Masiosare

“Era nuestro perro porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad”,
Callejero, Alberto Cortez.

            Sólo diez copias más pegadas en los postes y en las tiendas cercanas y terminamos. “Se busca. French poodle mini toy (de seguro es cruzado con de la calle). Foto del perro obeso. Chucho (qué nombre más original). Tiene un collar blanco con su nombre en una plaquita (chafa). Recompensa (no dice ni me han dicho de cuánto es la recompensa). Wasap blablabla”. Un par de días más.
            —Buenas tardes, don Gregorio. ¿Me deja pegarle este anuncio afuera de su tienda?
           —¿Uno más, Oscar? Se han perdido muchos perros últimamente. Pégala pero ya sabes, sin tapar los otros anuncios. ¿Qué te pasó en el brazo?
            —Me caí de la patineta.
            Chucho, Lace, Totopo, Wonky. Ni son tantos. Chumina, Doby, Coster. A algunos los paseaba yo. Tobi, Randi. Llevándolos al parque de las arboledas. Bauser, Chabela. Me daban buen dinero pero yo necesito más. Prieto, Gala, Capu. Ya casi es navidad. Poly, Lupunska, Milo. Me urge comprar ese regalo.
            —Vámonos, Maxi; camina, Andrea.
            —Oye, estúpido, yo no soy tu perrita —reclama la aludida jalando la correa de Osare—. ¿Y desde cuándo se llama Oscar el señorito Miguel? Tonto, ¿por qué te cambiaste el nombre?
           —Que te valga, vamos a pegar más copias a la otra cuadra.
            También por pegar las hojas que ofrecen las recompensas, Miguel se ganaba algo de dinero extra.

*

            —El pinche perro que trajiste la semana pasada sigue chille y chille —su voz estridente—, ¿cuándo te lo vas a llevar de aquí?
            —Ya, sus dueños regresan en un par de días de su viaje y se los entrego —pinche gordo.
            —Más te vale y espero que me pagues lo que dijiste por darle lugar a ese perro chillón.
            —Sí, les entrego el perro y me pagan. Y le pago —pinche borracho.
            —Saca esos animales ya a la chingada de la sala, órale.
            —Ya vine, má.
            —Sí, mijo.
            Maldito, apenas supo que empecé a agarrar dinero paseando perros y me cobró renta por vivir en “su” casa. Mi madre, como siempre, no dijo nada. Ya sabe que le va mal si lo contradice al borracho ese. Maxi, échate. Las croquetas a granel me salen más baratas, el Maxi no come tanto, pero últimamente el Osare sí está tragando más de la cuenta. Aparte de lo poco que le doy a los huéspedes. Tal vez lo lleve la próxima semana al veterinario para desparasitarlo y compre otros kilos de alimento. Ya mañana hablo por el Chucho obeso.

*

            —No, manches. ¿Sólo doscientos pesos de recompensa por el Chucho?
            —Sí, y fueron bien tarde a la casa por él —contestó Andrea—. Ya sabes que a mi mamá no le gustan los perros y casi me corre junto con ese. Le ladraba mucho al Yingol Miau. Para la otra mejor los vamos a entregar, Miguel.
            —No, si no dan recompensa ni siquiera se los entregamos. Ten tus cincuenta pesos. La otra semana entregas otro, Andrea.
            —¿Ya lo tienes?
            —No, apenas vamos por él.
            —Maxi y Osare —comenta la chica acariciando a los perros de Miguel—. Te inspirastes en el hino nacional, ¿verdad?
            —Himno, mensa, himno. Y qué te importa.
            —Masiosare un extraño enemigo… —canturrea.
            —Púdrete, mensa.

