Moscas en la casa

Ha pasado una semana desde que Dévanny me respondió el teléfono. Tampoco me ha contestado los mensajes de whatsapp, pero la doble paloma azúl marca que sí los leyó. Ya no soporto las moscas que salen del cuarto de visitas. Hace unos días, cerré la puerta de esa habitación porque me percaté que salían de la maleta que ella trajo. No me he atrevido a abrirla desde entonces, se lo prometí antes de irse, «¿me estaría poniendo a prueba?», el olor que desprendía la habitación era hediondo y no van a pasar muchos días para que algún vecino llegue a percibirlo. Tengo miedo de descubrir lo que está allí dentro.

Todo comenzó el día que platicamos de los secretos más íntimos que teníamos durante una madrugada en mi recámara y ella me reveló algo que, en su momento, no supe cómo manejar. Dévanny tiene la particularidad de manipular las cosas, a veces me dice algo y luego lo cambia, pero, Dios, eso pasa a segundas después de nuestros encuentros salvajes. No sé qué hace conmigo, pero le perdono eso y más. Es cierto que no soy ningún santo, pero siempre me deja con una extraña sensación que me hace dudarlo, «¿será cómo habla burlona o algo profundo en su mirada que confirma sus secretos?».

Es claro que tengo límites también, peco de ser humano, esa noche tuvo las agallas de contarme una serie de abusos que sufrió y después, me dió otra noticia que tampoco veía venir y  mucho menos podía creer. El amor puede ser algo extraño, te hace dudar «y hasta creer» lo que pensarías que es improbable y hace de lo más ridículo algo incuestionable. Allí se desencadenó una discusión sobre confianza y apoyo encima de una explosión de sentimientos de odio y repugnancia de los cuales me arrepiento. Una receta para el desastre culminada en su fuga, seguida de mis gritos que la echaban de la casa y le dejaban en claro que no era bienvenida.

Allí empezaron los tres días más largos de mi vida, llenos de angustia, aislamiento, y sobre todo, de ganas de creerle, producto del gran sentimiento que me mantenía atado a ella. Desde la mañana del primer día, atormenté a Dévanny con muchos mensajes de texto, temo que mi falta de apoyo y recriminación de lo sucedido se haya visto reflejado en una decisión que tomó aquella noche, motivo aceptable de enojo, pero sólo de eso «¿podría ser cierto? Ama de mis noches, pero sólo de éstas». La busqué en su casa por la tarde y parecía desierta. Me preocupé, «también me molesté», debido a que no me respondió los mensajes en absoluto, teníamos el acuerdo de no vernos antes de las diez, a pesar de la justificada razón que me llevó a su residencia.

Su padre, quién no tenía ganas de verme ni en pintura, con frecuencia estaba sentado en el porche con sus gafas de sol y mudo. No se parecían. Ella tenía el cabello largo, negro y resaltaba con su tez pálida y ojos grises, siempre haciendo chistes con voz elevada que a veces me apenaba que nos escuchara la gente. Nunca me habló de su madre y tampoco me había atrevido a preguntarle. Esa tarde, el lugar estaba vacío, nadie se asomó por la ventana que daba hacia el frente de la casa como solía hacerlo. Las cortinas estaban cerradas. «¿Por qué nunca me había invitado a entrar?». Había un aura de abandono, a pesar de que hace unos días habíamos celebrado el cumpleaños de Dévanny allí afuera. Fui el único en comer el pastel que le llevé. Pensé que mi preocupación era la culpable de dar esa atmósfera al lugar, así que regresé a mi casa, envié un tanto más de mensajes, con la diferencia de que éstos pasaron de ser negativos a tornarse neutrales, acompañados de un tono melancólico, como buscando un perdón donde consideraba no se requería. Llegué a dudar de mí mismo, como si fueran los efectos de una droga que exigía verla. La rutina se había vuelto una necesidad y el sexo también. No estaba seguro de que la buscaba a ella, sino tal vez a la experiencia.

