El vigilante

El olor a tabaco me levantó a mitad de la madrugada, desperté súbitamente, hacían seis largos meses en los que no lo percibía. Como pude me incorporé y tomé la libreta que tengo dentro de mi buró, mientras intentaba reaccionar escuché el sonido de las canicas, cerré los ojos y anoté las letras transmitidas en clave Morse que pocos segundos después se emitieron. Cuando terminé de anotar el “dictado” vi el reloj, eran las 03:15 a.m., ni siquiera leí lo que apunté, resoplé: “¿era estrictamente necesario a esta hora, en serio?”. Me acosté y volví a dormir.

A las horas, escuché la alarma programada, hice mi rutina diaria. Antes de salir tomé la nota y la leí finalmente, el “evento” era en dos días con todos los datos especificando cada detalle.

Durante el camino a la oficina vino a mi mente el recuerdo de mi abuelo, fueron ya veintidós años de su partida, incluso sin cerrar los ojos aún lo veía arrancando mi cinturón de seguridad en aquella barcaza yéndose a pique, tristemente no pudo hacer lo mismo por un infarto; mientras salía flotando hacia la superficie vi como con una triste sonrisa se despedía de mí. Era un viaje programado por él, quería hablar de mi conducta, siempre me decía: “haz que cada día valga la pena”. Ahora con treinta y siete años de edad he hecho lo posible porque así sea, aunque nunca pensé que fuera tan literal.

Una vez instalado en el consultorio revisé la agenda y en la fecha del “evento” le pedí a mi asistente que reprogramara las citas que pudiera para otros días por una urgencia. Como una exaltación a mi ego, me recordó también de la invitación como ponente al Congreso de neurocirugía para el otoño, aunque todavía no estaba del todo seguro, era mi primera vez como conferencista.
Comencé a recibir pacientes a lo largo del día, estuvo algo saturado pero finalmente concluí, mi novia me mandó mensaje al celular durante la tarde para confirmar la cena en casa de sus papás.
Terminé el día y me preparé para el entrenamiento, regresé a casa por las armas y me instalé en el campo de tiro. A pesar de que siempre he tratado de analizar los hechos y mentalizarme para lo que venía, la conclusión era la misma, ya sabía dónde apuntar. El tiempo o la experiencia me habían hecho frío, ¿o tal vez cínico? Las ocasiones en que decidí pierna u hombro, terminaban levantándose y tirando a matar los cabrones… creo que más bien el término es práctico, “sólo asesinos”, supongo que eso facilita las cosas, supongo.

Asistí al compromiso con Ángela, mi novia, me despedí de los presentes, estuve un poco ausente durante la velada porque tiendo a ponerme ansioso cuando hay algún evento en puerta a pesar de llevar ventaja. Llegado a casa descargué toda la información que recibí en referencia para estar preparado, analicé todos los detalles que pude y repasé la secuencia a ejecutar hasta el cansancio. Decidí no estar despierto tan tarde, el siguiente día había puntos por repasar todavía.

Al iniciar la mañana, antes de llegar a la oficina, pasé por el lugar donde ocurrirían los hechos, tomé un par de fotos, observé los puntos ciegos y analicé la información ya propiamente en sitio, es curioso leerlo así, como tratar de aprenderse un guión: “derecha, derecha, izquierda…mil tres… mil dos… mil uno… arriba centro… mil dos, mil uno… abajo izquierda”. Eso era el último detalle a entrenar siempre, los movimientos de la secuencia, saber lo que va ocurrir implica llevar ventaja pero no significa que sea una victoria segura, la cicatriz por herida de bala en la pierna siempre me lo recordaba….

Después de una jornada tranquila en la oficina, entrené lo más arduo que pude en el gimnasio, hacía rato que no me llevaba así al límite pero me ayudaba con la ansiedad y me hizo sentir listo para la ocasión…. Me dormí temprano esa última noche, completamente cansado por el ejercicio. La alarma sonó, pasé un rato luchando contra el sueño, apenas eran las 6:30 a.m. Me alisté como de costumbre, revisé dos veces todo lo que portaba (bendita obsesivo-compulsividad), salí hacia la bodega para cambiar el vehículo y me dispuse hacia el objetivo. Siempre me ha dado un aire de superhéroe conducir un auto blindado que utilizo para estos casos.

