Próxima Inauguración (1 de 2)

Plaza Acadia es un centro comercial en medio de zonas residenciales de clase media y media alta, lo que significa buen dinero para cualquiera que sepa invertir. Entre sus negocios hay un Cinépolis, un Soriana, los clásicos locales de ropa y accesorios femeninos y de estilos urbanos para skateboarding y raperos, un Innova Sports, un Steren, tiendas cuyos nombres varían y donde venden coleccionables en relación a videojuegos y cómics pero no venden ni videojuegos ni cómics, joyerías y locales de comida. Entre las comidas es posible encontrar las franquicias más famosas, Buchakas, Carl’s Jr, Burger King, KFC. Y entre las que más vendían a pesar de no pertenecer a una cadena grande estaba Tortas el Árabe, propiedad de Ricardo Helú.

Ricardo ya pasaba los cincuenta. Había sido militar hasta obtener su baja honrosa con derecho a una pensión y dedicado los últimos años de su vida a su negocio. Lo había podido abrir gracias a que hipotecó a un plazo de diez años la única casa que le heredaron sus padres sabiendo desde el principio que era una apuesta arriesgada. Cuando lo inauguró, el centro comercial no era ni la mitad de grande, y a pesar de que el administrador, el primero de siete que Ricardo alcanzó a tratar, le había asegurado que el espacio que rentaba estaría en donde se consolidaría el área de comidas, lo que terminó ocurriendo fue que las comidas se establecieron un par de años más tarde en otro extremo del complejo, y Ricardo acabó atrapado en la esquina de un pasillo que tras doblar desembocaba en una pared sin más compañía que un espacio vacante.

Vista ahora, la decisión de Ricardo cuando le ofrecieron cambiarse al área de comidas parece lógica, pero hay que considerar que en ese entonces no estaba el cine, ese abrió después.

Así que, cuando movido por una corazonada, instinto o lo que fuera que ni él mismo llegaba a comprender, optó por quedarse en ese lugar poco prometedor, en realidad estaba llevando a cabo su segunda gran apuesta. Y le funcionó. Luego de unos años de ventas que no llegaban a ser para celebrar, sostenidas gracias a un oportuno sistema de entregas a domicilio que con gran ingenio diseñó, mucho antes de que las aplicaciones hicieran prescindible contratar repartidores, mucho antes, de hecho, de que cualquiera pudiera traer un celular, por fin el cine abrió sus puertas en la pared al final del pasillo. Y el local de Ricardo, y en teoría el local de al lado, se vieron beneficiados del tránsito incesante de jóvenes que iban a ver las películas. En poco tiempo Tortas el Árabe se volvió una tradición no escrita entre los muchachos preparatorianos en edad de noviazgo y Ricardo empezó a contar las utilidades de un fin de semana en decenas de miles en lugar de sólo miles.

Por su parte, en el local de al lado que había permanecido vacío por varias temporadas, fueron abiertos toda clase de negocios. Pero Ricardo sumaba al orgullo de encargarse de su local, la creencia de haber conseguido que quebrara toda la competencia que ahí se había instalado. Salvo por una sala de recreativas que nació muerta porque ese mercado ya había sido desplazado por el de las consolas caseras, una tienda de zapatos y una de suvenires, estaba seguro de que a todos los otros negocios del ramo alimenticio los había vencido. Tal vez fuera así. Por eso esa mañana en que abrió a las ocho como siempre, a pesar de que la plaza abría al público a las diez pero así lo hacía porque ponía a dos empleados a hacer limpieza a fondo aunque ya la hubieran hecho la noche anterior, a preparar las salsas, a tallar los pisos con un cepillo, a sacar la carne del congelador, encender la parrilla, lavar mandiles y trapos, contar panes y fondos de efectivo, hacer inventarios, lo que hiciera falta para aprovechar la productividad del día, entonces vio aquel letrero en el local adjunto, sonrió para sus adentros.

