Peregrino

Para Juan su vida había terminado, la tormenta había comenzado meses atrás cuando lo despidieron del aserradero. Al enterarse su esposa, esta encontró la excusa perfecta para al fin dejarlo “Bien decía mi madre, yo no me merezco a un perdedor como tú”, fueron sus últimas palabras antes de salir de su humilde casa soltando un portazo para nunca más volver.

Con apenas algo de ahorros logró mantenerse tres meses pero tuvo que entregar la casa al banco por la caída de la economía y vendió su coche para tener algo de dinero. Debido a la crisis los empleos escaseaban al por mayor, vendió también las pocas cosas de valor que había sacado de la casa y fue entonces que se percató que ya no tenía nada por qué vivir.

Sin familia, amigos ni sueños, Juan sólo seguía manteniéndose con vida sin razón aparente mientras veía cómo el mundo se iba desmoronando. Aquellas época fue cuando se había dado el auge de “el buen fin”, que fue cuando muchas personas que estaban completamente endeudadas con los bancos optaron por quitarse la vida en lugar de ser encerradas para trabajos forzados en las maquilas del este.

Decidido, llegó a la ferretería a comprar una soga, al encargado ya no le sorprendía este tipo de clientela que había empezado a predominar últimamente. Cuando le mostró las opciones disponibles Juan fue palpándolas poco a poco buscando la cuerda que se sintiera de mayor calidad, la que fuera más suave, mientras imaginaba que aquello era lo más cercano que tendría a escoger su propio féretro.

Se embarcó en su travesía a uno de los tantos bosques de suicidios que se habían empezado a propagar en el país, decidió colocar en su mochila un cambio de ropa, comida para dos días, una libreta, lo poco que le quedaba de dinero y la soga que le daría paz. En el camino se topó a muchas personas que iban y venían por la carretera, desde los migrantes que se dirigían a otras ciudades en busca de esperanza, hasta los carroñeros que entraban a los bosques para saquear los cuerpos que colgaban de los árboles.
Mientras decidía en qué punto saldría de la carretera para internarse en en las profundidades del bosque para desaparecer para siempre, se topó con un perro que lo observaba atentamente. Al saludarlo el perro comenzó a mover la cola y Juan se acercó para acariciarlo. Juan encontró que el perro traía un collar por lo que debió haber huido de casa. Mientras jugaba con él se dio cuenta de que después de tanto tiempo se encontraba sonriendo de nuevo. Optó por adentrarse al bosque para pasar la noche junto con el perro y ahí dentro estar protegido de los ladrones de la carretera. Caminando por el sendero que apenas dejaba pasar la luz del sol, fue encontrando vestigios de los campamentos de las personas que habían ido a finalizar con su vida, al pasar cerca de ellos trataba de no dirigir su mirada hacia los árboles por respeto a los difuntos. Ya entrada la noche, Juan decidió establecerse justo en el lugar donde el perro cansado de la caminata se había echado para descansar un poco. Preparó la cena para él y su acompañante y a lo lejos alcanzó a ver las múltiples fogatas pertenecientes a todos los viajeros que se preparaban para su despedida.

Más tarde no le fue posible conciliar el sueño debido a los llantos, alaridos y susurros que provenían de los demás peregrinos que llenaban al bosque de dolor. Decidido tomó la libreta que llevaba y comenzó a anotar su despedida mientras el perro yacía a su lado moviendo la cola de vez en cuando. Antes del amanecer Juan hizo todos los preparativos para su partida, preparó la cuerda, dobló su ropa, quemó el poco dinero que llevaba y se quedó admirando como la cuerda se mecía en el árbol impaciente por recibirlo. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas empapando todo su rostro hasta que terminó hincándose y llorando desconsoladamente por lo que estaba apunto de hacer. Fue entonces cuando el perro posó sus patas sobre las piernas de Juan y mirándolo con esos ojitos caninos llenos de alegría hizo que a Juan le saliera de nuevo una sonrisa.
—Tienes razón amigo, todo va a salir bien —le dijo al perro mientras acariciaba el pelaje de su lomo.

Ya era medio día cuando el perro salió del bosque, este se había cansado de esperar a que Juan bajara del árbol por lo que, aburrido, decidió salir a esperar a uno de los tantos viajeros que venían a visitarlo.

Eduardo Nápoles

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