Próxima Inauguración (2 de 2)

Recordó que la primera vez que había llevado a cabo sus tácticas directas, como él las llamaba, fue contra unas tostadas tipo la Siberia. Tampoco estaban mal, pero igual que le ocurría con la comida china, Ricardo no tenía la capacidad de diferenciarlas de otras marcas de lo mismo.
De eso hacía unos años. Se las había arreglado para hacerse amigo de Marín, el supervisor de limpieza tuerto del turno de la noche. Pensaba que los administradores y el personal de oficinas podían cambiar como cambia uno de calcetines, pero los jefes de limpieza eran como dictadores que difícilmente se van, por lo que sabían más que todos sobre todo lo que pasaba y, a su manera, tenían más poder. No le fue difícil. Lo saludaba, hacía algunas bromas, le sacó una plática estratégicamente planteada sobre los buenos tiempos de Nuevo León de cuando gobernaba Martínez Domínguez, y luego fue cosa de decirle que si lo acompañaba por unas cervezas. Fueron a un bar de la plaza cruzando la avenida donde había restaurantes con permiso de venta de alcohol.
Ricardo casi nunca tomaba, pero descubrió que Marín sí. Cuando lo tenía por demás intoxicado tras la cuarta cubeta, en el fragor de la borrachera, después de jurarse amistad vitalicia y decirse cuánto aprecio mutuo se tenían, lo convenció de que le prestara su juego de llaves. Le dijo que había perdido sus copias por culpa de un empleado descuidado y no quería pagar la multa del administrador, se lo dijo, eso sí, usando palabras altisonantes para causar mayor impacto. Marín lo miró con su ojo negro como una canica humectada y acto seguido soltó una risotada diciéndole que claro, lo que él pidiera, llamándolo compadre, sacándose el llavero de la bolsa del pantalón de mezclilla para depositarlo en la mesa frente a Ricardo.

Así consiguió hacerse con las llaves de todos los locales, porque no sabía cuándo las fuera a necesitar. Lo que sí sabía era que el dueño de la plaza era más tacaño que él, lo cual casi siempre era una desgracia, en especial cuando pretendía subir las rentas y cobrar multas hasta por respirar, pero también podía ser una suerte, como cuando había decidido instalar cámaras de seguridad falsas. Se lo había dicho el mismo Marín. También tenía bien medidas las frecuencias de rondines de Zenaido, el guardia de la noche, que se pasaba el ochenta por ciento de la jornada dormido en el sótano. Lo mismo para el limpiador de las trampas de grasa porque cada locatario contaba con una copia de su programación de actividades. Había calculado todos los riesgos y, en suma, tenía experiencia. Como él mismo no dejaba de repetirse, no podía fallar.

Regresó a su despacho más animado por el efecto del azúcar y recordó prender la luz. Tenía un tubo de bolsas de plástico guardadas en el cajón del escritorio, lo sacó y despegó una. La sacudió y le sopló para abrirla. Estaba listo. Comenzó a desabrocharse el cinto y se bajó los pantalones para ponerse en cuclillas, con una mano sosteniendo la bolsa y con la otra abrazándose las piernas. Cuando concluyó, abrió las gavetas de un archivero pequeño de metal donde guardaba contratos y recibos para el contador. Detrás de las carpetas había un bote de pet que puso sobre el escritorio, introdujo la bolsa sin cerrarla y enroscó la tapa. Abrió otro cajón y tomó un encendedor Zippo que se metió en la bolsa de la camisa. Se dirigió hasta el pasillo portando su arma secreta en la mano envuelta con un trapo nuevo, dejando el brazo al costado para despistar. Vio la máscara del dragón pendiendo de la puerta de sus enemigos y por un momento dudó, sintiendo una fuerte presencia, como si la máscara pudiera verlo, experimentando difusos recuerdos del dolor que hasta hacía unos minutos le prensaba el cráneo. Hizo un esfuerzo por no pensar y se dispuso a buscar la llave. La oscuridad no era total porque había unas tuberías de gas que salían a la calle por unos hoyos en la pared por cuyos resquicios se filtraba la luz, pero aun así, era muy difícil ver, y él nunca había querido arriesgarse a llevar una linterna. Encontró la que creía que era la correcta y cuando quiso introducirla se llevó una sorpresa. Estaba abierto. Esos chinos, como había dicho, de tan listos eran tontos.
El interior era el vientre de una ballena por su olor y porque la luz había huido a lugares más placenteros. Alcanzó el Zippo y lo encendió encima de su cabeza. No supo si los chinos eran más tontos que sucios, pero eran las dos cosas. El efluvio le trajo recuerdos de la vez que saboteó el Hong Fu o Kung Fu, como fuera que se llamara. Por lo que no era algo del todo novedoso. El mismo descuido, el mismo tipo de suciedad. Bolsas de basura abiertas en un bote reventado, pedazos de carne de alguna clase irreconocible por el suelo, barras de preparación y planchas con cáscaras de cebolla y restos de vegetales embadurnados de manteca rancia, plastas de salsa de soya secas por todo el caucho antiderrapante y cucarachas minúsculas que huían frente a sus zapatos de la aureola que emanaba del encendedor. Pero había algo más, algo que no había percibido las veces anteriores. Un olor distinto, casi hiriente, como a amoníaco puro, como si cientos de peces muertos llevaran ahí semanas en estado de descomposición. Y a pesar de la tortura olfativa no pudo evitar por primera vez en más de dos meses volver a reírse a solas, pensando en lo irónico que resultaba tener que hacer aquello en un negocio de comidas que ya olía y se veía así, y que, además, quizá lo que él llevaba en la mano fuera lo menos repugnante de aquel sitio.