El letrero, en letras amarillas sobre un fondo rojo sangre acompañado por ribetes dorados de estilo oriental, decía:

PRÓXIMA INAUGURACIÓN
COMIDA CHINA
EL DRAGÓN NEGRO

Era simple. Ricardo recordó que ya le habían puesto una comida china alguna vez, el Hong Fu o Kung Fu, no recordaba el nombre, sólo que no había tenido problemas para deshacerse de ellos. Algo de paciencia, trabajo duro, táctica y un poco de suerte, eran la clave del éxito. Así que siguió dando indicaciones, chasqueándole los dedos a sus empleados sin dejar de sonreír.

Días después, El Dragón Negro abrió. Y como Ricardo no era de los que desperdician el tiempo, se pasó por ahí en la tarde. Había pocos clientes, una pareja de jóvenes y un señor con apariencia de trabajar en algo relacionado a las computadoras. Los dependientes eran, como en la mayoría de los restaurantes de comida china en el mundo, chinos. Unas dos chicas gráciles como gacelas y sus adorables pómulos entre iluminadas sonrisas bajo ojos vivarachos que hablaban apenas español, más un joven metido en la cocina que parecía que sólo hablaba su idioma. Habían colocado una barra caliente de acero inoxidable al centro para que los clientes se sirvieran en platos planos y hondos que se veían baratos pintados con adornos orientales, dragones, bambúes y grecas descoloridas bordeando las circunferencias. Un buffet. Típico, pensó Ricardo. Había cuatro mesas a cada lado, al fondo, la caja registradora junto a los enfriadores de Coca-Cola y un gabinete para baño maría desde el que las muchachas servían las órdenes para llevar. Alguien había puesto sobre el alero de vidrio un plato pequeño cerrado, con un agujero deforme en la tapa como si se lo hubieran hecho con los dedos, en el que estaba escrito con pluma: “Graeias por su propeina”. Ricardo contuvo las ganas de carcajearse ahí mismo y depositó una moneda de cinco pesos cuando le entregaron su orden. Antes de irse le echó un vistazo a la decoración. Era como la rara imitación de una cultura ajena. Unos cuadros pintados en “pergaminos” que mostraban letras chinas y a chinos con la cara cubierta con esos sombreros que parecen cazos al revés, navegando en ríos de algún paraje agreste, con montañas dibujadas encima. A lo largo de una de las paredes había un espejo rectangular con aves, ondulaciones eólicas y caracteres orientales sobrepuestos con esmalte. Algo muy Feng Shui. Sobre el mostrador yacía un buda tallado en madera corriente y en una esquina había otra deidad como de metro y medio de altura de yeso pintado que Ricardo no pudo identificar. Era la figura de un hombre también gordo que vestía una túnica verde jade, de barba larga negra, cabello largo recogido en una cebolla y piel rojiza. Ricardo pensó que sería Confucio. Luego se imaginó que así debían de lucir los restaurantes mexicanos en el extranjero, con fotos de Pedro Infante y cactus por todas partes.

Regresó a su local por el pasillo trasero para que sus clientes no vieran que llevaba comida de la competencia. Caminó por el lateral con la pintura desprendiéndose de las paredes, luces que parpadeaban cuando no estaban fundidas, piso de cemento crudo con segmentos improvisados impregnado siempre de grasa y otros residuos, al que acompañaba un olor a yogur pasado que no había limpieza capaz de borrar. A Ricardo nunca le había importado mucho, pero sabía lo diferentes que eran las partes de un comercio que permanecen visibles al público de las que no. En cierto modo, le daba tristeza. Las personas iban a comer y a vivir sus vidas en esos lugares diseñados para incomodarlos lo menos posible, se tomaban fotos, se besaban, pasaban grandes momentos, sin sospechar nunca que detrás de esos muros que los protegían de la fealdad ocurrían cosas de verdad importantes, cosas sin las cuales la ilusión no era posible. Lo esencial, reflexionó, es invisible a los ojos.

Avanzó contando las puertas metálicas con pintura de la que prometía un siglo de duración ya descarapelada en las partes llenas de óxido. La ruta era semicircular, lo que hacía que no se pudieran ver todas desde un mismo ángulo, y las puertas eran tantas, que Ricardo aún se enredaba a pesar de que algunas tenían pequeñas placas con los nombres amarillentos de los negocios que habían durado más. A la izquierda estaban las de los locales exteriores, había trece en total, a la derecha una puerta adicional del cine, luego, cuatro puertas más a la izquierda, después dos más a la derecha pertenecientes a una bodega y un cuarto séptico con tres más a la izquierda exactamente en frente y a la derecha otra más del cine, luego la suya y al final, la de los chinos, ambas también a la derecha.

