el corazón golpeando con fuerza en su pecho ingresó los datos necesarios y esperó. “No puede fallar, es perfecto. No tiene fisuras”. Este sería el principio del final de su nuevo proyecto. El que sería el trabajo de su vida, por el que sería recordado.

“¿Es esta la única salida?”, pensó melancólico. El diagrama dibujado en su monitor mostraba que sólo haciendo un sacrifico total podría alterar el curso de los acontecimientos. “¿Qué precio estoy dispuesto a pagar?”, sopesó en su interior. El futuro de la humanidad dependía del éxito de su plan. Sin que nadie lo supiera, toda la felicidad del mundo estaba puesta sobre sus hombros. Tenía que hacer lo correcto. El programa decía que para construir el mundo ideal Martín tenía que destruirlo, desaparecer el sistema capaz de predecir el futuro, olvidarse de su existencia y así evitar que cayera en las manos equivocadas. Ese era el camino correcto, pero en su interior apareció un sentimiento de terror ante la mera idea de tirar a la basura todo su trabajo. Sentía la boca reseca y unos temblores incontrolables se apoderaron de su cuerpo. “Tiene que haber otra salida, esto debe ser un error. Sí, debe ser eso”. Se negó a aceptar ese final, a abandonar su proyecto. Martín se sentó frente al escritorio y se puso a reintroducir todos los parámetros otra vez, desde el principio. El sonido del teclado inundó la habitación a oscuras, iluminada por una pantalla en solitario. Alguien golpeó la puerta de su casa, pero Martín no estaba presente ya: tenía un trabajo colosal delante suya y no tenía tiempo para el mundo en ese momento. Tenía que seguir y llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

Oscar Delgado

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