Hizo casi lo mismo que en las ocasiones anteriores, luego de subirse la camisa hasta el puente de la nariz, encontró el congelador. Lo destapó y la luz que surgía del aparato iluminó la mitad de su rostro contemplando los cortes misteriosos que no eran ni de res ni de cerdo pero tenían la textura del pollo. Volvió a reírse para sí cuando se dijo que lo peor que podría pasar era que la tapa se cerrara de golpe y aquella carne empezara a ladrar. Buscó el fregadero y tomó la manguera lavaloza echando agua en el bote de pet en cuyo interior estaba la bolsa abierta para diluir su contenido. Luego regresó al congelador y, como si estuviera marinándola, roció aquel ingrediente, metiendo las manos para darle vueltas, una porción a la vez, asegurándose de que se impregnara en los intersticios del tejido muerto. Ni el coronel Sanders pudo haber superado esta receta secreta, se dijo en la mente, y volvió a reírse en silencio.
Después de la primera operación para capturar la bandera enemiga, como le había llamado, hacían falta unos días para notar los resultados. Eran garantizados pero no instantáneos. Luego era necesario repetir el procedimiento hasta obtener el efecto deseado. Una, dos, tres, cinco, diez veces, las que hiciera falta.

Y así lo hizo.

Tres meses volvieron a pasar y cualquiera que hubiera visitado Tortas el Árabe en ese plazo habría podido notar dos cosas. La primera era que algo debía tener la comida china de al lado para atraer a tal multitud, vaya, por expresarlo de alguna manera, porque multitud es decir poco, en realidad había fila para esperar una mesa. La segunda, que el dueño de Tortas el Árabe se apalancaba como una gárgola sobre la caja registradora, con una cara de perro rabioso que si no era suficiente motivo para ahuyentar a los clientes, con ver lo desierto que estaba el lugar bastaba.

A Ricardo no le gustaba decir aquella frase sobre los tiempos desesperados y las medidas desesperadas porque a él no le gustaba sentirse así, desesperado. Pero estaba más que desesperado. Había tenido que despedir a todos los empleados excepto a uno, por lo que Ricardo, él y sólo él, tenía que hacerse cargo por su cuenta del turno de la tarde. Y al empleado que quedaba ya estaba empezando a pagarle de lo que tenía en el banco, es decir de su propio capital. El asunto era una maldición, una situación insostenible. Y nada de lo que había hecho sirvió para contrarrestarlo. De no ser porque siempre ponía al estudiante que aún conservaba en la nómina a sacudirlo todo, el teléfono habría acumulado una capa fina de polvo. Así de constantes eran los pedidos a domicilio que tenían. Cero. Ninguno. Y los chinos ya habían comprado tres motos. Si no hacía algo pronto, si no iba más lejos, si no se atrevía a luchar con más coraje por lo que era suyo y a hacer lo que se tuviera que hacer, no quería ni pensar en lo que podía pasar.

Sí. Tenía que hacer más. Ya lo había pensado. Iría a la ferretería y pediría veneno para ratas porque eso era lo que tenía, una infestación de ratas enormes que le estaban robando a sus clientes.