Sin embargo antes de meter la llave notó algo diferente en la entrada de los nuevos inquilinos. Habían colgado algo. Sobre la puerta, como a metro y medio del suelo, había un objeto rojo y negro que le provocó un sentimiento de incomodidad. Parecía una cara. Pensó que podían haber tenido el mismo problema que él para ubicarse pero que de tan listos debían ser tontos. La puerta de ellos era la última. También recordó que a él se le había ocurrido poner algún distintivo en la suya pero que nunca lo había hecho porque suponía que eso era como mostrar debilidad ante los empleados. Sin embargo, algo tenía ese objeto que lo atrajo. Se acercó, mirando a ambos lados sobre sus hombros. En efecto, se trataba del semblante de un dragón de ojos vacíos para que quien se lo pusiera sobre el rostro pudiera ver, con escamas rojas y facciones que se asemejaban más a las de un ser humano que a las de un animal, pelo negro de felpa en las cejas y una melena poco realista color verde, colmillos y cuernos desproporcionados completaban una expresión como la de un tigre de fiereza fingida y caótica. Una baratija de plástico, concluyó, como todas las que adornaban su local, otra porquería Made in China de las que ellos mismos venden, cuando multiplican sus negocios como conejos, arruinando a pequeños empresarios transoceánicos ahí a donde van. Pero cuando estuvo a punto de irse la puerta se abrió de golpe. Salió el chino joven de la cocina en mangas de camisa, cargando una enorme bolsa de basura en un movimiento tan brusco que Ricardo se asustó, con un reflejo espasmódico hacia la retaguardia. El chino le gritó algo en su jerga. Ricardo hizo un esfuerzo para dominarse y se le quedó viendo fijamente mientras el otro se alejaba cargando la bolsa sin dejar de gritar, haciendo aspavientos con la mano libre. Y Ricardo se quedó asintiendo en silencio, con un ligero movimiento de cabeza sin dejar de seguirlo con la vista en señal de desafío. No iba a dejar que lo intimidaran.

Cuando llegó a la parte de atrás, a su cubículo al margen de la cocina con una separación de tablarroca que hacía las veces de despacho, se sentó y puso la comida sobre el escritorio. Abrió los paquetes humeantes y probó los platillos usando un tenedor de plástico. Se había olvidado de preguntar si tenían palillos, que aunque no fueran de su agrado, pensó que representaban valiosa información del adversario. Pero no había nada fuera de lo común. Había pedido tres órdenes, dos de las eternas porciones ingentes de arroz más un par de guarniciones, lo que era de rigor, y una aparte de rollos primavera. Las guarniciones eran lo mismo que en todos los locales de comida china en todas partes, un guiso con verduras genéricas, brócoli, zanahoria, a veces jícama, cocidas con carne que podía ser de cerdo o de res y en ocasiones aparentaba ser de pollo, ahogado todo en salsa de soya y agridulce. Si eran muy originales, le agregaban rodajas de jalapeño. Nada más. Esa combinación casi idéntica conseguía tener una sazón mejor en unas partes que en otras, y para ser honesto, Ricardo notó que esta no estaba tan mal. Pero no importaba. La comida china siempre le había sabido a lo mismo: A comida china.

Así que, decidido a que su primera estrategia sería esperar, se quedó, sentado, olisqueando el rollito primavera ensartado entre los dientes del tenedor, dejando escuchar otra vez para sí su risa en silencio, imaginándose que en menos de treinta días El Dragón Negro cerraba sus puertas por falta de clientes y nunca más volvía a ver esa máscara tan horrible.

