El otro lado del mar

Una gota más de sudor desciende por la espalda de Lucía y se une a las que se acumulan desde hace ya mucho rato en la espalda de su blusa pero sin llegar a refrescarla un poquito siquiera. Hace tiempo ha dejado de voltear a los rostros de los que pasan a su lado, hastiada ya de la espera y del calor insufrible que la agobia. Juan no llega. Van a dar las cuatro de la tarde y ya es poco probable que vaya a llegar, pero no puede hacer otra cosa más que seguir esperando.
A su lado, Alejandro, su hijo, hace rato que se ha dejado caer en la banqueta. Aunque cansado también, aún conserva la esperanza. Su cabecita sigue volteada con rumbo a Juárez y Aramberri por donde sabe que su papá debería de aparecer. Pero a veces no puede evitar que los ojos se le vayan para otro lado, como cuando pasan otros niños a lado de sus propios padres con una gelatina o algún jugo fresco en las manos. Voltea hacía las suyas y sólo ve la mugre acumulada en ellas. Por eso no quiere agarrarse de su mamá, para no mancharla con su suciedad.
Lucía voltea la cabeza para verlo. Ve cómo el niño observa sus manitas vacías, las abre lo más que puede y luego las cierra formando un puño, como si quisiera asir algo inabarcable, algo que no puede ser. Luego ve cómo el niño se lleva las manos a las perneras del pantaloncillo, frotándoselas compulsivamente, como si quisiera borrar algo, sin saber qué.  Y más coraje le da el tener que estar ahí, cargando con él y teniendo que esperar sin remedio, sin atreverse a reunir el valor suficiente para estirar su propia mano y pedir a los transeúntes los pesos que le faltan para completar el pasaje de regreso. Y no tener que regresarse caminando a casa de nuevo.

No es la primera vez que le ha pasado que Juan la deja esperando. Desde que acordaron en verse ahí en el centro cada sábado para ir juntos al Mesón Estrella a comprar el mandadito de la semana, han sido varias las ocasiones en que él no se ha aparecido. Y ella ha tenido que regresar sola a casa, cargando con el niño, las bolsas de la compra vacías y, sobre todo, cargando con la expectativa de si esta vez no será la definitiva: que a Juan le haya pasado algo en el trabajo y que ya no vaya a regresar jamás. Pero Juan siempre acaba regresando. Alguna vez ha tardado dos días en hacerlo y algunas veces ha llegado más borracho que otras, pero siempre lo ha hecho. Con el paso del tiempo la única esperanza que aún conserva Lucía es de que un día Juan se vaya al trabajo llevando al niño consigo, y de que al fin suceda que ya no regrese, ninguno de los dos. Sabe que sigue siendo joven y se sigue viendo bien. Tantas cosas que podría hacer si fuera libre de nuevo. Si tan sólo fuera capaz de regresar en el tiempo.

La tarde sigue avanzando y Lucía se pregunta si no sería buena idea tratar de llamar a Juan de nuevo. Hasta ahora no le ha contestado en ninguno de los intentos previos. Decide mejor no desperdiciar el saldo que le queda en el celular. Ahora mismo tiene algo más importante en lo que pensar y es que, desde hace ya un rato, se ha apoderado de ella la imperiosa necesidad de orinar. Piensa que con los siete pesos que le quedan en el monedero podría lograr que le den chanza en el Mercado Juárez de usar los sanitarios, pero no quiere llevarse al niño con ella, por si acaso se le ocurre aparecerse a Juan. No quiere que piense que ya se han largado y se vaya también, perdiendo entonces la oportunidad de regresar a casa sin tener que irse caminando. Habla con Alejandro quien sigue sin dejar de vigilar la esquina de la calle, deseando que no tarde mas su papá. Lucía le pide que se quede ahí, sentado, muy quietecito, esperando a que ella regrese y que si su papá llega antes, le diga que la espere. Que no le haga caso a nadie, y que no se vaya a mover de ahí, por favor. Luego va y habla con la señora de un puesto de chicles y semillitas que esta a ladito. Le pide que le eche un ojo al chamaco en lo que regresa o en lo que llega su padre, que tiene que ir al baño, pero no tarda en regresar. Esta accede sin mayor problema, dedicándole una sonrisa al niño. Entonces Lucía cruza la calle y se dirige apresuradamente a la esquina por donde Juan debería de llegar.