Y así lo hizo.

Y repitió la operación con el nuevo ingrediente más fuerte que el queso gouda, más fuerte que el caviar, más fuerte que nada que nadie haya consumido nunca.

Dos semanas después el estudiante que tenía por único empleado le pidió permiso para llegar tarde a causa de una tarea, un trabajo en equipo, o algo, Ricardo no lo había querido ni escuchar y lo despidió en medio un ataque de ira. Se quedaría solo, él solo abriría, limpiaría, contaría lo que hiciera falta contar y atendería a los clientes. No necesitaba a nadie, excepto, claro, a los clientes. Porque en esos quince días los únicos que se habían presentado fueron un par de muchachos que cancelaron su orden viendo cómo el mismo que les cobraba era el que preparaba las tortas y barría y ordenaba el lugar y lavaba los platos, todo muy antihigiénico, y prefirieron irse a la comida china, que ya tenía una plantilla ampliada, con cristales relucientes, con los platillos que brillaban humeantes para el deleite de la vista y el paladar, que ya había conseguido permiso del administrador para poner mesas afuera, en los pasillos, cuando eso siempre había estado estrictamente penado en aquella plaza desgraciada, y ya el lugar parecía la bolsa de valores de las películas con gente gritando y amontonándose en torno a la barra de esos chinos, los pinches chinos. Y sus hijos, Ricardo no podía creer que se comportaran así, lo maldijeron hasta ponerse morados por falta de aire cuando no le quedó más remedio que matricularlos en una escuela pública. Y su esposa se había arrancado los cabellos cuando le dijo que tenían que cancelar los viajes, que debían devolver la camioneta, gritándole que la agencia no hacía reembolsos y que la camioneta era suya y que nadie se la podía quitar. Sí, sus hijos eran unos hijos de la chingada malagradecidos y su esposa una perra infeliz puta del diablo, unos cabrones, todos, cabrones igual que los chinos.

Que se las arreglaran, que sus hijos se pusieran a trabajar para que supieran lo que costaba la vida, y su esposa que se fuera a ver a dónde. Él todavía tenía su magra pensión con la que podía rentarse un cuarto y vivir solo entre su propio rencor cuando perdieran la casa, pensó, el día que supo que tenía que cerrar porque ya no iba a poder pagar ni la renta, ni siquiera una parte, nada. Era sistemáticamente ignorado por todos los que pasaban frente a él. Ya nadie se detenía ni a leer el menú en la pizarra, como si no estuviera, como si no existiera, como si su negocio fuera invisible. Y se iría, sí, pero no solo, se dijo. Caería, sí, pero no caería solo. Y esa tarde ni siquiera fue necesario hablarle a su esposa.

Dieron las once. Él había tenido que cerrar a las diez la cortina de acero y habría recogido pero el sitio estaba tan limpio como una cámara sellada al vacío, aun así pensó si levantar las sillas, si barrer la ausencia del polvo o hacer algo para vivir aquella última hora pero decidió que no. Que se jodieran. Aventó la escoba contra el piso de la cocina y la escuchó rebotar y esperó sin poder hacer otra cosa más que ver a la pared interrumpiéndose cada tanto para comprobar la hora. A las once en punto se puso de pie, apagó la luz. Y salió por la puerta de atrás.

