La Cueva

Tras dos semanas de exploración el equipo de espeleólogos comandado por el Doctor Lou Castro, no había podido encontrar el final de la cueva.

La Universidad de Lang había patrocinado esta expedición pues Castro aseguraba que dentro de la cueva encontrarían especímenes de organismos dignos de estudiarse, sin embargo, fuera de algunos isópodos que recolectaron de las pozas de agua y una salamandra ciega, no habían descubierto algo que fuera de verdadero valor zoológico.

Los miembros del equipo estaban cansados y la falta de luz natural comenzaba a hacer estragos en sus mentes. Abe Mars, el más veterano después de Castro, se acercó a su jefe para dialogar, ambos llevaban años explorando juntos cuevas y grutas por todo el globo y en más de una ocasión habían estado en peligro de muerte debido a su osadía, pero Mars por fin había sentado cabeza. Casado y reciente padre primerizo pensaba que su vida de riesgos debería llegar a su fin.
—Oye, Lo, creo que es momento de volver al sol, los chicos están cansados y estamos bajos en provisiones, además nos tomará al menos cinco días volver a la boca.
El doctor levantó la vista, en la oscuridad era poco lo que se distinguía con las lámparas, pero el segundo al mando notó un gesto de molestia en Castro.
—Abe, hemos llegado más lejos que cualquier otro equipo, los franceses avanzaron siete kilómetros, nosotros estamos a sesenta y ocho, además la profundidad ronda los nueve. Esto dejará en ridículo a Rusia. ¿Crees que debemos darnos por vencidos cuando estamos tan cerca del final?
—¿De qué final hablas? Habíamos acordado un tiempo máximo de diez días, si prolongamos esto, acabarán mandando un grupo de rescate y sabes que la ruta es la más difícil a la que nos hemos enfrentado, no podemos arriesgar a más miembros de la universidad.

Además de ellos dos, el equipo contaba con cuatro estudiantes que, si bien eruditos en distintas disciplinas, en la práctica de exploración eran novatos. Y sus mentes comenzaban a mostrar los síntomas del aislamiento prolongado. Izzy, el más joven llevaba dos días tosiendo y con brotes de fiebre, por lo cual Gabe, el médico del grupo, sospechaba que podría haber contraído histoplasmosis. Así que en contra de los deseos del voluntarioso estudiante, había sido relegado a las labores más ligeras. Lo cual lo había molestado en exceso, pues fue él, quien con su conocimiento geológico y poniendo a prueba un nuevo y sofisticado aparato de medición, les había dado la noticia que los colocaba como los pioneros más importantes en la exploración de los últimos siglos.

—Doctor, esta parte de la cueva no se formó en la tierra —le había dicho a Castro—, si este cacharro funciona, y sé muy bien que así es, esta grieta vino del espacio, debe tener más de siete billones de años.

Después de la excitación general y un pequeño brindis con bebidas energéticas, Castro había dado la orden de explorarla. Pero eso había sido cuatro días atrás, y la supuesta grieta espacial seguía expandiéndose en sus profundidades, cuyas superficies, estaban formadas por alguna mezcla de minerales tan dura, que habían hecho cualquier intento de recolección de muestras infructuoso.
—Es como si toda la cueva fuera un solo trozo de diamante con pasajes —comentó Carol, la única mujer del grupo y quien ostentaba en su currículum académico un postgrado en cristalografía.
Ella era la que se había mostrado más entusiasmada, pues les había comentado a los otros miembros del equipo que en toda su carrera, jamás había escuchado que los minerales tuvieran las propiedades que manifestaban en esta cueva, incluso fue quien se dio cuenta de que al apagar las linternas, tenues halos de luz se deslizaban por las paredes como si de la aurora boreal se tratara.

Así que lo que había comenzado como una exploración de práctica en busca de algunos especímenes, pronto se había convertido en el descubrimiento más importante en la historia de la espeleología, o al menos así lo consideraba el doctor Castro quien, al escuchar las quejas de Mars, decidió poner a votación la decisión de continuar explorando la cueva. Cuando preguntó que quién opinaba que debían continuar un par de días adentrándose en los pasillos del “meteorito” (como habían comenzado a llamar esa parte de las grutas). Sólo dos estuvieron en desacuerdo; Abe Mars y Joe Tesla.

Joe era un cartógrafo con mucha experiencia y había ayudado a Castro y Mars a mapear algunas cuevas complicadas. Sus mapas de Ox Bel Ha lo habían convertido en una especie de estrella en el poco popular mundo de la cartografía, y le habían dejado un padecimiento respiratorio permanente.
Joe, les comentaba que no estaba seguro de los planos que sus aparatos estaban registrando, pues en sus propias palabras, “parecía como si la cueva se moviera un poco”. Aunque también lo atribuía a que la profundidad del subsuelo quizás estaban alterando las mediciones, o incluso a su propio cansancio, pues los ritmos circadianos en la cueva habían alterado tanto sus patrones de sueño que sus días prácticamente duraban más de cincuenta horas con periodos de descanso de sólo seis.