*

            Son las seis de la tarde en el parque lineal de la avenida República mexicana. Mucha gente sale aun con frío a pasear a sus perros, aunque en realidad los traen a cagar y ni les recogen su mugrero. Quieto, Maxi, yo te digo cuando, quieto. Ya oscureció pero el parque está bien iluminado. Una vuelta más de la doña y no coincide con la chava de pants gris que lleva como tres vueltas trotando. La señora va sola, y el perro no es muy grande. Ya te dije cuál, Maxi. Mira nomás que musculotes tienes en tus paletas, pura proteína, y esos dientotes a cualquiera le dan miedo. Eso, bonito. Te quiero mucho, cabroncito, le digo mientras le doy un abrazo. Yo te digo cuando.
            ¡Ahora, corre, échatelo, échatelo! Jajaja, la señora está toda asustada con los ladridos del Maxi. No le va a hacer nada ni a ella ni al fox terri miedoso. Maxi sólo le pega con el hocico en los chamorros a la señora, él está jugando. Mi trabajo me costó enseñarle que no mordiera. Eso, eso, suelte la correa. ¡Listo! Correr, Osare, corre. A Osare le toca el trabajo más fino. Tiene que ir corriendo tras el perro que corre despavorido por el ataque del Maxi. Lo alcanza y sujeta la correa. Como Osare no ladra, el perro secuestrado no le tiene miedo y, aunque se resista al inicio, siempre termina siguiendo al Osare que lo conduce con la correa. Ahora el que debe apurarse soy yo. Con la patineta debo esperarlos tras la escuela de la colonia. Ya lo saben y obedecen. Primero llego yo y abro mi mochila. Después llega el Maxi, y al final el lazarillo de Osare jalando al perrito nuevo. Uno más. A la mochila y a casa. Mañana pegaremos otro cartel buscando otro perro, ofreciendo, espero, otra recompensa.

            —¿Otro pinche perro? Ya párale, ¿no? —el Maxi le gruñe y ya sé que el bizco le tiene miedo, lo controlo para que no le ladre porque si no todo mundo se pone a aullar, a chillar, a ladrar y a golpear cosas o gente.
            —¿Y para qué llora si como quiera le pago? —le rezongué al borracho de la sala.
            —¿Qué jodidos dijiste?
            —Que aquí está la renta, la mía y la de el perro nuevo. Ya no chille —pinche gordo.
Me soltó un puñetazo en el hombro pero igual tomó el dinero. Un zape en la nuca. Tu madre, wey. Lo pensé pero no lo dije. Algún día lo diría. Pinche apestoso.
            —Más vale que se porten bien, bola de perros —se guardó la lana en el bolsillo del pantalón y se volvió a aplastar a ver el box. La tercera caguama en la mesita—. Hazte, deja ver la tele.
            —Ya vine, má.
            Hoy no me contestó. Nomás soltó un sollozo quedito. La luz de la cocina me dejó verle unos moretones nuevos en el brazo derecho. Mierda. Huevitos con chorizo. Mierda. Tortillas de harina. Mierda. Frijoles refritos.

            Les doy de comer al Maxi y al Osare. Al nuevo no. Se llama Aura. Es perra. A la jaula si no quieres salir preñada. Tú no comes, debes aparecer flaca como si hubieras estado perdida. Y no chilles porque si no me la van a hacer de tos. Yo te voy a cuidar pero pórtate bien. Agua sí. Me hinco para meterle la vasija a su jaula y ella aprovecha para restregar su cuerpo contra el mío. Pobre, va extrañar su casa, la abrazo un poco y se calma. A dormir aunque sea viernes, chiquita. Los otros tres invitados están callados esperando su rescate.

            Me baño y me pongo a leer. Desde que don borracho empeñó mi tele y mi xbox, me ha dado mucho por leer. Colmillo Blanco me gusta más que los Perros duros no bailan y ya casi lo acabo. Pum. Ladridos del perro nuevo. ¡No jodas! Ya van a empezar los cuetes de la peregrinación de la iglesia. Nuevos cuetes más ladridos del perro nuevo. Los otros están callados, ya aprendieron. Pero curiosamente Aura pone de nervios a Osare y la acompaña a ladrar. Con lo que me costó quitarles la maña. Unos buenos jodazos para empezar.