Se fue entre la penumbra de la ruta semicircular. Ahí estaban las puertas, las contó. La de los chinos, la suya y la del cine, todas a la izquierda, exactamente enfrente tres, dos a la izquierda pertenecientes a la bodega y un cuarto séptico, cuatro más a la derecha, luego, una puerta adicional del cine a la izquierda. Trece en total. Trece que volvió a contar cuando sacó el bidón de gasolina de la cajuela bajo el resplandor gris de la luna nueva e hizo el camino de regreso. La puerta adicional del cine a la derecha, cuatro puertas más a la izquierda, dos más a la derecha de la bodega y el cuarto séptico con tres más a la izquierda en frente y a la derecha otra más del cine. Luego la de los chinos. Ahí estaba, ya le era familiar, la máscara del dragón colgada a metro y medio sobre el suelo. Otra vez abierta, porque esos chinos eran demasiado confiados para ser tan insidiosos. Como una plaga inextinguible entre la oscuridad que era total. Metió las manos como pudo con el bidón en una y el encendedor en la otra para no tropezarse. Fue hasta la parte de adelante, donde estaban sillas y mesas. Empezó a esparcir el contenido de su último ingrediente para su platillo estelar sobre el mobiliario, chinos a las brasas, pensó, pero no le hizo gracia, cuando percibió algo moverse encima de su hombro, de pronto se sintió observado y la cabeza le empezó a doler con un ardor interno que le hizo perder la orientación. Había alguien más, con él, en la negrura, tal vez uno de los chinos se había quedado en el lugar porque sospechaban lo que estaba haciendo e iban a llamar a la policía, otra vez algo se movió, pudo escuchar un ruido húmedo esparciéndose, de un líquido derramándose, el bidón se le había resbalado de las manos, podían haberlo estado grabando con cámaras de visión nocturna, tenía que irse, pero no sabía dónde estaba, no le quedó otra opción que alzar el encendedor sobre su cabeza y prenderlo. Ahí, frente a su cara, otra cara, ni humana ni animal, otra cosa, y una palabra murió en sus labios y un pensamiento se evaporó de su mente. La palabra pudo haber sido cabrones, el pensamiento, que tendría que habérsele ocurrido abrir más sucursales cuando tuvo la oportunidad. Lo último que vio fue un fogonazo, un resplandor de las llamas que lo devoraron y lo calcinaron así como lo devorarán y lo calcinarán todo hasta el fin de los tiempos. Los gusanos pirománticos en el oxígeno del aire se alimentaron con sus ojos que ya no pudieron ver nunca más.

Sólo recuperaron sus huesos renegridos. Ahora su calavera ríe para sí misma en el ataúd barato que le compraron para toda la eternidad, y el polvo atómico de sus huesos reirá, cuando las estrellas se hayan borrado del firmamento. Su esposa e hijos poco lo lloraron. Con el dinero del seguro de vida ellos pudieron regresar al Tec y la esposa terminó de pagar la camioneta y pudo aprovechar los viajes cuyo pago la agencia se había negado a regresar pues no hacían devoluciones. En Las Vegas conoció a un mecánico mulato cuya herramienta nadie habría podido recetarle pero terminó curándola de su problema de ludopatía porque no visitó ni una sola vez los casinos, de hecho, tampoco salió de la habitación del hotel. En Ibiza conoció a otro, un latin lover de pelo rizado hasta los hombros y cuerpo de gimnasio que podría haber sido compañero de sus hijos. En vida, Ricardo nunca vio nada que le indicara que su esposa pudiera haber albergado tales facetas, porque lo esencial es invisible a los ojos.

Si cualquiera hubiera visitado Plaza Acadia a los pocos días del incidente habría notado el espacio pigmentado por una capa de hollín detrás de la cortina metálica. Le gente recordaba que ahí había habido algo, a lo mejor un puesto de comida, vendían tacos, nadie lo sabía bien. De seguro, se decían unos novios abrazando a sus novias, rodeándoles el cuello mientras caminaban al salir del cine con vasos de refresco en las manos y los popotes en los labios, dispuestos a cenar comida china, había quebrado, aunque han dicho que se incendió, de seguro, ya no tenían dinero para reconstruirlo, por suerte la plaza no escatima en gastos de seguridad y tienen detectores de humo en los pasillos. ¿Ya viste? Pusieron un letrero, el Dragón Negro va a expandirse, ya rentaron el otro local. Qué bien.

En la actualidad, el Dragón Negro está abriendo sucursales a una velocidad endemoniada, su comida china es la mejor de todas y dicen que sus dueños son grandes personas, emprendedores que han conseguido el éxito a base de paciencia, trabajo duro y buenas tácticas. Tienen una historia que todo el mundo se jacta de conocer y jóvenes que ya no son tan jóvenes se acuerdan de cuando llevaban a sus parejas que ahora son padres y madres de sus hijos a la que todos juran fue la primera sucursal en varios centros comerciales distintos. Grandes momentos. Ya están por arrancar en todas las plataformas de alimentos a domicilio, Uber Eats, Didi Food, Rappi, Sin Delantal, esos chinos son imparables. Si aún no lo has encontrado en el centro comercial más cercano a tu casa, espera un poco, seguro que tarde o temprano tus ojos verán un letrero desplegado en una cortina metálica cerrada de algún local cualquiera, anunciando su próxima inauguración.

Isidro Morales

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