Justo eran las 10:00 a.m. cuando llegué al sitio, dejé el coche en un punto ciego que ya había ubicado, mi corazón latía a mil por hora… literalmente… veinte minutos después vi cómo llegaba la vagoneta al punto, la entrada principal de un centro comercial en el corazón de la ciudad, seis personas armadas hasta los dientes y enmascarados a punto de bajarse. Pisé a fondo el acelerador golpeando de lleno en la parte trasera de la camioneta, el chofer quedó impactado contra el parabrisas, “uno menos”, pensé, me bajé a toda prisa desenfundando la pistola que portaba, tres de los asaltantes estaban tirados afuera del vehículo sobre la banqueta de la entrada, uno quedó sujeto en el asiento del copiloto y el último no alcanzó a salir, quedando tirado dentro. Exhalé, y apuntando con el arma, me acerqué a los tres que estaban en la banqueta, me observaron aún en shock y desconcertados, “derecha” sonó el primer ¡blam!, tiro justo en la cabeza, “derecha” ¡blam!, segundo tiro en una de las mejillas, “izquierda” justo cuando el tercero comenzaba apuntarme sonó el tercer ¡blam!…no me apuntaba más. En seguida me tiré al piso y rodé, dispararon hacia mí, “mil tres… mil dos… mil uno….”, salí apuntando, “arriba centro”, tiro en la frente al copiloto que empezaba a salir de la vagoneta, “mil dos, mil uno….”, sentí un impacto de bala en la espalda, ¡chingado!, el conteo debió ser más corto, no es que no hubiera sentido eso antes, o que no tuviera antibalas pero siempre dolía igual el pinche tiro. Me lanzó hacia enfrente y casi me voy completo contra la banqueta, tuve que improvisar girando, ya sabía el punto a donde tirar, “abajo izquierda”, ojo derecho, ¡¡adiós!! Apenas caí me levanté apuntando todavía y observando a mi alrededor, los transeúntes seguían agachados, afortunadamente los lentes para la nieve y el cubrebocas prácticamente no daban ni tantita idea de quién era. Me asomé a la camioneta con el arma por delante, confirmando la presencia de un maletín lleno de explosivos, en efecto, un atentado terrorista con la fachada de toma de rehenes, es en esos momentos donde el remordimiento se va, cuando veo que no estoy loco y sigo haciendo un bien a mi manera. Vi el reloj, apenas tenía un par de minutos antes que se arremolinara la gente, tomé el maletín (que no alcanzó a ser activado) y con una sonrisa que no se notaba salí corriendo hacia el coche, activé la alarma para encenderlo de forma remota y me largué a toda velocidad de ahí. Ya estaba bastante lejos cuando escuché de forma tenue las sirenas de policía en camino al lugar.

Todavía tardé un rato en llegar a la bodega, di un par de vueltas por la adrenalina (y un poco de paranoia) cuando decidí finalmente ingresar. Guardé el vehículo, el traje, las armas, las municiones, el chaleco y las protecciones. Me bañé (un ritual que tengo). Me senté un momento y anoté en la bitácora los hechos contra el dictado, salvo el conteo largo todo salió excelente, casi nunca hay desviaciones en realidad, el precio de improvisar podría ser muy caro.

“Espero haya sido agradable a tus ojos, abue”, dije en voz alta mientras sonreía. La noche que murió estando dormido, comencé a oler el habano que siempre fumaba, en seguida escuché claramente el sonido de las canicas que me prestaba para jugar con ellas, las conservaba desde que él era niño. Apenas podía creer lo que pasaba cuando sonó en la pared un saludo en clave Morse (que me había enseñado el último verano que pasamos juntos). Durante mucho tiempo, sólo platicaba con él por un rato. Hasta que fui adulto me propuso una forma de hacer el bien de forma permanente (así lo llamó), me dijo que el sabía de ciertos eventos que iban a ocurrir y que yo podía evitar. Suena muy radical y exagerado pero al final pactamos que sólo participaría en situaciones donde hubiera asesinatos, me daría coordenadas, fecha, hora y secuencia de movimientos para lograrlo sin resultar lastimado.

Siempre he creído en lo que me dice, por eso no dudo al disparar. Pude haber sonado cínico o sádico cuando mencioné el conteo de los disparos, pero en realidad lo merecían…. El punto es que trato de hacer que valga cada día de mi existencia con esto.

Miguel Borjas

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