            “Miguel, ve a callar a tus pinches animales” El grito desde su recámara. Pum. Y el perro no se va a callar. “Miguel, o los callas tú o te hago que los vayas a callar” Un nuevo Pum y tres  perros desquiciados: El Osare, el nuevo y el viejo… borracho… abre la puerta y a contraluz veo que trae su cinturón en la mano. Su peste a sudor y cerveza, a pedo y tacos con cebolla llena mi cuarto. Mamá pasa de su recámara al baño. Ya tiró mis libros junto con la lamparita de noche. Pum. Me acurruco en la cama y trato de taparme con la colcha. Pum. Más cuetes. Ese casi no dolió. Pum. Más ladridos. Pum. Más golpes. Ese me dio en la pierna descubierta. Un leve “Ah” se me escapa cerca de la ventana y eso invita a la fiesta al Maxi. Le ladra al perro mayor. Los cuetes de la iglesia truenan en racimo, los cintarazos también. Apesta. Pum pum pum. No chillo aunque duele con madre. No le voy a dar el gusto. La luz del cuarto de mamá se ha apagado. Ya quiero que se largue, que se canse, que se vaya, que se muera. Los últimos cuetes como las últimas marcas, son espaciados. Los ladridos siguen. Ve a callar a esos pinches animales. Pum.

            Arde, todo arde. Un par de cuetes más los hacen ladrar aún. Maxi se ha metido bajo el lavadero, Osare acompaña en coro al otro perro. Ahora el cinto es mío y a Osare le basta un putazo para que se esconda tras la lavadora. Vuelve a ladrar, perro. La otra sigue llorando, ahora verás. La saco de la jaula de un jalón de la pata, la amarro con el cinto al cuello y le doy con lo que sobró de la cuerda del tendedero. Chilla, maricón, chilla. Uno, dos, tres, pierdo la cuenta. Chilla. Un cuete más y vuelve a ladrar. Estoy enojado y él… ella lo paga. Unas patadas, unos aullidos. Estoy encabronado, lo jalo más fuerte de los pelos y le pego con la mano. Ahora sí casi lloro. Ni siquiera se le ocurre defenderse, a mí sí se me ha ocurrido, toma, maldito. El perro ya llora también. Estoy emputado. La alzo con el cinto y no pesa, la levanto y le doy una vuelta, dos, tres y ya con vuelo lo azoto contra la pared. Finalmente se ha callado. Lo arrastro y lo arrojo al piso de la jaula. Ahora nos dejará dormir pero no lo podré entregar en tres semanas. Si sobrevive. Siempre sobrevivimos. Un hilito de sangre en mi labio inferior hace que la boca me sepa a fierro. Me siento en el piso y Maxi se acerca a consolarme lamiendo mi llanto. Los raspones arden. Las lágrimas más, el alma también.

*

            Ya pasaron las peregrinaciones; la navidad sin regalos pero con hartos cuetes, gritos y madrazos; el año nuevo con el borracho perdido por días y mi madre muda por semanas. Ya es enero y seguimos de vacaciones de la secundaria.
            —¿Qué te pasó en el brazo, Andrea? —le pregunto sentado en el borde del seco canalón. Hace frío pero anda de manga corta.
            —Me caí de la patineta —me contesta viendo el fondo de concreto del arroyo artificial.
            —Ni patineta tienes, no manches, Andrea. Fue tu mamá, ¿verdad?
            —Quiero que me des cien pesos por cada perro o ya no te ayudo a cobrar las recompensas.
            —Fue tu mamá, ¿verdad?
            —Qué te importa, ¿me los vas a dar o no? —acaricia a Osare.
            —No sé si lo sigamos haciendo, ya completé para lo que quiero el dinero.
            —¿Qué te vas a comprar? ¿Otro Xbox? Ah, pero ni tele tienes —se burla—. Pobre. ¿Qué te vas a comprar?
            —Una pistola —escupo al fondo.
            —Me la prestas.
            —Le voy a matar el gato a tu mamá.
            —¿Me la prestas?
            —No.
            —¿Por qué no, si yo te ayudé a juntar el dinero?
            —Porque no quiero el dinero para eso. Es para un curso.
            —¿Curso de qué? Si eres bien burro en la escuela.
            —Chinga tu cola, qué te importa. Te veo mañana. Maxi, Osare, vámonos.
            —Masiosare un extraño enemigo…
            —Púdrete, mensa.

