Ciencia Ficción y Fantasía no anglosajonas

Me han preguntado por qué solo hablo de libros de ciencia-ficción o fantasía anglosajones en mi blog. Esto no es enteramente cierto. Recuerdo, por ejemplo, haber platicado sobre “Tríptico de Trinidad” del argentino Carlos Gardini. Sobre “La dama del lago”, el séptimo volumen de las crónicas de Geralt de Rivia, del maestro Andrzej Sapkowski (la gran mayoría de sus novelas han sido traducidas a una veintena de lenguajes excepto el inglés, irónicamente). Pero supongo que la crítica es válida. A riesgo de sonar malinchista, es lo que he leído toda mi vida y supongo que es lo que me hace sentir cómodo. Afortunadamente, no es lo único que leo. Hace un par de días me regalaron “Kalpa Imperial” de Angélica Gorodischer. Por supuesto, yo ya conocía de esta mujer argentina, pero confieso que no había leído estos once cuentos en particular (excepto uno). Por eso y otras razones, el regalo me dio muchísimo gusto. Es irónico que no lo haya leído con anterioridad, pues es el único libro de Gorodischer que ha sido traducido al inglés (por cierta mujer de apellido Le Guin. Quizá hayan oído algo de ella).

Once relatos, once fragmentos, que nos narran la historia parcial del Imperio Más Vasto que Nunca Existió. Podrían ser ciento once u once mil, la historia siempre sería incompleta. Un imperio sin nombre y de imposible antigüedad. Kalpa es una palabra en sanscrito que define un larguísimo periodo de tiempo en la cosmología hindú y budista, más de 4 mil millones de años, y Gorodischer no la escogió en vano. Ninguna palabra u oración en este libro lo fue. Sin usar miles de páginas como Tolkien (o muchos más), nos describe, aparentemente sin ningún esfuerzo, algo casi imposible de concebir dentro de nuestras mentes. Este mismo imperio, o por lo menos una variación del mismo, ya existía antes del primer relato y existirá mucho después del último. Estrictamente hablando, no es una fantasía como entendemos el término. No hay magia o factores sobrenaturales presentes, a menos que nos fijemos en detallitos. La única magia presente, en mi opinión, es en el oficio de Gorodischer para narrar relatos. Si van a la página de Amazon (para ver la edición en inglés) verán a muchos lectores comparando estos cuentos con Borges o con Cortázar (lo cual probablemente alegrará mucho a la persona que me obsequió el libro), sin embargo a mí personalmente me recuerdan mas a Calvino, sobre todo en su placer de narrar historias cuyo principal tema es precisamente el de contar historias. Una de mis favoritas es “El Fin de una Dinastía o Historia Natural de los Hurones” (que ya había leído en inglés hace muchos años en una de las antologías “Starlight” de Patrick Nielsen Hayden), que demuestra un dominio del lenguaje absoluto. Una prosa elegante, pero al mismo tiempo informal. Casi como si el narrador fuera un amigo íntimo contándonos una anécdota personal.

Averiguando más en línea, uno descubre que Angélica Gorodischer ha escrito 19 libros de literatura fantástica, pero “Kalpa Imperial” es el único en ser traducido al inglés. Ignoro la razón de esta lamentable situación. La traducción es de hace casi 10 años, lo que me hizo temer que ya no iba a haber más. (Afortunadamente, hurgando entre las páginas de Amazon en preparación de escribir esta postal, descubro con alegría que un segundo libro, “Trafalgar”, sale en febrero del 2013) ¿Quizá las ventas no fueron lo esperadas? Quizá. Ciertamente, las historias son tan bellas, pero etéreas que a la mejor pusieron a dormir a los pobres gringos. Quizá no hay traductores dispuestos a echarse el paquete. O quizá simplemente no recibió el marketing correcto, lo que nos da esperanzas que en algún futuro incierto su obra pueda ser conocida mejor. Ojala. Ciertamente lo merece.

Muy casualmente, hace menos de un mes recibí otro regalito que también cumple los requisitos de la postal del día de hoy. Si el libro anterior era “fantasía”, este es definitivamente ciencia-ficción. Igual que el anterior, no está escrito por un autor de origen anglosajón (aunque la copia que leí está traducida al inglés). Se trata de “Death sentences”, del japonés Kawamata Chiaki, virtualmente desconocido fuera de su país, otra obra que se escribió originalmente en los 80s pero que apenas recibe una traducción en tiempos recientes. En este fascinante librito, el poeta surrealista André Breton conoce en el París de los años 40s a un joven llamado Hu Mei (Who May en ingles, claro, pero también quizá fumei, que significa anónimo en japonés) cuyos extraños versos el veterano surrealista debe “diagnosticar”. Primero ambivalente, inclusive asqueado por los poemas de Hu Mei, poco a poco Breton se obsesiona con ellos. Los circula entre sus amigos y colegas, toda la camarilla de artistas y bohemios que formaban el mundo de los surrealistas. Todos comienzan a morir. Artistas como Sylvia Carney, Benjamin Péret, Jean-Pierre Duprey, Wolfgang Paalen, y eventualmente el mismo Breton. Accidentes, circunstancias misteriosas y suicidios. Es decir, exactamente como sucedió en nuestro mundo en la vida real. Chiaki mezcla ficción y realidad como Pynchon o Tim Powers. Con la muerte de los surrealistas la plaga es contenida, como un fuego que se extingue cuando se le acaba el combustible. Décadas después, sin embargo, un paquete de documentos surrealistas es descubierto en Japón, los poemas brillantes de Hu Mei son traducidos a otros idiomas y publicados y la plaga regresa…