A los tres meses ya no reía. Las ventas de Tortas el Árabe habían mermado casi a la mitad y El Dragón Negro estaba cada vez más abarrotado. Ricardo se había visto en la necesidad de despedir a tres empleados sin indemnización, lo que quería decir que los que se quedaban debían suplir ese trabajo sin pago extra. Y no es que no hubiera corrido a otros sin indemnización antes, pero era la primera vez que cuando les decía que no podía pagarles porque las cosas no estaban bien no era del todo mentira. Tenía problemas de dinero. Su esposa había insistido en comprarse una camioneta del año toda equipada y en pagar por adelantado un viaje a Las Vegas y otro a Ibiza por medio de una agencia. Además, estaban las colegiaturas en el Tec de sus dos hijos. Antes sólo pagaba una pero el menor ya había terminado la prepa y tenía que afrontar el gasto. Llegó a sugerirle al mayor que se cambiara a la Uni y al menor que se olvidara de pisar una universidad privada, pero más le valdría no haberlo hecho. La fiereza de su esposa puso fin a ese mínimo plan de ahorro y sus hijos tampoco ayudaron. Que qué iban a decir sus amigos, que si eran unos pobres muertos de hambre, le cuestionaban, al borde del colapso nervioso. Ricardo pensó que trabajaba también para complacer la opinión de las amistades de sus hijos. Increíble. Pero fue la primera vez en años que la cara que se mostró a sí mismo en el espejo era la misma que le mostraba siempre a sus trabajadores, la del rechinar de dientes.

Tenía que hacer algo, se dijo, y pronto. Si aquella bajada en sus finanzas se convertía en tendencia y no llegaba siquiera a estancarse, no quería ni pensar en lo que podía ocurrir. Era hora de pasar de la táctica pasiva a una más activa. Ya lo había hecho antes. No podía fallar.

Esa tarde le llamó a su esposa diciéndole que no lo esperara porque se iba a quedar hasta la noche atendiendo el negocio. Fue hasta su escritorio y se sentó para leer el periódico durante unas horas. Salió y le dijo a su empleado de más confianza que se encargara de cerrar y pidió que no lo molestaran. Se aseguró de escuchar cómo bajaban la cortina de acero y echaban el pasador en la puerta de atrás. Se paró y caminó por la penumbra del local, percibiendo el silencio sólo quebrantado por el zumbido de los enfriadores, oliendo la fragancia a vainilla neutra y cilantro seco de un restaurante vacío y desinfectado. Ya no había nadie. Regresó hasta su despacho y marcó al servicio de despertador Telmex para pedir que llamaran a las once en punto. Se recargó en su silla y se quedó dormido.

Cinco minutos antes de las once se despertó aspirando fuerte como si le faltara el aire. Estaba inundado de sudor. Había tenido un sueño muy desagradable, soñó que se veía a sí mismo dormido sobre la silla junto al escritorio. Él estaba contemplándose como si estuviera parado a un lado, en otra parte de la habitación. Y frente a él, flotando en el aire de la semioscuridad como a metro y medio del suelo sobre el escritorio con el periódico extendido, había algo, algo que lo observaba sin descanso, una cara como la de un animal o una persona. Envuelto entre las sombras, ese algo, como si se hubiera vuelto consciente de que él estaba viéndolo desde otra perspectiva, de pronto se giró para enfrentarse a su otro yo del sueño. Era la máscara del dragón, pero esta vez no tenía los ojos huecos, no, estaban llenos de un resplandor que Ricardo no se podía explicar, era como una luz abismal y enfermiza que tuviera muchísimo tiempo encendida. Era un fuego tétrico, eterno, brillando como el magma, que le hizo rememorar algunas imágenes de la superficie del sol que vio en la tele alguna vez, pero como si, de alguna manera, y pensó en dios en ese momento, aquella lumbre estuviera viva, y fuera capaz de penetrar en su mente haciéndole sentir que podía hervir sus pensamientos hasta consumirlos.

Cuando despertó se sintió confundido, sentía un dolor punzante y palpitante en su cabeza y los globos oculares como si le fueran a estallar. El repentino timbre del teléfono sonó y se sobresaltó, descolgó la bocina y le dio las gracias con voz afónica a la persona anónima del otro lado. Tenía que calmarse, tal vez tomarse un Dolac, algo fuerte que le sosegara los nervios. Fue hasta el botiquín de emergencias junto a la caja registradora metiendo las manos por delante para no tropezar y se maldijo a sí mismo por no haber reemplazado los medicamentos cuando fue necesario. No importaba. Una coca sería suficiente. Extrajo una lata del enfriador y se la tomó con calma. Tenía que seguir adelante.

(Continuará)

Isidro Morales

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