Alejandro la ve alejarse, aliviado de no tener que seguir tan callado a su lado, y sigue quietecito, mirando por donde su mamá acaba de irse, esperando a su papá. Si ya hubiera llegado ya le hubiera comprado un refresco, y no sentiría esa sed tan fuerte que tiene. Ojalá no tardara tanto. En eso una mano se extiende desde la multitud, pero no del rumbo por el que Alejandro vigilaba, sino del otro lado. Se posa sobre su hombro, asustándolo. Alejandro salta del susto y esta a punto de gritar cuando voltea y reconoce a su papá ¡al fin ha llegado! La señora del puesto a quien Alejandro ha sido encomendado los ve y no nota nada raro, ambos parecen estar felices de haberse encontrado. Los ve platicar un poco, el niño señala la esquina de Juárez y Aramberri, por donde la mujer se ha ido no hace mucho. Entonces los ve caminar también, cruzan la calle y los ve perderse entre la multitud que satura la acera de enfrente. Parece que van a ir a buscar a la mamá al mercado.

Lucía al fin ha terminado de satisfacer su necesidad. Se lava las manos y aprovecha para refrescarse la cara en el lavabo. Duda pero finalmente no resiste la tentación de llevarse un poco de agua a los labios. La sorbe con ansiedad. Ya debe de regresar. Se dirige con rapidez a la salida que da al puente de Aramberri y lo empieza a cruzar. A medio camino se detiene. Ha creído ver a Juan y a Alejandro caminando por Juárez, rumbo a Ruperto Martínez. Les grita, pero ellos siguen caminando, parece que no la pudieron escuchar. Apurada, cruza lo que le queda del puente y baja corriendo las escaleras. Corre hacía donde los vio irse pero hay demasiada gente y no puede avanzar. Empieza a gritar, a empujar a la gente, quiere que la dejen pasar a como dé lugar. Entonces alguien la sujeta por atrás, ella se debate, tratando de librarse del abrazo, pidiendo que la dejen ir, que aún puede alcanzarlos. Pero el abrazo no ceja. Entonces voltea y ve a Juan, quien es el que la sujeta. ¿Y el niño? Lucía, ¿dónde está?
Ella le explica que los acaba de ver a ambos caminar por esa misma acera. ¿Pero cómo es posible si apenas me acabo de bajar del camión? Dice él. Juntos van hacia donde Alejandro debía esperar. La señora del puesto de semillitas se extraña cuando le preguntan por el niño. ¡Pero si usted se lo acaba de llevar! Responde ella señalándolo con el dedo. Juan y Lucía se ven el uno al otro, desesperado uno, extrañada la otra ¡tienen que encontrarlo! Deciden que irán a buscarlo por separado y que se encontrarán de nuevo ahí mismo en un ratito, y Juan se apura a irse por el lado que le corresponde. Pero Lucía no se va por el que le había tocado. Mira el mar de gente que la rodea y cómo a nadie le importa lo que ha pasado. Y piensa en lo fácil que sería esconderse entre esa multitud, sin tener que volver a esperar a nadie jamás, sin tener que buscar a nadie jamás. Titubea un poco antes de dirigirse hacia la muchedumbre. Pero en cuanto se acerca a ella, siente como los cuerpos se abren a su paso, cálidos, reconfortantes, como si la hubieran estado esperando desde siempre. Y Lucía se deja arrastrar por la corriente, que se la lleva lejos, muy lejos, hasta donde nadie jamás pudo volver a encontrarla.

Octavio Villalpando

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