Quesaceptación

Piiip, piiip, piiip. Avanza en reversa con la tarima repleta de cajas similares a las de los zapatos. Los lácteos protagonizan la vida en la pequeña ciudad donde pelean las cremas de vidrio mientras otras danzan. Los grandes quesos se abalanzan contra la pared marrón para romperla. Genaro, acelera con confianza, es bueno en el montacargas. Atraviesa la rampa, se dirige a los módulos, baja las cuchillas hasta oír el choque contra el piso. Esa es parte de su rutina diaria. Quita la inclinación, las levanta ligeramente y retira de nuevo para continuar descargando el camión.
En alguna caja, conviven dos hermanos, Queso Oaxaca de tres kilos marca Vaquita, riquísimo en quesadillas con aguacate o pico de gallo, según los comerciales.
—¡Llegamos! —afirma con alegría uno de ellos mientras el otro asiente.

El pequeño reloj que cuelga del muro entre la rampa uno y dos indica las siete de la mañana, para esa hora todos los productos ya bajaron, están acomodados en sus respectivos lugares por fechas de caducidad y ordenados con base en su demanda diaria. Los empleados entran al almacén con sus uniformes lavados color azul marino con franjas grises, cascos amarillos y, para evitar el respiro de aire frío, usan de esas gruesas cofias que parecen turbantes. Se escuchan los estruendos de las tarimas azotando contra el suelo para empezar a surtir.

Para medio día, los alegres quesos seguían esperando a ser elegidos.
—¿Que ocurrirá? No es como nos platicaron —exclamó con voz arisca el queso de la derecha, cruzando los brazos.
—Tal vez hasta mañana vayamos a Supermercado —añadió su hermano después de intentar hacer un hoyo en la caja, pero no consiguió ni rasparla.

Tres piezas del Oaxaca granel, se dijo a sí mismo. Ezequiel, acostumbrado a trabajar aventando cosas, quebrando cremas y derramando producto por todos lados. Caminó a paso veloz hasta la ubicación de los quesos desesperados, se agachó para tomar una caja torpemente, dejando caer otra de la tarima.
—¡Ay! —agonizó el de la izquierda porque su hermano cayó encima de él.
No hubo tiempo de acomodarse, el joven empleado volvió, inclinándose agarró la caja del piso, le dio un golpe con el puño en el centro para quitar la cinta que la mantenía cerrada y tomó con ambas manos la bola de queso de la derecha.
— ¡Hermanooooo! —gritó a la par de que sus diminutos dedos trataban de alcanzarlo, pero fue inútil. Ezequiel quería terminar para irse a casa. Lo aventó a la canastilla sin tener cuidado de que algunas piezas estaban quebradas por malos manejos. Al azotar, el quesito lloroso visualizó por última vez a su gemelo, con quien había convivido cerca de tres días.

El patín con la tarima, avanzó hasta los lácteos de paquetería.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó— ¿También van a Supermercado? —analizó a sus compañeros yogurts bebibles y batidos, cremas de vidrio y de plástico. Pero los otros, quienes también fueron separados de sus familias, hablaban otro idioma.
Mientras había silencio entre los prisioneros de celda, ponía atención, quizás escucharía a su hermano llamándolo desde lejos.
Fue inútil. Las risas y gritos de los humanos, tarimas cayendo al piso, el arrastre de canastas le hizo imposible esa tarea. Analizó un poco el entorno, piso rojo, cuarto sumamente enorme para una pequeña bola de queso de tres kilos, muchos ductos de aire con hielo en las rejillas. Unos anaqueles de tres niveles con embalaje de cartón desacomodado, abiertos y otros cerrados. Torres de producto de diferentes tamaños esparcidos por la habitación, hule hecho bola en todos lados, montañas de cajas apiladas en una esquina, y un señor metido en una botarga enorme y oscura, barriendo como desquiciado, tratando de hacer que el piso brille sin pulirlo, como si fuera lo último que haría en su vida.

A las cuatro de la tarde, la ruta veintiocho llegó a recoger sus tres pedidos para entregar al día siguiente. José, el tarimero, paseó la torre de producto con su patín azul por los pasillos. El queso aprovechó para buscar a su hermano, pero era como si ya no estuviera ahí. A pesar de que el silencio era más fresco porque los humanos armadores ya no estaban, ahora lo ensordecían los ventiladores que conservaban esos cuartos a tres grados durante el día y la noche.