Por otro lado, recordaba las palabras que nos echamos el uno al otro la última vez que nos vimos, por más terribles que hayan sido, era inconcebible que Dévanny considerara la posibilidad llevar a cabo tal acto, tampoco me he atrevido a confirmarlo. «¿Será porque quiero darle el beneficio de la duda o porque presiento que al momento de conocer la verdad se agotarán aquellas posibilidades de una vida con ella? ¿Qué rol tengo yo en todo esto?». Lo que es un hecho, es que tengo el tiempo en contra y debo decidir pronto, recordar lo que pasó, cómo pasó, cuándo pasó, qué me dijo, «¿qué me dijo?».

El segundo día de su ausencia, noté que Dévanny leyó mis mensajes y su última conexión había sido cerca de la media noche. No se dignó a responderme, podría andar de fiesta desinteresada en lo nuestro. Me dio coraje la poca empatía que tuvo, yo pidiendo perdón y recordándole que la amo, que la apoyaré si eso es lo que requiere de mí. «¿Podría ser esto motivo de complicidad?». Me dispuse a no caer en su juego, y pensé en ya no responderle. Si eso es lo que deseaba, entonces eso es lo que obtendría. No pareció cambiar mucho las cosas de su lado, pero yo seguía verificando cada par de horas el teléfono, para ver si ella había tenido alguna actividad o si había decidido responderme. Esto sólo generó más ansiedad en mí, al ver su estado “último visto” a las tres de la mañana. Las palomas azules y su capacidad de ignorarme me abrumaban como un anuncio espectacular que aseguraba que no era alguien especial en su vida, «¿Tan rápido puede desaparecer el último mes?».

Esa noche no pude dormir bien. Tengo ya varios años viviendo solo y nunca sentí miedo de la oscuridad, mucho menos de la soledad. Considero ser un buen hombre, dedicado, monógamo, no pido mucho a cambio, sólo sinceridad. Dévanny había creado en mí algo que no podía explicar y al no estar a mi lado, me sentía incómodo conmigo mismo. «¿Me convertí en un monstruo sólo por diferir en opiniones?». Estoy seguro que mi postura tiene mérito y al mismo tiempo, me siento tan culpable de tener como recompensa su silencio. A veces he pensado que me tiene embrujado, por otro lado, me siento yo el benefactor de la transacción.

La mañana siguiente, empecé a sentir náuseas por la situación y el estómago empezó a soltarse, manteniéndome horas en el baño. No tenía ganas de salir ni tampoco de hablar con mis padres, a quienes con regularidad veía los domingos. El calor en la recámara era terrible, podría cocerse un huevo al vapor de no encontrarse en el refrigerador y el sudor se volvía el espectador de primera fila, cada vez más evidente conforme se llegaba el medio día. Me quedé acostado en la cama perdiendo noción de las horas, hirviendo en esa olla que llamaba cuarto, quizá lo hice a modo de castigo, merecido o no. No tenía ganas de llorar, no estaba triste, sólo no tenía ganas de existir, de ser, «¿masturbarme pensando en ella me ayudaría o empeoraría las cosas?».

De pronto, escuché el celular vibrar junto a mi almohada. Un pequeño destello de esperanza empezó a formarse en mi pecho, seguido por unas ñáñaras, exhibiendo la emoción que sentía tan sólo al pensar que podía haberme respondido, para después explicar que algo había sucedido… mismo destello que aplasté a consciencia con velocidad para evitar decepcionarme después, cuando leyera que era una notificación absurda «como las tantas otras que recibí antes» que me recordaban que no importo, que nadie más me busca, ni me buscará. El impulso de confirmar el actor de aquella notificación me obligó a ver a la pantalla del celular. «¿Quién iba a pensar que su visita sembraría ilusiones perversas que cosecharía después?».