*

            Canek trabaja entrenando perros. La mitad del tiempo en un centro de educación canina, la otra mitad entrena a los del ejército. Y la otra mitad, dice él, entrena a los perros de los dueños de las camionetas negras. Es bueno, por eso lo buscan. Me dijo que llevara al Maxi a la escuela pero le dije que no. Yo quiero que lo entrene él. Vive con su abuela y su casa tiene un patio grande. Ya supo qué necesito que aprenda a hacer mi perro, al principio se resistía pero le dije: cóbrame lo que quieras.
            —¿Traes los cinco mil pesos?
            Le extiendo el fajo de billetes, los cuenta.
            —Pensé que ya ni ibas a venir. Está bien, son cinco.
            —Me tardé porque la primera lana que había juntado me la agarró el borracho de la casa.
            —¿Y te la regresó?
            —¿Qué le pasó a tu moto? —él me contó que con lo que le pagaron los dueños de las camionetas por entrenarles dos perros, se compró la Kawasaki que ahora lucía unos raspones y le faltaba un retrovisor.
            —Casi me daba en la madre, pero lo bueno es que la moto tiene seguro.
            —¿Y te van a traer más perros?
            —No, preguntes, niño. No debí contarte nada.
            —¿En cuánto tiempo me lo vas a entrenar?
            Se agacha y acaricia al Maxi, le ve los colmillos, le tienta los músculos.
            —Está bueno el bull terrier, ¿no lo quieres poner a pelear, mejor? Igual y le sacas más lana.
            —A la mejor después, ¿en cuánto lo entrenas para hacer lo que te dije? Lo de…
            —En un par de meses pero quiero que me lo traigas tres días a la semana, por las tardes, sin el otro perro, no le digas a nadie y vas a hacer todo lo que yo te diga.
            —Está bien.
            —Yo entreno, nadie supo. Si le dices a alguien se acaba el entrene y adiós lana.
            —Sí, no chilles.
            —Sale, empezamos el lunes. Y ya sabes: ya entrenado ni me conoces.

*

            El gato de la mamá de Andrea se llama Yingol Miau porque se lo encontraron en navidad. No, la mensa de Andrea no le puso el nombre, se lo puse yo. Ella quería llamarlo el señor Bigotes, no manches. El gato es gordo, bizco y huele feo. Igual que el borracho de la sala, igualito en todo. Lo estuve cazando afuera de su casa, lo seguí por el barrio, lo atraje con atún, Andrea me dijo que le gusta el atún. He dejado a Maxi y a Osare debajo del puente del canalón. Son obedientes y me esperan hasta mi regreso sin atarlos a ningún lado. Ahora voy en la patineta con el Yingol Miau en la mochila. Maxi lleva unas cuantas clases con Canek. Quiero probar su progreso, que mi lana esté bien invertida. Me paro sobre el puente. Silbo y mis perros se ponen atentos, me buscan sobre ellos, siguen en el fondo. Quietos. Y se quedan quietos. Saco al señor Yingol Miau de mi mochila. Los carros pasan pero nadie me pone atención. Nunca nadie lo hace. Dejo la mochila en el piso y balanceo al gato sobre el barandal. Mis perros lo han visto pero él ni se inmuta, cree que lo estoy paseando y ellos que estoy jugando. Gordo. Les digo la primera palabra clave y ponen atención. Bizco. Lo soltaré y veré si siempre caen con las patas hacia el piso como dicen; aunque está alto tal vez sobreviva… a la caída. Sí, huele feo, igual que aquel. A volar, borracho. Y al tiempo que lo suelto pronuncio la palabra de ataque. Magia. Maxi se vuelve loco y lo destroza en dos tarascadas. Osare ni oportunidad tuvo, él no está entrenado pero se une gustoso a la masacre. Dinero bien invertido.

            En un mes más será la graduación de Maxi y mamá se irá a Tamazunchale. A mi Yingol Miau personal no le gusta ir al rancho ni por los zacahuiles así que se quedará en casa; por esos días cumple años, ya le he comprado una botellota de tequila y, extrañamente, ese día ya ebrio él hará enojar mucho al Maxi.

            Adiós, señor Yingol Miau.

            Ya quiero que sea su cumpleaños.

Samuel Carvajal

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