—¡Pss! ¡pss, pss! ¡Disculpe! —trató de hablar con José pero él ignoraba el idioma de los quesos—. Busco a mi hermano, ¿puede verme? Es igualito a mí, bueno, un poco más gordo. ¡Oiga! ¡oiga! —le hizo señales con las manos para llamar su atención pero no funcionó.
Cuando José dejó el pedido en el andén le dio la espalda y la pequeña bola de queso se encogió de hombros. Vio encapuchados bien abrigados caminando y aventando canastillas y cajas de una tarima a otra, botes de yogurt caían al piso, después, eran recogidos para regresarlos a su lugar, y los que se abrían, los aventaban a un contendedor donde el yogurt y la crema se mezclaban. Otros humanos giraban alrededor de los bultos entarimados, los envolvían con una película cristalina y plástica para que no se derrumbaran las torres de producto.
—¡Auxilioooo! —gritó alaridos tan agudos y fuertes que otros quesos pudieron escucharlo fácilmente, pero no los hombres.
Minutos después un empleado puso una canasta encima de su celda, luego vio cómo era cubierto por el hule. Su cara de asombro le hizo abrir tanto los ojos que sus pestañas pizpiretas cubrieron por completo una de sus olas. José, metió debajo de la tarima el patín y la llevó al interior del camión. Tres humanos más lo ayudaron a empujar. La torre chocó con otra del fondo, ambas temblaron. El queso se estremeció. Volteó hacia adelante de nuevo, visualizó el hule. Metió su mano entre las rendijas de la jaula, trató de romperlo sin lograrlo. Otra inmensa torre golpeó frente a él quedando sumergido en una total oscuridad. Se asustó.
—¡Hermanoooo! —volvió a gritar, siguió intentando observar como todo pasaba muy rápido—. ¡Auch! —hasta que se dio cuenta que se enterró un pedazo de plástico de la canastilla quebrada. Intentó zafarse pero al hacerlo la abertura se pronunció más. Le causó tanto dolor que su respiración se agitó pues la ropa que lo cubría para ser aceptado en Supermercado estaba dañada.

Al siguiente día, cuando Omar, el chofer de la ruta llegó a la tienda, entregó la mercancía en recibo.
—¡Así que aquí es Supermercado! —se asombró el queso, cubriéndose con las manos como una mujer sus pechos, la mirada le destellaba por conocer aquello que fue un sueño desde que nació.

—No, ese no te lo puedo aceptar, ¡está roto! —exclamó Patricia, la encargada, con tono definitivo.
—¡No manches! Véndelo deshebrado —le respondió Omar.
La señora de curvas voluptuosas negó con la cabeza.
—Por favor —insistió mientras lo tomaba con ambas manos, lo acercó a su nariz— ¡Huele bien! —añadió.
— ¡Oye! —masculló el queso.
—¡Ya dije que no! —severó Patricia.
—Bueno, ahorita me lo como en quesadillas —lo aventó de nuevo a la canasta como lata al cesto de basura.

Al volver a la empresa y hacer la devolución del producto en almacén, fue catalogado como devolución maltratada, así que el queso iba a ser decomisado, y él ya conocía esa historia.
—Cuando eres decomisado —recordó las palabras de su mamá, la dulce anciana de cabello plateado—, te quitan la protección plástica que te ponen los humanos para que no te eches a perder, te avientan a unos tambos junto con salchichas, cremas y yogurts de todo tipo. Mal oliente y repugnante. Hasta que unos señores con el trasero de fuera te llevan a su rancho a que seas comida para puercos.
—¡No quiero ser eso! —dijo el lácteo de tres kilos para sí.

Mientras pasaban las horas los demás compañeros de su especie platicaban sobre lo que iba a ser su futura muerte, pero él pensaba en la manera de escapar. Por suerte era viernes, último día de recepción de devoluciones, así que su jaula era la más alta en la tarima. Recordó historias a cerca de que sólo había una forma de no ser decomisado, así que puso en marcha un plan.

Samuel y Juan, dos empleados, llegaron para quitar los empaques de los productos que se iban a llevar los señores del trasero de fuera. Cuando se acercaron al área de los productos a granel, el lácteo puso su mejor cara. Sus enormes pestañas sobresalían por las olas de su rechoncho cuerpo, sus manos en posición de rezo. En sus ojos un brillo tan fuerte como para que alguien supiera que estaba en buenas condiciones.

—¡Por favor! —suplicó mientras tragaba saliva pues esa era la única oportunidad que tendría.

—No me agrada que se deshagan de estos productos —exclamó Samuel—, ¡están bien! ¡Mira! Huele éste —lo tomó con ambas manos y se lo mostró a su compañero, éste asintió.
—¿Por qué no aceptarlo? Puede servir para alimentar a mucha gente —continuó mientras cualquiera creería que había visto los suplicantes ojos del queso—. Voy a decirle al jefe que me lo venda.
Samuel consiguió un gran descuento, lo cambió de empaque y lo salvó de ser comida para cerdos.
Claro que al huérfano le preocupaba su hermano pero algo le decía que él ya estaba muy feliz en Supermercado.

Finalmente el quesito sonreía en el centro de la mesa de una familia.

Luis Alberto Ortega

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