“Ábreme, estoy afuera”, decía el mensaje en la conversación con Dévanny. En ese momento, noté que ya eran las diez, me levanté de la cama emocionado, me vi al espejo y vi el espanto que se había posado en mi rostro. Le escribí que le abriría en cinco minutos, tiempo suficiente para lavarme los dientes, ponerme un cambio de ropa que escondiera mi humor, echarme agua en la cara y peinarme. No la tenía hinchada «pero podría estarlo en segundos, me albureé yo solo», sabía que no me veía del todo bien, los ayunos y las escasas comidas me hacían ver pálido y débil.

Cuando abrí la puerta, la vi parada al marco, «no pasó desapercibido el cotidiano escote y las medias negras que se escondían bajo su mini falda rosa, ufff», causando una punzada reactiva en mi entrepierna. La salude con cordialidad para no evidenciar mi vasta alegría. Al tenerla cerca noté el olor de su cabello a rosas, aunque éste estaba un poco despeinado. «¿También la había pasado mal?». Traía una maleta grande con ella, no habíamos platicado antes sobre una mudanza pero estaba contento de tenerla de vuelta, me hizo sentir feliz ser un refugio. No podría decir lo mismo de ella, su rostro arrastraba una seriedad, y era razonable, nuestra última conversación había sido un desastre. La invité a pasar, «¿qué no tenía ella llaves?», le pregunté si podía abrazarla, me dijo que sí. Después le ofrecí algo de comer, no tenía nada preparado, ni tampoco soy un ávido cocinero, pero se negó a cualquier opción propuesta.

Dévanny se resistió a verme a la cara, mucho menos me atreví a besarla, traté de entender la vergüenza que sentía de lo que me había revelado. Le di su espacio y me ofrecí a llevar la maleta «vaya que estaba pesada» al cuarto de visitas, un cuarto vacío, pues nunca me di la tarea de arreglarlo ni amueblarlo, al menos tendría espacio para desempacar a sus anchas. Aceptó asintiendo con la cabeza y me dijo mientras veía al suelo que tenía que pensar algunas cosas. “Esto es nuevo para mí, no sé qué hacer aún”, me dijo ensimismada, mientras sus ojos veían a la nada. Se fue después de hacer énfasis en la promesa de volver y hacerme jurar no tocar sus cosas. Le aseguré que estaría al pendiente del teléfono, si necesitaba de mi ayuda, podía enviarme un mensaje.

Mi destino llegó a una encrucijada una semana después. Sí, esta mañana. Por más masoquista que sea, las moscas han infestado la casa, vuelan por la cocina, por la sala, están dentro de mi recámara, sin prejuicio y sin discriminar ventanas o superficies. El desagradable aleteo se ha vuelto un zumbido imposible de ignorar y ya no puedo esperar un día más el regreso de Dévanny, o al menos, evitar actuar sin tener contacto o instrucción. No ha estado activa en su celular desde aquella noche que partió. Las dos palomas siguen grises en nuestra conversación, junto a mensajes donde le he cuestionado múltiples veces sobre el “paquete” que me dejó y que pudiera implicarme en algún problema mayor. Así fue que me decidí a abrir la puerta. Tomé una camisa para taparme la cara y así reducir la peste que provenía de aquel cuarto inmundo y tenuemente abrazaba el resto de las habitaciones.