Kawamata Chiaki escribe desde principio de los 70s y “Death Sentences” es su decimosexta novela. Me sigue pareciendo curioso que tan poco conozcamos de él o su obra en el extranjero. Quizá el arrollador éxito de algunos de sus contemporáneos, como Murakami, es lo que ha motivado a las editoriales a buscar más “tesoros perdidos” en el Japón. (De hecho, una comparación muy interesante se podría hacer entre la muy reciente “1Q84” y “Death Sentences”). Sólo para demostrar que no se andan con rodeos, la editorial consiguió al mismísimo William Gibson para dar la recomendación en la contraportada, donde nos describe a “Death Sentences” como: “a hardboiled, sharply surreal fable about the power of the written word.” Desgraciadamente, por mucho que sigo respetando a Gibson como novelista, no estoy seguro que él fuera el indicado para promover el libro. “Death Sentences” no es cyberpunk, ni mucho menos. Ni siquiera es anti-cyberpunk. De la manera que corta y analiza el poder de las palabras y su influencia sobre la mente inconsciente (un concepto muy Bretoniano, por cierto), me recuerda mucho más a la New Wave de los 60s (a pesar de irónicamente haber sido publicada en primer lugar el mismo año que “Neuromancer”) y a escritores como Ballard. Encuentro mucho de Stanislaw Lem y Samuel Delany aquí. Sobre todo de Philip K Dick, cuyas ideas siguen nutriendo mucho de nuestra CF contemporánea. En efecto, Kawamata Chiaki admite que la “highly surrealistic novel” de 1964, “Martian Time-slip” funciona como un prototipo para “Death Sentences”.

Hay mucho, muchísimo, de Dick aquí presente. Alguna reseña menciona que el momento en que Sakamoto, uno de los policías encargados de localizar copias de estos poemas asesinos (como los bomberos en “Fahrenheit 451”), finalmente cae en la tentación y lee uno de estos versos, le recordó el momento en que Guy Montag igualmente prueba del fruto prohibido en la novela de Bradbury. A mí la verdad me recordó más al desgraciado protagonista de “A scanner darkly” de Dick. No nos queda claro qué les pasa a las víctimas en el momento de morir. Una sensación de “euforia” es vagamente descrita. Un deseo de “trascender” sus cuerpos y existir dentro de las alucinaciones causadas por los poemas. ¿No les recuerda todo esto a la Can-D, la droga en “The three stigmata of Palmer Eldritch”, que causaba en los adictos una urgencia por vivir dentro de las maquetas felices de Perky Pat? (O inclusive, más bien, a los efectos de Chew-Z, la versión “mejorada” que cancelaba el tiempo y prometía vida eterna)

La idea del lenguaje mismo como algo tóxico, algo viral, casi como una enfermedad infecciosa, en realidad no es nueva, claro. Recordemos a William Burroughs en novelas como su “Naked Lunch”, o el adictivo lenguaje de Babel-17 en la novela homónima de Delany. Recordemos a la demoledora “Box nine”, con su droga ilegal Lingo que alteraba el lenguaje de los adictos modificando la realidad a su alrededor. O el mantra de 28 letras (mejor conocido como alfabeto) que define al universo en “The invisibles” de Grant Morrison. “The Flame Alphabet” de Ben Marcus. “Snow Crash” de Neal Stephenson. El reciente “Embassytown” de China Miéville. Etcétera, etcétera. Si nos vamos para el caso, “The king in yellow” (bien conocido por todos los Lovecraftianos presentes) de Robert W Chambers, escrito a finales del siglo XIX y con su premisa de una obra de teatro malévola, es esencialmente lo mismo. Lo que hoy definiríamos como “memes asesinos” infestan la obra, y si la ves o la lees más allá del Segundo Acto te vuelves loco (algo muy parecido ocurre, por supuesto, si intentas leer el “Necronomicon” de Lovecraft). Los “videos asesinos”, de películas como “The ring” de Koji Suzuki de hace ya 20 años son tan sólo una variación moderna sobre el mismo tema. (La famosa novela “Infinit Jest” de David Foster Wallace tenía una premisa similar, al igual que el cuento “Destroy All Brains!” de Paul Di Filippo de principios de los 90s)

Cuando menciono que la sensación de euforia es “vagamente descrita”, me refiero exactamente a eso. Me queda la impresión que la prosa que usa Chiaki pretende ser alucinante y concisa al mismo tiempo, una mezcla artificial que intenta imitar los efectos de la enfermedad, pero que en muchas partes del libro aparece más bien algo simplona. ¿Culpa de la traducción o del autor mismo? En realidad no hay manera de saberlo (a menos que lean japonés). Irónicamente, el titulo mismo parece sufrir también de una pobre traducción… que le acaba beneficiando. “Genshi-gari” significa, literalmente, “cazando los poemas mágicos”, mientras que “Death Sentences” (sentencias de muerte, vaya) en realidad significa algo muy distinto. Lo que pierde poéticamente, sin embargo, lo gana en significado. Este siempre ha sido mi problema con las novelas traducidas. En fin…

De cualquier manera, la obra de Kawamata Chiaki demuestra que merece ser mejor conocida (y tristemente, si no te traducen al inglés, se limita mucho tu difusión). Con algo de suerte, esta novelita logrará cambiar esto. Generar algo de interés, aun si tan sólo dentro de nuestra pequeña comunidad.

Publicado originalmente en https://postcardsfromtheedge-armando.blogspot.com/2012/06/ciencia-ficcion-y-fantasia-no.html

Armando Saldaña Salinas

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