Después de negociar un poco, y con la recomendación de Gabe de no prolongar la exploración en más de ochenta horas, decidieron descansar por un periodo corto y continuar bajando por la gruta “al amanecer”, como bromeó Izzy. Después se apagaron las antorchas.

El fulgor en las superficies, mezclado con una especie de zumbido, despertó a Mars, quien se enderezó sorprendido por la vasta iluminación en movimiento. Sacudió a Castro quien tardó un poco en colocarse los anteojos, pero cuando lo hizo, su mandíbula se abrió con incredulidad. Se pusieron de pie mareados por los movimientos de luz que venían de la bóveda y las paredes.
—Es como si viniera desde adentro —comentó Abe.
Con el alboroto, Izzy, Gabe y Joe, despertaron también.
—¿Dónde está Carol? —preguntó Mars oteando el entorno.
Cuando Gabe señaló incrédulo hacia una saliente a unos tres metros de altura de donde asomaba un agujero circular, del cual brotaba una luz más fuerte
—Eso no estaba ahí —declaró Joe mientras trataba de encender su tableta. Al notar que se había quedado sin batería la colocó lentamente en su bolso y comenzó a hojear en su libreta. La humedad había arruinado todas sus notas.

Comenzaron a llamar a gritos a Carol y pocos instantes después ella salió del agujero luminoso. Parecía estar en trance, viendo hacia la nada.
—¿Cómo has subido ahí? —preguntó Castro.
—Es tan hermoso, deben venir —dijo la mujer regresando hacia el interior de la grieta.

Rápidamente tomaron cuerdas y se propusieron escalar la saliente. Izzy era el mejor escalador del grupo así que dejó que él se encargaría de subir y tender la línea. Cuando estaba a mitad de la altura lo asaltó un severo ataque de tos. Estaba tan afectado por los espasmos que soltó las grietas de donde se asía y cayó al suelo con estrépito. Gabe se dirigió a auxiliarlo pero los estertores pronto enmudecieron cuando la respiración de Izzy se detuvo de súbito.
Distraídos con el cadáver no notaron los hilos luminosos que brotaban del agujero extendiéndose hacia todas las áreas de la circunferencia.
El orificio por donde Carol había entrado ahora se contraía como un esfínter rocoso dejando escapar desde su interior los cabos delgados y brillantes de pálida luz que cubrían paredes, cúpulas y suelos de la grieta.
Cuando se dieron cuenta, estaban rodeados por una telaraña de anélidos tan delgados como espaguetis, pero sin fin aparente. Gabe dio un pisotón con su bota minera a un cúmulo de estas formas reptantes pero la suela de su calzado se quedó tan pegada a las vellosidades que no pudo levantar su pierna. Al perder el equilibrio apoyó su mano derecha en la pared para no caer sólo para darse cuenta un instante después de que se había apoyado en una telaraña de líneas luminosas y que su palma estaba pegada por algún potente adhesivo a ellas. Con todas sus fuerzas trató en vano de despegar su extremidad de las serpenteantes criaturas, que ahora brillaban con una incandescencia cegadora pero aunque logró arrancarse una gran parte de piel de la palma de su mano, no fue suficiente para desprenderse de la masa informe que ahora, para horror propio y de sus compañeros, estaba comenzando a envolverlo. Las criaturas reptantes liaron en instantes el cadáver de Izzy y siguieron avanzando hacia los exploradores, quienes ahora también estaban anclados al suelo.

Joe miró hacia el esfínter por donde ahora millones de líneas vermiformes brotaban en caudal. Notó que lo que parecía el cuerpo de Carol surgía junto con ellos en un ballet lánguido. Pero aunque intentó levantar su dedo para señalar la escena a sus compañeros, se sintió de pronto inmovilizado. Ni siquiera pudo abrir la boca cuando miró hacía Castro quien disputaba su propia lucha con los nematodos luminosos. Por un instante ambos se miraron a los ojos pero no pudieron articular palabra pues estaban apresados. Sin equipo alguno, Abe corrió por las entrañas de la cueva, alejándose de la luz. Se adentró presa del terror en las tinieblas, pues su sentido de supervivencia le indicaba que en esas profundidades la luz significaba la muerte. Al sentir el corte de las estalagmitas y darse cuenta de que la roca que sus lastimadas manos palpaban era porosa y húmeda se dejó caer al suelo llorando de felicidad.

Abraham Mars fue rescatado cinco días después por un equipo de búsqueda de la universidad, apoyado por el condado. Luego de ser atendido en un hospital fue diagnosticado con un severo cuadro psicótico, debido al “Síndrome de la Cueva”. Internado en un sanatorio psiquiátrico tuvo que ser restringido en una camilla, pues no paraba de rascarse la piel de los brazos y las piernas mientras juraba estar cubierto por gusanos.

Los esfuerzos por localizar al resto del equipo fueron infructuosos pero lo que la comunidad de espeleólogos más cuestionaba, era el hecho de que uno de los más experimentados exploradores, como lo era el Doctor Castro, se hubiera perdido sin dejar rastro en una cueva de apenas siete kilómetros de largo.

Santiago Pérez

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