Al abrir la puerta, miles de moscas volaban en el cuarto, unas tallándose las patas, otras caminando por las paredes y otras cientas en plena reproducción. Plastas y nubes negras cubrían techo y suelo, era repugnante ver los millones de huevecillos blancuzcos regados como polvo por todos lados, viscosas larvas meneándose en enormes grupos sin rumbo aparente regocijándose de los cadáveres de las generaciones previas, miles de pupas rojas transformandose en el insecto hexópodo y tronando como vidrios aplastados cuando me atreví a dar un paso adelante al entreabrir la puerta con dificultad. Los nidos grises regados como tapiz eran bolsas pequeñas de textura apanalada, todos irregulares formados por polvo y el ruido, oh, Dios, el ruido era  abrumador, resonaba en las paredes y en especial, era incesante el movimiento que provenía de la maleta negra semiabierta y rodeada de las nefastas moscas que caminaban en todas direcciones. «Pinche ruca, eso si no se lo voy a perdonar nunca, ¿qué chingados…?» fue lo primero que pensé al apuntar mis ojos hacia la fuente: la puta maleta. Era insoportable estar un segundo más en el diabólico cuarto. Tuve un momento fantasioso de  sostener un lanzallamas y quemarlas a todas, hasta la pinche valija y sus contenidos que ya me valían verga.

Terminé comprando inciensos venenosos que regué por toda la casa y varias latas de insecticida. A la lista añadí el necesario traje de pintor para que no me tocaran las inmundas  patas que se pegan a la piel, una máscara antigases, unas botas de hule, cinta gris y varios encendedores, para quemar a las malditas, a todas, de una vez por todas. Cuando regresé, el hedor ya empezaba a percibirse desde el jardín de la casa, por eso lo primero que hice fue sellar puertas y ventanas con la cinta, dejar que el humo de los inciensos hiciera su labor de atontarlas o matarlas por completo para luego rematar con el insecticida donde fuese necesario.

Ya empezaba a hacerse noche otra vez y sabía que la batalla final la tendría en el cuarto de visitas. No me atreví a abrir la puerta de ese cuarto antes porque no quería que el desmadre se esparciera al resto de la casa, «Pinche vieja, me caga, ¿por qué chingados estoy haciendo esto?», seguía repitiéndome cada vez que pensaba en las miles de moscas que infestaban el espacio y me estremecía al pensar en entrar ahí. Tal y como dicen: no hay hora que no llegue, ni plazo que no se cumpla. A eso de las ocho de la noche, entré a la casa para hacer recuento de los daños. Las moscas patas arriba tiradas por todos lados, parecían ríos negros y por fin, la gravedad las había encadenado. El coraje no evitaba asomarse al ver tanta basura, «pinche desmadre», pensaba mientras observaba con admiración la mesa, los sillones, y la alfombra, todos repletos de cadáveres.

Procedí al único lugar que había dejado en desidia, el jefe final, «¿o sería excusa para ganar valor?». El plan era abrir la puerta y con el insecticida chingarle en su madre a todo lo que se mueva usando el encendedor como catalizador de mi previa fantasía. Mis gritos desprendían dopamina, mientras mi ojos llenos de locura delataban la excitación de encender el soplete casero. El cuarto estaba a media oscuridad debido al mugrero que cubría casi por completo las ventanas que apenas permitían la entrada de los débiles rayos solares. Cada paso trituraba pupas, masacraba larvas y el fuego quemaba incesante a las aladas, generando al contacto colores verdes y blancos. Fue un espectáculo que ningún astronauta jamás ha divisado. La carne quemada dejó un olor que la máscara antigas no pudo contener. Al fin, volteé hacia la maleta que yacía en el centro de la habitación, justo donde la había dejado.

El sol estaba a segundos de esconderse, la oscuridad empezaba a engañar a mis ojos, que delineaban con seguridad la posición de la valija que ya había perdido su forma rectangular y sus lados rectos se habían vuelto curvos por la humedad. Abrí puertas y ventanas, apunté y quemé a la maldita hasta que se volvió cenizas, con todos sus demonios, sin atreverme a ver sus contenidos. Tiré la lata al suelo, respiré profundo en medio del silencio y la negrura. Sentí un aire ligero, un aire de libertad. De pronto, unos brazos me sujetaron por la espalda, una mano se dirigió a mi entrepierna y la otra me presionó el pecho. Dévanny me susurró al oído: “Bebé, pasaste la prueba”. «Chingado».

Caro Arriaga

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